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por Rubén GP

Soledad

Noviembre 2010

 

Hace unas semanas le regalé a mi hermanito Álvaro un libro titulado Hermosa Soledad. Es un libro infrecuente, atípico porque se trata de un diario poético-visual. Uno de esos cuadernos de viaje interior. Los sentimientos diarios de un año de la vida de su autor, Jimmy Liao. No basta con leerlo (o escucharlo). Es un libro muy delicado que hay que mirar con atención para dejarse inundar por sus ilustraciones; hermosas, realmente hermosas.

Un diario que retrata la imaginación e invita a imaginar, soñar y volar. Un libro escrito en el lenguaje del corazón. Y también un libro con mirada melancólica, con rasgos de añoranza, con heridas de dolor, con cicatrices de desilusión.

“¿Cómo puede regalarse un libro así: un diario triste, un canto a la nostalgia, un reflejo del fracaso?” “Menudo regalo, ¿pretendía entristecer a su hermano?” Pensaréis algunos después de leerlo.

“Y, ¿por qué no?”, os responderé yo. El diario no hace sino reflejar los latidos del alma de su autor. Latidos tímidos, latidos fogosos, latidos intensos, latidos lentos emitidos al compás de las circunstancias de su melodía vital. “ Y, ¿por qué va a ser triste?”, añadiré, “¿Porque son latidos solitarios cuyo eco se pierde en el valle del silencio?” Nada es triste a menos que no sepamos verlo con el filtro adecuado. La muerte es la antesala de la resurrección. Sin una no puede haber otra. Y aun aceptando que el diario sea triste, la tristeza o el dolor son piezas esenciales de nuestro puzzle vital como lo son la alegría y el amor. Y sin ellas nunca se completaría nuestro rompecabezas.

La cuestión se plantea porque cuando oímos la palabra soledad damos un respingo. La asociamos con la cara oscura de nuestra luna. Y nos apartamos como si fuera aceite hirviendo que nos salpica desde la sartén del mundo.

La soledad al igual que el tono del libro mencionado puede ser melancólica. Sin embargo, también puede ser, o mejor aún, es alegre. Y es triste también. Más que una situación física o algo externo, es un estado de ánimo como cualquier otro de los que padecemos/disfrutamos. Y nuestras manos pueden moldearlo a nuestro gusto como la arcilla se transforma en las manos de una alfarera. No es mejor ni peor, simplemente “es”.

Ahora bien, cuando estos siete fonemas reverberan en nuestros tímpanos sentimos que es un sonido frío y antipático. La soledad no nos gusta. Como las palabras muerte, dolor o destrucción. La soledad nos recuerda el abandono y nos predispone a sufrir un periodo de duelo.

Culpamos a los demás o nos acusamos a nosotros mismos como si la soledad fuera una condena. Nos sentimos encarcelados y sometidos a las torturas más cruentas. Nos enfadamos y envolvemos en vestidos que nos protegen, nos aíslan e invitan a los demás a ejercer la compasión o la caridad emocional. Buscamos, consciente o inconscientemente, que nos tengan lástima para así mitigar la vergüenza de mostrarnos en Soledad. O bien nos parapetamos tras una muralla de tópicos y un foso de recelos, y nos encerramos en nuestra ciudadela. Allí rumiamos nuestra frustración y el veneno de sus hojas pasa lentamente a nuestra sangre y nos aturde. Nos vuelve huraños y desconfiados, condena a muerte a nuestra alegría de vivir. Joie de vivre! Y nos ofuscamos hasta el punto de atacar a aquellos que más queremos, a los que están más cerca, a quienes nos ayudan y protegen.

El escenario típico de la Soledad lo pintamos con contornos difuminados y lo envolvemos en música melancólica como el concierto nº 7 en Re menor de Albinoni. Una melodía que no es triste, pero cuyo fluir tapiza con lágrimas las ventanas de nuestras almas.

Soledad es una palabra contundente y terrible. ¡Ufffff, casi tétrica! La soledad la sentimos abandono. La rehuimos como a una apestada.

Soledad es una palabra solitaria. ¿Pero acaso esto es verdad? ¿Realmente la soledad es estar solo?

El silencio es el canto de sirena de la soledad, y este escudero fiel nos embota los sentidos. Nos asusta con su canto, nos llama a sus brazos y no sabemos cómo dominarlo, cómo evitar caer en su hechizo. Ese silencio que llena nuestras cabezas y no nos abandona ni en nuestros sueños.

La soledad no esta vacía ni es egoísta. No esta vacía porque está rellena de nuestra riqueza personal, de nuestra esencia más íntima. Y es generosa porque nos regala tiempo. Tiempo para limpiar los cristales, quitar la hojarasca del jardín, cambiar los toldos… y no me refiero a nuestras casas. Al menos no a nuestros hogares físicos.

Y ésa es otra de las razones por las que la soledad no nos gusta: porque nos deja tiempo, crea espacios vacíos en el continuo de nuestras vidas.

Para evitarlo, iniciamos una carrera sin fin para llenar nuestro tiempo, sobresaturamos nuestras agendas con cientos de actividades. Olvidamos que uno de los mayores tesoros de la soledad es ese tiempo que nos deja para estar con nosotros mismos, con nuestro yo más auténtico. Aunque sea un yo proyectado y difuso.

Y la soledad tampoco es solitaria. No es un ejercicio de escritura interior, es una muestra de relato en común. Es una maratón de búsqueda de soledades compartidas.

Si lo pensamos, la privacidad es prima hermana de la soledad. Y la primera no nos asusta ni crea suspicacias. De hecho es uno de nuestros deseos. ¿Cuántas veces hemos clamado por “nuestro espacio”, “nuestro tiempo” y le hemos recriminado a nuestro acompañante que nos agobia? La soledad está dentro de la vida conyugal, de la amistad, de la fraternidad… es parte imprescindible y creativa de ellas. Es un territorio fecundo para los sueños, para soplar el vidrio de nuestras fantasías atrasadas. Nos da los buenos días y las buenas noches. Nos acompaña allá donde vamos. Luego. ¿por qué aderezamos la soledad con adjetivos despectivos? ¿Por qué minusvalorarla en lugar de apreciar sus encantos?

El tópico dice que ayuda a “mejorar”, que es esencial para que “maduremos”. Hagámoslo realidad. No deberíamos tener miedo de ella. Debemos acercarnos a ella, educarla, enseñarle lo que debe hacer, aprovecharnos del tiempo que disfrutemos su compañía y analizarnos, encontrarnos a nosotros mismos. El remedio más cercano y el más difícil de ver por eso de los árboles que ocultan el bosque.

Esa soledad útil y enriquecedora no es triste, es como la sexta sinfonía de Beethoven: bucólica y pastoril. Nuestra soledad debería ser como su primer movimiento: evocador, con la alegría inusitada de una pequeña flauta, una explosión de color; un bálsamo que no escuece más de lo que debería pero que cura más de lo que se supone.

La antesala del libro citado nos dice: “Permitidme que vuelva a recordar el pasado…” [Hermosa soledad, Jimmy Liao, Trad. Jordi Ainaud i Escudero, Barcelona, 2008] y yo le añadí a mi hermanito: “y evoque el futuro a través del presente”.

Y es que al igual que para los cristianos Dios es uno y trino al mismo tiempo, la Soledad también es una trinidad: el olor a pasado mezclado con el aroma del presente para ayudarnos a paladear el futuro.

La soledad del pasado es la soledad de lo que pudo ser y no fue, del arrepentimiento, de la venganza insatisfactoria. La soledad del presente es la soledad de unos brazos fríos que nos estrechan contra corazones de sal. La soledad del futuro es la soledad de los abrazos que no nos darán, de las caricias que morirán antes de nacer, de las miradas perdidas en el vacío.

O tal vez no. Sus definiciones están en nuestras manos, en nuestras cabezas, en nuestros corazones.

Si pronunciamos soledad descubriremos que es una palabra sonora. La clave de sol del pentagrama de la imaginación y la creatividad. Una lira de ilusiones y sueños construidos sobre terreno firme.

La soledad es la resurrección del fénix de las emociones. Una resurrección que empezó con un fuego purificador. Unas llamas que acabaron con una civilización y despejaron el terreno para sembrar una nueva cosecha. La soledad bien empleada es escuchar la suite El pájaro de fuego de Stravinski.

Si os habéis fijado, el artículo lo ha escrito una persona en soledad pero parece escrito por todos. Hay un nosotros mayestático que invita a vivir ese concepto de soledad compartida.

Además, la soledad absoluta no existe. Siempre hay alguien que puede estar ahí, en medio de la oscuridad, como octava letra.

Soledad es una palabra con las mismas vocales que hermosa. ¿Por qué no combinar ambas en un binomio tan bello como Hermosa Soledad?

¿Seguís creyendo que mi hermanito recibió un mal regalo?

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