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por Rubén GP

El hombre que se enamoró de la luna

Noviembre 2011

 

El protagonista de esta novela de Tom Spanbauer no es el hombre que se enamoró de la luna. El protagonista es Alguien. Alguien con nombre de Algo. Alguien que no conoce a su padre. Alguien que desconoce su edad exacta. Alguien que busca su definición. Alguien que no sabe cuál es su nombre hasta los 10 años. Alguien a quien le enseñan a responder: “Yo no soy” cuando lo llaman para así evitar que se lo lleve el Diablo.

¡Pederastas amantes de los negros! – nos gritó el hombre-. ¡Diablos sodomitas!

Este Alguien es huérfano desde los once años. Alguien es un mestizo, hijo de una india encargada de satisfacer las necesidades de los blancos. Alguien que desde los 12 años practica el “berdaje”: “Alguien que es un hombre santo que folla con otros hombres”.

Hombres locos y sus pollas – prosiguió-. Nunca lo entenderé. Un hombre es como sea su polla. La mujer no tiene nada comparable a eso… ninguna parte de su cuerpo tiene esa importancia sagrada ni le ocupa tanto tiempo. Lo que más se aproxima sería el cabello, y no se aproxima nada.

Cobertizo, Afuera-en-el-cobertizo, es ese Alguien. Alguien que vive en Excellent, Idaho a caballo entre los siglos XIX y XX. Alguien enamorado del hombre que estaba enamorado de la luna. Alguien que vive en el Hotel de Ida antes de que los mormones se hiciesen con el poder. Alguien enamorado para siempre de quien podría ser su padre. Alguien que es narrador, escritor y lector al mismo tiempo. Alguien que juega al teruteru.

Tenemos ante nuestros ojos un libro con un lenguaje duro, expresiones coloquiales, bruscas, groseras… y con caracterizaciones -de personajes y paisajes- sublimes. El relato de la venta de un cuerpo “noble y salvaje” es casi tan interesante como la descripción del vestuario de la primera puta del local.

Creía que estaba enamorado. Y sin embargo sólo hacía lo mismo que cualquier otro pobre desgraciado que yo hubiera conocido. Correr de una madre a una esposa. Con la cabeza aún en el coño de una y la polla ansiosa por follar en el de la otra. […] Y si, de hecho un hombre necesitaba a una mujer, lo que haría sería convertir en mujer a una parte de mí mismo.

Excellent, Idaho era un lugar diferente. Una ciudad del Oeste americano en la que las prostitutas son alcaldesas y hay una mujer al frente de la estafeta de Correos y al mando de la barbería.

Afuera-en-el-cobertizo fue un muchacho muy alto, alegre, que reía mucho. Era la risa y el deleite de muchos. Afuera-en-el-cobertizo fue un niño que se emocionaba con la luz de oro que desprende la hierba de la pradera al amanecer. Afuera-en-el-cobertizo fue un niño y es un hombre marcado por una montaña, Falsa-Montaña, bajo cuya sombra intenta encontrar el conocimiento comprendido. Afuera-en-el-cobertizo es un hombre que desde niño ha sabido bien cuál es “su parte en el cementerio”.

Afuera-en-el-cobertizo es un proyecto de hombre encandilado con el deletreo, o mejor dicho, un proyecto de hombre que recurre al deletreo para no olvidar, para perpetuar el recuerdo. Afuera-en-el-cobertizo estaba marcado por los círculos de luz, espacios inmateriales donde había secretos que el no conocía y necesitaba saber.

Después de la noche que Ida no pudo dormir, y después de ver mi polla dura […] a pesar incluso de que no tenía más de doce años… Ida supuso que me gustaría el trabajo. O sea que acabé asumiendo el resto de los deberes de mi madre: satisfacer a los hombres en la cama.

Ida Richilieu es una prostituta con tres vestidos: azul, rojo y blanco. El rojo es el de la pasión, el azul el de los días de su ovulación y el blanco fue su vestido de novia. Ella es la madama de un burdel y es la viuda de un panadero católico italiano con la polla pequeña. Un hombre que se desvaneció entre los acordes del aria que cantaba en el borde de un desfiladero. Ida es una mujer con apellido de cardenal francés. Una mujer dura, encerrada en sí misma que vive para odiar a los mormones y para amar, para amar… a sí misma, a Cobertizo y a su local.

Alma Hatch es una prostituta con pezones rosados y olor a rosas. La viuda de un vendedor de biblias a domicilio. La esposa en un matrimonio singular: el marido se queda con las mujeres de los números pares y la esposa con los hombres de los impares de la calle. Una mujer que sabe hacer gozar y disfruta haciéndolo. Una mujer que es una avecilla sin alas. Una amiga, una hermana, una hija… una rosa con néctar de miel y olor a rosa que te folla hasta dejarte seco.

Hablaba de mantenerse limpio, de mantener las promesas y de mantenerse vivo. Hablaba de pollas grandes y de pollas pequeñas. Ida hablaba de la polla de Dellwood Barker. Hablaba de mi polla… a ida le encantaba hablar de pollas. No había nada de lo que le gustara más hablar que de pollas, excepto de los mormones, y esto muy al final.

Dave el Maldito y el maldito perro. Una pareja singular, despreciada por su locura pero leal hasta la muerte. Hombre sencillo que aullaba más que su perro enloquecido. Los guardianes de un establo, los celadores de las crónicas de un pueblo y de las vidas de sus vecinos. Un juez ecuánime que entendía el sentido de la palabra Justicia.

Dellwood Barker es, es… Delwood Barker: un vaquero de ojos verdes y polla discreta. Un hombre que veía los últimos búfalos en el cielo y lloraba con toda la dulzura imaginable. Un cowboy conocedor del idioma de la luna. Un hombre con un perro llamado Metáfora y una yegua bautizada con el nombre de un presidente: Abraham Lincoln. Un hombre que es padre de Oso de Luna y Sauce.

La polla de Dellwood clavándose en mis entrañas, haciendo aflorar todo, haciendo aflorar el dolor. En la penetración -puedo asegurarlo- ya sea de una polla grande o pequeña, tienes que mantenerte abierto si no quieres que te duela.

Y Mueve, mueve. Mueve, mueve es la esencia de la vida. El significado último. El conocimiento comprendido. El principio y el fin.

El hombre que se enamoró de la luna además de ser una crónica de la vida en el salvaje Oeste americano, es la historia del encuentro con una identidad, el relato de un verse a uno mismo desde los ojos de los demás. Y es el diario de una familia, una familia que estaba más allá de la sangre. Cuatro seres humanos, dos hombres y dos mujeres, enlazados por vínculos más fuertes que la cuerda de cualquier cuatrero. También es una narración sobre la brutalidad de la conquista “blanca” y la discriminación de los indios americanos en los dominios de los tybo (hombres blancos) y su confinamiento en las reservas. Reservas en las que miseria y desesperanza los esperaban para abrazarlos y no separarse de ellos nunca más.

Alma se corría y volvía a correrse, gritaba y se corría de nuevo. Y entonces yo también me corrí. No quedaban palabras, sólo el silencio que, atravesándome, entró en ella. A través de ella, mi cuerpo ascendió dulce hacia su dulzura, hacia la luz del sol como un pájaro blanco asciende hacia el azul, volando.

Nos narra una historia circular muy bien tejida, con un final esperado y sorprendente a la vez. Cierra una etapa y abre otra. Por fin se descubre el significado de un nombre, el auténtico y el verdadero significado. El destino aparece dando segundas oportunidades en un juego extraño de identidades cruzadas. Una biografía en la que se aprecia cuáles son las consecuencias de una vida en la que no hay sitio para nada ni nadie más que esa misma vida.

Una violación abyecta que divide a la víctima en dos partes irreconciliables: el yo y el no-yo. Dos elementos que luchan por unirse. Luchan y luchan pero no tienen éxito: el miedo y el dolor no se lo permiten.

Una violación concentrada en un anillo y en un par de bes esquivas. Una violación que deja tras de sí un color fetiche: el rojo. Rojo de la alegría y rojo de la tristeza. Rojo del amor y rojo del odio. Rojo de una blusa y rojo de unas botas.

Una comida campestre que convierte el blanco en un color con aroma a felicidad, a calor familiar. Y en contraste para el rosa chillón de un hotel que se desvirtúa ante la devastación color negro que todo lo absorbe. Un negro pintado de rojo, rojo del fuego liberador que arrasa sin que nada se le interponga.

¿Cómo vas a llamar a tu nuevo caballo? Princesa, respondí. Pero si es un semental. Abraham Lincoln es una yegua, dije. Es cierto.

Se pierden los ojos y se gana la visión con el corazón. Y se manifiesta la necesidad de los contrarios para la existencia de ambos.

La ciudad de Excellent vivía en un equilibrio de poderes hasta que estalló la guerra. No la guerra de Secesión, estalló la guerra entre el Bien y el Mal, el combate de los buenos frente a los malos, de los perniciosos contra los virtuosos. Y las consecuencias fueron nefastas, para unos más que para otros pero odiosas para ambos.

En esta novela nos encontramos con personajes que combinan lo más sórdido y repugnante con rasgos tan delicados como apreciar unas flores silvestres en la entrada del cubil donde van a follar.

En un par de ocasiones, por el vaho de la ventana donde los hombres secaban la ropa, vi y escuché supongo que más de lo que debería saber cualquiera excepto aquellos dos que hacían lo que vi y oí lo que hacían. Yo, un niño de unos 8 ó 9 años, yo y la noche exterior, yo mirando hacia dentro, por el vaho de la ventana, espiando: en el interior de la Dry House una lámpara de queroseno, un círculo de luz y dos hombres crecidos, temblando, tocándose, hablando de amor.

Relato erótico muy explícito. Una narración con pasajes tan brutales que rozan la pornografía, escenas de sadomasoquismo, violaciones cortantes como una esquirla de hielo, escenas lésbicas y gays. Una obra con personajes secundarios complejos, descritos a la perfección, seres atípicos entre los que hay herreros que cuidan sus manos con vaselina y guantes, vaqueros e indios berdajes, prostitutas de buen corazón, violadores y vaqueros mal encarados, sheriffs injustos y corruptos, Y un relato con pasajes deliciosos, de un lirismo conmovedor, en los que los colores se vuelven atributos esenciales para reconocer lo que enmarcan.

Una novela centrada en los outsiders. Aquellos que están fuera de la sociedad por sus creencias, el color de su piel, su orientación sexual, su profesión, su sexo, sus hábitos, su origen…

Los hombres miraban con odio, miraban como sólo los cristianos saben odiar, especialmente los mormones.

Tom Spanbauer habla del paisaje del Oeste, de su inmensidad, su aroma, su soledad, sus colores, su viento, su sabor, su polvo, su cielo, sus sombras, su vacío, su plenitud… Crea un relato de sombras nostálgicas y desconocidos; de luces y colores; de aromas y sensaciones; de torrentes y de cabalgaduras… Y articula este relato coral alrededor de un viaje iniciático en pos de una identidad, del significado de un nombre, de descubrir si lo merece realmente.

Una pregunta rotunda en el bar de un hotel rosa congela el tiempo como si hubiera sido el disparo de una cámara fotográfica. Una mujer delgada como un junco, con una larga cabellera negra, dispara con sus palabras a los rudos vaqueros que juguetean con sus colts.

Descripción de un infierno de sangre, la metáfora de un matadero. Párrafos que te ponen los pelos de punta, asistimos a una muestra de Cirugía Mayor en el salvaje Oeste. Dilema entre renunciar a tu identidad, a tu ser más auténtico para prosperar en la sociedad o bien abrazar lo que tú eres dejando que la sociedad te aparte, te margine.

La verdad es que quien trae una vida al mundo, debe sostenerla. La verdad es que quien trae una vida al mundo tiene que terminarla.

Un par de ojos verdes que completan el terreno árido y sin hierba. Métodos ancestrales de curación, más antiguos que los espíritus. Lugares en los que morir en armonía con la mecánica celeste y la dinámica terrenal. Un rastro de resplandores de monedas de plata para encontrar el camino al destino elegido, cono si fuera el reguero de miguitas de pan de Hänsel y Gretel. Monedas de plata que no son sino lunas metálicas que llaman al cazador, al espíritu alerta. Lunas llenas que brotarán en los ojos de un muerto.

En la historia de El hombre que se enamoró de la luna hay un sobrecogedor clímax de sinceridad. Una cadena de verdades, de almas abiertas sin recelo alguno, en tríos imposibles. Tres vivientes unidos como una piña, mitad corpórea y mitad mística.

Una novela divida en cuatro partes y un epílogo cuyo protagonista tiene una forma peculiar de contar historias. Historias de espíritus que cambian de cuerpo y viven en otros o vagan por las praderas desnudas o las casas de media ventana. Un protagonista con una manera particular de entender qué es la libertad y de responder a la pregunta: ¿Qué es la Providencia: un sonido, una imagen, un sentimiento?

Follar era igual que todo lo demás; lo que pensabas que hacías no era lo que estabas haciendo. Pensabas que estabas mamando y penetrando y besando, aguantando y eyaculando. Pero lo que en realidad hacías era contar una historia.

Algunos personajes aparecen velados por la nebulosa de la esquizofrenia o del trastorno bipolar. Otros son influidos por el espíritu de una montaña artera que surge y desaparece como un tímido arroyuelo. Hay detalles curiosos como bautizos a caballos según lo que nos dice el corazón, no por su género. Priores franciscanos arrepentidos, atrapados en un círculo vicioso culpa-castigo. Muertes cruentas y muertes apacibles. Tranquilidad absoluta.

Una novela profunda que indaga en la psique de sus personajes. Es la historia de una liberación. La liberación de las convenciones y del qué dirán. Una historia in crescendo que va sorteando valles y montañas hasta llegar a la meseta de su salvación total.

Ida estaba en su habitación con Alma Hatch. Yacían en la cama de plumas de Ida envueltas por la luz rosada. Estaban desnudas, fumaban y bebían. No había sitio en ellas para mí y tenían que estar solas. Se acariciaban, se contaban historias, se contaban secretos, se contaban historias que yo desconocía, cosas que yo necesitaba saber y no sabía.

Dos monólogos convertidos en diálogo en presencia y ausencia. Un diálogo paterno-filial. Una relación prohibida que es amor verdadero, intimidad máxima y comunión total. Y una luna, una luna que lo tiene todo.

Hay sentimientos y humanidad donde uno menos espera encontrársela. Un mujer que no es madre pero que se siente madre, y un hijo que no es hijo pero vive como tal. Millones de búfalos trotando en las praderas de flores blancas y hierba azul.

Buscarme a mí mismo era mi manera de ser. Intentar ser alguien capaz de mantener todo mi ser junto en el mismo lugar. Ser alguien capaz de hacer que esto sucediera…

Se refleja lo inútil de las venganzas y se advierte sobre los peligros del fanatismo religioso, corporeizado en la figura de los mormones. Personajes estrictos e hipócritas, auténticos fariseos del Oeste que ofician entierros falaces y se niegan a celebrar las exequias por muertes injustas.

Apariciones y risas en una nieve que es bendición y maldición al mismo tiempo. Un curioso concurso con recompensa: deletrear la palabra “pernisiosio”. Una burla al poder y una lección para quienes trataban de imponer sus decisiones.

Una colección de dibujos rudimentarios que explican la forma de ver el mundo de su autor. Y que además son la crónicas gráficas de la ciudad en la que vive. Unos garabatos que son los diarios de un loco, de un maldito.

Una vida que es una sucesión de vueltas a un circuito, un carrusel de retornos y despedidas.

Un vestido azul, un collar de perlas, un brazalete de bisutería, una boa de plumas, los labios pintados de rojo.
El diablo.
La libertad y una amorosa compañía.
La Falsa-Montaña y la Luna. La Luna. Esa luna llena reflejada en unos ojos verdes.

No lo olvidéis: Mantened vuestras promesas, manteneos limpios y manteneos vivos.

Al lugar más femenino que un hombre puede tener. Descubres tu poder masculino natural a través del agujero de tu culo, no de tu polla. Descubres tu próstata. […] Recibiendo a un hombre en ti, recibiendo a un hombre como una mujer, siendo todo lo femenino que un hombre puede llegar a ser, descubres (si no te ahogas) al hermoso guerrero de tu interior que conoce ambos lados.

Todas las citas han sido extraídas de: El hombre que se enamoró de la luna, Tom Spanbauer, Trad. Carlos López de Lamadrid, Muchnik Editores, Barcelona, 1992.

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