Paula nos cuenta cómo es ser lesbiana en Bucaramanga (Colombia )

Estudié la secundaria en un colegio de niñas. Sólo niñas. Ya se podrán imaginar o quizá lo han vivido: todas juntas con esos descubrimientos, las cartas de amor-amistad con una línea divisoria bastante confusa, las caricias disimuladas (o explícitas a veces), los sentimientos exacerbados.

Hasta entonces no había pensado muy detenidamente por qué en la primaria me gustaba pasar el tiempo con el morenito más lindo del salón (Jonathan, todavía lo recuerdo), y a la vez con la rubia más molesta de toda la clase (también recuerdo su nombre y alguna vez la vi en un trasporte público. No había cambiado nada). Ya en secundaria comprendí qué me pasaba: me gustaban los dos sexos (o “tiraba para los dos lados”, como dicen por aquí).

Recuerdo decirle a mi mejor amiga de la época (mitades de los noventa, jeans rotos, camisetas y el cabello precipitado hacia el rostro) que, por supuesto, ella no me gustaba, que podía estar tranquila porque no era mi tipo. ¡Sí, claro! No hubo confusión, ni llanto, ni golpes de pecho. A pesar de que Bucaramanga es conservadora en sus costumbres (hipócrita sería un buen sinónimo), mis padres nunca fueron religiosos y sólo me bautizaron en sus ritos por el placer de organizarle una fiesta a su único retoño. Eso ayudó, supongo, a que fuera todo fácil aceptar quién soy.

No se me pasó por la cabeza la idea de contarle a alguien que me gustaban las chicas. No era necesario porque, pensaba yo, a nadie le importaba. Con el tiempo comprendí que puede ser una reivindicación, pero por entonces yo sólo era una chica rebelde que hacía lo que le daba la gana. Por otro lado, tuve varios noviecillos que mi mamá detestó y sacó corriendo (y que ahora anhela) como en cualquier telenovela de mi adolescencia.

En mi época universitaria tenía otros problemas que solucionar y el amor no era la clave de mi vida. Salía con compañeras de clase y en particular una me gustaba mucho: tenía un tatuaje en el brazo, era aguerrida, rebelde, astuta y a la vez poseía algo angelical, algo bondadoso. Pero claro, a todas nos llega la hora: me enamoré de una chica que me dio “tres vueltas” y, por supuesto, se pasó por mi casa para dejarles el recado a mis padres de que su hija era una infeliz lesbiana. Vaya… Mi mamá entró en un estado de negación. Fue una noche turbulenta, con lluvia y todos los juguetes del melodrama dispuestos. Yo salía de su apartamento después de una gran pelea y mis papás, de repente, estaban afuera. Habían venido a rescatarme “de la bruja que me hacía sufrir”. Esa misma noche les conté que en realidad ella me gustaba mucho y que lo mejor era aceptarlo con tranquilidad. Mi papá siempre fue un tipo cínico y socarrón, así que se lo tomó como decirle: me gusta el color fucsia. Mi mamá sufrió mucho. Preguntaba qué había hecho mal y me aseguraba que sólo era una fase que pronto superaría.

No les mentí y a la larga el tema fue olvidado porque otros problemas me enredaron la vida. La única otra persona con la que sentí la necesidad de conversar fue con mi prima: una rubia medio mitómana que me ha hecho la vida muy feliz y que me ha acompañado siempre. Recostadas en mi cama, ella hacía un monólogo de su eterno amor (un chico algo loco que conoció en el colegio y del cual, 15 años después, sigue enamorada), cuando en un determinado momento, la interrumpí para decirle: “Me gustan las mujeres”. Ella me miró sin gestos en el rostro, asintió y continuó hablando de dicho muchacho. Nunca tuvo reparos. Me pregunta hoy por mis relaciones y le puedo contar, nunca me siento fuera de lugar; ella nunca pregunta nada fuera de lugar.

En la universidad salí a los primeros bares gay. En Bucaramanga hay varios, en su mayoría acogen más a hombres que a mujeres y las travestis, definitivamente, están excluidas. Es injusto. Los dueños de los bares aseguran que las travestis traen problemas adonde van. Entonces sólo entran hombres y mujeres. Los hombres travesti, sin embargo, sí entran a las discotecas gay pero no es común verlas. Para esa época había tres o cuatro bares distribuidos en puntos extremos de la ciudad. Hay una zona que se llama Cabecera. Es una zona para la clase media alta, pero la gente de todos los estratos se pasa por ahí. Hay muchos bares, restaurantes, centros comerciales… Todo es muy concurrido, lleno de color, pero con un toque de estilo. En un sector específico, están ubicadas, unas cerca de otras, las discotecas lgtb. Los bares están también allí, pero no hay muchos donde sólo se pueda tomar un café. De hecho, sólo dos. Los demás se enfocan a la rumba hasta las dos de la mañana, la hora límite para la noche en la ciudad.

No ha cambiado mucho a través de los años. La rumba sigue siendo dura y la policía, como de costumbre, ronda por las calles para advertir a la comunidad lgtb. ¿Advertirle qué? Que ése es su lugar, que no traspasen el espacio que se les ha dado.

Justo la noche del domingo del fin de semana pasado, tres de mis amigos fueron agredidos por un grupo de uniformados. Les untaron pimienta y los golpearon con palos. Les gritaban “malditos maricas” y los amenazaban con dejarlos tirados en una zona peligrosa de Bucaramanga. Mis amigos interpusieron la denuncia, pero si se conoce en algo la historia de Colombia, se podrá ver que la justicia es lenta y cojea demasiado.

Asumirme, aceparme, sobrellevarme y llevarme con orgullo, hablar sobre mis gustos y ejercer mis derechos nunca me ha dado dolores de cabeza. Para mi fortuna, trabajo en una redacción periodística liberal, donde no se le presta atención a la vida sexual de los empleados (los corrillos siempre existirán, claro, pero una prudente distancia mantendrá a los compañeros chismosos a raya); nunca he sufrido discriminación. Pero mi trabajo es sólo una cápsula: en el resto de la ciudad y del país, las personas lgtb son estigmatizadas en un determinado estilo de vida, en unos determinados vicios y culpadas de abusos.

Quizá por esto mismo hay colectivos fuertes como Colombia Diversa, y en Bucaramanga el Grupo de Estudios de Género y Sexualidad: jóvenes que tienen como objetivo educar a los bumangueses en el respeto a la diferencia. No es fácil. La ciudad tiene una tradición de violencia radical contra los lgtb. En los años 80, la agencia de seguridad del estado promovió con fuerza en esta ciudad un grupo de asesinos llamados “La mano negra”. Salían en camionetas oscuras en las noches para disparar a homosexuales, travestis, drogadictos y habitantes de la calle. Y aunque salimos de esa época oscura, algunas personas aún piensan que hay que reavivar este grupo para acabar con todo lo malo de la sociedad, con todos los “pervertidos”.

En Colombia contamos con una constitución maravillosa: podemos casarnos, la comunidad tiene derechos civiles y se lucha con fuerza para conseguir la adopción. Es un camino difícil, pero los jueces ya dieron su primer espaldarazo al tema. Lamentablemente, no hay apropiación ni educación suficiente para hacer efectivos estos derechos. Y ese debería ser el siguiente paso. En los próximos años en Bucaramanga y seguramente en Colombia con organizaciones como el Colectivo León Zuleta y Mamás Lesbianas. Los activistas lgtb harán proyectos que promuevan el conocimiento de la Constitución y de los derechos de las personas con orientación sexual y una identidad de género distinta. En mi ciudad, calurosa, conflictiva y en desarrollo, hace falta mucho por hacer.

Con todo y esto, las lesbianas que viven en Bucaramanga han encontrado su lugar: las más estilizadas y con mejores ingresos no tienen problema en reunirse en diferentes bares de la ciudad (que para ser intermedia tiene bastante movida lgtb), y para las que trabajan más duro y tienen identidad de género masculina, también hay lugares para reunirse y pasarla bien. Me gustaría que no hubiese separación, que sin distingo se pudiera salir a divertirse, pero quizá no se quiera. De todas maneras, se buscan sus espacios.

Ahora mismo mi vida es muy buena. Me pasa, quizá, lo que a otras personas: la vida laboral, bastante difícil, la vida cotidiana, familiar y amorosa, el deseo de alcanzar las metas y sueños me adormecen a veces, me quieren enredar como una medusa y olvidar que hay que luchar por que la educación para la diversidad exista. Pero sigo luchando, también, como muchos.




There are 3 comments

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  1. palacios

    Me gusta tu historia y pocas mujeres se atreven a referirla. eres valiente.

    Soy mujer, seguro que mas mayor que tu y conozco tu ciudad aunque no soy de ahí, soy de otro continente mucho mas antiguo y tambien muy hermoso.

    Tengo amistades en esa ciudad y por eso viajo para visitarlas y consolidar dia a dia esas amistades, espero lograrlo y entiendan que tener buenas relaciones y sobre todo de otro u otros paises, es importante y excelente.

    Escribirte ha sido de manera casual, no persigo nada, tan solo hacer referencia a tu historia y al mismo tiempo decir que me encanta colombia y Bucaramanga tiene para mi ,,,,algo muy especial…

    Gracias

  2. Isabel

    Hola paula la verdad todo lo que te ha pasado es parecido a ti pero hoy mi vida esta mas complikada que nunca quisiera correr y pensar en nada solo en mi y miro alrededor mis padres y me freno no se que hacer


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