
Muchas ideas han asaltado mi mente durante las noches de diciembre. Gérmenes de artículos con referencia a la Navidad, a los buenos deseos, a los sentimientos típicos de estas fiestas que ya casi se han desvanecido. Cualquiera de ellas habría servido para llenar este espacio virtual que tan generosamente me reservan cada mes. Sin embargo, al final he decidido apartar esas semillas incipientes y compartir con vosotros unas páginas de mi diario de ilusiones. Cuando hayáis leído la vivencia que destilan esas palabras sabréis lo que pretendo decir mediante esta fábula urbana y juzgaréis. No creo que sea necesario añadir más. La tinta se diluye. Sólo una nota de cabecera: Feliz 2010. Luchad despiert@s para convertir vuestros sueños en realidad. No esperéis que lo hagan por vosotros.
21-Diciembre-2009
Hospital Niño Jesús, Madrid, España
Hace unos días Wolfy escribía: “La muerte de la madre es la pesadilla más espantosa de todo hombre”. No comparto su opinión. El más terrible de los sueños oscuros es la muerte del hijo. Ésa sí es una auténtica pesadilla. O al menos es tan abismal como aquélla.
Esta tarde me he acercado al hospital Niño Jesús para donar sangre y visitar al pequeño Diego tras su operación.
Como aún no habían terminado las curas de la tarde tuve que esperarlo en las sillas del pasillo. ¡Menos mal que siempre tengo un libro a mano!
Pasados unos veinte minutos, interrumpí la lectura.
El pasillo aparecía tan solitario y oscuro como cualquier otra tarde de invierno. El ajetreo de la mañana se convierte en un agradable silencio vespertino. Un silencio roto de vez en cuando por algunos familiares que van de visita o por las risas de algunos pacientes.
(Es admirable cómo, aun estando enfermos, mantienen la alegría y las ganas de disfrutar con cualquier cosa que se pone a su alcance. Así se entiende eso de volvernos como niños si queremos…).
Al volverme hacia el pabellón de cirugía me encontré con dos figuras que pasaban bajo un dintel de cristal. Una pareja de siluetas agradables a la vista. Ella, esbelta como un álamo, debía estar bordeando los cuarenta. Su marido, discreto y amable como un sauce, aparentaba unos cuantos años más. Ambos iban bien vestidos. Ella en naranja esmaltado con verde y él en gris salpicado de índigo. Su apariencia era la habitual de un par de profesionales liberales de clase media-alta.
No. Esto no es cierto. Bueno, sí lo es; pero no lo fue entonces. Su apariencia no era típica entonces. Su apariencia era la de dos padres quienes -supuse- acababan de ver morir a su hijo.
No iban gimiendo ni aullando como plañideras. Su semblante era sereno, incluso severo. Era una mezcla de indignación e impotencia. El retrato de unos derrotados en el combate contra la Invencible. Derrotados pero no humillados.
Caminaban despacio. Se movían con una elegancia que si bien en otros habría parecido impostada, en ellos aparecía como un atributo inseparable.
A su alrededor pude percibir un aura que los envolvía con ternura. Una niebla etérea que los distinguía de los demás y los protegía de los curiosos y los inoportunos.
Eran el retrato la imagen de la dignidad doliente. Transidos por el dolor parecían flotar. Sus pies no tocaban el suelo.
De este modo avanzaron por el pasillo muy despacio, controlando los movimientos como si estuvieran posando para un retratista invisible.
Siguieron adelante y llegaron a la altura del Nacimiento que el hospital coloca frente a la capilla. Entonces, justo cuando se encontraron frente al pequeño portal de madera, algo cambió.
La mujer se volvió, se aferró a las guirnaldas verdi-rojas, miró el belén sin el Niño y comenzó a llorar.
No lloró de manera explosiva con estridencias ni gemidos. El suyo era un llanto continuo, silencioso incluso. Las lágrimas brotaban a un ritmo constante como si su cuerpo tuviera la capacidad de regular su caudal, como si temiera agotarlas.
Su marido se acercó y le tomó la mano izquierda con uno de los gestos más tiernos que he visto. Y la miró a través de sus lágrimas de oro. Las lágrimas de ambos mostraban sus corazones desnudos.
Permanecieron así durante unos minutos. Mirándose y llorando al mismo ritmo. Permanecían aparte del mundo dejando que el llanto silencioso evacuara su pena.
Eran el más fiel retrato del dolor. El dolor desnudo, sin artificios, sin disonancias, sin realces, sin disimulos. Eran la esencia del dolor inconsolable.
La situación era tan emotiva que no pude evitar llorar. No los conocía. No sabía nada sobre ellos pero me sentí unido a ellos en el llanto por esa alma que se había difuminado. Mi corazón se asomó al vacío del abismo que compartían y vislumbré su dolor desnudo. Nuestras almas doloridas se abrigaron y buscaron cobijo bajo el mismo árbol.
Habría sido una escena sublime. El mejor nudo para un drama. Si hubieran colocado una cámara en el pasillo se habría filmado al DOLOR. No una interpretación o una apariencia. Era el dolor con forma humana. La realidad nunca será imitada por la ficción.
Pero la escena no acabó así. El colofón -y el clímax del momento- lo marcó un pequeño sinvergüenza de 4 ó 5 años que se soltó de la mano de un abuelo consternado y se acercó corriendo a su madre preguntando por Manuel.
Al escucharlo, las lágrimas fueron apagándose y para cuando el niño abrazó a su madre por las piernas los llantos habían cesado.
La mujer se agachó y saltando la sima de su pena, lo saludó con una media sonrisa.
“Luis, desde hoy Manuel vive se ha marchado a vivir en tu corazón” fueron las vacilantes palabras que articuló su voz entrecortada.
El pequeño miró a su madre, se sorbió los mocos y le soltó con una alegría inusitada (y para nosotros intempestiva): “¡Qué bien! ¡Así siempre podrá jugar conmigo!”
Un comentario demoledor. Increíble. Fascinante. No creo que haya muchos guionistas a los que se les hubiera ocurrido una respuesta mejor.
Los padres se miraron de nuevo y sus sonrisas apenas esbozadas revelaron que habían comprendido. Se habían entendido y sabían que debían seguir viviendo por él, por los dos.
Al caminar hacia la salida escoltando a su pequeño Luis – intento inconsciente de evitar que también a él se lo arrebataran- me miraron.
No intercambiamos palabras, ni gestos, ni siquiera nos rozamos pero supe que habían mirado a través de mí. Lo supe porque sentí en mi alma la calidez del agradecimiento sincero.
En ese momento fui consciente del poder de unos ojos, de lo que una mirada puede conseguir acompañada del silencio. Había compartido su pesar y había logrado aliviar una millonésima fracción de su dolor. Mi recompensa fue esa inolvidable mirada de agradecimiento y la sonrisa que el pequeño Luis me dirigió mientras pasaba a mi lado. Él, que no sabe definir dolor, tristeza o amor, era el más consciente de la situación. Y por eso la alegría seguía viviendo en él.
Ahora vuelvo a llorar mientras escribo esta experiencia tan humana. Y no por tristeza, es un llanto de alegre melancolía. Aún es posible confiar en encontrar personas que siguen siendo niños; con todo lo bueno y lo malo que ello implica. Y podemos encontrarlo donde menos lo esperamos y bajo la apariencia menos esperable. Sólo hay que estar despierto y tener abiertos los ojos del alma.
Manuel, confío en que seas feliz viviendo en el corazón de tu hermanito. Esto lo he escrito por y para ti. Una nebulosa de besos desde el fondo de mi corazón. (…)
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.