Media vida o vida entera

Directora Revista MíraLES

A veces, de pequeña, me escondía en un armario. Era el armario de una de mis tías. Me sentaba sobre su ropa y me tapaba con sus pantalones y sus abrigos hasta que el olor a detergente, naftalina y suavizante podía respirarlo directamente desde mi piel, hasta que me confundía con todo lo que colgaba de las perchas y me sentía tan inerte como cualquiera de las prendas de vestir.

Por las rendijas del armario espiaba las sombras de mi familia. Sus siluetas me llegaban entrecortadas, sus voces me alcanzaban incompletas y el calor y la falta de aire me llenaban de un sopor tan intenso que sólo el grueso grito de mi abuela me sacaba de ahí: “¿Y ahora dónde se ha metido esta niña? ¡María Jesús, ven aquí!”

Media vida. Así me parecía entonces. Media vida la que tenía cuando me escondía en el armario, media audición, media visión, media sensación. Media libertad.

Menos de media vida. Así me parece ahora. Menos de media vida la de las lesbianas que entran deliberadamente en un armario y cierran la puerta por dentro. Menos de media vida el renunciar a un mundo de olores para quedarse sólo con los del suavizante, el detergente y la naftalina, la de mirar por una rendija y percibirlo todo con la sensación de que hay una parte que se escapa a nuestra mirada, justo aquella que la oscuridad de una puerta cerrada nos impide ver. Y que a su vez, impide que se nos vea, que se nos conozca, que se nos ame por lo que somos y por lo que sentimos.

¿Qué es lo que lleva a muchas lesbianas a vivir menos de media vida? Después de mis entrevistas para el reportaje principal de este quinto número de MíraLES, todas las respuestas conducen a lo mismo. Es el miedo.

Miedo a decepcionar, miedo al rechazo, miedo a lo que piense la gente, miedo a perder amigos, miedo a perder familia, miedo a la discriminación, miedo a perder un trabajo, miedo a Dios, miedo a la violencia, miedo a no parecer normal, miedo al desamor, miedo a sufrir, miedo a ser infeliz, miedo a los rumores, miedo. Un miedo rotundo que cambia de forma y de colores y se las arregla para encontrar otra explicación y darle otro sentido al armario.

Pero lo cierto es que el miedo es potente y también se le puede usar en el sentido contrario, como una corriente de fuerza que impulsa en una dirección totalmente diferente, que abre las puertas del armario e impulsa a salir fuera. Es el miedo a no ser feliz, el miedo a no ser una misma, el miedo a que los prejuicios propios y de otros tomen el control de nuestra vida y nuestras decisiones.

Salir del armario no sólo tiene un efecto positivo en nuestras vidas, también es un acto de solidaridad con el colectivo LGTB y las lesbianas que nos procederán. Es una responsabilidad social para la normalización de nuestros afectos y nuestros derechos.




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