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por Neko To Tachi


Los 13 mares de la luna.


Once: El Mar de la Tranquilidad

 

"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"

¿Cuántas personas han pasado por mi vida y luego han desaparecido? ¿Porqué Raquel iba a ser diferente? ¿Por qué no podía dejar de amarme a mí igual que había dejado de amar a Gonzalo de repente? Todas estas dudas asaltaban mi cabeza, revoloteaban en idéntica forma a la canción: “… Hay un torrente dando vueltas por tu mente”. Me lo volví a repetir, retumbaron las palabras como un temblor de tierra en mi conciencia, yo soy una mala persona, no huyo de ello ni de la idea que la gente tiene de mí, lo asumo y punto. Me dejé llevar por la desesperación, por la soledad, lo lógico desapareció de mis esquemas, fui consciente durante un tiempo, pero más tarde lo olvidé y entonces todo dejó de hacerme daño y las cosas dejaron de tener sentido, pero cobraron toda su razón de ser. No me pareció oportuno decírselo a ella, sería mi secreto, y a su debido tiempo se lo haría saber.

Ese tiempo había llegado. Raquel, quien no estaba prevenida, quien me había llamado y dejado mensajes en el teléfono buscándome. Ella, que ahora sólo me quería a mí, pero ¿por cuánto tiempo? Siempre había sido así ¿por cuánto tiempo más? Intenté evitarla de mil formas, me conocía a mí misma y sabía que mi reacción no iba a ser normal, una reacción peligrosa, pero Raquel me perseguía, me rastreaba como un perro y sabía seguir mi olor muy bien.

No pude negarme después de su insistencia. No sabía nada de lo que habría pasado entre Gonzalo y ella, yo había dejado pasar el tiempo, tan solo un poco de tiempo, poco más de dos semanas, antes de volver a verla, antes de todos mis esfuerzos por evitarla. Se presentó delante de mí, indefensa mirándome a la cara. Yo la desvestí con los ojos inmediatamente, no podía resistirme, primero que hablar comenzamos a besarnos, su pelo, su aroma, su tacto, todo me imbuía en ella. Me sumergí en sus brazos y me deje querer. El rojo de su melena se reflejaba en mi boca y mi boca sólo buscaba la suya. La abracé, su cuerpo se deshacía en mis manos, entonces yo ya no era dueña de mí. La quise, la quise en ese instante, Raquel jadeaba cerca de mi oído, me besaba en el cuello, y yo también me deshacía en sus manos, en sus besos. La cogí por la espada y la sentí cerca, su calor era un bálsamo para mis sentidos. Nos desnudamos juntas, la ropa salía por encima de nuestras cabezas y reíamos. Se frotaban nuestros cuerpos y subía la tensión. Deslicé mi mano por su cuello, por sus pechos trenzando sus pezones entre mis dedos. Quería amarla profundamente y fui bajando, metí mi dedo índice en su ombligo. Se estremecía, y por fin mi mano tocó su sexo tan salvaje y deslizante. Rozándole suave pero incesantemente ella no paraba de gemir, de entregarse, y así yo la recogía. Ardía por dentro, bajé desde sus labios a su clítoris para acariciarla con mi lengua, lamía sus deseos y me introducía en sus alrededores, Raquel me dejaba hacer, me dejaba hacerle todo y me lo pedía todo.

Nos habíamos calmado y estábamos en la cama, enredadas entre piernas y brazos, respirando. Era uno de esos momentos que no quieres olvidar nunca porque estás tocando el cielo sin reparos.

—¿Aún me quieres?—me preguntó.

—¿Por qué me haces esa pregunta?

—Por un momento creí que no volvería a encontrarte, cuando no respondías a mis llamadas.

—¿Qué ha pasado entre Gonzalo y tú? Pensé que sería mejor alejarme para que manejaras la situación a tu antojo y libremente—Raquel me miró como si no entendiera nada de lo que le estaba contando.

—Entre mi marido y yo ya no hay nada, nuestra relación se ha quebrado.

—¿Lo sientes?—Le pregunté.

—Lo siento, pero no puedo hacer nada—respondió.

Le di un beso en la frente y la achuché contra mí. Estar desnudas en la cama nos había dejado el cuerpo helado, en cuanto nos arropé Raquel se quedó dormida. Ante su rostro pidiendo compasión yo tan sólo pude darle un nuevo abrazo hasta que se durmió meciéndose en el mar de la tranquilidad, en las olas de mis manos.

Su profunda inspiración funcionaba como un diapasón para mí, el cual iba marcando el ritmo de mis pensamientos que se agolpaban en mi frente a la vez que la miraba. Era bella, era un ser deseable. Yo la quería, pero sabía que en la vida nada es lo que parece. Yo la había ansiado y la había conseguido, Gonzalo también la había deseado y también la había conseguido. Al final de todo, por mucho que hubiéramos hecho nosotros, era ella, y nadie más que ella quien había decidido ahora te tomo, ahora no. Ahora te necesito, ahora no. Su compañía no era más que el reflejo de algo que parecía ser, era tan cierto que nunca dude. Tú eres solo el reflejo del mar en el cielo. Sentí una inmensa tristeza y deseos de preguntarle ¿Por qué te acercaste a mí? ¿Por qué reparaste en mi persona? Estoy maldecida, señalada, marcada con el estigma de la muerte ¿Porqué me has envenenado con tus palabras? ¿Por qué mezclaste mi vino opaco con tu agua casada? Yo no esperaba nada, no tenía nada y tú te llevaste mi nada, la convertiste en pasión, y ahora que ya no puedo prescindir de ti solo quiero matarte, verte caer muerta ante mis garras ¿por qué?

El bicho que había estado latente, aquél que me había hecho sobrevolar tejados aletargándose después, nacía feroz desde mi y observaba a Raquel. Giraban en mi mente ideas de todo tipo ¡Qué fácil hubiera sido si ella no hubiera existido! Borrarla, reducirla a algo menos que recuerdos era lo único que me aliviaba. A pesar de tenerla allí, a pesar de decirme que me quería yo tenía miedo, un temor tremendo a sufrir. Pensaba en agarrarla por el cuello y apretar; imaginaba en destilar su sangre con mi garra desde el pecho al abdomen; planeaba taparle los labios con mi boca hasta que cesara su respiración. Seguramente se me caería una lágrima enfrente de este cadáver, conmovida por la pena que, posiblemente, no me produjera ella, me daría pena yo.

Quise gritarle en ese momento ¡Mírame!, abre los ojos, necesito que abras los ojos, mírame. Pásame la mano por la cabeza, acaríciame el pelo, hazme sentir compasión por ti. Dime que donde estoy es donde tengo que estar aunque piense cosas sin sentido, Pásame la mano por el pelo aunque un día ya no quieras quererme más.

En la Luna hay dos mares que no existen, me los he inventado yo, el mar de los abrazos y el mar de la compasión, nadie tiene derecho a inventarse los mares del satélite, pero yo he sobrepasado todos los límites. El ser humano es egoísta, no es capaz de sentir el dolor ajeno y conmoverse por él, somos despiadados y miserables, al final, en última instancia solo nos importamos nosotros. Miserables, somos ratas, ¿qué culpa tendrán las ratas? Pobres mal nacidos animales.

Me levanté de la cama y me vestí sin perder de vista a Raquel, se me hizo un nudo en la garganta y salí de allí para no volver.

Te regalo la vida, Raquel. Es todo lo que puedo hacer.

Capítulos anteriores

Uno: El Mar del Néctar

Dos: El Mar de la Serenidad

Tres: El Mar del Frío

Cuatro: El mar de las Nubes

Cinco: El mar de los vapores

Seis: El Mar de la Fecundidad

Siete: El mar de las Lluvias

Ocho: El mar de las Tempestades

Nueve: El Mar de la Crisis

Diez: El Mar de los Humores

Once: El mar de la tranquilidad

 

Ilustraciones por Freckles.

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