Beso

Relato erótico – “El abismo”

Su mirada lo decía todo.

Afilada, decisiva como la hoja de un cuchillo. De un negro tan insondable como el infierno, las pupilas, tan peligrosas y tentadoras como el fuego.

Tentación, esa la era la palabra exacta que describía la firme curva de sus largas piernas, debajo del corte recto, oscuro, del vestido.

El abismo se abría camino por mi piel según mis ojos perdían la voluntad para apartarse de la suya. Susurrante, exquisita, ineludible.

Si quería mi completa atención, la tenía.

Sus labios quietos, inquietantes. Los incitantes trazos de sus curvas, perfectamente delimitados. Las manos, apetecibles, seductoras.

Todo en ella arrebataba el aire de la habitación mucho antes de que yo pudiera respirarlo; la seducción asfixiaba nuestros alientos, consumiendo los segundos.

El silencio interminable lo quebró el murmullo de su ropa al dejar atrás la silla y levantarse hacia mí. Despacio, imprimiéndole gravedad deliberada a cada paso, o eso simulaba, como si fuera lo más natural del mundo, como si el reloj fuera un concepto inexistente, como si a cada paso que acortaba la distancia entre ambas, paladease cada milímetro de aire, deleitándose en su propio magnetismo.

Se detuvo a escasos centímetros.

La electricidad suspendida entre nosotras habría encendido una cerilla por sí misma, si la hubiese tenido.

Por un segundo lo vi. El fugaz cambio en su mirada cuando se dio cuenta de que estaba a punto de perder el control. Por unas milésimas de segundo no hubo nada que la protegiese, ninguna coraza, ningún espejismo impenetrable.

La imperfección había desaparecido tan rápida como su aparición, pero ella sabía que yo la había visto. Lo sintió en algún lugar en mitad del pecho.

Ahí dudó.

No se trataba sólo de perder el control, se trataba de perderlo conmigo.

El espectro de las arrugas a las que estaba próxima se agitó casi imperceptible. Su respiración tembló dejando escapar un breve gemido.

La clavícula al descubierto por el escote en forma de barco, se estremeció visiblemente, como si de repente tuviese frío.

La miré. Sin rodeos, sin tapujos. De arriba a abajo, sin esconderme, deteniéndome en cada rincón.

No recodaba cuánto tiempo, cuánto llevaba queriendo hacer eso. Cuántas veces había dibujado su cuerpo, su expresión en mi mente, el momento en que su blindaje sucumbiera.

Atrás, como en otra dimensión, sobre su escritorio nos observaba mi tesis doctoral.

Habían sido meses deseando esta mirada ígnea, abrasadora, vulnerable.

Meses sintiendo la tensión insostenible del deseo innombrable, caliente.

Ahora frente a mí su tacto decidido, su solidez rendida, su alma agitada. Su inflexibilidad quebrada.

Introduje mis dedos entre su pelo, tomando míos sus cortos mechones rubios sin aviso. Apoyó entonces su frente —algo más alta— sobre la mía, cerró los ojos y suspiró sonoramente mientras yo tragaba saliva.

Nuestra ropa se tocaba.

Hasta entonces podríamos haber parado.

Los abismos más profundos son los que da más miedo cruzar pero los que más te excitan.

Ya no estábamos arriba. La caída libre tenía la forma de su cuello. Lo acaricié con mis labios, apetitoso, con mi mano aún entre su cabello.

Ella la apartó, me apartó entera y completamente de un sólo movimiento inesperado y súbitamente firme, para empujarme entre brusca y delicadamente contra la pared más cercana.

Mientras me sujetaba con su cuerpo, una mano inmovilizando mi brazo dominante, la otra en mi cadera codiciosamente baja, creía que el corazón iba a saltarme del pecho.

Había vuelto a recuperar el control pero esta vez tenía algo diferente, algo que nunca había visto antes, como una certeza.

Estaba sonriendo. Una sonrisa que me prendió en dulces llamas.

Jamás hasta entonces había anhelado tanto algo.

Fue entonces cuando me besó.

Con mi mano libre en su espalda la apreté más aún hacía mí.

Fuera, la tarde caía.

Fuera de aquel despacho, nada importaba lo suficiente.

Laura Morillas García

Mi blog Atlanthis

 Twitter @_Atlanthis



There are 2 comments

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  1. MujerXL

    Nada importaba lo suficiente. Nada podía calmar esa tarde, ni otra, la sed de mi cuerpo sobre el suyo. Éramos dos improbabilidades fundidas en un cuerpo. Y entonces… entonces nada. Ya que nada queda cuando todo es tan fugaz como un beso.

    ¡Perfecto relato! fuera la tarde cae, voy a esperar a que me llegue eso.


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