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Mi historia de amor – Infinito

Era una era de oscuridad. Cien páginas escritas no alcanzarían a describirla.

Una noche, un chat, una conversación —¿destino?— sobre una chica con voz de radio.

Atlanthis, niebla rasgando la luz de la madrugada. Wit, ecuaciones dispersas bajo el flexo.

Granada y Valencia. El reloj súbitamente quieto —sorprendido—, unas cuantas sonrisas al otro lado de la pantalla y esa sensación de encontrar algo que no sabías que estabas buscando.

Nos conocimos con mil palabras tecleadas por minuto, un par de llamadas y un coche camino a una ciudad extraña.

Mis sombras, se quedaron en silencio la primera vez que la vieron. Mi alma entera enmudeció.

Fue certeza, verdad inevitable, ingravidez. Sencillamente lo supe, era Ella.

No fue la mejor de las primeras citas, pero aun así saltaron las chispas. La química recorrió nuestros cuerpos y sus pupilas quedaron imborrables en las mías, aquella insólita tarde de sábado de diciembre.

Resulta que algo más fuerte que nuestros caminos entonces se forjó entre nosotras.

Siempre me gustó su sonrisa torcida, la determinación de sus ojos, el misterio y a la vez, la transparencia —que quizás sólo yo veía— de su carácter.

Encontrar la otra cara de tu moneda, esa persona que está parada bajo la lluvia, como tú, observando en silencio pasar al resto, alejada, sabiendo que eres diferente, sintiendo que te has caído del mismo universo que nadie más entiende que existe; encontrar a alguien así es muy difícil de describir. Encontrar a alguien así te sacude desde los cimientos hasta el último pelo de la cabeza.

Era una era de oscuridad. Pasaron muchos meses hasta que nos entrelazamos de nuevo. Y serían dos años de relojes retorcidos, absurdos, resquebrajados.

I’ve seen fire and I’ve seen rain, but I always thought that I’d see you again.

Ella, unos 24, 25 años. Un pasado equívoco, injusto; un presente buscando algo en las personas erróneas, en los lugares incorrectos; un futuro lleno de incertidumbre, de sueños al filo de la navaja.

Yo, entre 20, 21 años. Una historia para re-escribir, una ciudad de impotencia y locura, laberintos en las paredes sordas y pasos atrapados, luchando por algo al borde del oxígeno.

mirales.es

Lo teníamos todo en contra. Su mirada en el espejo, la mía. Mis atardeceres intentando sobrevivir, los suyos. Sus dedos recorriendo mil y una dudas, mis piezas destrozadas gritando por correr. Mi libertad sangrando, sus pies bordeando abismos.

Mis padres finalmente me echaron la última vez de casa. Recuerdo observar todo mi pasado metido a prisa en cajas dejadas en el suelo de un piso que no era mío. Luego serían las llaves en el bolsillo, el alquiler atrasado, la basura dentro del contenedor detrás del que un tipo que te dice buenas noches, se está drogando. Los exámenes inestudiados de Psicología apilándose junto al polvo de las esquinas, mientras aprendía cómo lijar, echar gotelé y pintar una casa más rápido que mis tres inesperados compañeros de trabajo por unos 200 euros al mes.

Muchos autobuses intempestivos, muchas carreteras interminables. La distancia riéndose de nosotras. Sueños con olor a pintura, sábanas llenas de números. Dos chicas diminutas en comparación con el mundo. Un simple café o un abrazo tan, tan difícil. El tacto de la piel de otras. Cientos de canciones, una y otra vez. El precio de las cosas cuando no tienes nada; el de la libertad. Recorrer la ciudad maldita, sola, a altas horas de la madrugada, borrosa. El monstruo terrorífico de las despedidas. Escalar montañas; vértigo. El quererlo todo y no entender nada. El entenderlo todo y no saber qué hacer, cómo hacerlo, qué imagen te devolverá el espejo mañana.

El echar irremisiblemente de menos su olor, su tacto, su risa, su voz, su respiración, sus días.

El dolor de la ausencia rompiéndote el corazón.

Ella trataba por todos los medios de conocer la trayectoria correcta, de guardar la ropa al mismo tiempo que nadar, de entender quién era. Metacrilato protegiendo los sentimientos, paso firme bajo el cielo gris, sueños más altos que los edificios que la rodeaban; relámpagos rompiendo en llamas la oscuridad que la acechaba, aún sin saberlo.

Cuando lo imposible parecía inalcanzable, ella intentó lo absurdo. Un café a las 5 de la mañana, 500 kilómetros. Mi corazón sin saber estarse quieto, su imagen de repente al otro lado de la puerta de mi República prestada, con un frigorífico en el salón, telarañas en los muebles y muchas latas de cerveza vacías en la cocina.

Preguntas, respuestas. Sin paracaídas.

Una encrucijada en el camino. Un tren que se marcha, contigo o sin ti; cuando no hay más, cuando el momento es ahora.

Y saltamos.

Hace más de 10 años que vivimos juntas, que vivo junto al amor de mi vida.

Ella tiene un cosmos precioso, bueno, inmenso, inteligente, dentro de sí. Ella es fuerza, vida, ilusión. A veces también es nervios, nubes de tormenta, impotencia ante lo injusto o lo que no entiende. Ella es pequeña y a la vez es grande. Bella, valiente, asombrosa. Es una niña con la que jugarías todos los días, una chica dura capaz de conseguir todo lo que se propone, una mujer a la que es imposible no amar.

Hace 2951 días que legalmente estamos casadas, aunque realmente lo estuvimos mucho antes, desde el día que por fin respondí su pregunta y le dije que era incapaz de imaginar la vida sin estar a su lado.

Ella es el escalofrío que recorre mi espalda, el faro que aleja mis tinieblas, la geografía donde mis dedos cuentan estrellas. No hay más paz que escuchar su corazón latir entre sus brazos. No hay más amanecer que el sol que me despierta a su lado. No hay más fuego que el que incendia el aire desde nuestras sábanas.

Nuestro nivel de frikismo aumenta por segundos. Nuestras ideas no se detienen. 5 años sin resultados en la reproducción asistida, hasta al fin aceptar que sólo seremos ella y yo, no ha podido con nosotras. En las buenas y en las malas, somos un equipo. Nuestra mutua tozudez es débil pasados 10 minutos. Nuestro respeto, compromiso, apoyo, no tiene fecha de caducidad. Ambas somos las chicas más raras del lugar. Y nuestro gato nos aguanta bastante bien.

Ella me trajo calma, sentido, lugar, todas las piezas que faltaban. Ella trajo a mí la eternidad, el deseo, el amor.

Mil páginas escritas no alcanzarían a describirla.

El teclado de mi ordenador se quedaría sin tinta antes que poder relatar todo lo que hemos vivido juntas, todo lo que somos, todo el futuro que vamos a recorrer. Cualquier cosa es mejor si es con ella. Cualquier día es especial.

Te quiero, Ángela. Infinito.

Laura Morillas García.

Mi blog Atlanthis, mi Twitter @_Atlanthis



There are 5 comments

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  1. :)

    ¡Ay! son Ángela y Laura de Gran Hermano 11 😀 Qué grande y bonito que se hayan encontrado la una a la otra, lo que tienen es increíble, y les deseo mucha suerte con la adopción. Ojalá se cumpla su deseo de ser mamás.

    • Laura Morillas García

      Gracias por los comentarios 😉
      No, no tenemos nada que ver con Gran Hermano! jeje.
      El blog que enlazas, al pinchar en tu nombre ” 🙂 “, no es tu página personal (otras 2 personas son las autoras). Por favor, no la uses / difundas como tal.

  2. MARIANA

    DECIR QUE ES FANTÁSTICA LA HISTORIA CONTADA TAN EXQUISITAMENTE ES COMO QUEDARME CORTA CON LA EXPRESIÓN, CON LO QUE ME HIZO SENTIR CONMOVERME HASTA LAS LAGRIMAS, SUMERGIRME EN TANTO DE LO QUE SE ESPERA Y NO LLEGA, PERO DISFRUTARLO DESDE SUS EXPERIENCIAS FUE….MARAVILLOSO!!! MIL GRACIAS, POR DARLE LA OPORTUNIDAD A MI ALMA DE PODER LATIR AL RITMO DEL CORAZÓN!!GRACIAS!!! A AMBAS.


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