Lesbiana indignada

Directora Revista MíraLES

Mi madre me dice que soy una histérica. Me acusa de volverme loca con mucha facilidad. Tiene razón. El mundo me indigesta. Como una bomba de tiempo oscila un tic tac en mi estómago. Un tic tac que crece con diferentes sucesos: con un líder religioso recibido por cientos de miles de jóvenes y autoridades españolas como si realmente fuera el representante de Dios en la Tierra y no un intolerante, homófobo y encubridor de pederastas.

Tic tac, tic tac… Con dos obispos gastando 605 euros en una cena en un restaurante madrileño de lujo durante la JMJ (pagada con la tarjeta de crédito de sus parroquias), dinero suficiente como para costear el tratamiento completo contra la desnutrición aguda de 15 niños somalíes o abastecer con agua a dos mil personas de la región. Tic, tac, tic tac… Con un ex presidente del Fondo Monetario Internacional libre de cualquier cargo de abuso y violación (¿qué más íbamos a esperar? Había sido acusado por una camarera negra). Tic tac, tic tac… Con los violentos abusos policiales contra ciudadanos que protestan por sus derechos y sus creencias, como se ha visto estas últimas semanas en España y en Chile. Tic tac, tic tac. Exploto.

Stéphane Hessel cree que las bombas internas son detonaciones positivas: “Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna, como a mí me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido”. Para mi madre, por el contrario, es enajenación pura, por lo que me aconseja separar la vida privada de la pública. Recomienda que solo me duelan las cosas cercanas, las cosas que afectan a mi círculo íntimo. Pero, ¿qué es cerca y qué es lejos? ¿Cómo se miden las distancias? ¿Por kilómetros?, ¿por lazos sanguíneos? ¿Hasta qué punto debe dolerme una violación que no va destinada a corregir mi lesbianismo sino que el de una mujer sudafricana que no conozco?

A mí lo público y lo privado se me parecen demasiado. Mi vida privada es una herramienta para mi lucha pública por la visibilidad lésbica. Mi falta de discreción es también una bomba de tiempo en el estómago de aquellos que, ya sea por principios religiosos, morales o políticos, se oponen a cualquier forma de coexistencia que no tenga como base la unión de un hombre y una mujer. Lo público y lo privado. Dos esferas que, recientemente, han sido causa de controversia entre la comunidad lésbica por las fotos publicadas de Elena Anaya en una revista, desnuda en la playa con su novia. Opiniones a favor del outing, otras en contra de que se conozca el lesbianismo de la actriz sin que ella lo haya expuesto. Hay cosas que no pueden ser privadas. Por culpa de “lo privado”, entre otras cosas, las lesbianas vagamos casi invisibles por la historia de la humanidad, de la literatura y del cine. La nuestra es una historia de fantasmas errantes llenos de asuntos pendientes.

Hay cosas que no pueden ser privadas. Al menos para mí. No sé sustraerme. Desaparecer. Cerrar los ojos y apagar la luz. Soy histérica. A comienzos de los años 30, uno de los argumentos que se esgrimían en España para no conceder el voto a las mujeres era éste: que el histerismo no era una enfermedad, sino la propia estructura de una mujer, y que ésta sólo podía razonar y alcanzar su punto de inteligencia después de la menopausia. Quién sabe, quizás mi madre tiene razón, yo estoy hecha de histerismo de los pies a la cabeza. Me duele el mundo que veo. Me explota dentro el mundo que veo. Y, cada 28 días, el mundo que veo, y en el que vivo, me llora entre las piernas.

 




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