Preguntas tontas que se hace una…

Como cada mes de diciembre, conforme se acerca el final del año, comenzamos a plantearnos diversas cuestiones sobre nuestra existencia, como si el hecho de comer doce uvas al son de unas campanadas fuese el momento más mágico y milagroso que hubiese sobre el planeta tierra y nuestro destino fuera a quedar marcado por los deseos que pidamos esa noche.

La sexualidad humana es tan compleja que, en ocasiones, es difícil de asimilar y, en determinadas etapas de la vida, buscamos explicaciones. Cuando era más joven, solía plantearme muchas preguntas sobre este hecho, especialmente ansiaba saber cómo podría desarrollarse mi vida si no fuese bisexual. Tendía a imaginar mundos idílicos, basándome en los cuentos infantiles que leía cada noche, en los cuales un guapísimo príncipe conquistaba a una princesa y los dos vivían felices para siempre en su fantástico castillo. Así que yo me preguntaba porqué no podía yo conocer a ese príncipe, casarme con él, tener un montón de hijos, una preciosa casa con jardín, un cochazo en la puerta y un trabajo genial que completase mi perfecta vida heterosexual. Por lo que ese año, al comer las doce uvas, pedí mi deseo particular: quiero ser hetero.

Pero no me funcionó. Mi corazón continuaba sintiéndose atraído por personas tanto de mi mismo sexo, como del otro. Y tratar de entender eso, y especialmente, de explicárselo a los demás se me hacía cada vez más complicado. Yo no quería estar dando bandazos de un lado para otro y quería situarme en un lado del barco como los demás.

Al año siguiente, mis preguntas cambiaban de sexo: ¿por qué no podía encontrar a una mujer maravillosa y vivir con ella en un acogedor pisito en el centro, rodeadas de amigas, sin renunciar, por supuesto, ni a los hijos que hubiese tenido con mi príncipe ni al genial trabajo, que hubiera completado mi perfecta vida lesbiana. Así que ese año, al comer las doce uvas tenía otro anhelo: quiero ser lesbiana.

Y, a pesar de que me comí todas las uvas al riguroso son de cada campanada, mi deseo tampoco se cumplió. Por lo que tuve que plantearme que eso de tender a creer que la vida de los demás es mejor que la nuestra y pretender ser como otros no iba conmigo. Podía tener mi hogar y mi familia siendo tal y como soy. Aceptando que mi sexualidad no es la que marca mi felicidad, si no que soy yo misma la que decido por qué camino llevar mi vida.

Así que al año siguiente, cuando sonaron las doce campanadas, y continuando con mi tradición de pedir deseos, me dije: quiero ser yo misma. Y esta vez, aunque parezca mentira, mi deseo se cumplió. Dejé de hacerme preguntas tontas y empecé a disfrutar de mi vida, a rodearme de las personas que me quieren tal y como soy, y a ser bisexual y feliz. Y con los años me preocupo más de no atragantarme con las uvas que de pedir deseos que, por fin descubrí, tan sólo uno mismo puede llegar a realizar.




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