
Desde hace unas semanas hay una cuestión que nada en mi estanque. Una pregunta que surgió durante el verano, que fue enterrada por la disipación propia de la época estival y que resurgió a mediados del mes pasado. Una pregunta que brotó en el largo viaje que he podido disfrutar por la antigua joya de la corona del Imperio Británico. Haberme acercado a la India y descubrir su cultura tradicional, intercambiar experiencias diversas en largas conversaciones ha provocado cambios en mi manera de entender la vida. Cambios que derivan en nuevos planteamientos, nuevas cuestiones o nuevas respuestas para cuestiones antiguas. Y una de ellas, la que quiero comentar en este artículo es: ¿Qué es la Belleza? ¿Quién es bello? ¿Quién no lo es?
Para cualquiera de nosotros es evidente que hay gran disparidad entre los cánones oriental y occidental de Belleza. Y no voy a compararlos, ni a ponderar uno en detrimento del otro. Las comparaciones son odiosas, según dicen, y más aún cuando se trata de elementos que están en distintos planos conceptuales.
El hecho es que los últimos días del mes pasado, he empleado algún tiempo en pensar sobre el canon occidental de belleza. Al fin y al cabo, ésta es la influencia predominante en la parte del mundo en la que vivimos la inmensa mayoría de los que leemos MiraLES.
¿Cuál es el Canon Occidental? Nada nuevo hay en la pregunta ni en la respuesta. Es el de la Grecia Clásica. El Renacimiento y los clasicismos se miraron en el espejo de Policleto, Fidias, Praxíteles o Mirón. Ahora bien, ¿por qué no se volvieron hacia las estatuas persas o egipcias? ¿Por qué son tan atrayentes las esculturas clásicas griegas?
Porque representan la armonía y la perfección corporal. Son equilibradas, reproducciones exactas de una serenidad absoluta. Por sus medidas y sus proporciones anatómicas…
Todo lo anterior es irrebatible pero, ¿es sólo por eso?
Si fueran meras carcasas perfectas de una hermosura física arrebatadora no nos parecerían tan atractivas. La clave de su capacidad de fascinación radica en que las expresiones de estas estatuas son dinámicas, reflejan movimiento y vida interior. Al mirarlas se percibe que en ellas hay un espíritu. Sus rostros, sus miradas, sus movimientos manifiestan que están pensando, que sienten tristeza, alegría. Es decir, que sufren, se apasionan y no son indiferentes a las tragedias de la existencia humana.
Esa combinación de perfección anatómica y dramatismo interior es la clave de su atractivo y de la admiración que sentimos al acercamos a ellas. Una combinación que también se aprecia en las esculturas de Rodin: en la tensión muscular de El Pensador, la animada conversación de los Burgueses de Calais o la sensualidad de El Beso.
Si El Moisés de Miguel Ángel careciera de ese impulso interior que le otorga una energía juvenil a la representación de un viejo barbudo sedente, ¿despertaría nuestro interés? Lo que nos atrae es precisamente ese ímpetu que nos hace pensar que se va a levantar en cualquier momento. La misma energía que desprende el joven pastor David quien parece a punto de lanzar la piedra con su honda.
“Parecen que están vivas”, solemos decir al verlas. Y es verdad, porque no son simples representaciones. Son seres humanos completos: un cuerpo y un espíritu.
En la filosofía griega, y siguiendo su teoría de que los componentes del mundo de los sentidos no son sino meros asomos de las ideas puras que habitan allá en el mundo de las ideas, Platón nos refiere que ver un cuerpo bello despertará en quienes lo ven la idea de la Belleza en sí misma. Una única (noción de) Belleza que se manifiesta en múltiples formas, una de las cuales es la Sabiduría.
“La Sabiduría es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo que Eros es necesariamente amante de la Sabiduría.” 1
Y establece una identidad entre Bien, Belleza y Verdad. El ser humano se siente impelido a alcanzar ese conocimiento verdadero, esa Verdad. Es la fuerza que lo mueve. Y la observación del Bien y la Belleza en sí mismos es el objetivo más elevado que puede alcanzar ese hombre impulsado por dicha fuerza.
En consecuencia, lo bueno y lo verdadero es lo bello. No obstante, no debe limitarse la interpretación de esta identidad. Y ¿cómo se limita? Restringiendo lo bello a lo que es bello en apariencia. Es decir, la belleza física o corporal. Olvidando que también hay otra belleza interior o espiritual tan importante como la anterior o tal vez más pues un alma bella es capaz de hacer surgir lo bello en el alma de los demás.
“A continuación debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso de alma, aunque tenga escaso esplendor, sea suficiente para amarlo, cuidarlo…” 2
Bondad y belleza, ética y estética están unidas íntima e indisolublemente. Nuestra querida Safo lo sintetiza muy bien en uno de sus versos:
“Pues el que es bello, es bello ante la vista; pero el que es bueno, al punto será bello.” 3
Si la identificación de belleza y bondad se reduce a atractivo corporal, eso puede conducirnos a asociar lo “feo” y lo deforme con lo prescindible, lo “malo”, lo innecesario. Y a tratar de reconducir a todo aquel que se sale de los criterios aceptados socialmente. No es necesario recordar las consecuencias derivadas de este planteamiento tan simplista, de dejar que los otros nos impongan el sí y el no.
En nuestra época escondemos lo “desagradable”, lo viejo, el dolor… La publicidad nos presenta unos “modelos de gimnasio o pasarela” y nos conduce a pensar que eso es la Belleza. Y en muchas ocasiones no nos damos cuenta de que llegar a alcanzar esos “cánones” solamente es conseguir ser uno más entre cientos –miles o millones- de cuerpos repetidos, fabricados en serie. Cuerpos sin identidad ni vida interior. Y nos “matamos” llegando incluso a enfermar, ahí tenemos los Trastornos de Conducta Alimentaria y la vigorexia.
Porque no nos preocupamos de nuestros cuerpos para seguir el Mens sana in corpore sano que reza el adagio latino. Cuidar nuestro físico no sólo es conveniente sino que es imprescindible para mantener nuestra salud. Sin embargo, nos esforzamos denodadamente para convertirnos en envoltorios de primera calidad, deseables según los criterios impuestos y olvidando que cualquier cuerpo puede ser bello. Ignorando la belleza de una mirada tierna, de un suspiro melancólico, de un comentario ilustrado, de un gesto elegante, de una respuesta inteligente y graciosa, de un corazón sencillo y abierto a los demás…
En definitiva, despreciando que la Belleza es dual y que un elemento esencial de la misma reside en la otra parte del todo que forma al ser humano: el espíritu. El elemento que no se marchita ni se diluye.
Obviamente, el ideal sería que fuéramos –y pudiéramos encontrar- seres humanos con cuerpos hermosos y espíritus bellos. Ahora bien, eso no es frecuente –de ahí que sea un ideal- y puestos a elegir: ¿qué es preferible: compartir nuestros espíritus o intercambiar nuestros cuerpos?
Yo no tengo la respuesta. Cada uno de nosotros tiene que encontrarla después de probar y comparar… y encontrar algo mejor como dicen por ahí.
En el diálogo El Banquete (o del Amor), Platón relata la respuesta de Sócrates al joven –de belleza física arrebatadora- Alcibíades cuando éste se quejó por la aparente indiferencia del viejo filósofo ante sus encantos. Una respuesta verdadera o falsa pero indudablemente bella.
Alcibíades: “Me levanté sin dejarle decir ya nada, lo envolví con mi manto, me eché debajo del viejo capote de este viejo hombre […] y ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y maravilloso estuve así tendido toda la noche. Pero, a pesar de hacer yo todo esto, él salió completamente victorioso, me despreció, se burló de mi belleza y me afrentó.”
Sócrates: “Debes estar viendo en mí una belleza irresistible y muy diferente a tu buen aspecto físico. Ahora bien, si intentas, al verla, compartirla conmigo y cambiar belleza por belleza, no en poco piensas aventajarme, pues pretendes adquirir lo que es verdaderamente bello a cambio de lo que es sólo apariencia, y de hecho te propones intercambiar oro por bronce.”4
Las citas 1, 2 y 4 se han extraído de: El Banquete, Platón, Trad. Marcos Martínez Hernández, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 2007.
La cita 3 ha sido extraída de: Safo. Poemas, Safo, Trad. Carlos Montemayor, Trillas, México D.F., 1986.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.