
Así la llamaba el poeta nicaragüense Rubén Darío: la bailarina de los pies desnudos. Tal y como afirma María Pilar Queralt en su libro Tórtola Valencia: Una mujer entre sombras, la verdadera Carmen Tórtola Valencia no puede adivinarse más que a través de su personaje. Recelosa de su vida privada, que tanto misterio creó a su alrededor, centró su imagen en su profesión.

Nació en Triana (Sevilla) en 1882 y a los 3 años emigró con sus padres a Londres. Tras dejar a la criatura en la ciudad londinense, el matrimonio siguió rumbo a México, ciudad en la que ambos murieron a los pocos años de llegar, quedando así la pequeña huérfana de padres y de recuerdos familiares. Separarse de las personas que le dieron la vida fue una incógnita que quedó sin resolver. Con respecto a este tema, las habladurías populares no dejaron tregua, hasta tal punto que se rumoreaba que la repentina emigración de la familia Tórtola Valencia a la ciudad victoriana fue impulsada por el hecho de no ser hija legítima de su padre.
Muchas son las incógnitas alrededor de esta mujer, quien indudablemente no tuvo una infancia fácil y quien supo salvaguardar su intimidad creándose un halo de misterio que la hacía más atrayente; pero de lo que no cabe la menor duda es de su grandeza y de su triunfo como bailarina, coreógrafa e intérprete de sus propias danzas. En el escenario supuso toda una revolución. Inspirada en Isadora Duncan, perfeccionó un estilo propio que mezclaba sensualidad y movimiento y que llevaba implícito influencias orientales basadas en sus estudios sobre las danzas indias y árabes, entre otras. No seguía ninguna regla, se dejaba llevar por las emociones que le producía la música. En una entrevista que le concedió a Carmen de Burgos y que ésta recoge en su libro Confidencias de Artistas, Tórtola Valencia confesaría:
—Primero —dice la bailarina— oigo varias veces la música, y voy componiendo la danza en mi cabeza…; luego bailo lo que tengo aquí dentro— añade golpeándose la frente.
—¿Ensaya usted ante el espejo?
—No; una vez concebida la danza, todo lo demás es un impulso personal, la inspiración del momento. Conozco tanto la línea del cuerpo y las leyes que regulan las actitudes, que no tengo necesidad de componer las danzas. Puedo decir que en diez años que llevo bailando, yo misma no he visto ninguna danza mía al espejo. Palabra de honor.

La revista literaria El Universal Ilustrado (México) tuvo la oportunidad de preguntarle en una ocasión por la cualidad que más estimaba en una mujer, a lo que Tórtola Valencia respondió sin titubear: el talento. Curiosa su respuesta si tenemos en cuenta las palabras que sobre la bailarina pronunció Eleonora Duse, quien no escatimó a la hora de transmitir el respeto que sentía hacia ella como artista y como mujer: “Como bailarina, una diosa. Como mujer, una rival invencible”.
La bailarina sevillana (o “La Maja de Myrurgia”, como también se le conoció por prestar su imagen para el perfume “Maja” de dicha casa) tenía mucho carácter y era alguien muy peculiar. Como libro de cabecera contaba con el Evangelio Budista. Era una mujer muy moderna para su época, vegetariana, culta. Hizo siempre y en todo momento de su capa un sayo y se mantuvo firme en su lucha particular por la supresión del corsé. En tiempos como los que corrían, ella siempre se negó a llevarlo. Decía al respecto que cohibía el libre movimiento de la mujer. Y se mantuvo en esta postura hasta el final de sus días, en la misma línea que mantuvo siempre junto con las coetáneas Virginia Woolf e Isadora Duncan: la lucha por la liberación de la mujer. Los intelectuales de la época, tales como Pío Baroja, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, etc., apreciaban y elogiaban su arte y algunos la adoptaron como musa. Incluso el pintor Ignacio Zuloaga, con quien se le relacionó amorosamente y quien dibujó su retrato más célebre. Entres los artistas predilectos de la bailarina se encontraban Chopin y Goya. A la vista está que Tórtola Valencia se codeaba con un reconocido círculo de artistas de la época, quienes dieron fe en numerosas declaraciones de su exquisita educación, de su indudable profesionalidad y de su gran bagaje cultural.

En la vida de Carmen Tórtola hubo una mujer que no puede eludirse al hablar de ella: Ángeles Magret-Vilá. Se conocieron en 1930. Ángeles era 14 más joven que Carmen y, desde el encuentro, permanecerían inseparables hasta la muerte de la bailarina. ¿Secretaria? ¿Amiga? ¿Amante? La estrecha relación entre ambas y el vínculo sentimental que existía entre ellas era patente. Tal vez acallar las malas lenguas y tener una tapadera de su relación fueron los motivos que llevaron a Tórtola Valencia a adoptar a Ángeles legalmente como hija suya.
Barcelona, 15 de marzo de 1955: la bailarina de los pies desnudos muere de una pulmonía en brazos de la mujer que se mantuvo fiel a su lado. A partir de entonces, Ángeles Magret-Vilá dedicaría su vida a mantener vivo el recuerdo de su compañera. A ella le dejó su legado (fotografía, vestuario, cartas…), el mismo que Ángeles entregaría, en 1962, al Museo de Teatro de la época, actual Institut del Teatre de Barcelona. Un año después falleció en su casa de Sarriá y sus restos hoy descansan junto a los de la mujer que había significado todo para ella: Carmen Tórtola Valencia.
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Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.