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por Rubén GP

Un lugar para nosotras

Diciembre 2011

 

Un lugar para nosotras es una historia sobre la opresión femenina en los Estados Unidos de principios del siglo XIX. Una época que nos parece muy lejana y que, sin embargo, ¿no es también una historia de África, Asia o Sudamérica de principios del siglo XXI? Por desgracia, el cambio de orden en los numerales romanos no ha implicado un cambio en el contexto de la historia.

Tal vez es que hay que ser un hombre, o ser propiedad de un hombre, para no convertirse en su víctima natural —suspiró, con gran tristeza—. Tal vez es que no hay lugar en la Tierra para las mujeres que se niegan a inclinar la cabeza y convertirse en pupilas de los hombres… a ser sencillamente traspasadas del padre al hermano, al marido, al hijo, a la tumba.

Esta novela “sobre lesbianas” publicada en 1969 recibió el primer The Gay Book Award, un premio que cada año en Estados Unidos reconoce a las mejores obras sobre homosexualidad. Y se convirtió en una de las referencias literarias post-Stonewall.

Puedo quedarme aquí con una madre que jamás me apartará de sus pechos para dárselos a otro niño. Puedo pasarme toda la noche junto a ella y beber de ella con tan solo inclinar la cabeza. Puedo beber de sus pechos siempre que me vea capaz de renunciar a beber el delicioso jugo de su boca y, aun sin apartarme de su boca, puedo tomarlos entre mis manos y sentir su suavidad y sentir que sus puntas se endurecen y se convierten en piedrecitas, en nudos, en yemas de dedos, en capullos, en pequeñas rosas que…

Un lugar para nosotras es la novela de Sarah Dowling y la señorita White.

Un secundario esencial en este relato es la casa de Edward y Patience. Una casa compartida por obligación y divida por necesidad. Una casa pintada con la marca de la última voluntad de un padre previsor. Dos cocinas, dos salones, dos dormitorios y un solo vestíbulo central de uso común. Todo ello bien especificado en el testamento paterno.

¿Y quién vive en el hogar White? Un molinero próspero. Dos mujeres orgullosas con mentalidades opuestas y caracteres poco compatibles. Y dos niñas menores de 5 años a las que les prohibían tener curiosidad. Una prohibición aplicada a tantas otras mujeres que no pudieron vivir con —y en— libertad.

La señorita White es una hija “consentida”, alumna de un internado femenino. Una joven consumidora de velas y pinturas. Una lesbiana muy femme que no alberga dudas sobre su sexualidad. Una mujer con nombre de virtud: Patience (Paciencia). Una pintora cuya llama es apagada por la frustración que siente una cuñada “esclava de la cocina”. Una mujer liberal, realista y ambiciosa frente a una mujer conservadora y conformista.

Patience White es una mujer de 28 años con ideas autónomas. Una joven maestra, quien desde el interior de la comunidad, va en contra del orden injusto que han impuesto. No emprende luchas directas ni enfrentamientos descarados. Ella es discreta y recurre a la sutileza femenina para conseguir sus objetivos. Y a las lágrimas si es necesario. También es una mujer que sabe cuál es la importancia de hacer sentir bien a quien pretende castigarte sin ser duro y sin querer hacerlo. Y es una hermana que conoce el valor del cariño fraternal.

Bueno, si una mujer decide no casarse, más vale que empiece a trabajar, y quiera ser institutriz o se ofrezca como bordadora. Lo único que yo quería era ser pintora pero ¿cómo admitir algo tan vanidoso como eso ante aquellos que te están echando en cara que se te han subido los humos porque has ido a un internado? Apenas podía admitirlo ante mí misma.

¿Y quién es Sarah Dowling? Una joven convertida en diana de las habladurías de las comadres y los compadres del pueblo en el que vive. Una mujer despreciada por haber sido elegida para “ser” y comportarse como un hombre, como el “hombre de la casa”. Sarah Dowling fue criada como un hombre pues su padre la eligió para ser el “hijo” no nacido. Y fue escogida por ser la más grande y la más alta, no por ser la mayor. Sin embargo, Sarah no se sentía incómoda con su vida. Ella aceptó la elección con naturalidad, sin problemas ni rencores.

Sarah era una mujer que no usaba vestido como mandaban la Biblia y la moral de los temerosos de Dios. Una joven ataviada con una camisa y unos pantalones con tirantes. Una joven a la que su madre le cedía un vestido los domingos para que fuera una “dama”. Una mujer que es recluta en un ejército sin bandera.

Sabía lo que se siente cuando te besan y tú no lo deseas: prefería la muerte a hacer que alguien se sintiera así por mi causa.

Esta obra de Isabel Miller —lesbiana activista y feminista militante— deja ver la importancia de la familia como espada y escudo: “Si alguien de tu familia te defiende, no pueden dominarte”. Y no sólo de la familia de sangre, sino también de aquella que nos creamos a medida que vivimos.

Hay muchos juegos en esta obra. Juegos con la Naturaleza y juegos “contra-natura”. Juegos dolorosos y juegos infantiles. Juegos silenciosos y vidas en juego. Amores instantáneos. Cuadros indecentes. Vanidades desinhibidas. Envidias ausentes. Orgullos bien alimentados. Manos que señalan con ternura. Brazos que golpean con la furia y el arrepentimiento. Violencia engendrada en la ignorancia. Ignorancia enamorada del miedo. Miedo como sustrato de una vida.

Todo el mundo va allá donde están sus parientes. ¿Quién nos cobijará sino los parientes mientras construimos nuestra casa? ¿Quién arrastrará los troncos para nuestra casa? [...] ¿Quién nos alimentará mientras esperamos nuestras cosechas?

La autora destaca la hospitalidad de los hogares de los pueblos pequeños. Y la cercanía y la amabilidad de sus gentes. Una hospitalidad que en ocasiones se concede porque va precedida de una mentira, de una suplantación. Una mentira necesaria, pues si se conociera la verdad, entonces no habría lugar para una acogida amable. Sólo quedaría sitio para el desprecio.

En Un lugar para nosotras leeremos preguntas que nos sorprenderían si las oyésemos ahora, pero entonces eran “habituales”. Un anacronismo que manifiesta lo que había en esa sociedad. También encontramos un sueño por el que se combate hasta quedarse sin fuerzas, un afán insatisfecho por el que se lucha contra todo y contra todos. Y veremos las consecuencias de la resignación tanto en quien se resigna como en quien lo sufre. Y el peso de la mentira en el corazón de quien ama. Y el alivio de la caricia del perdón sincero. Esta obra nos descubrirá además la dificultad para reconstruir la confianza en quien confiaste plenamente y te traicionó con crueldad o con una impulsividad aderezada con inconsciencia.

Tuve la sensación de que me miraba maliciosamente, como si hubiera oído al padre de Sarah. “Así que es lo que te hacía feliz, alegre muchachita.”, le oí pensar. Quise decir: “No, jamás la he amado, jamás la he besado, no soy su compañera” y fue entonces cuando supo cuál de nosotras era Pedro, y cómo se sintió Pedro y qué fue lo que le hizo negar la única luz que había conocido.

Un lugar para nosotras es un relato estructurado en cinco partes subdivididas en capítulos cortos. Cada una de las partes ofrece la visión de un personaje. Es una narración progresiva en la que las escenas continúan pero son relatadas desde los ojos y el corazón de un nuevo personaje. Una estructura que nos permite comparar las versiones, contraponer las emociones y conocer las sensaciones de ambas. Un libro sencillo, fácil de seguir, con un vocabulario asequible y unos personajes femeninos con los que pronto empatizas. Una novela ideal para leerla por la noche, capítulo a capítulo. O un buen libro de mesilla o de Metro.

Un libro sobre mujeres. Mujeres que comienzan su aventura con las ideas claras, sin suplantaciones ni fragmentos. Una es una joven que no quiere disimular lo que siente ni pretende molestar a quien es el objeto de su deseo. La otra es una mujer incipiente que tiene miedo a hacer público lo que siente por temor a la opinión de los demás. Esa misma mujer que en privado no quiere que quien la desea deba disimular sus sentimientos.

Creo que sentir dolor por lo que dejamos atrás no implica menospreciar aquello hacia lo que nos dirigimos y, sin embargo, quiero consolarte.

Nos toparemos con un viaje hacia el Oeste, hacia los territorios inexplorados. Una búsqueda plagada de dudas y determinación. Un viaje alentado por el deseo de vivir en plenitud aquello que “no es normal”. Un viaje con la esperanza de fundar una familia diferente. Un viaje impulsado por el mismo espíritu pionero que aquel que impulsaba a los colonos, sólo que en este caso está lacado con el barniz de la diferencia: la homosexualidad femenina.

Y nos sobresaltará un rencor que actúa como fuerza vital. Un rencor por un rechazo juvenil. Un error al elegir a quien habría de ser el compañero “para toda la vida”. Y nos gustará ver que hay otro sentimiento más poderoso aún. Un sentimiento más allá de los límites de la Razón y la Naturaleza. Pistas, detalles… de las que se hacen interpretaciones propias, únicas y originales. Interpretaciones que llevan a confusiones, incluso a no querer saber más sobre ello.

Las elecciones sin alternativas son otro de los elementos nucleares de esta novela. Y las preguntas cuyas respuestas están dadas de antemano. Y los sentimientos: la felicidad que viene dada al sentir la suavidad de la mejilla de una mujer. La desazón por amar a alguien y no tener la certeza de saberse correspondido. El desengaño y las punzadas que provoca el desafecto. Un desinterés aparente que enmascara una necesidad esencial. Las renuncias que se hacen por amor. La sombra del pasado que cubre la luz de la esperanza. El consuelo de la seguridad en uno mismo. La necesidad de compartir.

En sus páginas asistimos también a un cambio de nombre en una mujer que había aprendido a disparar y se sentía (como) un hombre.

Hay algo más. Me lamenté.
Lo que yo siento —dijo—. Tal vez no te guste.
—¿Qué sientes?
—Me siento atraída por ti.
—Quiero que te sientas atraída por mí. Yo me siento atraída por ti. Si te molesta o algo así, dejaré de hacerlo. Si quieres que lo olvide, dímelo.
—No quiero que dejes de sentir lo que sientes.

En los primeros capítulos se narra una primera partida que no es tal y como se había imaginado. Es una salida oculta, sin la despedida esperada. Un viaje ideal hacia lugares en los que las vacas enamoradas conocen a sus dueños. Un viaje hacia vidas futuras en ciudades con las calles pavimentadas con flores. Un viaje onírico ensuciado por la realidad. Un viaje real que comienza con mal pie y continúa con un deseo que acaba superponiéndose al deseo original. Una nueva ilusión que abre mundos antes no imaginados ni soñados. Una aventura que comienza muy mal, con dolor y frialdad.

Un trayecto solitario en el Sarah aprenderá más lecciones de las que nunca imaginó. Descubrirá lo importante que es ver lo oculto, lo que hay detrás de la apariencia.

Pinté a Boz, a Rut y a Noemí; Boz a lo lejos, muy pequeño y de espaldas, alejándose. Lo llamé Donde tú mores, moraré yo (Rut 1, 16).

Un primer viaje durante el cual se entrega un regalo: el don de entender las palabras. Algo que fue un regalo porque algo tan común antes había sido negado por el hecho de ser mujer. Un pastor transeúnte se propone acabar con la ignorancia de una mujer de 22 años. Una mujer que durante parte de esa ruta descubre lo bueno que tiene ser mujer.

Y también descubre el valor de las armas. No sólo los colts y los rifles. También las intangibles, es decir, las palabras. Un descubrimiento esencial para su vida. Y para la de todos, pues no debemos olvidar que en la Historia la pluma ha matado a más personas que la espada.

Aprendes a leer y quieres libros —dijo papá—. Otra cosa estúpida que quieres y que no conseguirás. No lo toleraré -su expresión era tan tozuda que renuncié por el momento. Estaba demasiado cansada para explicarle que se estaba consumiendo en la oscuridad.

Un relato sobre la valentía, valentía para decir la verdad. Valentía para contarle a una hermana lo que se siente, lo que hay en un corazón. Una sinceridad que choca con las intenciones de una hermana pequeña que intentará hacer lo imposible por no separarse de su hermana. Incluso violar una confidencia. Un relato sobre la valentía, valentía para encarar las consecuencias de esa sinceridad.

Una verdad contada con tanto valor como inocencia que acaba convertida en el centro de un tornado emocional. Una revelación que desata la tormenta de la represión familiar y social. La alegría desbordante soltó la lengua, los ríos desbordaron sus cauces y después hubo que drenar los terrenos inundados. Una alegría irreflexiva que se pagó con sangre y sudor pero no con lágrimas.

Una delación que desde entonces obliga a vivir disimulando. Una representación permanente en la que la persona vive como un personaje. Un sobre-esfuerzo para aparentar ser “la de siempre” para que no haya sospechas, ni críticas, ni golpes, ni reproches.

Descubierto el pecado, las pecadoras no huyen asustadas. Se encaran con la Censura, con el juez moral. Una mayor y más valiente es soporte de la menor y más fuerte. Ambas se apoyan una en la otra para así resistir las embestidas y contraatacar.

¿Por qué? ¿Por qué? —y le expliqué el porqué, lo cual era aún peor, y me quedé allí, tan destrozada y vacía que ni siquiera tuve miedo. Sabía que había perdido mi oportunidad en la vida y sabía que me lo merecía. […] Pensé que ella había confiado plenamente en mí y que le había prometido a su hermano no regresar jamás.

En Un lugar para nosotras conviene destacar también los cambios emocionales de los protagonistas. Por ejemplo, aparece una sensación de ahogo y cobardía donde antes había un valor y un coraje desmedidos. Esos cambios son los auténticos puntos de giro del relato. Las emociones son las que conducen a la acción y no al revés.

En la narración hay una mujer que se prepara para ser aceptada en una familia. Una creadora de familias, una idealista del hogar. Alguien valiente a la que le gusta jugar en el borde del acantilado, lanzar señuelos, amagar sin atacar. Una mujer astuta, muy astuta. La astucia femenina, esa cualidad que con desprecio machista se comparaba con la astucia de la serpiente.

Y también hay lugar para el erotismo tímido y el pudor propio de la primera vez.

Le sostuve la mano a Sarah y tuve la sensación de que tanto el viejo mar como aquellas ruedas modernas nos conducían hacia una vida para la cual no teníamos ningún modelo, una vida que nadie que conociéramos había vivido antes, una vida que nosotras mismas debíamos inventar mientras pendíamos de un hilo.

Un lugar para nosotras también se desarrolla en un viaje que se convierte en la marcha nupcial de sus aventureras. Un viaje que recibe la aprobación tácita y la bendición de un hermano justo y honesto. Un hombre con una mirada bondadosa que les brinda a las protagonistas la oportunidad de ser felices. Y el contraste a este hombre aparece en algunos “caballeros” que se comportan con vulgaridad y violencia. Hombres que creen su deber avasallar a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Hombres que se pavonean como un gallo en un gallinero.

Estos viajes nos demuestran que nada es realidad hasta que no haya sido antes una idea consistente. Y también nos hacen ver los obstáculos con los que uno se topa cuando quiere iniciar una vida diferente. Y la satisfacción por ver cumplido el sueño de hacer un hogar con mayúsculas. Y, sobre todo, la alegría de nuestro corazón al ver el reflejo de nuestros sueños en los ojos de quien es el/la protagonista de nuestros sueños.

Y no todo es bonito, pues hay mucho miedo y cobardía, ambos tan típicos del ser humano. El temor hace que neguemos nuestros sentimientos y rechacemos el Amor. Y hay dureza y dolor. El dolor y la tristeza de la despedida. Y un pasaje de barco en el que va el billete hacia la libertad.

Sabía que me dejaría ir con ella y que sólo estaba interpretando el papel de un hombre, un hombre lento pero seguro, nada impulsivo, que sopesaba cuidadosamente las cosas. Me divertía, pero no se lo dije. Ya tendría tiempo de enseñarle que es mejor ser una mujer auténtica que una imitación de hombre y que cuando alguien elige a una mujer para marcharse con ella es porque prefiere a una mujer.

En esta obra de Miller se produce un encuentro curioso entre un pastor protestante bisexual (Reverendo Peel) y una lesbiana camuflada bajo la piel de un jovenzuelo imberbe llamado Sam. El encuentro entre una ingenua campesina y un hombre “todo bondad” que va a ser más que beneficioso para ambos.

Un carromato con cortinas de cuadros que se convierte en un hogar en el que se aprenden modales y buenas maneras. Y lo más importante, se aprende a amar a los demás. Sin tener en cuenta quién es el destinatario de nuestro amor. “Es algo muy natural y común. Los hombres se aman, Sam”.

Otro aspecto interesante del relato radica en que nos muestra lo difusa que es la frontera entre el amor fraternal y el amor entre amantes. Ambos compatibles, pero un juego peligroso, pues si el primero es malinterpretado, se volverá combativo y excluyente. Adjetivos aplicables a las celotipias.

Ella y yo nos parecemos mucho: las dos estamos enamoradas de ti. Puedo solidarizarme con sus sentimientos e incluso encontrar, a regañadientes, cierta belleza en ellos, pero no creo que yo esté obligada ayudarla. ¿Por qué ella duerme contigo y yo duermo sola?

Veremos un plan trazado por una astuta mente femenina que se cumple a la perfección. Evoluciona fase a fase, tal y como fue concebido. Un plan que conduce a un castigo. Un castigo que es liberación. Un castigo que satisface al juez y también es lo que desea el condenado.

Y nos chocaremos con el poder de una palabra. El cambio que se produce cuando alguien pronuncia unas palabras. Ya no hay vuelta atrás. La situación se vuelve irreversible. La esclavitud a la que nos someten las palabras.

Pero aquello no era disoluto en un hombre: un hombre podía desear los labios de una mujer. Y sentí, creo que por primera vez, rabia hacia los hombres. No porque ellos pudieran decir “me marcho” y se marcharan. No porque ellos pudieran ir a la universidad […] mientras las mujeres sólo podían aspirar a ser esclavas de la cocina o de los adornos, sin término medio.

Y por último os diré que en esta novela tan completa no todo es ficticio. Como Isabel Miller escribe en su epílogo, la historia se inspira en la vida de la pintora Mary Ann Willson. Una mujer de principios del XIX que vivió con otra mujer en una granja en el estado de Nueva York.

Dos lesbianas viviendo juntas en Connecticut hace doscientos años. Dos millones de lesbianas viviendo juntas en los cincuenta estados en el siglo XXI. Afortunadamente para ellas y para nosotras. Se necesita el sabor de la vida cotidiana para consolidar una pareja. Y libertad. Y visibilidad.

Feliz Navidad frente a una chimenea.

Seremos el ejército de Platón: amantes invencibles. Ninguna de nosotras se comportará de forma deshonrosa ante la otra. Que el mundo acabe con nosotras o se acostumbre a nosotras; aquí estamos.

Todas las citas han sido extraídas de: Un lugar para nosotras, Isabel Miller, Trad. Montserrat Triviño, Egales, Barcelona, 2000.

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