
Hace unas semanas salí a hacer unas compras con una de mis tías, y después la acompañé a lo que ella llama su “encuentro” semanal. Y lo hice en parte por cortesía y en parte por curiosidad. Ella acude puntual a su cita desde hace más de veinte años y hasta ahora yo no había tenido la ocasión de asistir, o mejor dicho, de ser invitado.
El “encuentro” tiene lugar en una cafetería muy pequeña en la que todo está cuidado al detalle. Tanto que te sientes como una muñeca en el salón de alguna de esas mansiones a escala. Para que os hagáis una idea, es una de esas cafeterías tradicionales que serían el decorado perfecto para rodar una escena de La Regenta. No una de las fastuosas, pero sí cualquiera de las que discurren entre “orfebres y artesanos”.
Esta reliquia del siglo XIX está engarzada en uno de los rincones peatonales más encantadores y mejor conservados de una de las ciudades monumentales por excelencia. Una de las medianas, digamos que “tipo” Oviedo, Toledo o Salamanca.
Un emplazamiento que aumenta esa sensación de viaje en el tiempo que os comentaba antes.
Ese día llegamos bastante ajustados y casi todas las amigas de Conchi (mi tía) ya estaban degustando unas cuantas delicias con aroma de azahar, anís y ponche.
Mientras nos acercábamos, mi cuerpo sintió el agudo escrutinio de una decena de pares de ojos. No fueron miradas rapaces, no. Fueron miradas curiosas, tan tiernas como las tartas de zanahoria que temblaban en los platos conscientes de su destino.
Algunos rostros eran conocidos, otros no. Pero en ninguno apareció un rictus de fastidio o una mueca de indiferencia. Sonrisas y gestos amables siguieron la estela de la sorpresa inicial.
Una ronda de presentaciones, varias respuestas entrecortadas, algunos comentarios perdidos en su eco y de nuevo la tranquilidad de postal acunó el local y el conciliábulo femenino.
Me ofrecieron asiento entre dos de esos retratos de la experiencia, justo frente a una reproducción de unas bailarinas de Degas. Así, escoltado por los flancos y protegido en vanguardia, me relajé y dejé que mi mente deambulara por el local mientras paladeaba los primeros aromas de un café irlandés insuperable.
Mis sentidos se adaptaron con calma al terciopelo rojo, las lámparas-candelabro doradas, las mesas de mármol, el engranaje del reloj, el mostrador de caoba y el clin-clin de la máquina registradora decimonónica. Y cuando todo se acopló, entonces mi cerebro pudo concentrarse en lo que se trataba en el “encuentro”.
Y lo primero que escuché fue: “Orden del día”.
Disimulé mi sorpresa lo mejor que pude. Y pensé: “Esto sí que es un encuentro bien organizado; una auténtica reunión.”
¿Y sobre qué pensáis que fue la reunión? Casi seguro que no acertáis. Si alguien os dice: Reunión de mujeres entre los 64 y los 73 años. Jueves tarde, de 18 a 21 horas. Local tipo “siglo XIX”. Todas son amas de casa. Su nivel de instrucción sería equivalente al de Secundaria, en algunos casos menos. Algunas católicas, otras no. Clase social media-baja. Solteras, viudas o casadas.
Respuestas probables: hablarían de recetas, de sus hijos y nietos, de costura, del tiempo, de la tele… Se quejarían de sus enfermedades, comentarían sus achaques, problemas domésticos…
Pues me alegra decir que quienes hayan pensado eso, se han equivocado. Y se han equivocado no porque no hablaran sobre ello. También lo hicieron (era el cuarto punto del orden del día). Le dedican algo más de media hora, es el apartado “Ocio”. Y lo ponen al final porque si se prolonga, no impide que se desarrolle el resto del “encuentro”.
El orden del día es tan sorprendente como plausible:
El primer plato es la sesión literaria. Alrededor de una hora. Estas buenas mujeres se leen un libro cada semana y por turnos se lo comentan a las demás con lectura de algunos párrafos incluida. Y aquí no hay una dictadura de la novela romántica. Es un conjunto bastante heterogéneo. Se combinan muestras de géneros romántico o policíaco con poesía y literatura “canónica”. El día que yo asistí, escuché a Jardiel Poncela, Rafael Alberti, Espido Freire, Ana María Matute, Ken Follet y la poeta polaca Wislawa Szymborska (Ganadora del Premio Nobel en 1996).
Es muy agradable ver con qué atención escuchan a sus compañeras y cómo hacen comentarios al resumen. Hablan del estilo, de la trama, piden párrafos, debaten personajes y soluciones alternativas. Analizan sin recurrir a tecnicismos, de una manera sencilla y acertada.
El segundo plato es “Sociedad”. Y aquí no esperéis encontrar eso que se conoce como “crónica social”. No se trata de 45 minutos de cotilleos. Es un tiempo dedicado a analizar noticias que les han impactado. Algunas traen los recortes de los periódicos. Las leen, las comentan, se interesan por la situación política, hablan de economía… Con carácter general y con las limitaciones impuestas por su formación, pero con una agudeza y un interés envidiables.
El postre es lo más curioso. El tercer punto tiene un nombre significativo: “Nuestra ciudad”. Es parecido al anterior, pero a nivel local. Y es muy fructífero, la verdad. Comentan qué ocurre, cuáles han sido los problemas de la semana. Y proponen soluciones y alternativas.
Y este apartado me llamó mucho la atención, porque en él se gestó una muestra de rebelión femenina hace unos años. Un movimiento de lucha a pequeña escala, pero muy significativo. Os lo voy a narrar:
A principios de los años noventa, todavía había en la ciudad una sociedad cultural cuyos estatutos eran machistas. No, eso es poco decir. Eran excluyentes, además de absurdos.
La citada sociedad impedía que las mujeres pudieran adquirir el estatus de socio. Es decir, permitía que las esposas de los socios acudieran a la cafetería y a las “actividades para mujeres”. Pero no autorizaba a ninguna mujer a participar en las reuniones científico-literarias de los asociados.
Esta situación nos parece insostenible por discriminatoria. Pero al tratarse de una sociedad privada, sin ánimo de lucro y con objetivos “sociales”, podían tener los estatutos que les diera la gana.
Las participantes del “encuentro semanal” estaban indignadas por ello. Y decidieron acudir varias veces a ver al presidente de la sociedad. Él las recibió la primera vez; les repitió la monserga de los estatutos y demás. Las siguientes citas fueron con miembros menos importantes de la junta, hasta que la sexta vez ni siquiera las dejaron pasar con la excusa de que no eran esposas de socios. Bueno, una de ellas es viuda de un socio.
Después de este desplante, decidieron imprimir unas octavillas y repartirlas entre sus amigos y conocidos para ver si así se presionaba a la citada sociedad y cambiaba sus estatutos. La iniciativa fracasó, pues la gente no está muy interesada en “esas sociedades culturales.”
Pero mi tía y sus amigas no se rindieron. Siguieron adelante con determinación. Pidieron audiencia con el concejal de cultura, quien les contó el mismo rollo que ya habían escuchado.
Y así quedó todo… Así quedó hasta que (no sé cómo) llegó a sus oídos que si bien la sociedad como tal no recibía subvenciones, sí las tenían casi todas las actividades que llevaban a cabo en centros públicos.
Y con esta información acudieron a ver al señor alcalde. Éste no fue muy receptivo a sus peticiones y trató de quitárselas del medio. Pero mi tía y mis amigas no fueron tontas. Aprovecharon para visitarlo unos cuantos meses antes de las elecciones municipales. Y sutilmente le recordaron al señor alcalde que se presentaba a renovar el sillón.
El caso es que en un par de meses los estatutos de la sociedad los arrastró la corriente y ¡las mujeres pudieron por fin adquirir el estatus de socio si así lo deseaban!
Mi tía y sus amigas acudieron, se hicieron socias y un mes después se dieron de baja. No querían ser miembros de una sociedad que durante más de 140 años había impedido que las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hombres.
Ellas sólo querían que les ofrecieran la oportunidad de serlo. Y lo consiguieron.
Su ejemplo se extendió y… la sociedad quedó muy dañada.
Una anécdota más que curiosa, ¿no creéis? Una anécdota que nos permite ver que hacemos mal al encasillar a la gente por “sus características”.
Si nos pidieran que dibujáramos una mujer liberada que lucha por sus derechos, es muy probable que retratáramos a una mujer más o menos joven, con estudios universitarios y el estatus propio de la clase media o media-alta.
Y sin embargo, nos olvidamos de todas esas otras mujeres más o menos viejas que han luchado durante toda su vida por esos derechos. Y lo han hecho siendo amas de casa, desde sus hogares, educando a sus hijos en la igualdad y no en el patriarcado.
Y lo han hecho desde pequeños grupos de mujeres como ése al que pertenece mi tía. Con batallas en sus ciudades o en sus pueblos. Mujeres del ámbito rural o de pequeñas ciudades que han combatido y combaten con sus armas.
Mujeres que serán lesbianas, católicas practicantes, ateas, socialistas, solteras o lo que quieran. Pero mujeres LIBRES y LIBERADAS. Y liberadas porque lo han conseguido por sí mismas, no porque alguien haya ido a liberarlas de sus cadenas.
Aunque no me lo dijo, sé que mi tía me llevó a su encuentro de manera disimulada para que comentara de pasada algo sobre su esfuerzo, su trabajo diario… Ella sabe que escribo en una revista cuyo público es en su mayoría femenino. Y sé que quería que vosotras pudierais conocer su labor.
Y por eso, este mes mi tía no tiene un par de líneas. Mi tía y sus amigas tienen todo un artículo para que sirva como una ventana que acerque a nuestras generaciones el trabajo callado que cientos de mujeres como ellas han llevado a cabo en cientos de pueblos y ciudades.
Un esfuerzo discreto y constante que ha logrado mucho a pequeña y a gran escala. Pues los grandes cambios comienzan en los pequeños detalles, en las actitudes del día a día.
Sirvan estas palabras como homenaje a mi tía Conchi y a todas esas mujeres valientes y luchadoras a las que tanto debemos y pocas veces agradecemos sus esfuerzos y su desazón.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.