
Aunque a alguien no le interese el fútbol ni siquiera un poco, estoy seguro de que a nadie se le escapa que al final de esta temporada el destino ha querido que el partido por antonomasia se repita cuatro veces. Y es que cuatro son los "clásicos" Real Madrid vs. Barcelona que han venido como agua de mayo -nunca mejor dicho- para los amantes de los desafíos.
A aquellas que no les guste el llamado "deporte rey" de nuestra patria que no dejen de leer el artículo porque esto no es una columna en la que vaya a analizar tácticas o estrategias. Ni a comentar jugadas dudosas, decisiones arbitrales o goles fantasmas. Aunque siendo sincero, con ganas me quedo de intentarlo.
Y a las que les apasione o simplemente les interese el balompié (término muy típico de esa España de blanco y negro que tantas veces lució con orgullo el blanco madridista) les pediría que tampoco abandonen aquí la lectura.
Si he elegido una introducción deportiva para este Prisma primaveral es porque la reflexión que en él voy a desarrollar surgió un día de Partido, así con P mayúscula que este duelo lo merece.
El miércoles 20, Miércoles Santo para los cristianos y día del patrono de los marinos (San Telmo), estuve viendo la final de la Copa del Rey en un conocido bar lésbico de Chueca con dos de mis mejores amigas -encantadora pareja la suya-, la hermana adolescente de una de ellas y algunas otras "conocidas".
Durante el partido todo transcurrió como es habitual: gritos pro-Barça contrarrestados con efusivos elogios a Cristiano Ronaldo; ¡Uyssssss! por Benzema o Di María que desbordaban las gargantas de las madridistas para que poco después fueran los ¡Ayyyy! a Messi o Villa los que ahogaban a las blaugranas; y los vítores a mi querido Casillas empañados con poca convicción por las niñas de Guardiola porque la exquisita educación y el buen hacer de Iker le han hecho ganarse el respeto de todos los aficionados sin distinción de colores.
El enfrentamiento fue un paréntesis temporal pues después de los 90 minutos reglamentarios y sus correspondientes "añadidos" el resultado del marcador de Mestalla seguía en la nada absoluta: El 0-0 tendría que romperse en la prórroga.
Palabra que incluso en su grafía y sus sonidos tiene algo de inquietante. Treinta minutos en los que Cristiano marcó para el Real Madrid y así llevó la Copa del Rey a las vitrinas del Santiago Bernabéu tras 18 años de ausencia. Un gol que brotó como el fuego de San Telmo en los mástiles de un barco de velas blancas.
Una copa que Casillas alzó con alegría desbocada frente a SS. MM. Los Reyes en el palco presidencial valenciano. Y una copa que al día siguiente un desbocado Sergio Ramos puso al alcance de las ruedas del autobús madridista. Un curioso juego del destino, tan impredecible él.
Desde el gol, por cada minuto de la prórroga que volaba las madridistas añadíamos un afluente al cauce de nuestra alegría. Y lógicamente, las blaugranas intensificaban sus vítores a la vez que cosían una pieza más a la colcha de su decepción.
Undiano Mallenco pitó y las seguidoras blancas celebramos la victoria "pinchando" a nuestras rivales con los comentarios típicos. Ellas rumiaban su derrota, permanecían en silencio y el enfado y la desilusión se leía en sus ojos y sus rostros.
Hasta aquí todo fue normal y corriente. Alegría para unas, tristeza para otras. Sentimientos que cambiaron de bando en semifinal de Champions en ese balanceo permanente de los resultados deportivos.
Sin embargo, al salir del bar se produjo el encuentro que estropeó la noche. Algunos párrafos antes, he escrito que me acompañaban dos de mis amigas más queridas y la hermana adolescente de una de ellas. Pero no os he contado que las dos hermanas son muy aficionadas al fútbol y de espíritu blaugrana. Y por ello, ese día lucían orgullosas las camisetas de las dos equipaciones del Barça: la naranja "butanero" y la "oficial" de rayas azules y granates.
También omití que la hermana adolescente -una delicia de niña tan guapa como cariñosa- padece una enfermedad neurológica que dificulta su movilidad y su capacidad de articulación de los sonidos, altera su equilibrio y la obliga a usar una muleta como apoyo.
Pues bien, una vez dicho esto, volvemos a la salida del bar. Allí estábamos las cuatro dejando que el humo de un par de cigarrillos envolviera nuestras palabras. Y mientras charlábamos allí, pasaron varios grupos que hicieron los comentarios y burlas habituales al ver a dos culés: "¡Perdedoras! ¡Os hemos ganado! ¡Comeos ésa! " Y cosas por el estilo.
Esas frases son típicas y nada hay que decir sobre ello. Pero al rato aparecen tres homínidos en la calle, tres homínidos varones. No escribo hombres porque no sé si han alcanzado esa etapa de la evolución.
Los tres homínidos iban ataviados con símbolos de mi equipo -Real Madrid- hacia Cibeles. No estaban borrachos y por su aspecto se diría que estudian en la Universidad.
Al pasar, miraron despectivamente a mis amigas y de sus bocas brotaron estas palabras: ¡Mira tío, es una perdedora! ¡Y encima está coja!, añadió otro. ¡No está coja, está gilipollas! ¡Lo tiene todo: del Barça y gilipollas!, apostilló el más cobarde del trío.
Por fortuna para ellos, la hermana mayor de esta preciosidad de niña no escuchó ni a uno solo de estos... (os lo dejo en puntos suspensivos para que cada una escriba las palabras que considere más adecuada). Si los hubiera oído, los cirujanos de guardia del Gregorio Marañón tendrían que haber trabajado de lo lindo.
Mi amiga trata a su hermana con una delicadeza encomiable. Si la observas durante unos minutos, te das cuenta de cómo, de cuánto y del porqué. Y por encima de todo, notas que nada de eso es hecho por obligación. Lo hace por devoción. Por el amor fraternal que siente por su "peke". Una actitud símbolo del corazón tan bello que se esconde en ese hermoso cuerpo.
Su pareja, mi otra amiga, escuchó sólo al que la llamó coja. Ella no acostumbra a controlar sus emociones. Su genética, su carácter y su lugar de nacimiento le han dado un carácter fuerte, enérgico y explosivo. Además, ese día se había calado en la tormenta que anegó la ciudad y todos sabemos que los pies fríos ponen de muy malhumor.
La laguna de su furia interior se convirtió en un torrente de palabras de fuego. Una hoguera léxica que encendió el polvorín de sus músculos. Y furiosa como una pantera fue rugiendo hacia él.
Yo conseguí interceptarla a medio camino y controlé su ira en un embalse improvisado. Su malhumor se aplacó parcialmente y devueltas las aguas a su cauce nos marchamos a casa en la frialdad de la noche madrileña.
No obstante, después de dejar a mi amiga en el vestíbulo del palacio de Morfeo, yo regresaba a mi hogar y pensaba en lo que había ocurrido.
Yo suelo controlar bastante bien mis emociones, especialmente las consideradas "negativas". Considero innecesaria cualquier forma de violencia. Para mí no es un recurso. No recurro a ella. Ni siquiera a la verbal puesto que cuando discuto o me embronco con alguien ,dejo que su ira fluya y escucho en silencio bajo la lluvia de insultos o reproches. Después intento dialogar, buscar soluciones "racionales", que no sean respuestas "pasionales": Y trato de hacerlo siempre, aunque esta mansedumbre haya provocado que en alguna ocasión mis ojos se disfrazaran de nazarenos.
Pues bien, yo, un ser humano pacífico en todos los aspectos deseé que aquel tercer individuo. Hubiera estado a mi lado Que hubiera estado al alcance de mi mano cuando habló de nuestra niña. Lo desee porque le habría partido los dientes con un puñetazo. No podéis imaginar cuánto ansié sentir el calor de la sangre de su boca acariciando mis nudillos. De hecho, incluso habría llegado a patearlo allí mismo. Sin remordimientos, ni cargos de conciencia, ni consideración alguna. Hasta tal punto hervía mi sangre en el magma de la indignación, la rabia y el desprecio.
Por suerte, el agresor era una alimaña cobarde. Se cuidó mucho de hacer el comentario a la distancia suficiente para salir corriendo sin sufrir lesión alguna. Por mi parte, como ya os he dicho, yo fui capaz de encauzar ese manantial de violencia y evaporarlo en la niebla de la compresión y la urbanidad.
No obstante, esta anécdota me sirvió para darme cuenta de algo que también querría compartir con vosotras.
Lo ocurrido esa noche dio respuesta a una cuestión que nos planteamos unos días antes en una agradable conversación de sobremesa: ¿Es posible que cualquier persona se vuelva violenta en un momento dado?
Antes podía verlo difícil pero después de lo ocurrido, la contestación es un sí rotundo. Violento puede serlo quien menos lo esperas en un momento concreto. Cualquiera, sin distinción alguna: tu hermano, tu madre, tu esposa, tu novio, tú mismo. Y yo soy el mejor ejemplo para confirmar esta convicción.
Si yo, que tengo por principio sembrar el Amor allí donde éste pese a que no haya más que odio y desprecio en la respuesta; si yo siendo así pude sentir ese deseo de venganza y ese placer tan cruel, entonces cualquiera puede convertirse en alguien violento.
Y esto no fue lo único que pensaba durante ese paseo nocturno bajo las silentes acacias del Paseo del Prado.
También me quedó claro una vez más que quienes agreden ya sea física o psicológicamente no son los únicos responsables de ello. Ni los máximos culpables. Evidentemente todos tenemos capacidad para controlar nuestra voluntad y dirigir nuestras acciones. Y eso nos hace responsables directos de las consecuencias de dichos actos.
Sin embargo, esa capacidad de control no es innata, es una habilidad adquirida. Y la fortaleza de nuestra voluntad depende en gran medida de nuestra empatía y de la solidez de nuestros principios y convicciones.
Por tanto, gran parte de la responsabilidad recae en quienes nos educaron y nos inculcaron esos principios, o esos finales según quiera uno verlo.
Muchas de las personas que marginan o desprecian a gays y lesbianas lo hacen porque se criaron en entornos en los que esa era la conducta habitual hacia esa hiriente realidad. Porque les enseñaron a odiar a esos "desviados".
La violencia es un instinto primario del ser humano al que todos -sin excepción humana- recurrimos en algún momento o situación particular. Y el único medio para evitarla es una educación, tanto en el aspecto teórico como en la práctica, en la convivencia pacífica y respetuosa. Una convivencia comprensiva con la diferencia y solidaria con la necesidad.
Es más, muchos de quienes atacan la homosexualidad lo hacen porque temen que ésa tendencia destruya lo que para ellos es la única sociedad posible y válida. Se enfrentan a los homosexuales con arengas inflamadas o con puños enguantados porque tienen miedo. El bastidor de esa violencia es el miedo. Y el armazón de ese miedo es el desconocimiento.
Se teme aquello que no se conoce. Por eso es imprescindible educar. Entendiendo por educar, enseñar y mostrar. De ahí que iniciativas como el pasado Día de la Visibilidad Lésbica sean esencial para que desde fuera de la comunidad LGTB se aprecie que pese a los matices diferenciadores, esas personas "desviadas" encajan bien en la estructura social.
Afortunadamente, la aceptación de las limitaciones físicas o psíquicas de los individuos enfermos es muy, muy amplia. Los sujetos que aún hacen comentarios groseros -para ellos son jocosos- sobre esos temas son una minoría de minorías.
Y esto se ha conseguido gracias a los cientos de las llamadas campañas de sensibilización y educación en valores. Campañas que han eliminado esos estigmas de los portadores de VIH, enfermedades mentales, neurólogicas, minusválidos, invidentes, sordomudos...
Se han desterrado usos despectivos de palabras como ciego, loco, tonto, mongólico, subnormal...
En lo referente a la realidad homosexual y transgénero, el grado de aceptación es mucho más alto que años atrás. Sin embargo, aún no ha alcanzado el nivel de inclusión de los anteriores. Y aún hay que escuchar noticias de agresiones a gays, lesbianas o transexuales. O escuchar comentarios despectivos y chistes de pésimo gusto y peor intención. O sentir el latigazo del desprecio y la marginación silenciosas.
Por eso, a nosotras se nos exige un esfuerzo para colaborar en esa integración progresiva. La educación y la visibilidad han de ir de la mano y ambos son los pilares en los que deben asentarse nuestras actuaciones. Como reza el lema de nuestro vídeo sobre la visibilidad: Tu visibilidad es mi libertad. ¡Hazte visible! ¡Por ti y por los demás!
Un vídeo durante cuya grabación tuvimos que sufrir la intolerancia de algunos individuos que al comprender el contenido del mensaje nos recriminaron nuestra actitud, despreciaron nuestra iniciativa y nos dedicaron algunos gestos y palabras para llamarnos caraduras y sinvergüenzas. Y todo por grabar una escena con un par de chicas guapas dándose un beso.
No pretendo eximir al individuo de su responsabilidad como ser humano independiente. Ya he comentado antes que cada uno controla su voluntad y sus actos. Pero es un control parcial. Lo que quiero es que centremos el interés en la otra parte. En el entorno, lo externo al individuo. Lo que en términos orteguianos serían las circunstancias que rodean al hombre.
Unas circunstancias que pueden modificarse de manera individual en algunos aspectos. Y que en su mayoría necesitan una acción conjunta para ser transformadas.
La Educación y los Principios Éticos (que no morales) sobre los que se asienta una comunidad determinan el grado de respeto, tolerancia y flexibilidad de los miembros que la integran.
Su grado de aceptación de aquello que es diferente de la norma rectora viene dado por su habilidad para conseguir que esos principios rectores no dejen demasiados aspectos fuera de la "normalidad.".
Precisamente el concepto de "normalidad" es equivalente a lo aceptado por la mayoría. Es aquello que damos por supuesto, "lo que tiene que ser así" para que todo el sistema funcione correctamente.
La educación de los miembros de la sociedad es el aceite que consigue que los engranajes y los cigüeñales se muevan sin que haya rozamientos o fricciones.Cuanto mejor sea el "aceite", más suave será el funcionamiento. Es decir, con una educación más plural y flexible, tendremos menos violencia y marginación. Habrá menos elementos considerados "diferentes" y la integración será mucho más fácil. Y esto es algo que las personas no podemos hacer como seres humanos independientes.
Sólo abandonando la jaula de nuestro yo y revoloteando en el "nosotros" seremos capaces de construir una sociedad en la que se destierre definitivamente el "Homo homimi lupus est" ("El hombre es un lobo para el hombre") que el filósofo Thomas Hobbes nos comentaba en su Leviatán.
Lástima que los tres humanoides cobardes y descerebrados no vayan a leer este artículo. Me gustaría que supieran que ellos cuentan con mi mano tendida y mi amor comprensivo; pero que su actitud, sus palabras y sus motivaciones cuentan con el más profundo de mis desprecios.
No hubo ofensa porque no tienen tanta capacidad, pero sí hubo insulto. Como ellos no se disculparon, sirva este artículo como disculpa para aquélla que fue despreciada por ser tan culé como diferente y valiente.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.