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por Neko To Tachi


Los 13 mares de la luna.


Tres: El Mar del Frío

 

"La Luna tiene once mares: El mar de la Crisis, el mar de la Fecundidad, el mar del Néctar, el mar de la Tranquilidad, el mar de los Vapores, el mar de la Serenidad, el mar del Frío, el mar de las Lluvias, el mar de las Tempestades, el mar de los Humores y el mar de las Nubes"

Él no la merecía, no podía merecerla. Yo me había propuesto desmontar esta farsa de vida feliz, ¿quién demonios es tan feliz? ¡Y una mierda! Gonzalo resultaba no ser tan perfecto y Raquel debía ser consciente de ello cuanto antes, tenía que saberlo.

¡Qué pesado era! Siempre hablándome de ella, es que no se daba ni cuenta de que estaba cavando su propia tumba, hasta el día en que yo me hartara y decidiera que ya no, que ya su vida no iba a ser tan encantadora. Ese día había llegado hoy.

 

—Taxi, taxi ¡Taxi!

Llovía a cantaros, acababa de salir de casa y Gonzalo ya llevaba los pies mojados, los calcetines chorreando agua, pero no había tiempo para darse la vuelta y cambiarlos, tenía que llegar puntual al trabajo.

—Casi no llego, con la que está cayendo, madre mía, no recuerdo que haya llovido así en varios años.
—Al menos estas aquí a tiempo Gonzalo.
—Por los pelos amiga.
—Bueno, eso no importa, estás aquí y nada más.

Me daba lo mismo la influyente e increíblemente aburrida reunión de aquella mañana, la que nos iba a proporcionar un trabajo relevante, de peso, un encargo de mucho dinero. Lo que yo anhelaba sucedería después de eso, pero era imprescindible que todo saliera bien, que Gonzalo no se retrasara, que los clientes aparecieran a su hora, que todo discurriera tal y como estaba previsto para que la presumible mente de Gonzalo no cupiera en sí de júbilo y así yo pudiera manipular su emoción a mi favor.

—¿Te apetece un café antes de que lleguen y repasamos todo de mientas?

—Genial, me vendrá muy bien porque vengo hecho un asco mojado por todas partes.
—¿En serio? ¿Tienes frío?
—Pues la verdad que algo de frío sí que tengo, es que los pies me están nadando en agua. ¡Qué desastre!

Sin mediar palabra conecté la cafetera y mientras la habitación se inundaba de olor a café me giré hacia Gonzalo, él se estaba desabrochando la chaqueta que dejó sobre el respaldo de la silla, reposó todo su cuerpo en el asiento.

—¡Anda! Quítate los zapatos—le dije sin más.

Me miró sorprendido y le acerqué la taza repleta de cafeína con la mejor de mis más sobreactuadas sonrisas.

—Venga Gonzalo, ¿qué pasa? ¿Ahora te va a dar vergüenza de mí? Quítatelos.

—No es eso, es que no sé, los clientes pueden llegar en cualquier momento.
—Lo sé, pero afortunadamente existe una puerta que nos separa de ellos y que sólo abriremos cuando estemos listos.
—Vale, vale, no te burles así de mí.
—Descálzate y dame los calcetines, voy a secarlos un poco.
—¿Secarlos? ¿Con qué?
—Los voy a meter en el microondas—Gonzalo me miró aturdido de nuevo—Es broma hombre, siempre tengo un pequeño secador aquí, ya sabes, coquetería femenina.

—Sí, pero útil.

Hice de buena chica y mientras él se esparramaba en la silla entrando en calor, bebiendo el café que yo le había preparado, hablábamos de los detalles de la reunión a la vez que yo secaba sus calcetines, me observaba complacido aunque no sabía que este era el primer paso que daría hoy hasta perder el control. No entendía muy bien qué es lo que veía tan maravilloso Raquel en él. Terminé con mi labor, le devolví sus calcetines un tanto húmedos. Llamaron a la puerta, ya estaban aquí nuestros clientes.

Gonzalo se tomó muy en serio su posición de negociador y yo le dejaba hablar a la vez que asentía en sus intervenciones, buscaba mi complicidad y mi apoyo, pero yo no tenía ganas de abrir la boca, era absurdo, realmente todo estaba ya acordado. Serví un poco de café y todos nos relajamos bastante. Estaba hecho, el proyecto era nuestro.

En cuanto salimos de la sala de reuniones y despedimos a nuestros mecenas, Gonzalo la llamó. Raquel, su bonita esposa, quien le estaría esperandopara celebrarlo más tarde. Daría muchas cosas por ser yo quien compartiera ese momento contigo, por entrar en tu habitación silenciosamente, a gatas, moverme con sigilo sobre mis rodillas y las palmas de mis manos para sorprenderte en la cama. Acolchándome a tu lado con los ojos fuera de órbita y las pupilas dilatadas para poder atisbarte en la oscuridad. Oscuridad que no es tanta porque la luna no nos deja a solas, nos observa, nos vigila para guardarnos el secreto. Un balcón de par en par y una sábana que se enreda en tu maléolo. Dejas que me roce imperceptiblemente, mi uña se convierte en una garra amenazante que corrige su pulso para, con la precisión de un cirujano, rasgar irreversiblemente tus ropas ingrávidas, a partir de aquí ya no podrás escapar de mí, por mucho que patalees, llores o forcejees, no será posible para ti liberarte, y no nos engañemos, no es porque yo te lo impida, es que tú no desearás zafarte, no anhelarás huir. Sabes perfectamente que supe leer dentro de ti. Jamás me he equivocado hasta hoy. Jamás. Por eso, y porque te deseo bajaré lentamente, a luz del resplandor, hasta tus caderas y te besaré. Besaré la prominencia de tus huesos a ambos lados de tu cuerpo y me distraeré en cada centímetro, te moderé como un lobo hambriento dejando la marca de mis incisivos en tu carne fresca, que no me sacia desde la distancia tan remota a la que la vida me ha confinado lejos de ti. De manera abrupta volví al lugar donde me encontraba al lado de Gonzalo, quien me llamaba por mi nombre desde que había dejado de hablar por teléfono. Le ojeé de mala manera, en este momento le odiaba más que nunca, por eso lo hice, por eso me decidí. Saqué una botella de ron dulce que había conseguido especialmente para la ocasión.

—Esto merece una celebración ¿no?— Le dije a la vez que me peleaba con el envoltorio del tapón.
—Claro que sí, déjame a mí—contestó.

Le entregué el veneno que le intoxicaría hasta el punto de perder la razón y disfruté observando como él mismo lo abría. Le arrebaté la botella una vez abierta para, nuevamente, servirle por tercera vez en el día de hoy.

—¡Buenísimo!—Soltó.

El ron fue bajando su nivel para venir a parar a nuestros estómagos que se resentían de tanto alcohol sin solidez. Me llamó la atención el hecho de que Gonzalo no cesara de hablar alegremente en vez de correr a los brazos de su mujercita, intuí que en este momento, le era más agradable mi compañía. Aunque bastante mareada, pero consciente me acerqué simplemente, me puse a tiro perfecto, no tuve que hacer mucho más que insinuarme para que Gonzalo, después de despejar el pelo de mi cara, comenzara a besarme. Nos liamos como dos adolescentes, sin saber muy bien dónde tocar ni por dónde seguir. Dejé que lamiera mi cuello repetidas veces y volviera otras tantas a mis labios, yo no podía dejar de pensar en mí misma devorando las caderas de Raquel. Su cinturón cedió y sin meditarlo dos veces me encontré acariciando su pene erecto a través de su ropa interior, cogió mis brazos y los puso alrededor de su cuello, estaba fuera de sí tal y como yo había planeado, ahora no podía dar ni un paso atrás. Me impulsó por los muslos y me subió a horcajadas sobre su cuerpo dejándonos caer sobre la puerta de la sala de reuniones, comenzó de forma agitada a frotar su sexo con mi entrepierna que aún vestida estaba a su entera disposición, desprotegida, sumisa ante aquella postura, recibiendo los suaves golpes, que a pesar de todo, me mojaban. Ardiendo, Gonzalo nos desplazó a la mesa dónde horas antes habíamos estado reunidos, nos deshicimos de alguna ropa molesta sin llegar a desvestirnos y lo hicimos sin más. El vaivén de sus músculos lo llevaba a destiempo hasta mi cabeza, sentía su aliento ir y venir en mi mejilla. Juré por cada uno de sus gemidos que obtendría a Raquel.

Todo giraba en torno a mí, me desplomé sentándome en la esquina de la cama y me desesperé, notaba que no me sostenían las piernas ¿me había pasado? ¿Cómo iba a mirar ahora a Gonzalo a la cara? Es más ¿Cómo iba a utilizar esto para atrapar a Raquel?

Capítulos anteriores

Uno: El Mar del Néctar

Dos: El Mar de la Serenidad

Ilustraciones por Freckles.

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