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por Neko To Tachi


Los 13 mares de la luna.


Nueve: El Mar de la Crisis

 

"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"

Tenía un frío helado metido en los huesos. Por supuesto el tiempo no había variado su temperatura y éste no era la causa de mi gélido sentimiento. ¡Raquel! ¿Qué cojones hemos hecho? Incrédulo, derretía los diminutos granos del azucarillo en uno de esos cafés yankis que sirven en vasos de cartón impermeable, recipientes desechables, tan mudables como yo. Mi mujer había desestabilizado nuestro matrimonio para venir a acostarse con una extraña, alguien que se había entrometido en nuestra vida, pero de la que no sabíamos nada. Sentí que mis días se habían convertido en uno de esos pantalones llenos de bolsillos donde no encontraba ninguna de las cosas que había guardado, las cosas que había asegurado. Primero conmigo, luego con ella ¿Qué clase de psicópata era esta tía? Tiré en un contenedor de basura la mitad del café. Su sabor dulzón me estaba asqueando.

La casita verde es uno de esos sitios donde nunca te sientes solo. Los bebedores habituales, los despistados, los folladores esporádicos, los aprendices y los desgraciados como yo nos observábamos las caras en el pequeño puticlub de barrio que abre sus puertas agradecido sin más explicaciones. En mi vaso de vodka con limón, que había decidido canjear por el café, nadaban burbujitas fugaces que chisporroteaban bailando alrededor de los cubitos de hielo. Yo las miraba absorto y por un momento mi mente se quedó en blanco. El lugar relajado en una vaporosa luz y el alcohol iban reconduciendo la espiral de mi conmiseración.

A lo largo de un pasillito recortado por mesas bajas y sillones verdes se podía advertir un ir y venir de hombres, todos con destino a o provenientes de una puerta de color metálico que separaba el “club” del “puti”. Pedí una segunda copa, pagué y traspasé la puerta gris con mi seguridad en la mano, que en esos momentos se llamaba “Absolut”. La excelencia del trato y servicio de La casita verde no envidiaba en nada a ningún otro negocio de su especie de alto standing. Las chicas desfilaban por delante de ti y con total naturalidad se iban presentando, escogías y se acabó: te ibas con ella, hablabas si querías, si no querías no cruzabas ni media palabra, follabas, te corrías y pagabas. Sencillo, pero para mí esta noche nada era tan fácil. Sentía como si quisiera estar con todas, pero no me nacía el verdadero deseo de acostarme con ninguna. Elegí a la que parecía más joven.

— ¿Vamos?—le dije.

Ella me miró de arriba a abajo.

— No te voy a decir esa tontería de que no doy besos en la boca ni nada parecido, pero no me dejo lamer, ni chupar; ni en la boca, ni en ningún otro sitio. ¿Lo has entendido?

— Entendido—le aseguré.

— Bien. Tenemos que bajar.

— Lo sé.

— Ah ¿sí? ¿Ya has venido antes? ¿Hace mucho? Nunca te vi.

— Sí, alguna vez he venido, me queda cerca de casa.

Pensé hacerle reír un poco con mi broma, pero ella, que iba delante de mí, se giró y me miró fijamente.

— ¿Tienes mujer?

— Sí.

— ¿Hijos?

— No.

— Cerca de casa—repitió— ¡Qué absurdo!

No le aclaré que me refería a mi casa de soltero. Tampoco tenía por qué, así que seguimos andando hasta la habitación.

………

Cuando Raquel me propuso ir a su casa pensé que quizá lo más acertado no era reunirnos allí, pero al sentirme arropada por sus brazos todo se movió dentro de mí y no había otro sitio en el mundo donde yo quisiera estar. Gonzalo no aparecía, tampoco le habíamos llamado, pero aunque esperábamos su llegada en cualquier momento, Raquel y yo lo hicimos hasta caer rendidas; éramos dos animales locos. Quería mezclarme con ella, quería que su sexo se fundiera con el mío, lentamente, intensamente después; quería que nuestros labios verticalmente se mordieran los unos a los otros, que jugaran a rozarse y a mojarse mutuamente. Esperaba ansiosa el momento en que ella frotaba con amor mi clítoris sin despegar el suyo. Todo aquello era sexo, y era salvaje, yo podía verlo en sus ojos cuando los tenía delante. Raquel disfrutaba conmigo, por eso me prefería, porque yo había accedido a convertirme en un reptil por ella, en un ser estático y resbaladizo, siempre a su lado. Ya no hacíamos el amor. En realidad creo que nunca lo hicimos, pero ella me preguntaba si la quería. Yo no respondía nada. ¿La amaba? No lo sé, pero le contesté finalmente que sí. Entonces se sentó encima de mí y empezó a moverse, comenzó a restregarse conmigo. Yo notaba cómo mi vientre se iba humedeciendo al roce de su tacto. Ella lo marcaba todo: las pausas, los silencios, el movimiento... Me pedía permiso para poder explotar encima de mí, y yo sentía que si ella no lo hacía, yo sí.

………

— He pagado por ti.

— No, todavía no lo has hecho, guapo.

— ¿Por qué te comportas así? ¿Es que tus clientes responden todos de la misma manera?

— No, no todos, pero la mayoría vienen, me echan un polvo y se van.

— ¿Y nunca hablan?

— Siempre hablan, pero tú ni quieres hablar ni quieres follar. Yo no sé lo que quieres, pero no me está gustando.

— ¿Lo has hecho alguna vez con otra mujer?

— Pero ¿qué coño es esto? ¡Oye! ¿No serás uno de esos periodistas de la tele que van con una cámara metida en los gayumbos?

— Ojalá fuera eso.

— ¿Qué coño eres entonces?

— Mi mujer se ha acostado con mi compañera de trabajo.

— ¡¿Qué?! Joder, que tienes un trauma. Mira, yo no sirvo para esto ¿vale? Yo solo quiero que me montes y me pagues.

He perdido el dinero y la mano me arde. Desvelado y obsesionado quise seguir caminando. Eran alrededor de las tres de la mañana; había salido de La casita verde. Luci, así me había dicho que se llamaba, me había hecho una mamada sobre un preservativo. No me gusta acostarme con prostitutas, pero cuando lo hago prefiero tomar precauciones. Necesitaba un contacto más humano, el tacto de la carne. Tiré de la goma y le pedí que me dejara masturbarme entre sus tetas. Soy idiota.

Subiendo una calle inclinada, al fondo me quedaba el cielo. Cada vez que he mirado al cielo buscando una respuesta, un aliento, un amparo, lo que ha caído sobre mis ojos perdidos no ha sido más que soledad. No hay nada ahí arriba. Mientras andaba y pensaba esto con los ojos clavados en una estrella que parpadeaba (luminosa, intermitente, la única que resaltaba entre las demás), tuve que detenerme y sacudir mis párpados con los dedos al menos dos veces, porque entre el ruido de un motor peregrino y mi estrella, entre la distancia abismal que los separaba desde el suelo me pareció ver un animal volando disfrazado de mujer.

Decidí irme a casa de una vez.

Capítulos anteriores

Uno: El Mar del Néctar

Dos: El Mar de la Serenidad

Tres: El Mar del Frío

Cuatro: El mar de las Nubes

Cinco: El mar de los vapores

Seis: El Mar de la Fecundidad

Siete: El mar de las Lluvias

Ocho: El mar de las Tempestades

Nueve: El Mar de la Crisis

 

Ilustraciones por Freckles.

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