
— ¿Te parece que éste es un buen momento para empezar a darte aires de señorita? —le echó en cara la pequeña Shiwen—. En lugar de comportarte como una niña caprichosa y malcriada, sería mucho mejor que te levantaras y bajaras aquí a ayudarme con estas dichosas azaleas.
— Bien sabes que yo nunca trabajo en el jardín mientras el bochorno arrasa los campos. Ni tú tampoco deberías hacerlo. El sol del octavo mes se complace marchitando la blancura de nuestros lotos y sembrando de arrugas las colinas de nuestros rostros —le contestó Hiuyang—. Yo plantaré las begonias cuando la dama blanca empiece a tejer la seda negra de su manto. Hasta ese momento seguiré aquí sentada disfrutando de las verdes lágrimas del bambú. Además, para entonces todos los sirvientas se habrán marchado y no quedarán ojos indiscretos ni lenguas afiladas que puedan zaherirnos.
—Es probable que tarden mucho en irse y nuestro primo Li Pen regresará esta noche después de haberle presentado sus respetos al conde Jing. Tú presumes de sensata y sin embargo te comportas como una chiquilla que habla sin pensar. Abandona tus fantasías y prepárate para que puedan considerarte útil en el futuro. Si no dejas de hacer tonterías, ¿qué va a ser de ti?, ¿quién te querrá? ¿quién se ocupará de ti y de tu bienestar?
—¡Ay, pequeña! ¡Mi querida niña! Tú te encargarás de mí. Estaremos siempre juntas. ¿Dónde voy a ir yo sin ti? ¿Cuántas veces tengo que repetirte que ni siquiera el matrimonio romperá nuestro vínculo? —respondió Hiuyang con una entonación mitad severa, mitad suplicante. ¡Basta que me veas descansando en la terraza para que empieces a incomodarme! ¡Ay, qué pesada eres, mi da jardinera! —añadió bromeando mientras descorría la cortina de la habitación interior.
—¡Qué suspicaz te has vuelto de pronto! —le replicó Shiwen.— No olvides que no hay hombre dispuesto a casarse con una mujer ociosa que no sepa desenvolverse en las tareas de la aguja y del jardín. Pronto sonará el gong de la primera vigilia y espero que entonces tus palabras se hagan realidad y nos permitas disfrutar del frescor de tu sombra en la hierba recalentada.

La brisa dispersaba la fragancia de los lotos cuando el sirviente de guardia anunció la llegada del ocaso. Hiuyang abrió las cortinas poco después y se dispuso a plantar varias macetas de begonias blancas en la ribera del Sendero del Polvo Amarillo. La monotonía de esa tarea rutinaria pronto consumió el ardor inicial de la joven dama. Antes de que la guardia advirtiera de la segunda vigilia su mirada se había difuminado en las copas de los álamos y su interés correteaba entre los tallos de los bambúes.
Shiwen había pasado ese par de horas degustando unas pastas de almendra con un té de canela mientras sus pupilas se dispersaban en la espalda del quimono de Hiuyang. Aquel día su laotong se había puesto el quimono violeta con estampaciones de colinas blancas. Era uno de los más bonitos de su ajuar. Regalo de su tía Zifeng, la primera dama de la mansión, reflejaba muy bien la categoría de quien lo llevaba y realzaba la pálida hermosura de sus rasgos inocentes.
Hiuyang se volvió hacia el Estanque Esmeralda al sentir las caricias del pensamiento de su hermana de sangre. La oscuridad enmarcaba la frágil figura de Shiwen. Su larga melena prolongaba la negrura de la noche recién nacida, y con ternura maternal la mecía en la balaustrada de madera de cerezo de la terraza trasera.
Sus ojos verdes como el jade resaltaban en un rostro plateado por el reflejo de las aguas remansadas. Sus pupilas se habían concentrado en el hoyo en el que ella iba a plantar el último de los ramilletes de begonias. Algo turbada por la insistencia de esa mirada intensa, remató su tarea y emprendió el regreso al Pabellón de Arroz con la azada en la mano izquierda y una bolsita de hojas secas en el brazo derecho.
Varios pájaros de fuego entonaron sus melodías nocturnas y acompañaron a Hiuyang en su regreso por la Vereda del Amanecer Otoñal. Mientras tanto, las doncellas se entretuvieron retirando la mesa y las sillas en las que habían contemplado el ocaso junto a la damita Shiwen. Echaron las cortinas de las habitaciones interiores del Pabellón Oeste y los paneles rosados de las ventanas exteriores. Después pusieron incienso en los quemadores, encendieron las calentadores de los lechos de sus amas y prendieron las velas de las ofrendas de los cuatro altares grandes.
Cuando las dos jóvenes damas habían tomado un baño en agua de rosas y peonías, secaron las suaves pieles de sus gráciles cuerpos y les prepararon sus ropas de cama. Una vez hecho esto, pidieron permiso para retirarse y se marcharon a dormir en sus habitaciones del segundo perímetro exterior del Pabellón.
Las dos hermanas de sangre no sentían ganas de dormir y cuando el gong anunció la tercera vigila aún permanecían despiertas en sus lechos. La cuarta vigilia llegó y el sueño había vencido a la pequeña Shiwen pero no había conseguido superar los biombos esmaltados del dormitorio de Hiuyang. La joven inquieta suspiraba al contemplar a través de las cortinas traslúcidas el brillo fugaz de los deseos juegos de las estrellas más traviesas.
Durante esta cuarta vigilia Shiwen habló en sueños y llamó, tres veces seguidas, a Hiuyang. Primero fueron unos tímidos susurros los que cruzaron el patio interior. Después fueron palabras asustadizas las que atravesaron los corredores. Y por último fueron gritos de amor inconsciente los que se colaron por las ventanas y arrullaron los aposentos de su laotong.
Esas llamadas no tuvieron respuesta, y al despertarse sobresaltada y comprobar que ninguna sombra perturbaba la quietud de su dormitorio Shiwen empezó a reírse de lo que ella creía un sueño de verano.

Sin embargo, Hiuyang había atendido el clamor nocturno de su hermana espiritual. Y cuando más arreciaba la lluvia de carcajadas, su silueta se deslizó por las paredes de papel. Comprobar que lo que creía un sueño no era sino la realidad, enmudeció a la pequeña Shiwen. Su rostro somnoliento miraba el aura del farol que sostenía la visitante nocturna junto a la banda de su quimono. En el rojo de sus llamas creyó ver el rubor de la vergüenza extendiéndose por sus mejillas. Se dio la vuelta en su kang para que su espalda la protegiera frente a la que ella suponía una mirada acusadora.
—¿Se puede saber qué te ocurre? ¿Quieres despertar a todas las criadas? ¿Has enloquecido de repente? —preguntó Hiuyang en un tono acusador—. Menos mal que en este sector todas duermen como muertos. No te escondas bajo la colcha, tonta. No me has despertado porque esta noche el sueño ha rehusado acompañarme en mi lecho. Permanecía vigilante como una lechuza guardando las estrellas —añadió con una voz más cálida y acogedora.
Esta comparación hizo reír a Shiwen. Y como los rayos del sol funden la nieve, esas risas desvanecieron sus temores. No sé lo que me ha pasado, ni por qué te he llamado en medio de la noche. —Supongo que algo me asustó mientras dormía y yo imploré tu protección -le respondió una temblorosa Shiwen.
—Mira que eres asustadiza, pequeña florecilla. ¿Qué le podría suceder a la princesa del bambú moteado si su laotong vela sus sueños? —le dijo Hiuyang acercándose a la cabecera de su cama. Ahora que las dos estamos despiertas podríamos tomar algo de té de jazmín para así aquietar nuestros espíritus ¿no te parece? Pero, todas las criadas duermen aún y...
—No importa. No molestes a ninguna de esas viejas sordas quisquillosas. Yo misma lo prepararé — respondió Shiwen interrumpiendo a su hermana que se había puesto a desenredarle los mechones de su melena. Y dicho esto se incorporó apresuradamente, con el torso cubierto tan solo por una pequeña capa de seda verde acolchada.
—¿Dónde vas así, gacela insensata? Ponte mi capa antes de entrar en el otro cuarto—le dijo Hiuyang—. Si no lo haces te enfriarás y el resfriado te obligará a guardar cama de nuevo./
Shiwen se echó por los hombros la capa forrada con ardilla gris que su laotong usaba como bata durante la noche. Se calzó las sandalias de bambú, se lavó las manos en la palangana de porcelana blanca y salió por la cortina adamascada que guardaba la intimidad de sus aposentos privados.
Poco después regresó con dos tazas de marfil, una tetera de agua templada y un tazón de madera para enjuagarse la boca. Se acercó al aparador de madera de boj y sacó un tarro de té de jazmín. Tras rellenar la mitad del tazón con agua tibia, añadió un puñado de hojas secas a la tetera y se acuclilló junto a la mesita de cedro.
Cuando la fragancia del té brotó de la boca de la tetera, arrimó el tazón y lo llenó hasta el borde agitando la mezcla después con una vara de bambú. Entonces acercó el tazón de madera a su hermana. Hiuyang .
Ella sorbió el líquido tibio y se enjuagó la boca con él. Escupió en la bacea y pasó el tazón a su hermana que apuró su contenido.

—Hermanita, ¿no te parece excesivo gastar así un té tan difícil de encontrar? Ese tarrito que guardas le habrá costado a tu abuela por lo menos cuatro taeles de plata. —replicó Hiuyang mientras su laotong servía el té en las tazas entibiadas en el kang y colocaba unos lichis confitados en la bandeja de las galletas de jengibre.
—¡Quieres estarte quieta de una vez! No eres una criada ni yo soy tu señora. Deja de comportarte como una sirvienta. Basta con que...
—¡Oh, perdona Hiuyang! A mí no me molesta hacerlo. Si te parece tan mal, mañana haré que seas tú quien baile en torno mío sirviéndome. Y así compensarás tu grave falta de hoy al permanecer sentada mientras yo te hago los honores -le respondió Shiwen riéndose.
—Calla esa lengua tuya tan afilada y trae el té de una vez. Nos lo beberemos y después iremos al jardín a ver el amanecer.
—¿Tenemos que salir después? Estamos aquí tan a gusto. Las dos solas sin doncellas entrometidas ni sirvientas descaradas. ¡Oh, Hiuyang!, quedémonos aquí hasta que te tengamos que acudir al Templo de la Lluvia Dorada a ofrecer los sacrificios por nuestros ancestros.
—Siempre rezongando, siempre rezongando —respondió Hiuyang en tono condescendiente mientras apuraba su primera taza de té—. Sea como tú quieras. Si salimos acabarás comportándote de manera inadmisible y serás tan molesta que tendremos que volvernos. Así que mejor...
—¡Oh, gracias, gracias hermanita! —repitió Shiwen con apreciable satisfacción. Siéntate aquí, junto a la almohada. Es la parte más cálida del lecho.— Y golpeando el tatami con la mano izquierda le devolvió la capa de ardilla a Hiuyang—. Toma, póntela sobre las manos. Tú eres más friolera que yo y seguro que tienes los dedos helados. Además...
—Sírveme otra taza de este delicioso mejunje que has preparado y con su calor templaré mis dedos y mi espíritu. Y a ti no te vendría mal tener cuidado con el fantasma que te está esperando detrás del biombo de Wong-Xi —repuso ella bromeando.
Vestida sólo con una delgada túnica malva Shiwen se acercó de puntillas hasta la mesa de cedro y llenó las tazas de porcelana verde. El ocre del té se extendió por el fondo de las tazas como una alfombra de otoño. El viento agitó las cortinas de las ventanas y la frialdad de la ráfaga la hizo tiritar. Las tazas tintinearon con sus escalofríos.
—“Por eso se dice que cuando algo está templado no debe exponerse al viento frío” —pensó mientras sus escalofríos hacían tintinear las tazas en sus platos—. “¡Este viento corta como un cuchillo devora la carne tierna de un faisán asado!”
Al poner una de las tazas en las palmas de Hiuyang, sintió la frialdad metálica de sus dedos. Eran delgados y más largos de lo habitual en una mujer de la familia Xuan-Hu. Y pese a ello, eran hermosos como los esbeltos lirios de agua de la ribera meridional del arroyo. Saetas blancas y puntas...
Sin dejar que su laotong acercara el líquido tibio a los labios le arrebató la taza y estrechó esos deliciosos dedos entre sus manos sonrosadas.
Hiuyang no esperaba ese movimiento y de su garganta brotó un agudo: —¡Shiwen! ¿Qué te...?
—¿Acaso creías que te iba a romper las manos? Has gritado como si una serpiente te hubiera mordido o un escorpión te hubiera clavado el aguijón —dijo ella riéndose—. Eres más cobarde que yo. ¡Eres tan asustadiza como una de las criadas más viejas! ¿Y tú eres quien me va a proteger? —añadió entre carcajadas sin soltarle las manos.
—¡Cállate, tonta! No era eso lo que me asustó —respondió Hiuyang con voz severa— Para empezar, a nadie le gusta que le apretujen los dedos como si fueran uvas en el lagar. Me gustaría ver que habrías hecho tú si hubiera sido yo quien se lanzara sobre tus dedos con la fuerza de un dragón. Habrías empezado a chillar como una grulla herida y el alboroto habría sido descomunal.
—Ahora baja la voz, so escandalosa, que vas a conseguir que se despierten todas esas viejas y empiecen a murmurar cuando entren y vean el estado de mi quimono. Ha quedado arruinado...
Y mientras decía esto miró con tristeza la mancha pardusca que se extendía por su regazo y sus muslos.
Al bajar la cabeza para ver lo que contemplaba su laotong, Shiwen comprendió que al arrebatarle la taza con tanto ímpetu había hecho que parte del té se derramara sobre las piernas de Hiuyang.
Sin soltarle las manos, le espetó:
—¡Oh, querida Hiuyang! No te preocupes por esa tontería. Era un tejido viejo que sólo usabas para dormir. Para compensarte por mi torpeza yo te regalaré un par de medidas de la tela de seda gris que me entregó mi tía Zifeng la semana pasada. Es maravillosa, ya lo verás.
—No me importa el quimono. Sin embargo, tu comportamiento es inexcusable. No es propio de una dama educada y prudente. —pontificó Hiuyang sin tratar de deshacer el cepo rosado que retenía sus manos.
—No seas tan severa, querida. Sabes que yo soy un alma alocada y que no cambiaré. He sido la desesperación de mi madre y si no fuera porque mi abuela me ha tomado bajo su protección haría ya mucho tiempo que no ocuparía estos aposentos sino los destinados al servicio de alguna otra mansión. —respondió Shiwen bastante agitada—. Sí, no me mires así. Sabes que no engaño a nadie. Mis padres me habrían vendido después de que yo echara a perder los tres compromisos matrimoniales que habían concertado para mí. Cuando muera mi abuela, sólo podré contar contigo, con tu cariño y tu amabilidad.
—Shiwen, no quería. En serio, yo... —balbuceó Hiuyang conteniendo las lágrimas que se asomaban por sus mejillas.
—No importa. Sé que tienes razón. Y que acciones como ésta me han convertido en lo que soy. Pero, pero... —prosiguió Shiwen—. Ahora nada de eso importa. Tienes que cambiarte antes de que alguien pueda verte así. Soltó las manos de Hiuyang con un ademán de tristeza y corrió de puntillas hasta el aparador ciruelo rojo para buscar una túnica que pudiera ponerse su laotong sin desmerecer su elegancia o su belleza.
—Toma. Levántate y quítate ese trapo mojado. Ponte está túnica de tul gris. No te preocupes porque no te afeará. Fue un regalo de la familia de mi segundo compromiso fallido. Yo no la he usado nunca porque me midieron mal y la cortaron demasiado grande para mí. Sin embargo, tu altura y tus medidas equilibradas las realzará su fino bordado.
Hiuyang se colocó tras el biombo de laca negra que lucía el dragón imperial y allí cambió su indumentaria.
—Ya está. Me sienta bien. Parece que la hubieran tejido para alguien con mis características —susurró, algo azorada, cuando hubo terminado de arreglarse el cinturón.
—Estás maravillosa. La adorable palidez de tu piel resalta el contraste de colores de la tela. Ahora sólo me queda encargarme de tu cabello. Te lo recogeré en un moño con este juego de pasadores de plata. —Y riéndose calladamente se acercó a Hiuyang con la reverencia debida a una princesa o a una concubina imperial.

Después de cepillarle la melena y bañársela con una fragante loción de áloe se la peinó en un moño de tres nudos. Hecho eso, mezcló varios afeites en la palma de su mano izquierda y extendió una pizca de ese polvo de rosas por las mejillas y los finos labios de su única amiga. Se apartó unos pasos y contempló el resultado. —Reluces más que una tiara de perlas en la cabeza de la Primera Emperatriz. Los jazmines del Patio Violeta se volverían blancos de envidia si contemplaran tu hermosura. —acertó a decir con un hilo de voz que sus latidos acelerados trataban de anudar.
Mientras la peinaba, Shiwen había notado que los hombros de su laotong se estremecían de frío bajo la túnica. Por eso una vez colocado el último ceñidor, fue hacia su kang y entre risas le comentó: —Anda, ven aquí y tápate bien con mi colcha. Es de plumas de pato mandarín. El hijo menor del mayordomo Zhou la compró el quinto día del tercer mes en el mercado de Wianxing.
Hiuyang tiritaba al amparo de su vaporosa indumentaria por lo que ni se planteó desoír la cálida invitación. El elegante caminar de sus lotos dorados lograba que sus largos huesos se movieran con gracilidad en el interior de su funda de tul gris. Los pezones, erectos por el frío, despuntaban en esa túnica de oscuridad y preparaban el camino a la turgencia de sus senos. Una vez en el kang, acomodó las piernas bajo el edredón de motivos marinos y metió las manos en el cobertor acolchado para calentárselas un poco.
—¡Tus manos siguen heladas! —exclamó Shiwen— Seguro que te has enfriado al venir aquí sin tu capa ni tu abrigo con forro de armiño. ¡Eres tan delicada y yo soy tan... imprudente! Entonces notó que las mejillas de Hiuyang habían enrojecido como los crisantemos en verano. Y al acariciarlas, sus dedos sintieron que estaban frías como el granizo otoñal.
—¡Me echaré a tu lado para darte más calor! —Y antes de terminar la exclamación, sus pies ya se enroscaban alrededor de los de su laotong.
Hiuyang no se movió cuando su anfitriona apretó su cuerpo contra el suyo. Sentir la presión de los pechos de Shiwen en su espalda le resultaba muy agradable. Y notar cómo un enjambre de dedos templaba la fría blancura de su piel a través de la túnica de gasa era una sensación aún más agradable. Su nuca se tensaba con el cálido cosquilleo de un aliento mentolado. Y mientras su respiración se aceleraba, el valle que dormitaba entre sus piernas empezaba a humedecerse.
Las manos de Shiwen notaron los cambios de ese cuerpo que con tanto cariño intentaba entibiar. Y su corazón se alegró mucho por ello. Se arrimó a Hiuyang hasta que el aire se asfixiaba entre ambos cuerpos. Y situó su cabeza de tal manera que su lengua casi podía saborear el aroma de ese cuello virginal.
Discretamente bajó la mano izquierda hacia la entrepierna de su amiga espiritual. Y al mismo tiempo, su boca descendió hacia esos senos de merengue cuyo perfil aparecía rematado por una perla rosada digna de una concubina imperial.
Un gemido y unos leves gestos perezosos fueron la única respuesta de ese cuerpo inerme que había pasado del hielo a la llama en menos tiempo del que duraba el canto de un gallo al alba. Las túnicas de las dos compañeras se arrugaban en los pies de la cama mientras los cuerpos que antes cubrían, disfrutaban ahora de su desnudez. Shiwen se había ensalivado los dedos y escribía mensajes secretos sobre el pergamino del abdomen de Hiuyang. La lengua de esta última exploraba la rosa carmesí de su pequeña gacela y sus caderas se mecían al ritmo de su corazón.
Ambas damas alcanzaron la comunión espiritual prometida en su contrato de fraternidad cuando el gong de la mansión anunciaba el nacimiento del sol. Hacía tiempo que el frío nocturno había abandonado el dormitorio de la nieta de la Dama Qiangyun. Y ahora, desnuda, sudorosa y despeinada, rezaba arrodillada frente a un altar dorado. Ella y su amante hermana habían enlazado sus manos y estaban dándole gracias a la divinidad por haberlas bendecido con su gracia.
El amargo carraspeo de la vieja ama que estaba de guardia esa semana rompió su religioso silencio. El sonido y el gesto que lo siguió fueron más una advertencia que un saludo matutino.

—Será mejor que la señorita Hiuyang se vaya a sus aposentos —les espetó en tono glacial ignorando cualquier fórmula de saludo—. Ya tendrán esta tarde tiempo suficiente para charlar o para jugar entre los cañaverales del Lago del Anhelo Esperanzado -agregó con una enigmática sonrisa.
—Mejor será que me marche antes de esta vieja empiece a rezongar y les cuente a las demás lo que acaba de ver —le susurró Hiuyang al oído de Shiwen mientras se arreglaba el moño y se echaba la capa de ardilla gris sobre los hombros de la túnica.
—No quiero que te vayas. ¡No lo hagas! No me importa lo que esta vieja bruja pueda ir contando por ahí. Todos en la casa saben que es una maldita chismosa. Y no le darán oídos a sus palabras. ¡Quédate! Quiero que nos bañemos juntas y que compartamos mi aceite de cardamomo. Quiero...
—¡Chsstttttt! ¡Calla, tontita! -le respondió Hiuyang mientras ponía un dedo en sus labios entreabiertos-. Nos veremos después y pasaremos juntas tantas noches como deseemos. Nadie podrá separarnos si sabemos disimular nuestros sentimientos cuando estemos en presencia de los demás. Esto debe ser nuestro secreto. Júrame por el espíritu de tu abuelo Rong-Zhe que jamás le revelerás a nadie lo que ha sucedido hoy. A nadie. Nunca.
—Pero yo quiero compartir mi dicha con el mundo entero. Quiero que todos sepan lo feliz que soy. Hoy soy más feliz que cualquier otro día de mi vida. Más incluso que el día en que, con siete años, firmamos nuestro contrato de laotongs. Y no es justo que tú me mandes...
—Sé que no es justo. No lo es en absoluto. Y sin embargo, no podemos dejar que nadie lo descubra. Ni que lo sospeche siquiera. Si lo hicieran nos condenaríamos al destierro, al vilipendio y a la vergüenza. Y no sólo a nosotras, también a nuestras familias. Tu padre perdería el favor del Emperador y mis padres... mis padres serían ejecutados sin miramientos —prosiguió Hiuyang con un acento de evidente preocupación—. Yo debo acudir a la casa de mi esposo Weng con la tercera luna llena del año para cuidar de la casa de sus padres. Y no puedo romper ese enlace. El destino de mi familia pesa demasiado en mi conciencia para atreverme a pensarlo siquiera.
Sabes que yo no pienso en el futuro. Vivo en el presente sin inquietarme por lo que me depare el Destino. Eso es tarea de los dioses. Yo nada más te pido que... —suplicó Shiwen lloriqueando.
—No empieces a sollozar, tontita —respondió Hiuyang besándole el cabello desgreñado—. Tranquiliza tu espíritu atribulado y goza de tu fortuna. Nuestra unión jamás la quebrará la adversidad. Es resistente como los juncos de una charca. Lo único que quiero hacerte comprender es que debemos ser flexibles y sobre todo muy discretas.
—Nuestra alegría no será completa si no compartimos nuestra dicha con aquellos a quienes amamos —replicaron los ojos acuosos de Shiwen.
—Mejor media alegría que la tristeza completa. Si alguien descubre que nuestro amor va más allá de los vínculos de la amistad, ocurrirá lo que te he explicado antes. Pero si cuidamos nuestra conducta, conseguiremos mantener nuestra relación —agregó Hiuyang mientras le colgaba un ramillete de flores de ciruelo en la melena—. Cuando yo dé a luz mi primer varón, seré la nuera más respetada de la casa de mi marido y tú podrás venirte a vivir conmigo. No podrá negarse. Tengo derecho a pedir que me acompañes en virtud de nuestro contrato de laotongs.
—Allí viviremos en la Habitación de Arriba y podremos gozar juntas de mil y un placeres. Aunque siempre con precaución. Siempre vigilantes. Y estas últimas palabras rebotaron por las paredes hasta que acertaron a colarse por los oídos de Shiwen.
El breve silencio que siguió a esta advertencia se diluyó en la ilusión que apareció en los ojos de la pequeña dama. La luz de su espíritu alegre encendió su rostro y su laotong intuyó que su mensaje había sido comprendido.

Varios carraspeos aún más ásperos que el primero sacaron a las dos amantes de su ensoñación y las devolvieron a la premura de la realidad. Hiuyang descorrió la cortina del vestidor y abandonó el cuarto con unas tiernas palabras convertidas en mirada.
Shiwen tardó un tiempo en darse cuenta de la partida de su amada. Cuando percibió que estaba sola, se levantó de la butaca de álamo blanco. Fue de puntillas hasta el Corredor del Este y, cruzando entre los perales del patio interior, salió por la puerta de atrás. Así evitó que la vieran alguna de las sirvientas o de las doncellas que calentaban el agua y empezaban sus tareas matinales.
Caminó por el Sendero de Polvo Amarillo hasta llegar al Cruce del Jade Oscuro. Siguió por la vereda de la izquierda y aspirando la fragancia temprana de las alpinias descendió por la ladera sur de la Colina de las Grullas. Cuando se detuvo en el Puente del Enrejado Rojo el sol había recorrido casi la mitad de su trayectoria.
Mientras recuperaba el aliento, sus pupilas se dispersaron por la superficie del Lago del Suave Aroma. Varios peces dorados nadaban entre los nenúfares rosas y los lotos blancos. Las aguas cristalinas reflejaban la luz otoñal y su brillo le recordó el rostro de Hiuyang. Un instante después, los tres fonemas del nombre de su laotong volaban por el jardín de la mano de los trinos de los pájaros que rezumaban alegría por la buena fortuna de la pequeña Shiwen.
¿Qué mejor augurio podría haber deseado?
FIN
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