
Las llamas de las velas entrelazan sus dedos de humo en la pared de mármol blanco y danzan al ritmo de un corazón. El tacto de la brisa nocturna se deja sentir en las cortinas de seda que cuelgan como telones efímeros de un teatro imaginario. Un espejo de ámbar refleja la sonrisa del firmamento y multiplica el brillo de sus perlas hasta convertir la estancia en un vendaval de luna. El pálido eco de unos suspiros entrecortados rasga el tul de los doseles y juguetea con el aroma de la quietud nocturna.
Varios destellos de plata honran cada uno de los sonidos que brotan de la fuente de miel y néctar que se abandona al abrazo primaveral.
Varias horas han pasado ya y en su cabeza la escena sigue tan fresca como las rosas del pórtico aparecen cada mañana después de su baño de rocío.
Nada consigue borrar esa imagen de sus ojos de zafiro. Se ha congelado en sus pupilas y su frialdad se ha extendido hasta acariciar su alma. La ilusión de esa niña convertida en princesa se resquebraja como el hielo del estanque se agrieta al sentir el tacto de unos labios.
Algunos de los gatos que dormitan entre los cojines de Damasco se han despertado y ronronean confusos entre la soledad de esa alcoba vacía. Se desperezan nerviosos al ritmo que marca el diapasón de esa niña convertida en estatua.
En la balaustrada de alabastro reposa un brazo con aroma a sándalo y sabor a libertad perdida. Una melena negra como la oscuridad flota inerme entre los juncos de la desilusión. Y un rostro de belleza sublime observa el negro horizonte con la intensidad propia de un demente.
Desde el estanque asciende el monótono croar de las ranas buscando la partitura imposible de la luna como cualquier otra noche. Y sin embargo ésta no es una noche cualquiera.
Es la noche en que una niña convertida en llanto batalla contra el instinto que repta por su vientre en un lento peregrinar hacia la bahía de su corazón.
Una pequeña mano de jazmín sirve como reposo para una cabeza que está pero no es. Una cabeza de rasgos sensuales y colores ardientes que ha palidecido hasta conseguir la belleza del mármol.
Meses antes ascendía por la ladera de la fortuna. En ese momento rueda por la cuesta de la desgracia. Poco ha disfrutado de la escalada a la montaña de la vida. Sus pies apenas se han manchado con el polvo de la cima.
La escena se representa continuamente ante esa niña convertida en marioneta de la desesperanza.
De pronto la sinfonía acuática cesa. El pesado telón de terciopelo cae sobre ese tétrico escenario irreal, y durante unos instantes la nada aparece ante esos ojos congelados. Un vacío absoluto que ni siquiera ha invitado al silencio o a la oscuridad. Es la nada en superlativo. Es el reino de la ausencia del todo.
Hilo a hilo, latido a latido, estrella a estrella, unas manos invisibles tejen una grieta en ese telar vacío. Una grieta que crece hasta convertirse en un tapiz. Un tapiz blanco que crece hasta convertirse en el nuevo telón de las tablas en las que se representará una tragedia clásica.
Los copos de algodón que se desprenden de esa cortina iluminan la sala con la blancura de la nieve que duerme en las cumbres del Ararat. El vacío se rellena con una luz de pureza incomparable y en medio de la sala, junto al estanque cristalino, emerge una sombra felina proyectada en un diván de patas doradas y cachemira encarnado.
La sombra de proporciones áureas parece haber sido esculpida por Fidias. A pesar de su postura mayestática y su gesto hierático, las comisuras de sus labios y la dulzura que gotea de sus ojos ausentes la hacen parecer más real que los gritos de los guardias que rodean el patio del alcázar.
Sobre el entrechocar metálico de lanzas y cimitarras, la estatua viviente y la sombra estática se funden. Y la pantera de ojos azules se recuesta ante ese escenario de realidad onírica justo cuando la luz de algodón deja ver el decorado del primer acto.
“El olor a heno recién cortado transporta unas risas tímidas hasta los oídos de una suntuosa carroza que ha detenido su viaje para cambiar una rueda rota.
El alegre cascabeleo de esas risas infantiles despierta el interés felino de quien no conoce límites para sus deseos.
El golpeteo de los martillos, el chirriar de las tenazas y las cadenas, el barritar de los elefantes y los bufidos de los esclavos actúan como sordina e impiden que el cascabeleo llegue de nuevo hasta la carroza.
Sin embargo, el tigre enjaulado ha sentido ya la fragancia de su presa y no va a dejarla escapar. Su apetito es tan voraz como ilimitado es su poder.
Dos niñas, aún de travesía hacia el puerto de la feminidad, atan fardos de heno en el campo que siembra su padre. Y mientras lo empacan, cantan y ríen ajenas a la tempestad que va a desencadenarse antes de que el sol sienta pereza.
Las herramientas vuelven a los cinturones y los braceros a sus filas. Los látigos y las cimitarras salen de sus cinchos. La caballería en vanguardia, los elefantes en retaguardia y la infantería en los flancos. La comitiva está dispuesta para retomar su camino. Pero en el interior de la carroza el nerviosismo y la excitación impiden que el tigre dé la orden de partida.
Dos niñas continúan atando heno sin darse cuenta de que varios hombres armados han salido de caza.
Gritos y llantos desgarran la pradera y los corazones de unos padres que contemplan un momento imaginado pero no deseado. Miradas de resignación e impotencia se entremezclan con gestos de cariño, guiños de confianza y sonrisas de comprensión hacia esas dos pequeñas presas.
Dos mariposas que aletean para despegarse de la lengua de un camaleón que ya no las soltará. Dos mariposas atadas como fardos de heno y encerradas en una carroza tapizada con lo más suave que sus alas han sentido jamás.
Tranquilizado el apetito de la fiera, el desfile reinicia su ruta en busca del oro con el que se adorna la jaula de ese tigre insaciable.
Días después, un par de niñas atemorizadas se agarran de la mano mientras intentan sumergirlas en un estanque de agua con aroma a lavanda y jazmín. Están desorientadas. A su alrededor sólo notan el tacto de una tela suave y el tintineo de los adornos dorados de varias mujeres hermosas. Nunca han visto algo así. El suelo es duro, cálido y resbaladizo, y no es rugoso, blando y frío como la paja de su cabaña. La sala en la que están es más grande que el patio de la mezquita de su aldea. La piscina en la que se bañan es mayor que la fuente para las abluciones. Y hay tanta luz que parece que el día vive encerrado en esa estancia de techo de madera artesonada. No hace frío y el humo del incienso se cuela en sus naricillas y las hace estornudar. Sus estornudos merecen un coro de risas de esas mujeres que se mueven con tanto sigilo como elegancia. En los laterales de la sala hay muchas camas con colchones de plumas y doseles de gasa. No ven jergones de paja ni pequeños ventanucos con cubiertas de madera mohosa. Los ventanales de la sala son interminables y están arropados por varios pares de cortinas ligeras como las hojas de los almendros. Y por todas partes hay cojines, de seda, de terciopelo, de algodón, de arroz, de rosas, de huesos de cereza, de flor de azahar, estampados, adamascados, bordados… Hay cientos, miles de ellos. Tantos como estrellas hay en el cielo en una noche de verano. Una vidriera de texturas y colores. Y entre ellos pueden ver muchos gatos de pelo brillante y mirada incisiva. Gatos mimosos que buscan caricias prohibidas y bostezan con deleite. Las mujeres que las han desnudado y las bañan son tan suaves que parecen tener piel de ángel. Esas mujeres murmuran; ríen y murmuran. Y las dos hermanas no quieren abandonar ese baño caliente en el que han dejado parte de su inocencia junto con el polvo y el barro de la pradera.
Envueltas en una capa de algodón violeta las llevan a una de las camas, la que está frente al balcón de alabastro. Las arropan con el mimo de una madre y las dejan allí. Y poco después las dos niñas se duermen mientras sus ojos persiguen una estela plateada que huye de la oscura espuma de la ensenada.”
Los golpes del acero de las empuñaduras contra las puertas de ébano marcan el final del primer acto de esta representación etérea. El telón cae y la pureza silenciosa recupera las riendas de ese espacio inalcanzable. Ni un minúsculo gesto rompe la inmovilidad de ese rostro que busca una respuesta entre la espuma de la ensenada. Varias lágrimas dulces bajan con timidez por el rostro de esa estatua con corazón de azahar. Fluyen despacio, tan despacio que su cadencia es inapreciable. Varios son los pétalos que han caído de la corola de esa flor mancillada. Una flor que parece marchitarse sin remedio. Una flor delicada que desearía ser una brizna de heno verde y fresco.
Más y más golpes se estrellan en esas puertas que son muralla y cárcel al mismo tiempo. Nada perturba la quietud de Yegane. Ni siquiera el vacío absoluto podría alterarla aunque lo intentara. Sus sentidos han cerrado la puerta a lo real y se encierran en la fortaleza de la imaginación. La nieve ha cubierto el valle y el fulgor de los miles de copos de luz acomplejan a las arañas que presiden orgullosas el salón del trono. Poco a poco, las manos de la noche envuelven los cristales de luz y esos ojos de tristeza helada componen el escenario de la segunda parte de su recuerdo.
“Dos años después de esa primera noche, las dos niñas convertidas en adolescentes tempranas, no extrañan la fragancia del opio, el tacto del mármol, el timbre de la voz de los eunucos, el aroma del ébano, la frialdad del oro ni la suavidad de la seda y las plumas de avestruz. Ni tampoco son ajenas a la dureza del vello del hombre, ni a la forma de sus músculos, ni al sabor de su sudor ni a satisfacer sus gustos depravados. Dos años después, las dos hermanas son dos de las concubinas predilectas del sultán. Los lujos del palacio han moldeado su belleza asilvestrada y las han convertido en un par de panteras con alma de ruiseñor. Sus voces son tan hermosas y dulces como fieros y elegantes sus rasgos. Bailan con una sensualidad especial, se mueven con una lascivia onírica y conservan un aura angelical en sus caras. Una combinación tan inusual que complace a su amo casi tanto como el oro y el vino.
Pocas de las otras huríes pueden competir con esta pareja de mujeres con instinto felino. Ambas son especiales, son la joya de la corona y por su condición de favoritas tienen privilegios en el harem. En sus camas están los lechos más mullidos y los doseles más recamados. Ellas usan los perfumes más exquisitos y los velos más refinados, son las primeras en elegir las joyas de los botines y los tributos que almacena el sultán en su cámara e incluso tienen un par de eunucos a su servicio.
Dos años después de esa primera noche de miedo y llanto, las dos niñas secuestradas piensan que son felices y no maldicen su suerte. Ahora disfrutan de lo que nunca tuvieron. Viven encarceladas pero son afortunadas. Se ven hermosas en los espejos de los tocadores y se saben deseadas por los hombres que las miran a través de las celosías. La lujuria brota en sus ojos como el fuego en la hoguera cuando ellas se contonean ante sus rostros o los miran con expresión sumisa. Muchos matarían por pasar una noche con ellas, sin dudarlo.
Pero ellas son las perlas del sultán y nadie más que él o aquellos a quien él se las ceda pueden tocarlas. Cuatro guardias persas castrados las escoltan allí donde van cimitarra en mano. Ni siquiera pueden estar solas con las otras concubinas entre los naranjos y los rosales del jardín interior del alcázar.
Yegane ha puesto sus ojos en algunos de los hijos de los emires y visires de la corte. Los desea tanto como un esclavo puede desear la libertad. Imagina sus rostros en el estanque. Y se enfada con las ranas si alguna salta y rompe el retrato que sus dedos habían pintado en el lienzo de agua. Cuando está con el sultán, entorna sus párpados y aunque entrega su carne a su señor, reserva el brillo de sus zafiros para esos jóvenes apuestos con los que sueña.
Su hermana pequeña es diferente. Ella no fantasea con los donceles de su hermana. Y tampoco disfruta satisfaciendo al sultán ni a sus elegidos. Ni hay pasión en sus ojos oligisto cuando espían a los jóvenes en sus ejercicios. La pequeña Fadhila siente una atracción irresistible por otras de sus compañeras de cautiverio. En el baño mira sus partes íntimas sin pudor, elogia la suavidad de sus senos y admira la exquisitez de sus rostros. Fadhila lleva el estigma del pecado grabado a fuego en su espíritu y su hermana se desespera tratando de ocultar esa marca a los ojos de sus amos. Si alguien sospechara, si alguien lo notara, la sangre de Fadhila gotearía del hacha del verdugo. Sihaq (1) es la palabra más temida en el harem.
Yegane supone que varios de los eunucos y los guardias de su escolta han descubierto la inclinación de su hermana. Sin embargo, ellos hacen gozar a los miembros jóvenes de la corte y a los hijos de algunas familias nobles. Y a algún que otro viajero de cuando en cuando. Si hablan, si revelan sus sospechas, saben que su sodomía sería pública. Y sus cabezas llenarían los cestos que los miran desafiantes desde el cadalso. Ellos no son señores que pueden deleitarse con esos placeres prohibidos. Ellos no son el sultán, los visires de su gobierno o los califas y emires que le tributan sumisión y respeto. Ni siquiera son varones. Ellos son hombres afeminados o sin órganos viriles y eso haría que las peores humillaciones cayeran sobre sus espaldas. Para estos hombres, vivir en el palacio cuidando el harem es un privilegio que no perderían por delatar los pecados de una concubina.
¡Cuántas veces Yegane daba gracias al Creador porque el alfanje de la justicia divina tuviera doble filo!
Por fortuna para ella, el harem es un recinto prohibido a cualquier hombre con órganos sexuales excepto para el sultán y sus amigos e invitados. Ellos pueden acceder a él pero ni siquiera el sultán entra en las dependencias privadas de sus huríes. El dormitorio común es un refugio que el sultán contempla a través de unas celosías de cedro de Líbano. Y los eunucos siempre las avisaban cuando a su señor le complacía ver a sus amadas. Aunque sólo fuera para que todo estuviera en orden y ellos no recibieran un castigo por su incompetencia.
Protegidas por el egoísmo de sus guardianes y gracias a esas normas tan estrictas, las jóvenes del harem podían estar tranquilas en esa sala de oro, seda y alabastro. Y allí podían entregarse a cualquier placer imaginable.
Aunque no todas lo hacían, sí había algunas que buscaban el contacto intencionado en esos juegos al borde del precipicio. Incluso Yegane había participado en esos encuentros que encendían el rostro -generalmente pálido- de su hermana. Aún tenía fresco en el recuerdo la última noche de luna llena de Rayab (2).
“Aquella noche Fadhila y dos de sus compañeras disfrutaban de un baño caliente de salvia y menta. Yegane había estado bailando en una ceremonia en la que un asistente había encendido su pasión. Volvía cansada y dejando en el suelo los collares y los velos se envolvió en la suavidad de la espuma.
Se acomodó, reclinó la cabeza y bajó los párpados. Entonces sintió cómo varios ojos recorrían cada pliegue de su piel y la acariciaban mejor de lo que lenguas y manos lo habían hecho jamás. Una melodía de tímidos gemidos y risas trémulas lamió los lóbulos de sus orejas y se perdió en la oscuridad de sus oídos. Un par de lenguas eternas palpaban sus senos, firmes y redondeados, y se enrollaban a sus botones caramelizados. En ellos fueron unos dientes atrevidos los que hicieron las delicias de la señora de aquellos manjares. Mientras eso ocurría en sus colinas, unos dedos frágiles como la espuma y sinuosos como las algas penetraban su valle sumergido y devoraban las ofrendas de su santuario. El agua se había enfriado al sentir el calor de sus cuerpos y como cuatro grullas en migración buscaron refugio entre los suaves cojines de azahar. Cuatro volcanes se ocultaron bajo un dosel de libertad. Una bacanal de miel, un caos de placer, una barahúnda de besos y caricias, un festín de felicidad, un rumor de lenguas y de anillos… ¡Uhmmm!, lamer ese fluido dulce y pegajoso de cada dedo con una mirada capaz de fundir el oro de los candelabros.
Aquella noche Yegane descubrió qué convertía a sihaq en una palabra prohibida.
Desde entonces y aunque sus ojos seguían posándose en los jóvenes príncipes de barba tupida y ojos oscuros, su cuerpo también disfrutaba entre los cojines de Damasco. Y no gozaba con cualquiera, después de aquella noche comprendió que aquel éxtasis no se conseguía con cualquier mujer. Sólo con unas cuantas escogidas…”
“Unas cuantas escogidas, unas cuantas escogidas…” El eco de estas tres palabras arrastra de nuevo el blanco telón ante los ojos inertes de la niña convertida en esclava y cierran así el segundo acto de su pasado.
Los goznes de los batientes de ébano empiezan a ceder a las embestidas de los perseguidores. Las cadenas y los cierres aún resisten pero sus chirridos aumentan y suenan como gemidos de animales aterrados. Varias flechas se clavan en los soportes de las cortinas y en los divanes del balcón. Algunas han atravesado el bosque de sus cabellos en su trayectoria y sin embargo, Yegane permanece impertérrita con su mirada de estatua y su belleza de pantera perdidas en la negrura del horizonte.
En el jardín hay varios oficiales y soldados que traen antorchas. Desde la torre parecen luciérnagas enloquecidas que se mueven frenéticamente. Gotas de luz buscando un destino que jamás encontrarán porque nunca lo han llegado a conocer. Pequeños luceros que guían los pensamientos de esa elegante mariposa por el túnel de la soledad hacia el desfiladero del recuerdo.
“Después de cinco años en el harem, las dos hermanas conservaban su puesto de favoritas. Esto tenía muchas ventajas pero ser privilegiadas también tuvo su lado oscuro.
Un año antes, había llegado al palacio una joven de rostro feroz, pelo color carbón y belleza de leopardo. Era una princesa cautiva. La hija única de un viejo emir derrotado por el sultán. Para una mujer acostumbrada a ser señora, era muy duro vivir como una esclava. Pero ella era fuerte y su voluntad sólida como el hierro. En pocos meses se convirtió en una de las predilectas del sultán y rivalizó con las hermanas felinas. Sin embargo, el sultán nunca le concedió los privilegios que disfrutaban las dos niñas de sus ojos. Y eso hizo crecer en ella una envidia insana y cruel.
Cierta noche, las hermanas danzaron en un banquete y el contoneo de Yegane hechizó al invitado de honor. Este invitado era hombre poderoso y el sultán decidió cederle a la princesa de su harem durante esa noche.
Las sábanas arrugaron la noche y encendieron la hoguera de la pasión. Y la luna sonrojada voló.. Cuando Yegane despertó en el lecho de su amante, entre las brasas del placer, sintió un escalofrío. Era verano y el sol ya rebasaba el extremo de las cortinas. Los gorriones piaban en los alféizares y la quietud palaciega paseaba por los corredores. Sin embargo, la predilecta no estaba tranquila. Una voz en su interior le repetía que esa noche su vida había cambiado para siempre. Recogió sus ropas con rapidez y sin terminar de arreglarse se encaminó hacia la azotea del palacio. Sus guardias la seguían con el gesto adusto habitual pero había una expresión en sus ojos que inquietó aún más el corazón de esa niña convertida en angustia.
Cuando llegó al harem, vio las murallas de ébano abiertas y sintió el frío de la muerte ascendiendo desde sus sandalias.
Entró como un huracán y encontró a sus compañeras acurrucadas entre los cojines de seda. Sus rostros eran máscaras de cera y ninguna se atrevía a posar sus ojos en los luceros de Yegane.
Los gatos las observaban con una mezcla de enfado y piedad. Y ni siquiera ellos se movieron cuando ella entró.
Los sentidos de la favorita del sultán recorrieron la estancia y a las concubinas varias veces. No dejaron esquina ni rincón sin comprobar. Y cuando terminaron fueron tajantes: ni su hermana, ni sus dos amigas, ni la princesa esclava estaban allí.
El relámpago que sacudió el corazón de la niña convertida en sufrimiento anticipó el trueno de dolor que emergió de sus labios. El eco de su alarido fue muriendo poco a poco por los rincones del harem al mismo ritmo con el que la esperanza se marchitaba en su alma herida.
Nada ni nadie se atrevió a quebrar el silencio fúnebre que siguió a la tempestad. Yegane no necesitaba que se lo contaran. Sabía que su hermana y sus amigas habían sido ejecutadas al amanecer porque las habían sorprendido disfrutando de la palabra prohibida. Y la princesa esclava también había perdido su cabeza. Ella las habría delatado y llevaría al sultán al dormitorio para que viera la verdad de sus palabras. Sus celos le hicieron olvidar que en el palacio la traición se condena con la muerte. Y ahora su cabeza estaría junto a la de las tres pecadoras en el cesto del verdugo.
Por esas cañadas oscuras discurría el arroyo de su pena cuando un amanecer inesperado devolvió el color a los pastos de sus riberas. “¡Quizás el sultán no las ha condenado todavía! ¡Y aún podría interceder por Fadhila! Al ser su favorita y aunque sea una mujer, puede que me escuche.”
Sin decir más, voló por los pasillos y burló a los guardias hasta que llegó a las puertas del gran salón del trono. Verlas cerradas avivó su ilusión. Aún estaban juzgando el delito. Le rogó al ayudante del sultán que le diera un mensaje a su señor. El ayudante accedió después de negociar el pago. A Yegane no le importó, le prometió cuanto le pidió. Ella sólo quería salvar a su hermana pequeña.
Se desesperaba con cada grano de arena que caía en el reloj que había en el corredor de acceso al salón. No acertaba a colocarse bien el velo ni las demás gasas que debían cubrir su cuerpo. Sus ojos los gobernaba la arena del reloj. No había caído ni un diezmo de los granos cuando el ayudante la llevó al interior. Las cuatro cautivas estaban encadenadas y arrodilladas en la alfombra frente al trono. Un escriba sostenía la pluma sobre el pergamino que reposaba en su escritorio, esperando plasmar la sentencia real. La sensación de alivio al ver que había llegado a tiempo, calmó el corazón de Yegane y alentó su ánimo. Giró la cabeza, y con humildad fijó su mirada en la sombra de los pies del sultán. El monarca le dio permiso para hablar. La furia invadía su voz. Y sus ojos, como los de todos los presentes, estaban clavados en ella como saetas en un guerrero vencido.
Ella alabó la magnanimidad del sultán, abogó por Fadhila, disculpó su pecado achacándolo a la contaminación pasajera por vapores y bebidas ponzoñosas, y rogó clemencia para su hermana pequeña. Le recordó que era una protegida de Su Alteza y que siempre había cumplido con esmero sus tareas sin haber recibido nunca ni una simple advertencia.
El sultán escuchó su discurso mientras respiraba como una fiera exaltada. Cuando la perla del harem terminó, él se levantó para darle una respuesta. Le prometió tener en cuenta su petición y ser clemente con su hermana si ella se comprometía a vigilarla desde entonces. Yegane se lo juró por el Creador y se retiró con el árbol de la alegría floreciendo en su alma gracias al calor de la esperanza.
Ese día y esa noche la jaula de oro y seda parecía una mazmorra de piedra y lienzo. Todo lo que contenía era despreciable, no merecía ni una gota de sudor o de sangre.
Nada más amanecer, la niña concubina se levantó y fue corriendo hacia el patio del alcázar. Allí se encontraría con su hermana una vez cumplidas las sentencias. Ella curaría las heridas de Fadhila para que no quedaran cicatrices en su espalda. Y también cuidaría de las otras compañeras. Quizás el manto de la misericordia del Sultán no sólo había arropado a su Fadhila sino que había cubierto a las otras también.
La sonrisa y la frescura de las mejillas de Yegane se convirtieron en naturaleza muerta cuando vio cuatro cabezas clavadas en cuatro lanzas que se erguían como mástiles del navío de la crueldad. Nadie había merecido clemencia. Su pobre hermana había sido azotada, golpeada con bastones, decapitada y condenada a ser expuesta en público durante nueve días.
El sufrimiento desbordaba el vaso de su corazón y poco a poco esa pesadumbre se volvió cólera. El sultán no sólo había sido cruel sino que además se había burlado de ella humillándola ante la corte. Sin tener intención de cambiar la sentencia había dejado que se arrastrara ante él como una perra indigna.
Esa mañana, tras la reja de dolor y muerte que dibujaban esas lanzas, Yegane juró que se vengaría. Su alma clamaba venganza por la muerte de su hermana y por su humillación. Esa mañana, la niña convertida en mujer marchita, cambió la alegría de sus ojos por un par de joyas inertes.”
El griterío del patio consigue colarse en el teatro onírico de esa niña convertida en mármol. Esa voces huecas inundan el escenario y echan el telón sobre sus recuerdos. Es una algarabía confusa y desordenada que atenaza los sentidos de esa mujer impasible.
Las puertas aún soportarían los golpes durante algún tiempo. El harem sabe cómo defenderse de los invasores.
Entre el repiqueteo de las armas en los pasillos, los gritos de los soldados, los aullidos de las plañideras, los relinchos de los caballos y el crepitar de las llamas va abriéndose hueco un chirrido metálico. Un sonido tímido al principio pero más y más intenso a medida que gana confianza. No es un sonido amenazador, es un sonido con aroma a compasión. Es el canto de los cerrojos oxidados de la entrada del pasadizo que hay detrás del tapiz que preside la sala central del harem. Un tapiz en el que puede verse al Sultán cazando un tigre en la jungla. Un tapiz que poco tiene que ver con ese que sirve de telón al teatro en el que se escenifica la vida de esa niña convertida en indecisión.
“Seis meses pasaron antes de que el Sultán se atreviera a pasar la noche con su favorita. Demasiado bien sabía él lo traicioneras que eran las mujeres. Y más aún una mujer herida y humillada.
Durante ese tiempo, Yegane conservó sus privilegios y disimuló sus intenciones siendo aún más complaciente que antes. Ninguna de sus compañeras de encierro habría imaginado la bestia que encarcelaba esa apariencia humilde y sonriente.
El día de la ejecución, esa niña convertida en saeta, se ganó el respeto y el afecto de las demás concubinas. Su valor lo merecía. Siendo mujer se atrevió a dirigirse al sultán para pedirle clemencia. Su osadía fue un atisbo de que una mujer podía serlo sin mostrarse siempre sumisa.
El olvido, el deseo insaciable y la buena disposición de su predilecta hicieron que en la segunda luna de Rabi’ al-Thani (3) el sultán invitara a la joya de la corona a sus aposentos. Aunque antes se protegió haciendo que un par de guardias estuvieran junto a su lecho toda esa noche.
Esa noche, esa niña convertida en árbol caduco, bailó para su señor y después se dirigió a su alcoba. Incumpliendo la ley, el sultán ordenó a los guardias que la desnudaran para comprobar que no llevaba algún puñal o alfileres ocultos.
Desnuda como en su primer baño en el harem, aquella noche Yegane estrenó un perfume. Una mezcla con aroma a lilas y sándalo y esencia de adormidera. Abrió su fragancia especial y se la aplicó generosamente por el cuerpo dejando que la habitación se impregnara de ella.
Acudió al lecho de su señor y satisfizo sus deseos con ardor y suavidad. Las horas pasaron y el perfume cumplió su misión. Los tres hombres de la habitación dormían plácidamente. Entonces, Yegane tomó la daga del cinturón inerme de uno de los centinelas y degolló al sultán. La sangre que brotaba de su cuello ahogaba sus sonidos mientras la niña convertida en bestia clavaba una y otra vez el puñal en el cuerpo de su amo.
Tardó un poco en recuperar las fuerzas y aplacar su rabia. Entonces, lavó sus manos, sus brazos y su rostro en la jofaina real y al ver ese lago carmesí se echó en los brazos del miedo.
Se vistió y cubrió su rostro con su capa malva de organdí. Se deslizó como una sombra por los pasillos del palacio y cuando llegó al harem rogó a todas sus compañeras que se marcharan mientras les contaba su pecado. Después cerró las puertas a sus espaldas y se acercó a uno de los tocadores para adecentarse.
Se acercó a la barandilla del balcón para poner el punto y final a su delito. Pero cuando se apoyó en ella, quedó petrificada. Su espíritu se negaba a cumplir las órdenes de su razón pese a que la escena del sultán agonizante aparecía allí donde mirara.
Había algo en su interior que le impedía saltar esa última barrera y volar hacia esa libertad que nunca había conocido.
Algo que superaba el pánico que encadenaba sus músculos. Algo que…, algo…”
Fantasía y realidad se han encontrado en esa segunda luna de Rabi’ al-Thani. Sus caminos confluyen en esa joven que se siente ante una encrucijada mientras mira cómo se aclara la espuma de la ensenada.
Dos brazos robustos agarran a esa estatua con corazón de niña y la arrebatan de las zarpas de la muerte y la venganza.
Por el pasadizo han venido los guardias persas de Yegane guiados por una de las concubinas. Y mientras tres de ellos intenta reforzar la entrada del harem para darle más tiempo, el otro la lleva en su espalda a través de un pasillo angosto, siguiendo a una esclava que porta la llama de la libertad…
[...]Seis años después, el cascabeleo de una risa infantil se entrelaza con el aroma del heno recién cortado en una pradera a los pies de las montañas. En la puerta de la cabaña, una madre de ojos lapislázuli mira orgullosa a su hijo Fath (*). Y mientras lo ve correr hacia ella, limpia una lágrima de cristal que serpentea por la ladera de sus mejillas.
(1) Sihaq: Lesbianismo, práctica amorosa entre mujeres.
(2) Rayab: Séptimo mes del calendario musulmán (“julio”).
(3) Rabi’ al-Thani: Quinto mes del calendario musulmán (“mayo”).
* Fath: Nombre árabe masculino que significa victoria.
Imágenes:Joven norteafricana de Jean Portaels, Árabes de Eugene Fromentin, Fortaleza de Louis Francois Cassas, Odalisca de Mariano Fortuny, Monasterio en una roca de Vasily Vereshchagin, Guardia árabe de Fortuny, Niña ante los ancianos y Mausoleos en el desierto de Vereshchagin, Baño en el harem de Jean Leon Gerome, Faro de Alejandría, Mercado de esclavos de Gerome, La gran odalisca de Jean Auguste Dominique Ingres, Árabe a camello y Mausoleo del Taj-Mahal en Agra de Vereshchagin.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.