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Crónica de un lesbiandrama: Por qué te quiero

Eran las tres de la mañana. La ventana estaba abierta, entraba un aire frío que no podíamos sentir porque nuestros cuerpos estaban calientes y muy cerca el uno del otro. Ella estaba fumando y mirando al techo. Con la mano que le quedaba libre jugueteaba, sin prestar atención, con mi clítoris ya felizmente cansado de tanto explotar.

Sin mirarme me lo dijo. Ahí fui consciente del aire frío que entraba por la ventana. Se me erizó la piel. “Yo también”, le respondí. “Yo también te quiero, Ana”. Me preguntó por qué la quería. Yo la miré y ella seguía con los ojos clavados en el techo, como si dirigir al mismo sitio y a la vez su corazón y su mirada pudieran hacerla más frágil, pudieran dejar sus inseguridades expuestas al aire frío que se colaba expectante. ¿Por qué la quería? La quería porque adoraba la precisión con que se acomodaban sus rasgos en su cara. Adoraba la línea continua que dibujaba el contorno de su piel, cómo en una sola larga línea podía caber tanta belleza, tanta suavidad. La quería porque era una chica lista, porque sin ayuda de ningún mapa tuvo la maestría de colarse por agujeros en mi cuerpo que sólo ella intuía, colarse y quedarse en mis pensamientos, colarse en mi flujo sanguíneo para hacer que todo lo que salía y entraba en mi corazón llevara leucocitos y plaquetas con su nombre.

La quería porque, como una buena empresaria y comercial, me cegó con sus productos de primerísima calidad, con su atractiva atención a la clienta; fidelizó mi piel y mis labios, haciendo posible que no desearan consumir nada que no fuera ella misma. La quería porque la había querido siempre sin conocerla. Cada mujer que había pasado por mí, cada relación que se acababa era la evidencia de que ahí había algo me faltaba. De que me faltaba Ana.

La quería porque me buscó y me escogió. Entre cientos de personas, cientos de mujeres, me apuntó con el dedo y decidió entregarme su tiempo, su risa, su cuerpo. Y ahora, su amor. La quería porque cuando estaba con ella mi cuerpo me parecía demasiado delgado y pequeño. No tenía espacio suficiente para meter toda la felicidad que me sobraba. La quería porque muy lentamente me permitía tener acceso a lo que había dentro de ella. A su vulnerabilidad. A sus heridas. A sus miedos. Porque así como ella se movía dentro de mí a su antojo, abriendo y cerrando cajoncitos, yo me movía dentro de ella de manera respetuosa.

Esperando que decidiera abrir las puertas cerradas e invitarme a entrar. La quería y ya está. La quería demasiado. La quería de manera rotunda y sin vacilación. La quería de manera redonda y, a veces, también de una dolorosa forma puntiaguda. Quizás por eso le contesté: “No sé por qué te quiero”, como si el aire frío que entraba por la ventana saliera también de mi boca.

 




There are 4 comments

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  1. Susana

    uuufff q dificil, es verdad cuantas veces he sentido y pensado todo lo anterior y solo sale de mi boca una frase fria q luego me hace sentir remordimiento y ganas de golpearme por no poder decir en el momento en que ella kiere oir esas palabras q realmente salen de mi corazon

  2. Laniss

    A veces, las razones sobran y es ahí en donde las palabras se pierden y solo podemos sentir, no sabemos como expresarlo pero sabemos exactamente como se siente. Esta ahí latente, haciéndonos vivir.


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