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por Rubén GP


De patines y doncellas

Septiembre 2011

 

I.

Paulina volvía a casa después de otra aburrida tarde de colegio. Algunas de las recomendaciones del padre Ernesto rechinaban en los engranajes de su cabecita de 16 años. Las clases de Servicio Doméstico y Urbanidad siempre perturbaban el ánimo alegre de la futura mecanógrafa y la tornaban melancólica. Un efecto habitual en casi todas las chicas del aula 6 del colegio del Inmaculado Corazón de María.

Antes de abrir la verja verde de su casa, sus ojos miraron el 7 metálico del pórtico de la casa de Celia. Su amiga no había ido a clase desde el fin de semana anterior y nadie quería decirle si iría al día siguiente. Pese a que sus casas compartían el patio trasero, no había conseguido ver ni uno solo de los rizos zanahoria que enmarcaban el pálido rostro de Celia.

Como tampoco asistió a la misa dominical, el lunes antes de ir a clase le preguntó a la señora Rosario si su hija estaba enferma. La mujer regordeta de modales amables y dedos rojizos se desentendió de sus preguntas sin que ella pudiera sacar nada en claro. Su madre no había sido mucho más explícita durante la cena de aquella noche.

Tanto secreto empezó a inquietar el corazón de Paulina. “¿Habría contraído tuberculosis? ¿Se la habrían llevado cuando ella no estaba? ¿Volvería a verla algún día?” Un escalofrío atravesó su imaginación. La hermana pequeña de Celia murió por San Blas, en el sanatorio de Los Montalvos. Una tarde de otoño se la llevaron y allí pasó los últimos tres meses de su corta vida. Sus párpados nunca borrarían la imagen del pequeño ataúd abrazando los blancos copos de nieve mientras los hombros enlutados de sus hermanos la subían al cementerio. El cortejo que la seguía parecía una fila de cucarachas escalando la ladera de un merengue. Todos los domingos Celia y ella robaban unas cuantas flores del jardín del señor Matías. Y atándolas con una cinta de raso azul las dejaban sobre la lápida de la pequeña Meluchina. Todos salvo el día de la Alegría, el primer domingo que ella había pasado sola.

Las primeras noches después de aquella visita de los hombres de blanco, los hermanos Hernández (cinco chicos y siete chicas) no podían dormirse sin el arrullo de las toses de la más pequeña de sus vecinas. Semanas más tarde, sólo Paulina recordaba la angustiosa melodía de sangre y suspiros infantiles. Meses después su alma gemela había sido encarcelada en el hogar de los Blasco. Necesitaba verla. Si no comprobaba que Celia estaba viva no conseguiría dormir ni concentrarse en nada de lo que hacía. No podría vivir sin ver esos ojos grises alumbrando las luciérnagas rojizas de su rostro.

Mientras ayudaba a su madre a zurcir los calcetines de sus hermanos pequeños, Paulina intentaba imaginar cómo conseguiría su propósito. Ambas familias eran vecinas desde la época de sus bisabuelos. Más de sesenta años compartiendo patio habían fraguado una amistad tan sólida como cualquier otro vínculo familiar.

Compartían mesa y mantel durante la Navidad. Acudían juntos a las procesiones de Semana Santa y celebraban los bautizos, bodas y comuniones de los otros como si fueran propias. Sus puertas siempre estaban abiertas para los otros y en tropel visitaban la casa ajena como si fuera suya. Varios de ellos trabajaban en los mismos talleres e incluso dos matrimonios reforzaban esa amistad.

Sin embargo, desde hacía un par de semanas los apellidos Blasco Olea no se mencionaban en el número 5 de la calle Guerrilleros. Un pacto de silencio se había forjado en la fragua de sus sílabas. Un pacto del que Paulina había sido excluida pero cuyo cumplimiento la obligaba. Si por descuido su boca los pronunciaba, las espaldas se tensaban y las cabezas se agachaban a su alrededor.

Desde la tarde del domingo de la Alegría, el silencio familiar y el encierro de Celia habían entrelazado sus dedos. Desde aquella noche, la casa amiga era una fortaleza desconocida y vigilada. Un hogar prohibido para Paulina Hernández Herrera.

II.

Como cualquier otro festivo, la mañana del segundo domingo de Adviento Celia y Paulina asistieron a misa con sus respectivas familias en la iglesia de María Auxiliadora. Después del oficio religioso, en el bulevar de Prosperidad se quitaron el velo y la mantilla negra y envolvieron con ellos sus devocionarios. Liberadas de la carga de la tradición soltaron también el lastre familiar y entre risas corrieron hacia la plaza de Bretón. El tímido sol invernal de diciembre peinaba las coletas de ambas niñas mientras saltaban a la comba con varias compañeras de clase. Y sus rayos relucían en sus pupilas cuando agarradas del brazo regresaban a sus casas jugando sobre las baldosas del paseo de El Greco.

Se despidieron frente a la celosía blanquiverde que inútilmente separaba el espacio físico de sus vivencias y se agregaron a la típica y festiva comida familiar.

A media tarde los agudos de Celia fueron respondidos por el chirriar de la verja de la familia Hernández. Las dos amigas bajaron la escalinata de Alfonso Ribera con los patines de hielo balanceándose en sus hombros. Al final de la primera calle a la izquierda estaba la casa del señor Matías.

La escarcha de la helada matinal permanecía en el borde del muro de piedra arenisca. Las suelas desgastadas de Paulina se negaban a subir por el tronco del castaño que añadía sombra a esa calle umbría. Se descolgó por la rama gruesa mientras su amiga vigilaba con los dos pares de patines a sus pies. En invierno tenían que deslizarse por el jardín hasta el invernadero de cristal azul y acero blanco en el que el notario protegía sus flores del abrazo gélido de la estación.

Celia se frotaba las yemas de los dedos en sus guantes de lana burdeos cuando un ramillete añil apareció tras la tapia como una paloma de la chistera de un mago. Sus manos frías lo cogieron al vuelo y el chapoteo a sus espaldas le dijo que su alma gemela ya estaba recogiendo los patines.

Un cuarto de hora después de dejar el arreglo azulado en el sector 6-F, pasillo 34, tumba 23 y rezar con las manos enlazadas, Paulina y Celia desentumecían sus articulaciones con el calor de su aliento. Con los dedos tibios se ataron los patines y se lanzaron sobre la capa de hielo que candaba la garganta del río.

Los sauces lloraban alegres mientras las dos bailarinas volaban sobre el agua helada. Canturreaban, silbaban y el vaho de sus labios dibujaba aros que se diluían como pompas de jabón.

Despegaban, planeaban y se posaban de nuevo en el lecho blanco. Moverse en libertad reventaba las inhibiciones impuestas por las buenas costumbres de una sociedad mojigata. Allí se sentían pájaros que cortaban el viento escapando de una jaula que las encerraba sin piedad.

Desde su refugio acuático los peces contemplaban las alas de cuchillas de las dos libélulas invernales. Los trazos de los patines en el hielo inmaculado eran el dibujo de sus vidas, la expresión de su energía vital y el símbolo de su libertad.

Los rastros de sus giros discurrían paralelos, se entrecruzaban y se juntaban formando un único sendero. El camino de una esperanza común tan esperada como imposible.

El rasgueo de los filos y el coro de sus risas adolescentes se esparcían por la alameda. Una ola de juventud atravesando el océano milenario de pinos, sauces, álamos y abetos.

Antes del ocaso Paulina sintió que sus pies ya no podían seguir luchando contra el puño del hielo y se retiró a la ribera del río para dejar que sus ojos se deleitaran con la danza del solitario cisne negro. Los rayos mortecinos encendían el cauce helado convirtiéndolo en una hoguera de cristal. Y entre esas llamas acuáticas, Celia desplegaba sus alas negras. Y el hechizo del fuego realzaba la elegancia de unos movimientos tan precisos como los pasos de un vals.

El hechizo de la danza embelesaba a su única espectadora. El espectáculo prosiguió hasta que en la pira del sacrificio sólo brillaban algunas brasas dispersas. La bailarina prolongó su trayectoria varios metros más allá del centro del río. Y el hielo se quebró bajo sus patines.

El crujido de la lámina transparente al resquebrajarse arrancó a Paulina del peñasco sobre el que descansaba y en menos de un instante la colocó en el borde del canal que la separaba de su alma gemela. ésta luchaba por mantener el equilibrio sobre una oblea de hielo cada vez más pequeña.

Controlando los nervios, Paulina extendió el brazo izquierdo hacia ella tanto como pudo. Se estremeció cuando las yemas de sus dedos captaron el miedo frío que empapaba la piel de Celia. Acercándose un poco más al borde del precipicio logró asir la muñeca temblorosa y tiró de ella hacia sí con todas sus fuerzas.

Bajó la cabeza y vio que el canal se había convertido en lago al desaparecer la débil oblea que servía de pedestal. Un patín negro se había clavado entre los suyos verdes. Paulina se apartó con cuidado y con ambos brazos consiguió que fueran cuatro las cuchillas enganchadas al hielo firme. Entonces inhaló la fragancia del invierno y abrazó a Celia mientras ambas caminaban temblorosas hacia la orilla.

Una vez bajo la sombra plateada de los sauces empezó a desatarle el patín izquierdo a su compañera de baile. Se había colado por la grieta y tenía que quitárselo antes de que el agua helada le congelara el pie.

Liberado el patín, le quitó el calcetín de lana negra y descubrió un pie encogido y enrojecido como un recién nacido. Con ternura lo tomó entre sus guantes y lo frotó con delicadeza. Como no se calentaba tan deprisa como deseaba, acercó la cabeza y exhaló su aliento tibio sobre él. Minutos después el carmesí se había vuelto rosa y la piel recuperó la suavidad habitual. Entonces, se acercó aún más y sus labios plasmaron cinco besitos tiernos en esos dedos de nieve. Aunque la mezcla de temor, esperanza e ilusión cumplidas congeló su sangre durante unos instantes, el mundo se transformó para ambas.

Esos besos fueron cinco heraldos de un amor escondido que pugnaba por anunciarse desde hacía meses. La osadía de la irreverencia levantó a Paulina y arrimó su rostro a las pecas erubescentes de Celia. Sus ojos se miraban desde tan cerca que sus alientos se entremezclaban en una nubecilla albina. Una nube que se extinguió cuando los labios de ambas chicas se fundieron y encerraron el aire y el mundo en sus bocas.

Un beso eterno que selló esa danza del amor brujo del segundo domingo de Adviento.

III.

Once días habían pasado desde aquel juego diabólico que marcó un punto sin retorno. Ahora sufría la maldición por esa falta tan grave. El tercer domingo de Adviento, Paulina no se había confesado por temor a lo que podía decirle el sacerdote cuando escuchara tan horrendo pecado. El pánico a haber condenado a su alma gemela a la condenación eterna y al exilio social pesaban sobre su conciencia como una manada de elefantes. Soñaba con llamas, demonios, sangre y destrucción. No podía dormir y como Celia parecía haber enfermado ni siquiera podía aliviar su culpa pidiéndole perdón o dándole alguna explicación por la locura de su comportamiento. Necesitaba verla, tenía que hablar con ella a cualquier precio pero ¿cómo hacerlo?. Nadie podía saber lo que había ocurrido aquel atardecer. Nadie iba nunca en invierno al remanso del cañaveral. Había sido el escondite de Paulina desde que lo descubrió con siete años y sólo su alma gemela sabía dónde estaba. Además Celia no podía haberles contado a sus padres nada sobre aquello. Sería como echarse arena en los ojos. Un absurdo. Nadie es tan inconsciente como para hacer algo así. Se condenaría... No. Eso estaba descartado. Seguía siendo su secreto. Pero entonces, ¿por qué...?

L

a angustia devoraba a Paulina como el fuego de dragón. Apenas si comió durante esa semana larga. Sus padres empezaban a preocuparse y habían llamado al médico. Cuando él la visitó, le recomendó tomar aceite de hígado de bacalao dos veces al día y achacó su actitud a algún desequilibrio hormonal pasajero. La adolescencia es un periodo de cambios y ambigüedad.

El día siguiente era el cuarto y último domingo de Adviento. Celia tenía que asistir a misa para preparar la fiesta de Navidad. Sí, tenía que ir. Si no lo hacía, entonces debía estar enferma, muy enferma. Sólo así la señora Rosario le permitiría ausentarse en un día tan importante.

Pensar que esa mañana se encontraría de nuevo con ella, tranquilizó su corazón y aplacó parte de su inquietud.

La mañana del cuarto domingo de Adviento, Paulina acompañaba a su familia que no había llamado a los Blasco para acudir a la misa de doce. La joven adolescente era poco más que una sombra. Caminaba encorvada por la carga de la culpa y el miedo. Sus vecinos habían estado en la iglesia, sentados cuatro bancos detrás de ellos. Habían ido todos excepto Celia y el hermano mediano.

Esas ausencias confirmaron su presentimiento: su alma gemela estaba enferma. Quizás tuberculosis, quizás fiebres por el accidente en el río. Pero una pieza no encajaba en el rompecabezas de su mente: ¿Por qué ambas familias se evitaban mutuamente?

¿Habría confesado Celia algo en medio de un delirio? Tal vez. O quizás la culparan a ella de la imprudencia que pudo costarle la vida a Celia. Sí, seguramente fuera eso. Los Blasco la hacían responsable, se lo habrían comentado a sus padres y ellos se habrían sentido ofendidos. La habrían defendido y eso había distanciado a las familias.

Esa tarde volvería al número 7 de la calle Guerrilleros. Se disculparía con humildad y sinceridad. Les rogaría de rodillas que la perdonaran si eso era necesario. Y les suplicaría que la dejaran pasar a ver a su hija mayor aunque sólo fuera un segundo. Contemplarla desde un resquicio de la puerta de su cuarto sería suficiente. Lo necesitaba. Tenía que hacerlo, para ella era más importante que respirar o comer.

Podría aprovechar la cercanía de la Navidad como excusa para invitarse si se veía obligada o muy avergonzada.

IV.

Todos estos planes se fueron al traste cuando entre la neblina de la tarde un par de piedrecillas golpearon los cristales de la ventana del cuarto de las chicas Hernández Herrera. Paulina se asomó y apoyada en la verja vio la sonrisa de una muñeca de nieve y fuego. Salió al patio liberada de sus pesares por las alas de la alegría. El grito que iba a proclamar su satisfacción al saber que su amiga estaba bien fue abortado en sus labios por un dedo frío como el invierno.

¡Calla, no grites! Coge los patines y vámonos al cañaveral. Mis padres no me dejan salir y yo no quiero continuar encerrada en casa. Vamos, ¡date prisa! Añadió mientras saltaba la cancela blanquiverde.

Las cuchillas de los patines resaltaban en las espaldas de las dos chicas que se movían con el sigilo de los fantasmas. Bajaron la escalinata de granito. Y en silencio, Celia tomó varias mimosas del invernadero del señor Matías. Paulina no se atrevía a violar el deseo de su alma gemela pese a que la curiosidad quemaba sus entrañas mientras la esperaba.

El sudor del sendero escarchado mojaba ya el cuero negro de sus zapatos cuando la lengua de Celia esculpió sus primeros fonemas.

Cinco fueron las palabras que pronunciaron esos labios con sabor a manzana. Cinco palabras que sellaron dos destinos. Cinco palabras que fueron pasarela entre dos caminos paralelos.

Con movimientos mecánicos se quitaron los zapatos y ataron las correas de sus patines. Sintiéndose sobre el barro pesadas como mariposas de plomo, las dos compañeras se adentraron en el cauce helado para flotar en él como libélulas de cristal.

Cinco palabras: ¡Mis padres lo saben, Paulina! Cinco palabras seguidas de otros tantos sollozos exclamados:
—¡Mis padres lo saben! ¡Lo saben! ¡Y tu madre también! Al parecer, Clarisa y su hermano pequeño bajaron a la junquera pequeña para sorprender a algún anadón en el nido. Al escuchar el eco de nuestras carcajadas, ella se acercó al linde de la alameda. Escondida tras el gran sauce de tronco gris nos espió. Y vio que patinábamos juntas, y que el hielo se rompió y que tú, que tú... Lo vio todo. ¡Lo vio todo, Paulina! ¡Todo!

Asustada por lo que había visto y temiendo que la descubriéramos, regresó con Danielito a su casa. El lunes por la mañana seguía muy nerviosa y sus padres se preocuparon por su estado. Ella no les contó nada. Después le dijo a su madre que antes de ir a clase quería contarles a nuestros padres algo sobre nosotras. No quería chivarse pero se sentía obligada a revelar lo que había visto.

—Recuerdo que nos nos cruzamos con su madre y ella cuando íbamos juntos al colegio. Y que ni siquiera nos miraron cuando las saludamos. Entonces, ella... Pero yo no imaginé que fuera por...

—Desde la ventana de la cocina mi madre vio cómo llamaba a vuestra puerta. Tu madre aún no había regresado y al no haber respuesta se encaminó hacia nuestra cancela. Antes de que llamara mi madre abrió y la hizo pasar. Mi padre aún estaba desayunando con mi hermano Alfredo y Clarisa, Clarisa... se lo contó todo.

Cuando regresamos de clase y entré en casa, mi padre me estaba esperando. Sin abrir la boca me dio un bofetón y agarrándome por la melena me arrastró hasta la cama. Allí me dio una paliza tremenda con la correa ancha mientras mi madre me llamaba “Pecadora, perdida, marrana...” y me recriminaba ser una cualquiera de la peor ralea. Me encerraron en la alacena y hasta ayer me tuvieron allí tirada en un jergón esperando a que cicatrizaran los correazos de la espalda. Esta mañana mi madre me sacó de esa celda para decirme que mañana mi padre me llevará al convento en el que vive mi tía Asunción. Y allí viviré para purificar mi alma y borrar nuestro horrendo pecado.

Pero, tú. Tú ni siquiera... Fui yo quien no supo contenerse. Tú, no. Tú eres... Tengo que decírselo a tus padres. No pueden condenarte a sacrificar el resto de tu vida siendo inocente. Tú no lo mereces. Tú...

Pauli, no hay nada que tú puedas hacer. Yo no me resistí a tu primer beso y después me entregué con placer. Soy tan culpable como tú. O incluso más.

Además, la mañana siguiente a la noche de la paliza pude escuchar desde la despensa cómo mi madre hablaba con la tuya en nuestra cocina.

Tu madre se enfadó muchísimo. Una silla cayó al suelo con estrépito y empecé a escuchar gritos que decían “¡Mentirosa, guarra, falsa! ¡Tu hija es una cualquiera, una tiparraca que ha ensuciado a mi niña! ¡Paulina es una santa! ¡Una virgen! ¡Una niña modelo! ¡Es buena, casta y pura! ¡Sí, purísima, como yo fui! ¡No como la ramera de tu bastarda!” Entonces mi madre debió bofetearla. Después oí cómo se enzarzaban y a mi hermana Manuela esforzándose por separarlas. Con un vozarrón lacrimoso les espetó que no quería volver a saber nada de nuestra familia y que no pondría nunca más un pie en la casa de los Blasco Olea. También las advirtió para que no se les ocurriera contarle a nadie lo ocurrido.

Pues mi madre no le debe haber contado nada a mi padre porque a mí no me han castigado. Ni siquiera me han reñido. Todo está como siempre menos cuando le he preguntado a mi madre por ti. Supongo que se habrá inventado algo para que mi padre también esté dispuesto a romper la relación entre nuestras familias. Y así me ha evitado que...

Eso da igual. Es el castigo que nos merecemos porque lo que hicimos es algo diabólico. Es una aberración y nosotras estamos malditas. No merecemos perdón. Necesitaremos el resto de nuestra vida para expiar este pecado. Estamos condenadas para siempre. ¡Para siempre! Tendremos que vivir apartadas de todos los que nos quieren y de aquellos a quienes queremos. Siempre ocultándonos, bajando los ojos, viviendo alejadas. Estaremos al margen de la sociedad. El infierno es nuestro único destino. ¡El infierno eterno!

No digas eso, Celia. Dios nos perdonará. Son los hombres quienes nos condenan. Ellos nos expulsan de su mundo. Pero él, él no, él no.

V.

Son las ocho y cuarto y en el hogar de los Blasco nadie ha empezado a cenar. La sopa humea en todos los platos menos en el de su hija mayor. éste permanece vacío como vacía está su silla de terciopelo verde.

En el domicilio Hernández contemplan cómo se enfría la fuente de patatas asadas y judías cocidas. Falta el par de ojos más ardiente de la familia. El más sereno y transparente del clan. El corazón afligido de una madre intuye un asomo de la realidad aunque pretenda disimular.

A las nueve y media dos agentes de policía entran en la calle Guerrilleros. El silencio de la noche ya ha impuesto el toque de queda. Las sombras en las ventanas relatan la biografía íntima de sus moradores.

Los agentes avanzan con paso marcial. Uno se detiene ante el número 5 y el otro se descubre frente a la puerta identificada con un 7 de metal. Giran la cabeza, sus ojos se contemplan en la oscuridad y compartiendo un suspiro silencioso presionan los dos timbres al mismo tiempo.

Dos voces neutras anuncian la noticia al unísono en dos hogares hermanados de nuevo por esas aciagas palabras.

En el hogar Hernández el corazón ignorante de un padre sorprendido se ahoga en el dolor de la incomprensión resumido en una pregunta machacona: ¿Por qué?, ¿por qué?... Y junto a él, el alma de una madre doliente se retuerce en el barro de la furia y la impotencia. Un alma envenenada por el arrepentimiento. Un alma maternal furiosa consigo misma porque quizás su tolerancia y su silencio la habían hecho merecer lo que se le había venido encima.

En el hogar Blasco dos corazones se sienten ahogados por la culpa y nublados por el remordimiento. Ambos firman un pacto de silencio para ocultar el estigma que sangra en las palmas de sus manos. Ningún pecado es tan grave como para no merecer el perdón en una familia. Y sin embargo, ellos se cegaron por la cólera y el temor a la vergüenza. Negaron la oportunidad de ver una estrella a quien vivía en una noche permanente. Los reproches no servirían para nada. En ese momento, la prioridad era conservar inmaculado el honor de la familia en medio de la desgracia. Acallar cualquier rumor malintencionado. Secar la planta de la verdad.

Un pensamiento compartido horas después por la matriarca de los Hernández Herrera. Su esposo seguiría protegido por la bondad de la ignorancia. Y respecto a los Blasco, las dos niñas habían sellado con tinta eterna indeleble la ententé cordial entre los dos imperios vecinos.

VI.

La mañana siguiente había más de cuatrocientas almas expectantes en la iglesia de María Auxiliadora. En el lado derecho del templo se sentaban los Hernández Herrera. El sector izquierdo lo ocupaban los familiares de los Blasco Olea. Y el humo del incienso rellenaba el espacio del ábside destinado a la divinidad. Junto al altar había seis bancos con reclinatorios forrados con paños negros y morados. Tres a la diestra y tres a la siniestra de la sede sacerdotal. En la calle, alrededor de la puerta principal se agolpaba una multitud de vecinos, amigos y compañeros de trabajo de las dos familias oferentes. Entre la muchedumbre abigarrada había también decenas de caras desconocidas. Los rostros de los curiosos congregados por el morbo de ver de cerca a las protagonistas de la noticia de portada de los dos periódicos locales.

Celia fue la primera en llegar a la iglesia. Su féretro blanco tenía una cruz dorada en el centro de la tapa. Alrededor de la caja discurría una greca neoclásica atravesada por seis asas con forma de ala.

Su padre, dos de sus tíos y sus dos hermanos mayores la esperaban bajo el pórtico de piedra. Tomaron el ataúd y con gran solemnidad la llevaron por el pasillo central del templo hasta la repisa de mármol que reposaba a la izquierda del altar. Seis altos cirios delimitaban el que había de ser su penúltimo espacio terrenal.

Con diez minutos de retraso apareció el cortejo de Paulina. El carruaje tirado por cuatro caballos bardos enjaezados con penachos negros se detuvo frente a la alfombra púrpura. Seis pares de brazos familiares la bajaron y la portaron a través de ramos de narcisos, calas y gladiolos blancos por la senda que antes había recorrido Celia.

El elegante féretro blanco con rosas esmaltadas relucía con una hermosura angelical. Colocado bajo la escalinata del altar, paralelo al de su alma gemela parecía una doncella a punto de decir “Sí, quiero”.

La ceremonia fue tan emotiva como solemne. Las lágrimas y los suspiros sustituyeron a las risas y los vítores en ese funeral que parecía la boda de dos novias cadáver.

Y es que todo parecía dispuesto para celebrar un matrimonio si no fuera por los lazos de raso negro que ataban los ramos de flores colgados en los bancos. Y porque el tradicional coro nupcial de Wagner había sido reemplazado por la Marcha fúnebre de Chopin.

Los dos féretros salieron juntos de la iglesia mientras el Requiem Aeternam de Rutter ascendía hacia las bóvedas de cruceta. En la salida recibieron el homenaje de respeto de la multitud. Los pétalos de rosas y el arroz fueron lágrimas y pétalos de violetas en esta celebración macabra.

Con ternura los doce varones colocaron las dos cajas blancas en la misma carroza y el cortejo reunido se encaminó hacia el cementerio encabezado por un monaguillo que portaba una cruz.

La procesión oscura ascendió la nevada colina de San Carlos y pasó la verja oxidada envuelta en la tristeza del silencio. Paulina y Celia reposaron de nuevo en los hombros de sus familias hasta que las dejaron en el sector 6-F frente a las fosas 24 y 25, en el lado derecho de la lápida de la pequeña Meluchina Blasco.

Acercándose al osario abrazadas como una sola mujer, las dos madres enlutadas pisaron un charco helado y rompieron su cáscara de cristal. Sus pies mojados les recordaron amargamente la desaparición de aquéllas a quienes iban a decir adiós.

Los hisopos sacerdotales bendijeron ambos ataúdes virginales con el agua de la pureza. Y así bendecidos fueron bajados a sus lechos perpetuos. Los cubrieron con tierra, flores y lágrimas. Y las dejaron descansar allí, en dos tumbas separadas. Separadas pero lo suficientemente cerca para que ambas niñas pasaran juntas su nueva y eterna vida conyugal.

Dos esposas virginales unidas por un epitafio común:

Aquí yacen dos niñas asesinadas por la inocencia de un beso prohibido”.

FIN

Imágenes: El caballero Galahad, Durmiendo en el bosque, Lucy Hill y Una tarde de primavera de Arthur Hughes, Paisaje brasileño de Franspot, El corazón entristecido y Ofelia de Hughes.

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