
"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"
Soy una mala persona. No huyo de ello ni de la idea que la gente tiene de mí: lo asumo y punto. Me dejé llevar por la desesperación, por la soledad. Lo lógico desapareció de mis esquemas. Fui consciente durante un tiempo, pero más tarde lo olvidé y entonces todo cesó de hacerme daño y las cosas dejaron de tener sentido, pero cobraron toda su razón de ser. No me pareció oportuno decírselo a ella; sería mi secreto, y a su debido tiempo se lo haría saber.

Gonzalo era una persona agradable, ese tipo de persona que siempre te deja un buen sabor de boca porque te dice lo que necesitas escuchar. Te halaga, te valora, te ayuda, te da conversación y además parece que sabe de lo que está hablando. En resumen, y sin exagerar, he de decir que era un buen tío. Me caía bien y eso ya era un gran paso. La gente no suele caerme bien, al contrario, me repelen en la mayoría de los casos. Los encuentro cíclopes, idiotizados, absurdos, simples, desabridos; siempre mirando las cosas con su solo ojo sin llegar a la profundidad de su esencia, de su significado, de su porqué. Ciertamente es más cómodo, pero mucho menos interesante. Gonzalo no se quedaba en la superficie, por eso odié el día en que fui a fijarme en su mujer.
Ella se llamaba Raquel. Gonzalo y yo la amamos, y Gonzalo y yo la odiamos tanto que nos volvió locos a los dos.
Antes de Raquel tenía una sensación rara, un sentimiento extraño. El corazón me latía fuerte, muy fuerte, se aceleraba solo y sentía una agradable sensación en el pecho que me reconfortaba. Mi corazón se creía que estaba enamorado, pero no había nadie. Estábamos solos él y yo. No existía otra persona, pero mi torpe músculo aún no se había dado cuenta. Tal era la necesidad, que había hecho el trabajo por su cuenta. No esperó a que encontrásemos a alguien. Se había cansado de llamadas (a gritos) no devueltas, días y días de esperar noticias sin respuesta, y resolvió permanecer vivo, autosuficiente. Estimuló su capacidad de amar a nadie y sólo sentía, originaba en mí esas sensaciones aleatoriamente cuando le convenía, para divertirse; y sí, mi corazón se divertía, pero yo jamás me sentí más triste. Me emocionaba, me alegraba, notaba que de mi cuerpo saltaban chispas y cuando me veía en ese júbilo me daba cuenta de que caminaba sola, hablaba sola, bebía sola, comía sola, dormía sola, iba al cine sola, de compras sola, paseaba sola, viajaba sola… Pero mi corazón estaba enamorado, siempre fue un idiota. Hasta que conocí a Raquel. Ella era la persona que mi corazón y yo estábamos esperando.
Esta niebla me dejaba ver lo mismo que tú, tan solo dos señales más allá de mí, pero con nada más atisbar la primera de ellas yo supe qué camino seguir.

Todo empezó el día que conocí a Gonzalo y le propuse trabajar en su estudio. Dos días antes de eso había decidido sentar un tanto la cabeza después de mi última trastada. Me gustaba salir sola, me gustaba andar por la calle y observar a la gente, y sobre todo me encantaba caminar cuando hacía frío. Me subía las solapas del abrigo hasta la mitad de la cara y enfundaba mis manos en los guantes. Mientras paseaba me iba calentando las manos con el calor de mi boca. En una de esas noches vi cómo ella se bajaba de un coche gris, bastante feo. No sentí nada al verla, me pareció una chica más. La comparé con las otras y me dio exactamente igual, hasta que habló. Cuando manifestó el deseo de su propia lengua entendí que ya no existiría para mí ninguna otra esa noche. Sus palabras estaban caramelizadas, se introducían lentamente en mis oídos y repartían suavemente esa melaza que pringaba mis tímpanos y pegaba mis ganas, las unas con las otras, de tocarla y desearla. Su sonido edulcorado relajaba mis tensiones, me impregnaba con un rico sabor a caramelo y necesitaba coger sus palabras al vuelo, prenderlas en el aire para metérmelas en la boca. ¿Cómo sería besarla entonces? La seguí, entró en un bar bastante aglomerado. Desde niña he sentido esto, pero jamás he sabido explicarlo. Me pasa con algunas personas, sólo con algunas: puedo leer sus sentimientos. Esas personas son tan diáfanas para mí que sé perfectamente lo que quieren en cada momento. No puedo saber qué piensan, no sé que piensan, no sé qué es lo que van a decir o hacer; sólo puedo notar, oler, ver un deseo oculto en sus sentimientos, y yo soy capaz de encontrar la manera de interpretarlo. Jamás me he equivocado hasta hoy. Jamás. Escuché cómo la llamaban sus amigos: Beatriz. Me acerqué a ellos y pedí algo de beber. Comencé a mirarla insistentemente. Clavaba mis pupilas en sus ojos buscando su respuesta; siempre al final caían. Miraban, al principio de manera desinteresada y furtiva, para más tarde navegar en un oleaje de miradas. Cuando las de una subían las de la otra bajaban, y así hasta que los ojos se sostenían los unos a los otros sin poder apartar la vista. Entonces sabía que ya era mía sin remedio para ella.
—Hola, me llamo Blanca, ¿y tú?
—Bea.
A partir de aquí, a partir de ahora no vas a poder apartar tus ojos de mí, pensé. A la vez que hablábamos nos dejábamos rozar suavemente los brazos o los hombros. Lo sabía, sabía que lo sentía, esta vez tampoco falló mi instinto. Su pelo acariciaba mi cara, un pelo castaño que desprendía aroma a algún champú de flores; y sus palabras iban pisando con su textura de chupa-chups el nostálgico acelerador de mis deseos. La chica de la voz de azúcar me estaba seduciendo.
Me llevó a su casa, un piso con un ventanal enorme con vistas al paseo de la Florida. Era un estudio pequeño con la cama junto a la ventana. Ni siquiera encendió la luz; me dijo que le encantaba dejar iluminar la estancia con la luz de la luna que entraba a bocajarro. Yo no quise ni desilusionarla ni contradecirla, pero aquella luz anaranjada solo podía proceder de las farolas que trabajaban ignoradas en la nocturnidad de su ventana.
—Conque la luna, ¿eh? —contesté.
—Sí.
No me sentía tan ebria por el alcohol que había bebido como por su susurro de golosina. La abracé por la espalda y se giró hacia mí. Me dejó probarla suavemente primero; después me confitó los labios con su aliento. ¡Oh!

—Siempre he deseado hacerlo con una mujer y de repente hoy, sin más, tú estabas ahí.
—No, sin más no, yo supe leer dentro de ti.
Sonrió. Como era de suponer, no se lo creía. Todas lo achacaban a extrañas casualidades del destino, y para mí era bastante más fácil no desmontar sus teorías.
—Es porque eres preciosa y cualquiera, hombre o mujer, estaría loco por hacerlo contigo.
A la vez que le decía esto, posó sus dedos en mi boca y me besó de nuevo.
Atisbé a un lado un sillón deshabitado. La llevé hasta allí y le hice que se sentara. Subí su falda, que era muy corta, hasta casi su ombligo y deslicé las bragas por sus piernas hasta que salieron por lo pies. Ahí estaba para mí, entregándome su néctar y retorciéndose en ese sillón porque estaba sintiendo mi presión en su cuerpo. Sí, curiosamente todo era dulzón. Sus gemidos me sabían tan ricos como bombones de chocolate que el aire derretía antes de llegar a mis papilas gustativas. Me quité la ropa con desesperación y me senté encima de sus muslos. Comencé a moverme con agilidad para sentir la caricia de su piel en mi sexo. No se amedrentó y cogió mis caderas con ambas manos para unirse al movimiento. Yo me volvía loca y me agitaba sin parar.
—Esto me está poniendo muy cachonda —me soltó.
—Pues todavía no hemos terminado.
Evidentemente y en contra de mis intenciones, aquella noche no me sirvió para templar la mente, ni sentar la cabeza. Ella estaba dormida a mi lado. Yo no podía pegar ojo, y ya no estaba tan segura de si la luz que me acompañaba pertenecía a la iluminación eléctrica o al simple reflejo de la luna que entraba por la ventana. En ese momento no era consciente de que esta sería la última mujer con la que me acostaría antes de conocer a Raquel.
Ilustraciones por Freckles.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.