
Una pizca de pimienta y listo para agitar. Bueno, mejor le echaré dos pizcas. Él lo soportará sin rechistar.
El tipo que me ha pedido el cóctel me mira desde la esquina de la barra. Sus ojos lujuriosos imitan los movimientos de mis pechos y mis caderas mientras meneo la coctelera.
Ahora le añado un chorrito de vodka. Lo remuevo un par de minutos y la cereza ya tiene preparado el baño.
“¡Guapa!, no olvides que me gusta con tres cerezas”, entonan los labios del baboso que disfruta desnudándome con los ojos.
“Sí, sí no se preocupe”, le respondo al fulano con una sonrisa que le dirijo al pecho, justo allí donde querría clavarle un puñal.
Es mi novena semana en la Sirena Azul y ya me conozco a la clientela habitual.

A primera hora de la tarde, son grupitos de ejecutivos. Guardianes de las torres acristaladas que flanquean la entrada de la avenida Libertad. Hombres de unos cuarenta años, con trajes elegantes, peinados corporativos y relojes carísimos en sus muñecas bronceadas. De vez en cuando los acompañan algunas mujeres, quienes invariablemente visten trajes serios de corte masculino y piden dry martinis. La diferencia está en cuán dry lo prefieren. Vienen aquí a tomarse algo después de haber comido en el Rincón de Gil o en el Calcuta, que desde hace varios años son los restaurantes más famosos de la capital. Sus conversaciones bailan al ritmo de inacabables debates financieros o políticos, destinos de vacaciones, deportes acabados en -ing y las últimas novedades de los USA. Hablan deprisa y sin pausas, interrumpiendo la cháchara cada dos por tres para atender las llamadas que reciben en sus i-Phones y demás medios tecnológicos.
A mí me hace mucha gracia ver cómo se levantan de uno en uno y salen a la calle para gesticular con sus interlocutor invisible. Estos clientes me gustan, incluso su procesión sinsentido. Me gustan porque no son molestos. Piden y aunque alguno te guiñe un ojo o te roce el culo o las piernas con discreción, nada va más allá a menos que tú quieras. Si no respondes a sus insinuaciones, te dejan en paz. Algunos te tratan con aires de superioridad como a una subordinada, pero son los menos. Además, mientras están por aquí yo puedo leerme tranquila los apuntes de mi curso nocturno de contabilidad. Y un último detalle: sus propinas son muy generosas.
Por las noches, los clientes suelen ser jóvenes que se toman aquí las primeras copas antes de bajarse a las discos del barrio de Hernán Cortés. Son los más divertidos. La mayoría son chicos de los pueblecitos de la prefectura que estudian en alguna de las universidades de la capital. Es fácil distinguirlos porque sus rasgos indígenas son más acusados que los de aquellos que han nacido en la ciudad y llevan sangre europea como herencia de algún orgulloso ancestro
Casi todos son chicos. Apenas si ves cuatro o cinco chicas por noche. Y siempre bien escoltadas por un grupo de amigos entre los que suele estar el noviete del momento. La reputación de la Sirena Azul mantiene apartadas a las mujeres como el escudo de un caballero repele las espadas. Las chicas bajan al Cielo Raso o al Acorazado Potenkim. Locales mal decorados y peor ambientados, con una carta de cócteles nada original y una música poco variada. Sin embargo, son locales sin la barrera de una mala reputación.
Los estudiantes tímidos apenas te miran cuando piden combinados de los más simples. Pasos cortos, cabeza baja, mirada distraída, manos nerviosas jugueteando con una servilleta o con un billete. ¡Qué lindo se me hace escuchar sus intentos por controlar esas voces inseguras aún demasiado agudas! Los más atrevidos intentan ligar contigo después de haberte mirado los pechos o las caderas con tanto deseo como descaro. Algunos lo hacen bien, se te acercan remarcando sus encantos y te dan conversación durante un buen rato. Es graciosa su arrogancia juvenil, hablándote como si los quince años que les llevas no te hubieran enseñado nada. Creen saberlo todo y disfrutan luciendo el tesoro de su juventud.

Supongo que a muchas no les importaría irse a echar un polvo con ellos después de cerrar. O incluso abajo, en el baño privado del local, como solía hacer mi predecesora en la barra según me han contado.
Sus miradas expectantes son tan lascivas como las de los clientes del anochecer. Y no obstante, aún conservan una ingenuidad juvenil sustituida por un ansia despreciable en los segundos. Hombres solitarios en el ocaso de sus vidas como el tipejo cuya mano sudorosa se roza con la mía cuando le acerco el vaso.
“¡Gracias, guapa! ¡Tómate algo conmigo! Yo te invito. Soy Marcos ¿y tú, nena?”, farfulla al mismo tiempo que saca un par de billetes de su bien provista cartera.
No soporto que me toquen estos individuos. Si no necesitara este trabajo para pagarme el alquiler de cada mes, le daría una... Por desgracia, necesito la pasta y debo contener mis impulsos.
“¡Uffff!, te gusta hacerlos fuertecitos, ¿eh, nena? Se me hace la boca agua imaginándote en...”
Mis ojos de “nena” arden indignados y las llamas abrasan las palabras en su lengua. Durante un rato estará calladito en su madriguera. Hasta que se le termine la copa. Después pedirá otra y volverá a asaltar mi fortaleza con alguna estratagema, nueva para él pero para mí más antigua que el reloj de arena.
Estoy tan cansada de estos tipos que la compasión inicial por su infelicidad no es ahora más que desprecio. Me da asco incluso agarrar los billetes de esta clientela de últimas horas de la tarde. Si hablas con ellos e intentas consolar sus penas con palabras amables o algún que otro chiste, es aún peor. Sus mentes enfermas deducen que estás ligando con ellos. Verlos te ha puesto tan caliente que estás chorreando y sólo piensas en tragarte su polla o sentir cómo te la meten. Entonces, estos machos alfa pasan al ataque y se atreven a casi rozar tus pechos con sus manos arrugadas, sudadas o regordetas; o a mostrarte lo dura que la tienen y lo mucho que les apetece sacarla a pasear. Si ignoras sus señales, incluso son capaces de insinuar que habría una recompensa para ti. Unos bastardos sin atractivo, abandonados por sus mujeres y sus hijos, a punto de acabar su vida laboral, que tratan de conseguir con dinero lo que sus agotados encantos no lograrán jamás.
Diez o doce especímenes de esta calaña vienen aquí cada tarde buscando alguna “doncella” dispuesta a subir a su carruaje. Y alguna encuentran.
Las tardes de partido son las más tranquilas pues como aquí no hay televisión, casi todos se van a alguna taberna en la que puedan quitarse las corbatas, ligar con alguna forofa y ver el fútbol mientras se emborrachan con whisky y ron.
Este miércoles no tengo suerte, la competición descansa esta semana. Falta una hora escasa para que se ponga el sol y mis “amigos” ya están repartidos en grupitos por el local como fichas en las casetas de un parchís.
Para no ser invitada a participar en otra partida patética, aprovecho a colocar las botellas, las copas y los vasos en los estantes. Debería hacerlo al final de mi turno pero como Ricardo se puede encargar de las mesas, así mantengo ocupadas la mente y las manos.
El brillo anaranjado en las copas que acabo de alinear le cuenta a mis ojos que un nuevo cliente ha traspasado la muralla de vidrio que nos aísla del bochorno exterior. Otro ejemplar para el muestrario quieren gritar mis labios, pero mi cobardía los silencia.
El tintineo de unos tacones sobre los tablones de roble rebate mi suposición. Ese goteo de pasos es característico de una mujer, de una mujer sola que desea hacerse notar.
Alguna “doncella” que busca plan para esta noche, me susurro a mí misma mientras sigo componiendo una melodía de vidrios coloreados. Los murmullos y las toses nerviosas de mis oxidados caballeros se acompasan para darle a tan distinguida invitada la bienvenida que merece. Una silla se arrastra por el suelo con rapidez. Unos pasos firmes y bien calculados atraviesan el local y se paran a la izquierda, cerca del timón que cuelga en la pared revestida de haya.
Ricardo se ha acercado hasta la barra. El aroma me revela que está preparando algún cóctel con ginebra. El golpeteo del hielo en la coctelera impide que escuche las voces tenues que conversan en el rincón. Y mi educación no me deja volverme para comprobar quiénes las modulan. La frescura de la ginebra se aleja de mi espalda y por su rastro deduzco que nuestra invitada es quien lo ha pedido.
Un silencio ansioso devora los murmullos de la izquierda. Murmullos que se extinguen deprisa, como llamas sin aire. Unos pasos inseguros deshacen el camino de madera y una silla vacía recupera a su amante derrotado.
“Vaya, éste no ha tenido suerte. No llevaba la escopeta cargada”, me susurro con una irónica risita de satisfacción.
“Esto es una porquería. Yo he pedido un New Orleans Fizz. ¡No este mejunje!”, proclama una voz altiva con dejes de rabia y alcohol.
El rumor inquieto y curioso que había seguido a la procesión de la derrota desaparece. Ni el latido de los corazones ni la respiración de quienes estamos en el local osan romper esa calma que presagia una nueva acometida de aquel torbellino verbal.
“¡No me mires así, tú, imbécil! Esto que me has traído te lo bebes tú. Yo quiero una copa, no el agua de lavarte las manos.”
El desprecio y la cólera de esas palabras volaron por el local, remarcadas por el martilleo rítmico de un zapato en el roble del suelo.
Intrigada e inquieta, me vuelvo para ver a la dueña de esa voz imperativa. Y me encuentro con dos brillantes aguamarinas en un océano sonrosado. Y me concentro en un carmín rojo intenso extendido con suavidad por unos labios finos como arcos de violín. Y quedo hipnotizada por la sensualidad pálida de unos senos turgentes que se asoman al mundo desde un generoso escote.

La ligereza con la que las ondulaciones de su melena caen sobre sus hombros desnudos y la elegancia de sus contoneos (en rítmica simetría con la gracilidad de sus piernas eternas) dejan claro que es una dama. Ella es una dama y no una de las busconas cualesquiera que frecuentan la Sirena. Su vestido de organdí ciclamen, su bolso rectangular de charol negro y lo soberbio de su perfil son propios de una dama. Su mirada inteligente es fría y dura; y aun así, conserva los matices de la buena educación. Una fragancia a peonías y Cointreau asfixia mi atmósfera mientras la silueta rosa se acerca a la barra con el vaso en la mano. Con un leve gesto de su melena dorada se desembaraza de las disculpas y explicaciones de mi compañero.
Aunque lo intentara, yo no podría apartar los ojos de ese rostro. En ese lienzo celestial es fácil ver a los ángeles de la amargura y el dolor. Alguien ha estrangulado su alegría hace poco y ella trata de desinfectar las llagas de su alma con una buena dosis de alcohol. Odia al mundo. Nos odia a todos. Se odia a sí misma. Grita y se comporta como estoy viendo porque está rabiosa y herida. Y ahora Ricardo la ha ofendido al engañarla reduciendo la porción de ginebra de su cóctel.
El fuego helado con el que sus ojos enrojecidos me derriten mientras me devuelve la copa y me pide otra “como es debido” es suficiente explicación para mí.
Le preparo el New Orleans Fizz con cuidado y aún temblorosa se lo llevo a la mesa. Sus labios maduros le dan un sorbo silencioso. Y a medida que las frías gotas del cóctel acarician su garganta, esos arcos de violín se relajan. Y un esbozo de sonrisa triunfal se abre ante sus dientes.
“¡Bravo! Éste es perfecto. Muchas gracias, guapa. Así puede disfrutarse una copa”, me confiesan sus labios mientras entre sus manos sostiene la mano que yo he olvidado sobre la mesa al contemplar las nevadas cumbres de su boca. Su mano izquierda está fría como el vidrio del vaso, la otra es cálida como un sol de primavera. Su voz es suave como el canto de las tórtolas. Yo me quedo parada junto a ella, con mi mano perdida en ella, prolongando el momento tanto como sea posible.
Mi mano liberada cae exhausta sobre mis muslos. Medio atolondrada me vuelvo a mi lugar tras la barra. Intento seguir colocando las copas, pero mi turbación hace que el vidrio resbale entre mis dedos y caiga haciéndose añicos.
Bajo unos minutos al almacén con la excusa de ir a buscar unas botellas que hay que reponer. El corazón parece querer salírseme del pecho. El eco de sus latidos en las paredes de la bodega vuelve a mis oídos y aumenta mi nerviosismo. Mi mano izquierda hace tiempo que se ha perdido en una caverna aún más profunda que ese sótano fresco y oscuro. La humedad invade mi cuerpo y quiero que el aire abandone mis pulmones para poder asfixiar esta hoguera que me consume. Me sumerjo en el mar de cartones y allí me dejo devorar por las olas del frenesí.
Ricardo me reclama en la barra. En su voz capto una mezcla de preocupación y curiosidad. Han pasado más de veinte minutos. Arreglo mis ropas y me adecento el pelo lo mejor que puedo, agarro tres o cuatro botellas del fondo de una estantería para tener una excusa algo más sólida.

Todavía bastante agitada resurjo en la barra. Ricardo me mira. Y bien porque sus ojos han descubierto mi turbación, o bien porque le es indiferente, no pregunta nada. Simplemente me dice que tengo que prepararle otra copa a nuestra dama. “mi dama”, quiero puntualizar. Mas me callo y dejo que sean mis ojos quienes le agradezcan su discreción o su indiferencia.
Me concentro en la preparación del cóctel. Tarea que en ese momento me siento incapaz de llevar a buen puerto. Mis manos tiemblan por la sangre agitada que circula por sus venas. Y mi mirada lucha por desviarse hacia mi dama cada dos segundos.
Termino la copa y la adorno con cuidado, sumergiendo un agitador rojo amapola en el líquido blanquecino. Antes de llevarle la bandeja, finjo mirar distraída el local para así relajar mis músculos.
Los tipejos de las mesas están pendientes de su víctima, como buitres sobrevolando a un moribundo en el desierto. Mis ojos vuelan al nido de la rapaz herida. Allí está ella sacando un cigarrillo de una pitillera de plata. Lo emboquilla y su mano rosada vuelve al interior del bolso y lo recorre buscando algo. Antes de que yo haya puesto las cerillas encima de la bandeja, uno de los babosos se ha sentado junto a ella. Y extiende el brazo hacia su boca con un mechero dorado en la mano.
Sin despegar los labios, ella aparta la cabeza y con idéntica elegancia retira el pitillo de su boca.
El playboy sudoroso no esperaba ese desplante cortés y se levanta con el gesto de un tirador derrotado. Aún con el mechero de oropel en la mano, repta hasta su madriguera buscando el consuelo de sus compañeros. La vergüenza en su rostro rubicundo silencia su rencor.
¡Cuánto me ha gustado su habilidad para deshacerse de ese tipejo!
Los zafiros retadores de mi dama acaban su ronda por el local. Y desde la aguja de sus zapatos negros, una lengua no menos afilada me suelta: “Tú, en lugar estar hay plantada como una estatua, podrías traerme mi copa y unas cerillas.” Y me lanza un guiño en señal de complicidad. Como queriendo decirme: “¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?”
La alegría que siento al saber que me ha elegido a mí para encender su pitillo desborda mi cuerpo y me clava aún más en en el suelo.
“Vamos, guapa, es para hoy...”, añade con una autoridad indiscutible que arranca las raíces de mis pies y me arrastra a su lado.
Saborea la bebida con un deleite cuya sensualidad me devora. Pone de nuevo el cigarrillo entre los arcos rojos y dirige su rostro hacia mí, esperando que se lo encienda.
Cinco cerillas rotas son el mensaje de mi agitación. Ella no habla. Sólo espera. Espera que yo sea capaz de encender la llama para ella. Por fin lo consigo. Acerco la cerilla al cigarro y me estremezco mientras ella chupetea la boquilla de nácar negro. El humo asciende por su nariz delicada y mis dedos se queman con la cerilla que olvidé apagar.
Antes de que la madera quemada caiga en la mesa, ella toma mi mano y pone una esquirla de hielo en las yemas de mis dedos. Las acaricia con ella hasta que mi calor funde el cristal. Entonces, acerca los labios y les da un tierno beso susurrándome: “Así sanarán mucho antes”.

El placer hace que todo dé vueltas a mi alrededor. Retiro la bandeja de su mesa mecánicamente y vuelvo tras la barra. Allí, de espaldas al público sorprendido, trato de recordar dónde estoy. Apoyo los brazos junto a las botellas que subí antes del almacén. El aire vuelve a mis pulmones unos minutos después.
[…]
Han pasado más de dos horas y seis cócteles han descendido por la garganta de mi dama. No ha vuelto a tocarme ni a hacerme gesto alguno. Sus ojos permanecen clavados en el cuadro de una goleta portuguesa anclada en una bahía caribeña. Sólo se despegan de él para buscar mis pupilas dilatadas y pedirme otra copa con un gesto apenas perceptible desde su barbilla de porcelana.
Como acaba de hacer en este momento.
La oscuridad del alcohol hace tiempo que ha enturbiado sus límpidas aguas azules. Su rímel algo corrido enrojece aún más sus conjuntivas llorosas. Y su cenicero rebosa de colillas con cenizas de carmín encarnado.
Esta vez no voy a cumplir su deseo. No puedo permitir que siga así. Superaré mi temor y me enfrentaré a ella llevando la bandeja vacía y diciéndole NO. Venceré mi deseo de que ella siga ahí para que yo pueda disfrutar mirándola. Y le aconsejaré que vuelva a dondequiera que viva.
Me acerco despacio a su mesa y me paro. Aprieto la bandeja plateada contra mi pecho como si fuera un escudo que me protegiera de su furia.
Lucho por controlar el temblor de mi voz y aunque soy derrotada acierto a decirle: “Por favor, no voy a prepararle ninguna copa más. Ni Ricardo tampoco lo hará. Creo que lo mejor sería que usted se marchara y regresara a su casa.”
En su rostro se dibuja una expresión cuyas pinceladas no dejan claro si se trata de sorpresa, enfado o indignación. O de una acuarela de todas ellas. Sus arcos de violín no se tensan y ningún fonema quiebra el cristal del silencio. Simplemente me contempla como antes contemplaba la goleta.
Agobiada por los dedos de ese silencio que aprietan mi cuello, repito mi mensaje: “Por favor, márchese. No se preocupe por la cuenta. Sólo váyase. Yo podría prepararle otro New Orleans, un millón de ellos. Y usted se los bebería. Sin embargo, eso no serviría de nada. No resolvería sus problemas ni cicatrizaría sus heridas.”
“¿Heridas? ¿Problemas?”, responde con una ironía altiva que envuelve una furia mal contenida. “¿Qué sabes tú de mí, de mi vida, de mis asuntos? Dime, ¿qué? Tú haz tu trabajo y ¡cierra la boca! Ya te lo pagaré.” Y desparrama un buen fajo de billetes por la mesa que yo acabo de limpiar.
“Guarde ese dinero. Le repito que aquí usted no beberá más. No sé nada de su vida, pero quizás conozca muchas cosas de usted que otros ignoran. Y yo tengo otras prioridades por encima de este trabajo. Si no se los preparo es porque me preocupo por usted. De hecho, me preocupa usted desde el momento en que la oí entrar.”
Mis últimas palabras no han sido más que un susurro. Y no obstante, a medida que mis sílabas vibrantes se van colando por sus lindas orejas, la acuarela cambia sus colores. El agitado paisaje expresionista muta en una serena pradera impresionista. Munch se vuelve Monet.
Un par de lágrimas transparentes son su réplica callada. El mejor homenaje para una mujer enamorada.

Recoge la pitillera vacía, guarda la caja de cerillas y saca un manojo de llaves del bolso negro al que no devuelve los billetes derramados.
Cuando veo las llaves, mi corazón late aún más deprisa. No puedo permitir que conduzca con el alcohol que ahora se regodea en su torrente sanguíneo. Debo convencerla para que tome un taxi hasta su casa y vuelva mañana a recoger su coche.
“¿No estarás pensando en conducir hasta tu casa?”, brota de mi alma como un géiser, olvidándome del respeto debido a una clienta desconocida y de más edad.
La energía de mi pregunta sobresalta sus labios rubí. “¿Además de enfermera también vas a ser mi niñera?”, me responde sin ironía ni resentimiento.
“Si agarras un volante con la ginebra que te has bebido, acabarás siendo una mancha de agua, sangre y aceite en la primera curva de la carretera. Si ése es el destino que le gustaría alcanzar a una mujer tan hermosa, adelante, toma tus llaves y vete.”
La sorpresa que siento al escucharme es comparable a la que me hace sentir su voz: “Entonces, ¿qué tiene que hacer la mujer hermosa para satisfacer a la chica guapa?”
“Que tome un taxi”, le contesto, recuperando el tono formal por consejo de mis temores.
“No me gustan los taxis y no me fío de los taxistas. Además, vivo bastante lejos y estoy sin blanca. He dejado todo mi dinero en este local.”
Ahora me doy cuenta de que falta poco más de media hora para las once de la noche. Y en las urbanizaciones de los alrededores, donde imagino vive mi dama, las pandillas de pervertidos y los taxistas corruptos desaconsejan viajes nocturnos. Mi mente se derrite buscando una solución y es mi boca quien la encuentra: “Pues espere media hora más y yo misma la llevaré a su casa en mi coche. Ya recogerá el suyo mañana. Siéntese y cuando acabe el turno nos marchamos.”
“Tendrás que darme algo para beber mientras espero. Si no tomo algo, no seré más que un puñado de cenizas cuando acabes tu turno. Uno de tus New Orleans me vendría bien para sofocar el fuego. Ahora que tengo niñera, no puedes negarte”, puntualiza con una sonrisa tan enigmática como encantadora.
Accedo a su petición y le preparo otra copa al ritmo que me marca el corazón.
Ahora está sentada en un taburete de la barra, dejando que su aroma a peonías abrace mis sentimientos.
[...]
Acabamos de tomar el último desvío antes de llegar a la urbanización de mi dama. Ella está dormida en el asiento de al lado. La cara recostada en el cristal de la ventanilla y las manos sobre el regazo. Tengo que esforzarme por mantener los ojos fijos en la carretera y evitar que se desvíen hacia ella. El pelo revuelto sobre el rostro, la respiración pausada y su piel rosada deslumbrando en la oscuridad. Sus despiertos pezones ocultos como un par de vigías en la noche oscura. Su ternura añade leña a mi ya bien alimentada caldera.
Su coche es rápido pero yo prefiero ir despacio, así retraso el momento de alejarme de mi horizonte. Me convenció para que regresáramos en el suyo y dejáramos el mío descansando en la Sirena Azul. No volvería al centro hasta pasadas unas semanas. Y yo podría dormir en su casa y regresar en autobús por la mañana. Acepté porque pensé que era su manera de saldar la deuda. O eso fue lo que me hice creer.
[...]

Calle Ast... No, más adelante. Probaré a ir por la izquierda. !Ésta es, calle Br...! Ahora, es cuestión de encontrar. ¡Voilá, el número 24!
Ya estamos en la dirección que me dio mi dama antes de dormirse. Es una casa unifamiliar, de tres plantas, con tejado de pizarra negra y paredes de color violeta. Las columnas del porche, la valla y las ventanas son blancas. Las de las buhardillas son azul pálido.
Parece una isla sumergida en un jardín en el que florecen lilos, azaleas, adelfas, prímulas y naranjos entre arces rojos, ciruelos sombríos y álamos esbeltos.
Se adapta como un guante a lo que yo me había imaginado. mi dama es la moradora solitaria de este refugio de fragancias. Se divorció hace varios años y desde entonces, su perro Dounkin es el único varón que duerme bajo su techo.
Mi dama duerme como una niña pequeña. Su sueño es profundo. No se mueve. Ni se ha enterado de que hemos parado frente a su isla. Mi deseo vence a mis principios y aprovecho para acercarme a ella y respirar el aroma que exhala su cuello. La pasión me lleva a permitir que mi lengua acaricie con suavidad ese cuello rosado. Mis labios se encuentran con su piel y me estremezco. Le beso el cuello muy despacio, apartando su lindo pelo rubio. Las yemas de mis dedos recorren sus hombros y descienden hacia su escote. Siento el calor de sus pechos al introducir el índice por el sendero que acaba en el puerto de la lujuria.
Siento cómo se humedecen mis piernas y la tensión de mis pezones sobre el algodón que los oprime. Siento mis dedos perdiéndose en... Me excita su olor, su sabor, su calidez y mi miedo. El miedo a que se despierte y me sorprenda acariciándola, convierte mis remordimientos en llamas de placer.
Sus párpados parecen moverse al notar el cosquilleo de mis dedos entre sus suaves muslos. Me aparto de golpe creyendo que ha despertado. ¡Falsa alarma! Aún sigue durmiendo como una niña buena.
Me acerco de nuevo y reinicio mi ceremonia. El calor me asfixia, necesito liberar esa llama que me consume. Lamo su mano enguantada y me concentro tanto en mis tareas que no me doy cuenta de que mi dama se ha despertado hace tiempo.
Cuando mi nuca siente su mirada, me quedo congelada. El temor a lo que ocurrirá se desploma sobre mí como una losa de granito. Y me aplasta. No me atrevo a moverme. Ni lo haría aunque pudiera.
Los segundos parecen milenios. Necesito que diga o haga algo. Quiero que rompa ese silencio para poder revivir. Esta agonía es insufrible. Cuando creo que mi corazón se ha olvidado de latir y que estoy a punto de desvanecerme entre las nubes primaverales, su mano peina mis cabellos desordenados y me susurra: “Espera cariño, espera un momento. Creo que estaremos más cómodas en mi dormitorio. Vamos, vamos.” Y levantándome la cabeza sella mis labios con su boca y su lengua insaciable.
[…]
Un acogedor aroma a café bien cargado despierta mi conciencia. La luz arropa mi cuerpo desnudo. Por la ventana se cuela una melodía de tórtolas y ruiseñores. La fragancia de la lila, las peonías y el azahar armoniza el alegre canto.
Las sábanas de seda arrugadas alfombran el suelo como una cordillera nevada en un valle lavanda. En mis senos contemplo el mosaico del placer mientras dejo que el sol juegue entre mis piernas.
Un momento ideal para gozar de un baño caliente en compañía de la dama de mis sueños y la señora de mi realidad.
FIN
Imágenes: Escena portuaria con mujeres apesadumbradas, El rapto de Europa, Paisaje con mercaderes, Los griegos quemando sus barcos en las playas de Troya, Paisaje costero italiano, Moisés es encontrado en las aguas del Nilo y Paisaje de Tánger de Claude Lorrain.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.