Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus.

por Rubén GP

Jeroglífico de sentimientos

Agosto 2011

 

Hace unas semanas estuve de vacaciones en Islandia. Un lugar desconocido pese a estar muy cerca de Europa. Y como toda isla que se precie, un paraíso de peculiaridades.

Fue una aventura curiosa entre volcanes, géiseres, bosques de coníferas y lenguas glaciares. Gran parte del territorio islandés es naturaleza salvaje, en estado puro. Un territorio plagado de hermosas formas naturales, esculpidas por el viento, las mareas, las glaciaciones y el deshielo. Es fácil captar la fuerza de la Naturaleza. Lo incontrolable de su furia y la magnificencia de su actuación.

Islandia es un reino de ilusiones entre el blanco-azulado de la nieve y el pardusco-rojizo de las cenizas volcánicas. Un imperio de calor geotérmico que no encendió las llamas de la pasión en un corazón que ha aprendido a fuego que el amor implica dolor. Un corazón que quizás le tiene miedo al dolor, pero ¿quién no conoce el temor?

La relación entre pasión, miedo y dolor es tan antigua como el ser humano. Y ha sido estudiada en cientos de ensayos y representada en miles de tragedias o dramas. Precisamente, durante julio una de sus muestras más excelentes se ha llevado a escena en el Teatro Real madrileño: Tosca. Esta ópera de Giacomo Puccini es una tragedia clásica sin héroe pero con heroína. Un melodrama de deseos insatisfechos y pasiones despreciadas e irrefrenables que no cae en lo caricaturesco. Una melodía constante de celos, porque los ojos de un cuadro de María Magdalena son del color azul Attavanti y no son negros como los de Floria Tosca.

Las heroínas de Puccini son mujeres con personalidades variopintas, pero siempre son valientes. Mujeres hermosas, de distintas clases sociales y nacionalidades: geishas japonesas, aristócratas europeas, burguesas norteamericanas, altaneras princesas imperiales chinas... Mas siempre son mujeres libres, independientes, atrevidas e inconformistas. No son personajes de segunda categoría sometidos a los dictados machistas. Son seres extremadamente complejos que luchan por su libertad, su amor o sus pasiones.

Floria Tosca es una heroína italiana que defiende los derechos femeninos. Es un adalid de la autonomía e independencia de la mujer. Una aristócrata del siglo XIX, valiente, decidida y algo superficial. Una dama muy bien educada, con voz meliflua y un don musical extraordinario que le ha servido para merecer el favor de la reina.

Una prima donna “pura sangre”: impaciente y caprichosa. Y también es una católica devota y una señorita tan caprichosa como celosa. Aun sin razón para ello, su corazón arde por los celos. En su historia, el abanico de la hermosa marquesa Attavanti actúa como el pañuelo de Desdémona en el Otelo de Verdi. El pañuelo bordado que el odioso Yago robó, hace germinar los celos en el corazón del sarraceno. Una semilla que marcó la destrucción de Otelo.

Aquí el escudo del abanico olvidado en una iglesia es la mecha de la dinamita pasional de Tosca. Una mecha encendida por el odio y la ambición del inquisidor Scarpia.

Tosca es una heroína política que delata al prisionero evadido no por rencor, por ideología o por celos. Lo hace por amor, para salvar a su amante (el pintor Mario Cavaradossi) de las manos del cínico Scarpia.

Es una mujer fuerte y de carácter duro. Y sin embargo, su resistencia cede en el segundo acto cuando es presionada a tres bandas: el temor a traicionar su palabra (y a su amado) si desvela el escondite del fugado, el dolor que le causa presenciar la tortura física de su amado y su miedo a la lujuria del libidinoso barón Scarpia de la que parece no poder librarse. El devoto gobernador renunciaría a su Dios si pudiera poseerla una sola noche.

Después de obtener un salvoconducto y apuñalar al acosador, Tosca apaga las velas que hay bajo la cruz de Cristo y le arroja el vino de una copa. Dios no ha escuchado su ruego piadoso (el emotivo y hermosísimo Vissi d'arte, vissi d'amore...) y con las manos ensangrentadas renuncia a él. Ella, la mujer confiada que regaló sus joyas para el manto de la Virgen, se siente tan decepcionada que abandona sus creencias. Un sentimiento que muchos han compartido al sentirse expulsados por no encajar en el “perfil” eclesiástico de “buen católico”.

Y entonces comienza el tercer acto. En él descubrimos cómo, aunque Tosca nos puede parecer una mujer dura e inteligente, es no obstante, una dama ingenua. No se da cuenta de la manipulación. Su pasión le impide captar cómo la ha timado Scarpia con la “ejecución simulada”. Y no ha entendido las implicaciones de la batalla de Marengo que anulan su documento, su certificado de libertad.

Es enternecedor escuchar con qué ingenuidad (no exenta de vanidad) Tosca le explica a su Mario la manera en que huirán de Roma. Y, sobre todo, cómo debe fingir su muerte, cómo debe caer para parecer creíble. Ella es una actriz experta y quiere que la representación de Mario en el fusilamiento sea perfecta. La mejor de su vida.

En esta historia los verdugos y sus condenados son todos víctimas de las injusticias de la sociedad. Dios los decepciona pero la esperanza política en Napoleón también los defraudará. Por fortuna, tras la noche llega la mañana. Ese amanecer en el que la luz del sol nos deja bien claro que el mundo cotidiano es indiferente a lo que les ocurra a unos personajes individuales.

Y con ese sol naciente brota un conmovedor canto a la vida desde la oscuridad de la muerte. El impresionante E lucevan le stelle, e olezzava la terra...:

Y brillaban las estrellas,
y la tierra desprendía dulces aromas,
y chirriaba la verja del jardín.
Unos delicados pasos acariciaban la arena.
Ella entraba fragante
y caía en mis brazos.
¡Oh, dulces besos!
¡Oh, tiernas caricias!
mientras yo, tembloroso,
sus bellas formas desvelaba.

Se desvaneció para siempre mi sueño de amor.
Ese tiempo ya pasó, y yo muero desesperado,
¡muero desesperado!
y jamás he amado tanto la vida,
¡tanto, tanto, la vida!

Después de proclamar esto, Mario rompe a llorar y cubre su rostro con ambas manos. Y tras exaltar juntos al Amor, los amantes extasiados se enfrentan al desenlace de su historia. Final en el que una vez más, Floria Tosca demostrará su valentía. Y un final cuyo placer os dejo descubrir por vosotras mismas. Al igual que os reservo la tarea de descubrir el mensaje que se esconde en este jeroglífico de sentimientos.

Por fortuna, el ser humano es insaciable y está ansioso de igualdad en cualquier situación.

Siguiendo el hilo de mi comentario inicial sobre Islandia y la fuerza de la Naturaleza, me viene a la mente otra muestra de poderío magnífica en sus consecuencias pero carente de hermosura inocente. Recuerdo los amargos frutos de la cólera humana y del sinsentido de emplear los recursos tecnológicos y científicos para destruir.

El 15 de agosto se cumplirán 56 años del fin de la II Guerra Mundial. La firma de la rendición nipona en la bahía de Tokio fue unas semanas después (2 de septiembre) en el acorazado USS Missouri. No obstante, aquel día se pudo dar por acabada la guerra en el último de sus escenarios: el Pacífico (irónico el nombre, ¿verdad?). ésa es la fecha oficial, aunque en realidad el conflicto terminó unos días antes. En concreto, las mañanas de los días 6 y 9 cuando las bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki respectivamente. La primera fue una bomba de uranio, la segunda (aún más poderosa) fue de plutonio.

La carnicería humana echó el cierre poco antes del mediodía del día 15, cuando el emperador anunció la rendición. Un acontecimiento en la Historia de un país y una sociedad. Los japoneses amaban al emperador; adoraban a su Tenka-sama (señor supremo). Aquella mañana fue la primera vez que escuchaban la voz de su dios por la radio. De hecho, fue la primera vez en que un emperador se dirigía a la gente corriente. Y el amor del pueblo hacia él era tan intenso que incluso entre las ruinas de Hiroshima, el 15 de Agosto de 1945 los ciudadanos japoneses llenaron sus ojos con lágrimas diciendo: “¡Qué bendición que Hirohito Tenno en persona nos hable y oigamos su propia voz! Nos sentimos plenamente satisfechos con tal sacrificio”.

El pueblo murió en Hiroshima y Nagasaki valiente y orgulloso. Se resignaron a su destino pues confiaban en hacerlo por amor al emperador, quien no había ordenado la entrada en guerra (lo hizo el gobierno militarista), pero sí comunicaba la rendición por el bien de su pueblo. Un emperador cuya supervivencia era esencial para esa sociedad.

Ahora bien, ¿la educación puede mejorar el carácter y reprimir los instintos más básicos? ¿O no es más que un simple revestimiento? ¿Nos cala hasta el punto de hacernos controlar nuestros impulsos aun en situaciones en las que reina el desorden y la confusión? La actitud y el comportamiento de la mayoría de los japoneses respondieron un Sí rotundo a estas cuestiones.

¿Debieron lanzarse las bombas? ¿Fue el presidente Truman un asesino despiadado o un “salvador”? ¿Fue conveniente arrojar las dos bombas y matar a “muchos” para evitar la guerra total (hasta el último hombre, mujer, niño o anciano) anunciada por las autoridades japonesas?

Cada uno tiene su respuesta a estas cuestiones. Es el tema clásico del sacrificio de unos cuantos para la salvación de la mayoría. Un dilema sin solución. Un dilema aplicable a muchas batallas cotidianas en las que debemos dejar atrás algunos objetivos “menores” para conseguir los “más importantes”.

Y más irónico aún es el hecho de que incluso en la destrucción más desoladora haya hermosura. Una bomba atómica arrasa con todo a su paso y sin embargo, en ella la belleza también tiene un espacio. Quienes vieron la explosión desde muy lejos describen un espectáculo brillante, de una belleza casi divina: un cielo dorado con destellos rojizos definiendo una nube violeta y añil. La Muerte eligió disfrazarse con una máscara de humo y polvo muy bien esmaltada.

En Hiroshima, la ciudad de los famosos 47 guerreros Ronin, la dedicatoria en el cenotafio del Parque Conmemorativo de la Paz (Heiwa-koen) diseñado por el arquitecto japonés Kenzo Tange dice así: “Descansad en paz, pues no se repetirá el error”. En él arde la Llama de la Paz y están grabados los nombres de las víctimas de la bomba del 8 de agosto de 1945. Esperemos que se cumpla su propósito. Desde aquí mi homenaje a todos ellos, hombres, mujeres, niños y demás seres vivos que perecieron esos días. No olvidemos su enseñanza. El maestro sabio debe enseñar con bondad, no a través del Mal. La sabiduría implica vivir en el espíritu japonés de enryo: “Apartarse a sí mismo y poner a los demás en primer lugar”.

Y para cerrar este prisma veraniego con el aroma de la esperanza, recurro de nuevo al maestro Puccini. En concreto, a la soberbia escena final de la ópera Turandot. En lo alto de la escalinata, mientras la arrepentida princesa china Turandot y el príncipe Calaf se funden en un abrazo, la multitud congregada ante las murallas del Palacio Imperial entona como una sola voz:

Amor! Amor!
O Sole! Vita! Eternita!
Luce del mondo è amore!
Ride e canta nei sole
l'infinita nostra felicitá
Gloria a te! Gloria a te!

Que en mi traducción viene a decir:

¡Amor! ¡Amor!
¡Oh, Sol! ¡Vida! ¡Eternidad!
¡El amor es la luz del mundo!
Nuestra felicidad infinita
ríe y retoza en el Sol.
¡Gloria a ti! ¡Gloria a ti!

Muchas gracias. Escuchad las “selecciones” musicales si podéis y disfrutad del descanso de este mes “vacacional”.

Imágenes: Adán y Eva de Tintoretto, El triunfo de la Victoria de Peter Paul Rubens, El milagro de San Marcos liberando a un esclavo de Tintoretto, Masacre de los inocentes y Paisaje con ruinas del Monte Palatino de Rubens y Venus y Adonis de Anibale Carracci.

Comentarios de Mirales generados por Disqus