
¿Cuántas personas han pasado por mi vida y luego han desaparecido? ¿Porqué Raquel iba a ser diferente? ¿Por qué no podía dejar de amarme a mí igual que había dejado de amar a Gonzalo de repente? Todas estas dudas asaltaban mi cabeza, revoloteaban en idéntica forma a la canción: “… Hay un torrente dando vueltas por tu mente”. Me lo volví a repetir, retumbaron las palabras como un temblor de tierra en mi conciencia, yo soy una mala persona, no huyo de ello ni de la idea que la gente tiene de mí, lo asumo y punto.
Bajaba la cuesta de la calle Segovia que me dejaba en la puerta de mi casa, eran ya las cuatro de la mañana, había estado casi una hora deambulando por la calle sin decidirme a entrar en mi propio territorio. Echaba de menos a Raquel. Mi dulce, agraciada, sonriente y lesbiana esposa. Encajé a duras penas la llave en la cerradura del portal, nada tenía que ver que la boca de la misma no estuviera muy a punto, eran mis nervios los que no me dejaban abrir con frialdad. Estaba echo un asco, confuso, soñoliento, algo bebido, seguramente demacrado y ¿porqué no decirlo? Bastante cabreado.
Tenía un frío helado metido en los huesos. Por supuesto el tiempo no había variado su temperatura y éste no era la causa de mi gélido sentimiento. ¡Raquel! ¿Qué cojones hemos hecho? Incrédulo, derretía los diminutos granos del azucarillo en uno de esos cafés yankis que sirven en vasos de cartón impermeable, recipientes desechables, tan mudables como yo.
Raquel y yo seguíamos viéndonos, viéndonos como bestias. Dejamos de perder el tiempo hablando y pasamos de la magia de las palabras al encanto del contacto cuerpo a cuerpo, a dejarnos entender por un lenguaje mudo y jeroglífico que tan sólo nosotras comprendíamos. El sexo había transformado nuestra relación en una necesidad y nada de lo que hiciera o quisiera estaba exento de Raquel.
La brisa dispersaba la fragancia de los lotos cuando el sirviente de guardia anunció la llegada del ocaso. Hiuyang abrió las cortinas poco después y se dispuso a plantar varias macetas de begonias blancas en la ribera del Sendero del Polvo Amarillo. La monotonía de esa tarea rutinaria pronto consumió el ardor inicial de la joven dama. Antes de que la guardia advirtiera de la segunda vigilia su mirada se había difuminado en las copas de los álamos y su interés correteaba entre los tallos de los bambúes.
Nunca dejarán de sorprenderme las tormentas de verano, cuando el clima decide imponerse y contradecir nuestro ordenado sistema meteorológico. Ellas se muestran inclementes, díscolas, pasionales; irrumpen salvajemente mientras consumen el hedor caluroso del ambiente, del suelo, de la calle, del entorno, de la ciudad.
Paulina volvía a casa después de otra aburrida tarde de colegio. Algunas de las recomendaciones del padre Ernesto rechinaban en los engranajes de su cabecita de 16 años. Las clases de Servicio Doméstico y Urbanidad siempre perturbaban el ánimo alegre de la futura mecanógrafa y la tornaban melancólica. Un efecto habitual en casi todas las chicas del aula 6 del colegio del Inmaculado Corazón de María.
¡Idiota, estúpido! Me encerré en mi cubículo. él tenía la radio puesta y yo podía escuchar la maldita sintonía de la cadena dando la hora en punto. Realmente no parecía tener interés en volver a casa. A mí me quemaba la piel del simple roce con Raquel. No me la quitaba de la cabeza; ni sus palabras, si sus ojos, ni el olor de sus labios.
A primera hora de la tarde, son grupitos de ejecutivos. Guardianes de las torres acristaladas que flanquean la entrada de la avenida Libertad. Hombres de unos cuarenta años, con trajes elegantes, peinados corporativos y relojes carísimos en sus muñecas bronceadas. De vez en cuando los acompañan algunas mujeres, quienes invariablemente visten trajes serios de corte masculino y piden dry martinis.
En esa noche en que me asomé por la ventana de mi apartamento (enterrado en cemento, cemento si miro hacia delante, el frío cemento que huelo si me estiro hacia atrás, las enormes construcciones de hormigón y cemento que me custodian a cada lado; brutas, gigantes, heteróclitas desde su comienzo hace miles de años).
Aquella noche la pequeña isla de Sango dormía tranquila como era su costumbre. El rumor del agua que descendía por cascadas de musgo hacia los cañaverales del valle Kory (Dorado) era tan lento como siempre. Los peces danzaban en silencio en lagunas y remansos.
Un amasijo de carne negruzca amontonada en estantes de madera carcomida fue lo primero que vio el ojo derecho de Demba después de varios día hechizado por la negrura de la oscuridad absoluta. Su ojo izquierdo aún no era más que una ranura por la que se colaba una lámina de luz mortecina, como de una vela despidiéndose de su llama.
Él no la merecía, no podía merecerla. Yo me había propuesto desmontar esta farsa de vida feliz, ¿quién demonios es tan feliz? ¡Y una mierda! Gonzalo resultaba no ser tan perfecto y Raquel debía ser consciente de ello cuanto antes, tenía que saberlo.
Él no la merecía, no podía merecerla. Yo me había propuesto desmontar esta farsa de vida feliz, ¿quién demonios es tan feliz? ¡Y una mierda! Gonzalo resultaba no ser tan perfecto y Raquel debía ser consciente de ello cuanto antes, tenía que saberlo.
Me he pesado hoy y no llego a 60 kilos; en concreto mi báscula es uno de mis más fieles aliados: engaña mucho y eso es una ventaja. Odio todo lo que se mide. No soporto las concreciones decimales, ni las ecuaciones que calculan el infinito de las cosas.
Las llamas de las velas entrelazan sus dedos de humo en la pared de mármol blanco y danzan al ritmo de un corazón. El tacto de la brisa nocturna se deja sentir en las cortinas de seda que cuelgan como telones efímeros de un teatro imaginario. Un espejo de ámbar refleja la sonrisa del firmamento y multiplica el brillo de sus perlas hasta convertir la estancia en un vendaval de luna.
Soy una mala persona. No huyo de ello ni de la idea que la gente tiene de mí: lo asumo y punto. Me dejé llevar por la desesperación, por la soledad. Lo lógico desapareció de mis esquemas. Fui consciente durante un tiempo, pero más tarde lo olvidé y entonces todo cesó de hacerme daño y las cosas dejaron de tener sentido, pero cobraron toda su razón de ser. No me pareció oportuno decírselo a ella; sería mi secreto, y a su debido tiempo se lo haría saber.
Usted, mujer lesbiana, no se engañe. Usted no existe. Ya sé que pareciera que si, pues así, a simple vista, viajando en el metro o paseando en la calle, parece usted una mujer común y corriente, una mujer real.
Pero no lo es.