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por Neko To Tachi


Los 13 mares de la luna.


Seis: El Mar de la Fecundidad

 

"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"

—Tu mujer ha preferido irse a casa directamente.
—Perfecto, porque a mí me queda un poco más que hacer aquí.

¡Idiota, estúpido! Me encerré en mi cubículo. él tenía la radio puesta y yo podía escuchar la maldita sintonía de la cadena dando la hora en punto. Realmente no parecía tener interés en volver a casa. A mí me quemaba la piel del simple roce con Raquel. No me la quitaba de la cabeza; ni sus palabras, si sus ojos, ni el olor de sus labios. Tan solo pensaba en emborracharme, seguir con el alcohol para olvidarme de todo, de que ella había huido de mí despavorida, de que él estaba aquí pero podía tenerla cuando quisiera. Y yo nada más que quería descomponerme en mil pedazos. Andaba buscando un vaso limpio cuando sonó el teléfono. Lo cogí haciendo malabares con el auricular del inalámbrico en el hombro y el estropajo desgarbado en las manos. Era Raquel.

—¿Sí? —contesté a medias intentado que no se resbalara el aparato.
—Menos mal que eres tú.
—Hola.
—Hola. Siento haberme ido así, no pienses que…
—No pienso nada, todo está bien, ¿vale? Además, si alguien tiene que pronunciar un “lo siento” creo que esa soy yo.
—¿Gonzalo sigue ahí?
—Sí.
—Entonces todavía tenemos tiempo para que me lo digas en persona.

No daba crédito a esa conversación. Seguramente debía de ser alérgica a algún extraño componente del detergente para platos y había entrado en otra dimensión. Pero nada a mi alrededor había cambiado, así que estaba claro que mi delirio no afectaba ni al tiempo ni al espacio. Me dispuse a salir corriendo y mi endriago dejó el estropajo y escapó planeando.

Raquel me había citado en mi propia casa. No había dudado en decirme claramente que no necesitábamos público y que se había sentido sobrepasada por el momento, pero no ofendida; que se había tranquilizado y que no deseaba dejar este asunto en el aire creando una situación incómoda para ambas. Mejor afrontarlo de una vez por todas. Supe perfectamente que también sería mía esa noche. Pude traspasar de nuevo sus deseos que aparecieron claros ante mí. Nunca me he equivocado. Jamás. Ella me estaba buscando y yo no iba a hacerle esperar.

Cuando llegué sin aliento al número 11 de la calle vi cómo efectivamente Raquel ya había llegado antes que yo. Me acerqué a mi propio portal como una extranjera que busca un número indeciso en una calle incierta apuntado en un papelillo con mala letra. Flaqueé inesperadamente y eso me activó las defensas. Llegué hasta ella.

—Por ti he corrido más que en toda mi vida —le dije.
—¿De veras? —me preguntaba sonriente con ese aspecto suyo que no deja a nadie indiferente.

Aquello arañó mi blindaje y me dejó indefensa. Subimos cuatro escalones peregrinos que daban la bienvenida al visitante a uno de esos portales de Madrid rimbombantes, que albergan residentes no tan exquisitos, y por segunda vez en el día ocupé un ascensor con Raquel. Nos miramos buscando algo en las pupilas, una complicidad que encontramos. Salimos de allí sin haber hablado.

—Vamos a retomar las cosas donde las dejamos, ¿no crees? —susurró cerca de mí.

Me empujó, fue ella. Se acercó con aquel gesto sediento. Yo enlacé entre mis dedos un mechón de su pelo y lo dejé caer por su propio peso, lentamente. Rondó mi esqueleto vacilante, con la espalda recta, erguida frente a mí y cada vez más cerca. Exponía su belleza azarosamente sin comprender que todo aquello contenido comenzaba a rugir dentro de mí, que no iba a seguir jugando y que ahora este monstruo no la dejaría zafarse de nuevo. La abracé tan fuerte que yo misma me asfixiaba intentando ahogar, calmar todo este deseo; sentía su contorno en movimiento con mi cuerpo adaptándose a mis exigencias.

—Me estoy derritiendo —me dijo.

Yo no entendía ya su lenguaje, no comprendía ni una palabra, estaba aturdida entre sus curvas y entregada a su mirada. Nos besábamos, nos besábamos sin detenernos y se desplegaron de nuevo mis alas. Hubiera querido arrancarla del suelo y llevármela alejándola de todo, pero tan solo pude contar seis pasos y empujarla sobre la cama. Cayó suavemente. Seguía mirándome, ocupaba el espacio perfecto que nadie había medido hasta entonces entre mis sábanas. Le quité todo, la despojé saciando mis ansias y licuando mi apetito, me hundí entre sus pechos. Ella presionaba mi cabeza contra ellos; yo los agarraba entre mis dedos, entre mis labios, los rozaba con mi cara, los pellizcaba... Notaba cómo se retorcían sus piernas, cómo se frotaban buscando mis manos. Elevaba la pelvis cuando yo le acariciaba sin llegar a su sexo…

De repente me encontré con que ella me quería, me buscaba. Cuando la vi tumbada ante mí, completamente desnuda, mi bestia la arropó, le dio de comer esa especie de condescendencia que se tiene con un niño que ha hecho una travesura que en el fondo nos conquista, y no podemos más que sonreír sin que lo note. Mi endriago nuevamente la observaba pasmado, temeroso de asediarla.

Raquel era para mí el deseo más buscado de mis esperanzas en aquel momento de mi vida, vacía y sin ganas. Sus ojos directos, pausados, me convertían en un ser indefenso ante su persona. Yo se lo hubiera dado todo, se lo hubiera permitido todo; tan solo tenía que señalarme aquello que quería, y sin pensarlo se lo hubiera entregado. Tenía tanto anhelo de besarla de nuevo...

Se fue. Evidentemente no podía pasar la noche junto a mí. Nos despedimos como lo que fuimos ese día, dos amantes desenfrenadas.

Hice la cama con todo mi amor, con el solo fin de que estuviera perfecta para que ella la deshiciera de nuevo, y me fui a dormir al salón.

Capítulos anteriores

Uno: El Mar del Néctar

Dos: El Mar de la Serenidad

Tres: El Mar del Frío

Cuatro: El mar de las Nubes

Cinco: El mar de los vapores

Seis: El Mar de la Fecundidad

Ilustraciones por Freckles.

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