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por Neko To Tachi


Los 13 mares de la luna.


Dos: El Mar de la Serenidad

 

"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"

Me he pesado hoy y no llego a 60 kilos; en concreto mi báscula es uno de mis más fieles aliados: engaña mucho y eso es una ventaja. Odio todo lo que se mide. No soporto las concreciones decimales, ni las ecuaciones que calculan el infinito de las cosas. ¿Quién sabe en qué gran mentira nos están educando pensado que todo tiene una cuantificación? Al fin y al cabo ¿qué más da? Si a nosotros nos sirve, nos coloca, nos acciona, y hoy soy más feliz sabiendo que no peso más de 60 kilos. Me sonreí, era como haber ganado una batallita. Me sorprendo en ocasiones a mí misma y a veces realmente creo que claramente enloquezco a paso agigantado, pero eso no puedo pararlo. Mi cerebro se dispara solo; soy un personaje todo el tiempo, un monstruo, y ni siquiera soy ni monstruo, ni persona, ni personaje. Soy una farsa, una pose, la nada en nadie. Diría que más bien soy una apestada. La gente pasa por mi lado sin parecer que le importe, pero a la vez se tapan la nariz para no oler, para no sentir el hedor de mi organismo, de mi alma. Por eso, por eso es por lo que estoy sola, porque me han dejado sola, porque no les agrada compartir el aire que rodea mi persona, ni mi aroma. A veces me gustaría coger una recortada y volarles la cabeza, sacársela de cuajo del cuerpo. Apesto, pero ellos son tan cobardes que no quieren admitir que les repugna mi olor. ¡Cobardes! Mucho más que yo. Pero aún así nadie va a quitarme hoy la satisfacción de no rebasar los 60 kilos.

—Taxi, taxi ¡Taxi!

Gonzalo había aceptado mi propuesta de encargarme de una serie de tareas en su estudio de arquitectura y diseño, de las que a él apenas le daba tiempo a atender. Mi admisión fue inmediata cuando le comenté que era un antiguo compañero común de facultad quien me había dado su contacto y que no hacía falta que me contratara. Tampoco pretendía ser socia. Tan solo me pagaría una parte de las ganancias para poder vivir y mantener mi estatus de freelance. Yo necesitaba ocupar mi mente en algo y ésta era una oportunidad inmejorable. Fue curiosa la manera en que ambos comenzamos a desarrollar nuestras labores de forma independiente pero acompasada, equilibrando el trabajo y proveyéndonos el uno al otro de los recursos con los que íbamos contando. A medida que crecía nuestra complicidad laboral, nuestra mutua compañía nos resultaba cada vez más agradable, y aunque pasábamos interminables jornadas en el estudio, a veces hasta prolongada la noche, frecuentemente solíamos tomar alguna que otra copa juntos en un breve descanso o después del trabajo. En uno de esos momentos oí hablar de Raquel por primera vez en mi vida. Gonzalo la mencionaba constantemente. Se habían casado hacía tres años, pero eran novios desde la universidad. De tanto hablar de Raquel mi gusanillo de la curiosidad se fue despertando y ardía en deseos de conocer a la mujer, que según mi compañero, ponía patas arriba sus esquemas y nociones adquiridas sobre el amor.

Después de tres meses trabajando codo con codo con Gonzalo, por fin, una de las tardes en que salimos más temprano, Raquel nos acompañó. “¿Raquel?”, fue mi respuesta cuando él me dijo que ella vendría ese día. Pillada por sorpresa, me dispuse a conocerla. Gonzalo bajó a encontrarse con ella en la calle mientras yo terminaba de recoger, encuadernar y guardar algunos documentos. De nuevo me recorrió el cuerpo esa desagradable sensación de “una situación en la que vuelvo a sobrar”. Siempre yo. Estuve a punto de cerrar y largarme por el camino opuesto al bar, pero el ansia de saber me pudo más. Se habían sentado en la terraza (las tardes de este abril no invitaban a otra cosa), Gonzalo de espaldas a mí, ella de frente. La observaba, pero Raquel no tenía ni idea de quién era yo. Por lo tanto, me detuve sin miedo a ser captada. ¡Era pelirroja! Aquello me llamó poderosamente la atención. Gonzalo no había comentado nada, pero claro está que no tenía por qué dejarme un post-it donde me indicara que su bonita mujer era pelirroja. Aún así me extrañó que de todas las veces que hablaba de ella nunca lo refiriera. Su piel era lechosa pero no pálida, y sus labios eran rosas. Llevaba un vestido de flores verde y una rebeca clara. No pude encontrar un argumento contundente que a primera vista desmontara las teorías de Gonzalo sobre su esposa. Me acerqué y él se giró.

—¡Blanca! Vamos, acércate que no mordemos —me dijo.

“Cállate, imbécil”, fue lo que mi cabeza de repente pensó. Yo sí que puedo morderte. Pero, por supuesto, no fue esa mi contestación. Tan solo sonreí y me acerqué. Ambos se levantaron para saludarme. El ligero vestido de Raquel descendió por su cuerpo y tomó posesión de ella desde los hombros hasta las rodillas.

—Gonzalo me ha hablado mucho de ti —me dijo de inmediato.
—Vaya, pues a Gonzalo lo que le pasa es que no sabe hablar de otras cosas que no sean mujeres, porque a mí no me deja de mencionar a su mujer desde que entra en el estudio hasta que sale. Soy Blanca.
—Raquel.

Dos besos de rigor y a por mi ginebra con tónica, por favor.

Maldito Gonzalo. Hay personas a las que miras y te da la sensación de que lo tienen todo. Seguramente no sea así, pero lo jodido y amargo es que a ti te lo parece. Por lo tanto y como resultado final, para el caso es lo mismo.

Fuimos capaces de enganchar una conversación entretenida tras otra y las copas fueron pasando por mis manos a la misma velocidad que por mi tráquea. Desafortunadamente el alcohol no me puede tan fácil y me sostenía más o menos en todas mis facultades mentales, pero Gonzalo no paraba de beber (si cabe más que yo) y fumar, de modo que le entraba la risa floja cada dos por tres. Raquel le miraba divertida y le hacía bromas mientras se le caía la baba ante semejante cuadro. Estaba pendiente tan solo de las monerías de su marido, y yo sólo intervenía con monosílabos, lo mismo que si le contestara a una locución telefónica: “Ahora diga sí o marque 1”. Con aquel panorama conecté el piloto automático y mi imaginación voló al vestido de Raquel. Las flores enseguida comenzaron a moverse con el airecillo. Levantaba sus faldas con mis dedos por debajo de la mesa sin que su marido se diera cuenta; subía por sus piernas a tientas mientras ella despejaba mis dudas entreabriendo sus muslos. Yo rozaba su piel sin llegar apenas a tocarla, recorría la distancia de su fémur buscando alterarla. Sentí cómo el cosquilleo de mis yemas le inquietaba la espalda al advertir su sutil movimiento. Su corteza se erizaba a mi paso. Sus ojos me pedían… y su mano me decía “para”. Entonces, mientras pensaba en ella, mientras soñaba con esto, habiendo confinado a Gonzalo al más profundo de los infiernos, la vi, la descifré, medí sus deseos, atisbé tímidamente su apetito, o eso creí. Jamás me he equivocado hasta hoy. Jamás. Raquel me consentía analizarla. En ese mismo instante, en mis fantasías, mi mano soltó la suya y hundí mi carne en sus bragas.

Caminaba de nuevo sola por la calle. Ellos se habían liado en una esquina y habían vuelto eufóricos a casa. Al día siguiente me encontraría a Gonzalo en el estudio y le aborrecería sin reparos, ferozmente. Porque yo ya no podía dejar de proyectar desnuda a Raquel, su mujer, justo delante de mí.

Nadie sino ella, quien de repente frenó mi instinto asesino volador de cabezas humanas y me devolvió a las aguas de la serenidad. Mientras cavilaba sobre ello me abstraía intentado clavar en el centro de la luna la ráfaga de humo que salía de mi boca. Este último Lucky había dejado su cajetilla tan vacía como me quedé yo cuando Raquel hizo salir de mí ese personaje que me arañaba dentro, ese yo que puede que alguna que otra mañana no baje de los 60 kilos de peso.

Capítulos anteriores

Uno: El Mar del Néctar

Dos: El Mar de la Serenidad

Ilustraciones por Freckles.

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