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por Rubén GP

Buscando el tiempo perdido

Marzo 2011

 

A muchas de vosotras el título del Prisma de este mes os habrá recordado la monumental obra de nuestro “compañero” Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”. Siete volúmenes, más de cinco mil páginas en las que se nos narra una desilusión. El desengaño que siente Proust hacia una sociedad que lo engañó, lo atrapó y después se dirigió a conseguir los fines que parecía despreciar.

Esta novela excepcional es el cuaderno de viaje del hipersensible Marcel por el universo de sus recuerdos y sus pensamientos. Y es la descripción del deseo de este joven homosexual de ser escritor para así poder atrapar ese tiempo perdido. Un tiempo que se escapa, que no espera, que no nos obedece.

Y es que la fugacidad del tiempo es algo que siempre ha interesado -y seguirá interesando- al ser humano. ¿Cuántas veces hemos deseado volver al pasado? ¿Y viajar al futuro? ¿Y qué decir sobre el deseo de detener el tiempo y vivir ese preciso instante durante una “eternidad”?

Y en ese momento nos parece “lo mejor”, “lo más maravilloso”. Y muchas veces, algún tiempo después, pensamos: ¡Menos mal que no se congeló la existencia en ese momento!

El tiempo. La cuarta dimensión, la más esquiva de todas. Una entidad cuyo concepto se nos escapa. Una magnitud que siempre avanza y jamás retrocede. Ya lo dice el adagio latino: Tempus fugit.

Muchas veces en nuestra vida nos enfadamos porque se nos ha pasado el tiempo. Sentimos que hemos perdido el tiempo como si éste fuera de nuestra propiedad. Cuando la realidad es lo contrario: nosotros somos propiedad del tiempo. Él rige nuestra existencia con sus caprichos, sus sustos y sus sorpresas.

En ocasiones, se escuchan lamentos como: Yo tendría que haber hecho esto o aquello en aquel momento. Tendría que haber aprovechado que… Si pudiera volver allí entonces haría… Ojalá fuera capaz de regresar y así podría…

Y yo cuando los escucho, más allá de compartir el deseo de quien los expresa, a veces me pregunto: ¿Sirve para algo intentar recuperar aquello que el fluir del arroyo temporal se llevó de nuestro lado y arrastró corriente abajo?

Algunos responderán con un sí rotundo. Otros dirán que no. Y todos justificarán sus respuestas con mil motivos y otras tantas razones. Sin embargo, tanto si respondemos sí como no a la pregunta, la respuesta es indiferente. El tiempo no se va a detener por mucha que sea nuestra elocuencia o la vehemencia de nuestros argumentos.

Buscar el tiempo perdido no es satisfactorio. Lleva a vivir en el recuerdo, en el pasado. A desasosegarse pensando qué no hicimos, por qué no lo hicimos o qué deberíamos haber hecho. Absurdo, tan absurdo como crearse un futuro a nuestra medida sin ver la realidad (recursos, habilidades) de manera objetiva. Lo más sano y agradable es vivir en el presente intentando “tachar” tareas de ambas listas: las pendientes del pasado y las proyectadas en ese futuro a corto plazo.

Nacimiento, muerte y el paso del tiempo. Son las tres únicas certezas que tiene la vida. Su origen, su extinción y “eso” que hay en el medio. El “eso” que nos trae de cabeza.

Cualquier viaje comienza con un pequeño paso nos dejó dicho Lao Tse. Y nuestra existencia comienza con una “explosión de vida” y luego avanza por caminos inexorables a diferentes velocidades, con distintos acompañantes, etc.

Estos senderos los podemos diseñar a nuestro gusto, con sus pequeños detalles. Cambiamos nuestras rutas. Elegimos los atajos que se nos antojan. Adornamos la vía elegida con nuestros recuerdos y nuestras ilusiones. Pero en definitiva, todos, todos ellos son vías muertas. Y nunca mejor dicho. Lo son porque su trazo no es ilimitado como esas asíntotas que sólo convergen en el infinito. La línea de meta la sitúa “eso que hay en el medio”. Nuestro amigo -o enemigo, según el caso- el tiempo es el que cifra la longitud del sendero.

Y esto no es un motivo para la tristeza o el laissez faire (el famoso “dejad hacer” de la Revolución Francesa). Es la realidad, pura y cruda. Y ante esta realidad se pueden adoptar mil y una posturas.

Una actitud que a casi todos nos encantaría es ésa del “dolce far niente”. Esta expresión italiana que en traducción libre vendría a ser algo así como “descanso refinado” u “holgazanería refinada” (La literal es “el dulce no hacer nada”). Y estas tres palabras que suenan tan bien, no implican “perder el tiempo sin hacer nada”, suponen “descansar haciendo aquello que nos gusta con un toque chic”.

Por desgracia, nuestros bolsillos no nos permiten aplicar ese durante todo “nuestro” tiempo (de nuevo el afán de posesión). El dinero no es infinito, en esto se parece bien a la vida. Y nos vemos obligados a trabajar y a tener “vidas cotidianas”: dormir, trabajar y divertirnos de vez en cuando.

Cotidiano es un adjetivo que cuando acompaña al sustantivo vida, suele evocar en nuestra mente imágenes rutinarias y monótonas: madrugones, tareas pendientes, prisas, agobios, etc. Sin embargo, cotidiano o rutinario no tienen que ser negativos por necesidad. Hay rutinas maravillosas que son monótonas y sin embargo, nos hacen disfrutar. ¿Qué decir de un paseito diario cada mañana por el parque en primavera oyendo el trino de los pájaros? ¿O de ver la puesta de sol cada día estival? ¿O de un baño diario en agua caliente con sales y espuma de baño? ¿O de caminar bajo la lluvia de otoño mientras vuelves a casa sintiendo cómo se oscurece la ciudad? ¿O de ver todos esos rostros infantiles sonrientes cubiertos con gorros y bufandas multicolores en las mañanas del invierno? ¿Y sobre la satisfacción de vernos realizados en nuestros trabajos? (Sé que la última pregunta es muy controvertida. Que se la apliquen sólo aquellos cuyo trabajo sea el que ellos han elegido)

El “dolce far niente” es muy atrayente pero su atractivo reside en que es un imposible, un reino quimérico que podemos visitar pero en el que no podemos vivir. Ésa es su fuerza y la fuente de su magia.

Además, fijarse como objetivo esa “holgazanería refinada” tampoco es un buen plan existencial. No es sano. Y no os sorprendáis al leer esto. Al principio gozaríamos lo inimaginable. Pasado el tiempo nos saturaríamos y acabaríamos como los romanos de la última etapa de su imperio: vomitando para poder acudir al siguiente banquete. Odiaríamos tanto festín y echaríamos de menos nuestras vidas cotidianas con sus graciosas rutinas, sus defectos y sus pequeñas y entrañables sorpresas. La felicidad no reside en tener mucho sino en no necesitar nada y valorar lo que tienes, reza el consejo oriental. Además, la vida regalada no existe. Siempre hay problemas, dificultades, inconvenientes que surgen cuando y donde menos lo esperamos. Y por supuesto, el único juez ecuánime e imparcial y su alguacil incontrolable también trabajan en el distrito “dolce far niente”. Todos envejecemos y todos morimos.

Una filosofía de vida bastante mejor que correr tras el tiempo perdido o esforzarse para alcanzar una vida regalada sería aplicar esa máxima latina tan conocida: “Carpe diem” (Vive el momento). Una expresión que nos viene a decir que disfrutemos cada instante como si ese instante fuera el último.

Es decir, viviendo nuestra “rutina diaria” tenemos que aprender a sacar la mayor satisfacción de esas pequeñas migajas que robamos de la bandeja del banquete del Tiempo. Escuchar los pájaros, pasear, juguetear con las burbujas, sentir un abrazo, reír con nuestros hijos, deleitarnos con el tacto de otra piel… ahí está la esencia de nuestra felicidad.

Y una vez controlado ese aspecto, nos vendría bien considerar el consejo escrito en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos: “Saepe te” (Conócete a ti mismo).

Una frase muy peculiar puesto que no se detiene en nuestra epidermis. “Saepe te” implica conocer a los demás a través de ti, ya que conocerse a uno es conocer a los otros. Y conocer a los otros es conocerse a uno mismo. Estas dos palabras son la formulación del ideal griego de llegar a entender al hombre. Al hombre en sus tres dimensiones esenciales: su comportamiento, su razón y su ética.

Este “Saepe te” es, en definitiva, lo que buscaba el buen Marcel a través del recuerdo que el aroma y el sabor de aquella magdalena mojada en té trajeron a su paladar.

¿Y qué o quién es un ser humano?

Los componentes básicos de todos los hombres son los mismos: átomos de Carbono, Hidrógeno, Oxígeno y algunos elementos más. Átomos ordenados en redes denominadas moléculas. Moléculas enlazadas en lo que denominamos células, nuestros ladrillos. Y a pesar de que nuestros edificios se construyen con los mismos ladrillos no todos son iguales. Y no sólo en su fachada y aspecto exterior. Tampoco son iguales en aquello que adorna sus patios. Algunos tienen interiores encalados y geranios como los patios andaluces. Otros celosías y fuentes inagotables como los patios árabes. Otros maderas policromadas, lámparas y tapices deslumbrantes como los patios orientales. También los hay geométricos y austeros cual patios romanos. Y algunos se encuentran grises y vacíos como típicos “patios interiores” de bloque de ladrillos.

Más allá de nuestra capacidad artística, nuestras habilidades intelectuales, el saber sonreír o el tener conciencia de nosotros mismos; si hay algo que nos diferencia -y bien podría considerarse la esencia de la diferencia entre hombres y animales- es eso que se conoce como “calidad humana”, una mezcla de ética y conducta.

Esto es lo que nos hace únicos. Y no sólo en el reino animal en sentido biológico. Dentro del género del ser humano, el rasgo de distinción más allá de las diferencias físicas es nuestra habilidad para conectar con los demás y estar ahí donde somos necesarios.

Algunas situaciones vitales ponen a prueba esa “calidad”, eso que le aporta valor al producto. Una “calidad” que es tanto “calidad de diseño” como “calidad de conformidad” expresándolo en términos empresariales. Y esos momentos permiten saber en quién abunda esa virtud y quién carece del mínimo necesario.

Rodearse de personas que rebosen esa “calidad” es un placer, una fuente inagotable de satisfacciones. Hacerlo de personas que cumplen con los requisitos básicos de diseño y no poseen ni un solo rasgo diferenciador, es lo mismo que quedar atrapado en un lóbrego pantano. Y no uno como el de Shrek precisamente.

Esta “calidad humana” ya está en el diseño original, encerrada en una semilla. Es una virtud que se cultiva a lo largo de la vida. El brote incipiente va creciendo y poquito a poco, abrazo a abrazo, beso a beso, caricia a caricia, se convierte en un árbol. Y el árbol crece y crece. Y cuando ya son varios, empieza a crearse un paisaje. Un paisaje de una belleza arrebatadora. Un paisaje más hermoso que un valle abarrotado de cerezos en flor. El paisaje de aquellos que comprenden al otro, lo escuchan, se preocupan por él, lo apoyan… en definitiva, aquellos que tratan al otro como se tratan a sí mismos: con cariño, honestidad, paciencia, liberalidad y comprensión.

Y el caso es que cualquiera de nosotros sabemos quiénes son entre los que están alrededor. Y quiénes están pero no son. Y quiénes son pero no pueden estar.

Cualquiera de nosotras ha atravesado momentos en su vida en los que ha creído que “su tiempo” llamaba a su fin. Alguna situación personal nos ha empujado a pensar que la lucha infatigable no es sino una pérdida de “este tiempo” y esa energía vital.

Situaciones vestidas con los más variados disfraces que son idénticas en su esencia. Encrucijadas vitales, decisiones que están más allá de nuestra capacidad, de nuestro control. Situaciones que se escapan de nuestras manos como el agua de una red.

Son momentos en los que una pregunta golpea nuestra cabeza comos los picos los túneles de una mina: ¿por qué tenemos que elegir?

Y después, conscientes ya de la necesidad de escoger, repica una nueva cuestión: ¿qué debo elegir?

Y en esos momentos nos encontramos como Paris en el juicio en el que tenía qué decidir a quien le entregaría la manzana de oro, la manzana de la discordia. Debía ser para la más bella, pero ¿cuál de las tres diosas lo era?. ¿Qué podía elegir? ¿El Poder que le ofrecía Hera, el Amor de la más bella mortal prometido por Afrodita o la Sabiduría de Atenea? Cualquier respuesta habría sido incorrecta. Paris optó por el presente de Afrodita. Y así la diosa hizo que Helena de Esparta se enamorara de él. Y ya sabéis lo que pasó después. Una decisión imposible que originó una de las guerras más famosas: la guerra de Troya.

Y en estos casos, la máxima de Delfos, también el leitmotiv de nuestro “compañero” Sócrates, es uno de los mejores y más útiles consejos que se le puede dar a una persona. Conocerse a uno mismo conlleva ser consciente de nuestras capacidades, habilidades, intereses, necesidades… nos da las piezas y las herramientas que requerimos para construir ese “mecano” al que llamamos “nuestra vida”. Si te conoces a ti mismo, eres consciente de tus armas, de tus fortalezas y debilidades. Sabes hasta dónde puedes llegar y cuáles son los límites y las consecuencias de tus acciones. Y así también puedes conocer a los demás. Pero, ¡cuidado! Te pueden engañar.

Algunas noticias nos llegan sin avisar, situaciones imprevisibles -impensables- en las que se involucran muchos, muchísimos sentimientos. Las traen heraldos oscuros, portadores de pergaminos escritos con la tinta del dolor, la desesperación, la soledad… Ojos enrojecidos y manos temblorosas son su presentación.

Nos exigen templanza, prudencia, entereza para continuar nuestro camino. Nos reclaman ser duros (no ásperos ni desagradables)… nos demandan la resistencia de la caña quebradiza. Ser como uno de esos juncos que arraigan en la orilla de un río y que pareciendo débiles son muy, muy fuertes. El viento los golpea, los dobla pero nunca los quiebra. Ellos se adaptan al vendaval, lo soportan y una vez pasada su furia, vuelven a erguirse desafiantes.

Estos momentos exigen ser analizados con calma, con racionalidad. Desde la objetividad y siendo conscientes de las limitaciones. Un realismo que no significa que no se luche hasta verter la última gota de sangre. Dejar que la desesperación, irracional por naturaleza, guíe nuestros pasos no es, ni ha sido ni será una buena opción jamás.

Antes de una batalla, el buen general sabe cuándo atacar y cuándo esperar. Como nos recomienda ese libro tan usado ahora en la gestión empresarial, El Arte de la guerra (por Sun Tzu), el buen general no sólo está pendiente del estado de sus tropas sino que le dedica tanta o más atención a las del enemigo. Así puede conocerlo y descubrir sus debilidades para atacarlas sin descanso.

Cuando el mando de un ejército descubre que no dispone de fuerzas suficientes para vencer a un oponente que lo supera en número, habilidad, equipamientos, provisiones, estrategia… El buen general no pierde la compostura ni se deja llevar por el miedo o la desesperanza. El buen general mantiene su objetividad, su “sangre fría”, disimula su miedo y desarrolla una estrategia para permitir que su honor -y el de su nación- permanezcan inmaculados.

El buen general analiza si en lugar de un ataque desesperado y desordenado que lo llevaría al fracaso más estrepitoso, no es mejor volver a la capital de su reino. Y una vez allí, organizar una defensa ordenada y eficaz para resistir hasta la extenuación. Manteniendo encendidas las antorchas de la esperanza, de recibir refuerzos de sus aliados, de tener el poderío necesario para vencer a ese enemigo tan superior. Y si finalmente su bandera debe caer, al menos habrá evitado un inútil derramamiento de sangre, habrá sido feliz en la capital de su reino y conservará intactos su honor, su hogar y el recuerdo que deje en aquellos con quienes convivió.

Algunas situaciones de nuestras vidas reclaman actuar como él. ¿De qué sirve emprender un viaje frenético en pos de aquello que se perdió? ¿Debemos malgastar nuestras energías en una aventura alocada para culminar el mayor número de nuestros “sueños”? ¿O es preferible mantener la cotidaneidad -que no la rutina- satisfaciendo pequeñas ilusiones y seguir disfrutando de quienes están a nuestro lado día a día?

Seguir en esa vida cotidiana sabiendo que la espada de Damocles se balancea sobre nuestro cuello, es difícil, muy difícil. Tan complicado como conservar la entereza ante una desgracia cercana. Sin embargo, esa “normalidad” es un manantial inagotable de satisfacciones. Esa “normalidad” le da naturalidad a las situaciones más inusuales. Esa naturalidad le da finalidad a una existencia que de otra manera se convertiría en un sinsentido, en el correr de un cuerpo decapitado.

Las respuestas a las preguntas anteriores son personales e intransferibles como reza el letrerito de algunos documentos. Nadie puede contestarlas por nosotros, son nuestra responsabilidad y debemos asumirlas como tales.

Y así voy a cerrar el artículo de este mes de marzo, el mes de los Idus romanos. El mes dedicado al dios Marte. El mes en el que Julio César fue traicionado y apuñalado -entre otros conspiradores- por Bruto, aquel a quien el cónsul eterno había considerado su hermano, el hijo que nunca tuvo. Y ése fue el golpe más cruel de todos pues César lo amaba con ternura e inocencia. En la espada de Bruto la afrenta se agravaba con el ultraje a un hermano mayor, a un padre. De ahí la pregunta del Imperator moribundo: ¿Tú también Bruto?

Interesante pregunta para un Prisma bastante atípico que no es sino una sucesión de pensamientos lanzados al aire. Y cuando hayáis leído esto y penséis “¿Y qué demonios pinta esto aquí?” tened presente que no son palabras para gays, ni palabras para lesbianas, ni palabras para heterosexuales. Son palabras para cualquier ser humano y eso hace que encaje en cualquier lugar y en cualquier corazón sensible.

Una vez más, muchísimas gracias por vuestra atención. Hasta el próximo mes. Y recordad la advertencia que Shakespeare puso en boca de un augur en su drama Julio César:

¡César, cuídate de los Idus de marzo!

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