Medias de rejilla

Mi historia de amor – Andrea y Carlota

mirales.esConocí a Carlota el verano pasado, todavía recuerdo aquel día en la playa, cómo entre las más de mil personas que puede haber en una playa de Valencia en pleno agosto sólo tuve ojos para ella desde el momento en el que puse los pies en la arena y miré hacia el mar. Evidentemente ella no se fijó en mí ¿quién lo iba a hacer? Yo ni siquiera habría ido a la playa si no fuese porque parte de mi familia que emigró a Francia durante la Guerra Civil había vuelto a España durante un par de semanas y esperaban que yo por ser estudiante de turismo les hiciese un tour por la ciudad mientras contaba todo lo que había ocurrido desde que ellos se fueron. A decir verdad yo no estaba para nada dispuesta a pasarme dos semanas organizando actividades para siete personas que acababa de conocer y con las que al parecer compartía algunos genes, pero allí estábamos, con un calor de miedo en una playa en la que varios kilómetros de arena habían sido cubiertos con toda clase de toallas horteras. La mañana transcurrió de forma muy poco tranquila intentando entretener a todos los niños mientras el resto de la familia se tostaba al sol. De vez en cuando lanzaba miradas indiscretas a Carlota, que leía un libro sentada en una hamaca a la sombra, mientras, el resto de sus acompañantes, todas mujeres, jugaban a las cartas. Cuando llegó la hora de comer, llevé a mi familia a su hotel; antes de irme, dos de mis “primos“, que tenían veinte años como yo, me preguntaron si esa noche podía salir con ellos a tomar algo. Todavía no sé por qué motivo les dije que sí, que no me importaba, posiblemente esa mañana me había dado demasiado el sol en la cabeza.

Pasadas las once de la noche fui a recogerlos al hotel, Lénoïc debió pasar como mínimo media hora peinándose frente al espejo antes de salir y Guillaume iba demasiado elegante para la ocasión, verlos así me hizo pensar en que yo apenas me había maquillado y que llevaba los mismos vaqueros con los que había ido a la playa por la mañana. Fuimos de pub en pub esperando que alguno fuera del gusto de los franceses y pudiese sentarme en la barra a tomar una copa. Finalmente llegamos a uno con una decoración muy floral y colorida que pareció gustarles. No tardaron más de diez minutos en deshacerse de mí y entablar conversación con cada chica del pub. Al cabo de una hora y media yo ya estaba algo más que borracha, fue entonces cuando pasó: un grupo de cinco mujeres entró por la puerta, entre ellas, Carlota. Se pusieron a mi lado en la barra y pidieron lo mismo que yo estaba bebiendo, por entablar convesación les dije que tuviesen cuidado, que era una bebida muy fuerte y que yo sólo llevaba tres copas y apenas podía vocalizar. Carlota se rió y me preguntó por qué estaba sóla ahí, cuando les conté la historia de los franceses se compadecieron de mí y me invitaron a pasar la noche con ellas. Eran bastante más mayores que yo, más de lo que esperaba. Carlota tenía treinta y ocho años y el resto de sus amigas pasaban los cuarenta. Me contaron que era su primer día en la ciudad, que venían de Madrid y que habían venido a pasar una semana para celebrar que Sandra por fin se había divorciado de un hombre que no la merecía. Con la excusa de que al día siguiente llevaría a mi familia a pasear por el centro de la ciudad decidieron que ellas también me utilizarían de guía y que vendrían con nosotros. Al día siguiente mis familiares prefirieron volver a la playa así que hice el recorrido sólo con ellas. Durante todo el trayecto no pude dejar de mirar a Carlota, su sonrisa, su pelo rubio dejado caer sobre sus hombros, sus piernas… Hasta su voz era para mis oídos un calmante. Desde el primer momento fue con la que tuve una mayor afinidad y eso fue evidente para todas, pues ambas íbamos al final del grupo hablando de todo un poco. Fue entonces cuando me enteré de que Carlota estaba casada con Alfredo y que tenía dos hijos, Manu y Pedro. Desde el momento que super que era una mujer casada y madre de dos hijos mi actitud con ella cambió completamente, ya no intentaba separarla del grupo para hablar con ella, es más, apenas le dirigía la palabra. Sin embargo ella actuó al contrario, estaba más insistente en pasar tiempo conmigo, incluso me invitó a cenar en su habitación de hotel esa misma noche a modo de agradecimiento. Me negué mil veces, puse mil excusas distintas de cosas que tenía que hacer aquella noche pero no me escuchó, me dio la dirección y me dijo que me esperaba a las diez.

A las diez en punto me presenté en la puerta de su habitación, estaba nerviosa y no sabía por qué, pues entre nosotras no debía pasar nada aquella noche, era una cena de amigas, ni eso, una cena a la que Carlota me invitó prácticamente por compromiso, para agradecerme lo del tour por la ciudad y seguramente también estuviese dentro de la habitación el resto del grupo. ¿Cómo había sido tan estúpida por pensar que Carlota querría cenar conmigo a solas? O eso pensaba yo hasta que abrió la puerta y me dijo: ―¡Rápido, entra, les he dicho que esta noche no salía con ellas porque me encontraba mal!

Mientras tiraba de mi brazo hacia el interior. Al entrar vi que había encendido un par de velas y las había colocado encima de una mesilla diminuta que era donde íbamos a cenar. Me dijo que no había comprado nada para cenar y que atracar el buffet libre del hotel le parecía poco sutil. A mí se me ocurrió bajar al restaurante chino de la esquina y pedir comida para llevar. Cuando subí Carlota estaba bebiendo un vaso de vino, me sirvió a mí otro y nos sentamos en la mesa dispuestas a empezar a cenar. Fue una cena muy agradable, no hubo ningún silencio incómodo y yo no podía dejar de mirar las chispas que saltaban de sus ojos. Nos acabamos la primera botella de vino, abrimos una segunda botella, acabamos de cenar y continuamos bebiendo vino. Todavía no recuerdo muy bien cómo ocurrió pero Carlota se levantó y me besó. Yo me quedé extrañada pero le devolví el beso, no podía de dejar de acariciar sus suaves labios con los míos. La cogí en volandas y la tumbé sobre la cama, hicimos el amor durante toda la noche. Jamás olvidaré sus besos, sus caricias, la forma de su espalda ni su sabor. Carlota volvió a Madrid para continuar con su vida como si nada hubiera pasado pero lo cierto es que yo todavía no he conseguido olvidarla, por muchas mujeres que hayan pasado por mi cama, jóvenes o mayores, ninguna estaba tan llena de vida como Carlota.




There are 4 comments

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  1. Belén

    Pedís igualdad y vosotras os la saltáis cuando os da la gana. A mí me rechazasteis mi historia porque no incluía fotos de las protagonistas, aún cuando os di una razón para mantener la privacidad y luego publicáis esta con una foto de pega. En fin, de todo se aprende.


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