
"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"
Nunca dejarán de sorprenderme las tormentas de verano, cuando el clima decide imponerse y contradecir nuestro ordenado sistema meteorológico. Ellas se muestran inclementes, díscolas, pasionales; irrumpen salvajemente mientras consumen el hedor caluroso del ambiente, del suelo, de la calle, del entorno, de la ciudad. Miles de gotas transparentes que barren el firme y las sandalias de la gente. Por eso, porque son intempestivas, me encantan. Caen como el plomo, grises en medio de un día soleado, tronando sobre nuestras cabezas.

A pesar de que Raquel había sido mía, a pesar de haber disfrutado de ella en mi propia cama, aún no tenía claro qué era lo que ella quería de mí. No se lo había preguntado, su respuesta me daba miedo. La mitad de mi cuerpo frío, la otra mitad caliente, pero nada saciaba mi curiosidad. Podía esperar pacientemente a que Raquel me llamara, podía ignorar el hecho de que no me diera explicaciones: tan solo encontrarse conmigo para ser amada. Podía conformarme con eso, pero eso no era nada; era la espada helada, el metal inerte cruzando mi cara, penetrándome sin otra opción que la de ser un día cruelmente cercenada, atacada por la espalda sin ver la emboscada. No podía cerrar tanto los ojos, no podía.
………
Parecía que estaba poseída, no conseguía tranquilizarme, apresada en un estado de espera constante. En tres días no supe más de Blanca que un mensaje de móvil que decía “no aguanto sin verte”. Sabía que Gonzalo estaba trabajando a destajo en el estudio. Volvía tarde y muy cansado, de modo que supuse que Blanca le seguía el ritmo. Al tercer día le contesté de igual forma: “¿Quién te detiene”. Durante esas 72 horas no hacía más que pensar en ella. Recordaba cada uno de los pasos que habíamos dado aquella tarde, me entretuve en todas las partes de su cuerpo queriendo fotografiarlas perfectamente desde mi memoria; quería incluso olerla. No permití durante ese tiempo que Gonzalo me tocara. Esquivaba, en apariencia de manera inintencionada, sus besos, y despistaba todos sus gestos de cariño de manera escurridiza. Sólo sentía un fuerte deseo de volver a verla. Me sumergí en tres días en los que me entregué a la apología del onanismo. Gonzalo, por supuesto, permaneció ajeno tanto a mis deseos e intenciones como a mi repentina desgana.
Agotada como estaba de aquel día embotador envuelto en la atmósfera gris de un cielo cubierto de nubes, que no se arrancaban a tronar de una vez, mi mente no cesaba de vagar de un pensamiento a otro. Al fin mi estómago puso un punto, aunque seguido, a todo aquello rugiendo como una bestia. Fui a la cocina con la idea de cargarme de vitaminas y sacar a Blanca de mi cabeza. Enchufé la licuadora y elegí los plátanos, manzanas y peras más maduros, desechando el último kiwi, que formarían parte de mi fuente de energía. Mientras me concentraba disciplinadamente en quitar la piel a las manzanas de una sola pelada me sobresaltó el timbre de la puerta. Eran las cuatro y veinte de la tarde y no esperaba a nadie. Llegué al umbral y fijé un ojo en la mirilla. Me quedé boquiabierta. Era Blanca. Quise no haber hecho tanto ruido al acercarme a abrir, así podría haber fingido que no estaba en casa, pero no me quedaba otra al oír desde el otro lado: “Raquel, abre. Soy Blanca”. Abrí y ella entró deprisa sin darme tiempo a pensar; cerró tras de sí.
—¿Quieres un poco de batido de frutas? —atiné a balbucear.
—Siento mucho la reacción que he tenido al venir aquí —me dijo.
Ordenaba en mi cerebro sus palabras, porque los nervios me habían dejado en un estado de atolondramiento sísmico. Un “no te preocupes” entrecortado y silbante fue lo único que aduje. Blanca cargó contra mí sin más palabras, me agarró hacia sí. Yo me dejaba llevar fácilmente, me calenté al instante. Entramos en la habitación, por fin. Sin encender la luz, Blanca se dirigió hacia el balcón y descorrió la puerta acristalada, que separaba el aire aglutinado a ambientador de pino del aroma a nada. Me pareció que la luna la perfilaba a las cuatro y media de la tarde.

Blanca me gustaba, sin más. No podía negármelo a mí misma. En el fondo sabía lo que quería, todo intento de autoengaño hubiera sido un rotundo fracaso. Ese deseo era más fuerte que cualquier otro que hubiera sentido hasta entonces, ni por ningún hombre, ni tan siquiera por Gonzalo; tampoco por ninguna otra mujer. ¿Es posible que fuera lesbiana y nunca me hubiera dado cuenta de ello? Todo esto, sobre lo que habría podido pensar largo y tendido, no me importaba en aquel momento. Decidí dejarme llevar por mi sentimiento y hacer una locura. Sí, una total locura. Puede que todo saliese mal, pero daba lo mismo; tendría tiempo después de inventar cualquier excusa, creíble o no, pero una excusa al fin y al cabo. Deseaba traspasar la puerta de las emociones fuertes. Me veía a mí misma valiente y alocada, deshojando la vida, tirando de los pétalos con fuerza, descubriendo el mundo... ¿Qué es lo peor que podía pasar? ¿Gonzalo? De verdad que no me importaba.
Necesitaba un estímulo, una señal, un empujoncito para dar rienda suelta realmente a lo que nunca me atrevería, a lo que siempre soñaba despierta pero no hacía. En ese preciso instante me conocí por completo y supe que era yo misma, y me gustaba. Mis sensaciones viajaron hasta mi cara dibujando una sonrisa. Di unos pasos hacia ella. Dudé y me detuve, mas una fuerza intensa e ilógica me hizo reanudar el movimiento.
—La lluvia es algo fascinante, ¿verdad, Raquel? —me dijo sin apartar la vista del paisaje.
—Sí —contesté como si la conversación no fuera conmigo, por inercia.

Tomé con mis manos su cintura por la espalda y me apoyé en su hombro, aprovechando su comentario para acercarme a ella; fingía contemplar la vista. Blanca no se inmutó. Me sentí revolucionada. No me aparté, recorrí con mis brazos su cintura hasta trenzarlos y, en décimas de segundo, sin pensar en nada, la apreté contra mí y la besé. Ella se giró con la furia de un animal. Todo en mi interior se lo di. Me atrapó. Me sostuvo entre sus brazos y comenzó a comerme a besos. Todos me encantaban y por todos me moría. Ella sabía cómo hacerme reaccionar y yo me mojaba, empapaba la ropa sin miedo, dejaba gotear mi sexo preparándolo para ella. Deseaba sus manos en mí, su boca en mí, que me recorriera de pies a cabeza. Que me deseara me volvía loca. Notaba la caricia de su pelo, suave y perfumado, en mi espalda, en mis pechos; sentía su presión en mis pezones, y todo eso, todo eso me excitaba, desbocaba mi pasión a un límite inaccesible para mí de otra manera. Necesitaba que me mordiera, que me chupara, que me comiera. Me partía cuando me montaba encima de ella, dándole toda mi húmeda combustión. No sentía remordimiento, no sentía dolor, no me sentía mala persona. Solo sentía mucho calor.
Escuché la voz de Gonzalo.
—Raquel, cariño, ¿qué hacen estas manzanas negras aquí?
Recordé entonces que había dejado en la encimera de la cocina las manzanas primorosamente peladas, que en el último momento fueron sustituidas por Blanca como mi “recurso energético”.
Capítulos anteriores
Siete: El mar de las Lluvias
Ilustraciones por Freckles.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.