
I.
Un amasijo de carne negruzca amontonada en estantes de madera carcomida fue lo primero que vio el ojo derecho de Demba después de varios día hechizado por la negrura de la oscuridad absoluta. Su ojo izquierdo aún no era más que una ranura por la que se colaba una lámina de luz mortecina, como de una vela despidiéndose de su llama.
Se sentía atontado, embriagado por el sabor de la sangre coagulada en su boca. Un fuerte olor a sudor, heces y carne corrupta despertó de golpe sus sentidos. Era tan desagradable que sintió la necesidad de levantarse o se asfixiaría en esa podredumbre. Notaba cómo lo invadía un nerviosismo incontrolable y trató de mover sus miembros extenuados. No podía. Pesaban como nunca antes. Arrastraban el peso de la culpa, el miedo y la vergüenza.

Los grilletes de hierro oxidado le rozaban en las muñecas y en los tobillos y le quemaban como dedos de fuego. Sintió un pinchazo en el costado derecho y con gran esfuerzo llevó hasta él su mano gigantesca. El calor de la herida infectada cosquilleó en la punta de sus dedos helados y los impregnó con una fétida sustancia verdosa. Al mover el brazo, uno de los grilletes rozó la zona dolorida y le hizo proferir un gemido sordo que rellenó los agujeros de la carcoma.
Este tenue aullido y el tintineo de las cadenas de Demba al moverse, hicieron que Niara se volviera y mirara a su coloso.
—¡Por fin! Temía que nunca volvieras despertar” —susurraron sus labios agrietados por la sed.
Estas palabras, con el envoltorio más tierno y dulce jamás escuchado, sobresaltaron al gigante febril. Medio incorporado en un jergón de paja húmeda y sucia, con la mitad de las piernas colgando como carne muerta, las más de 280 libras de carne esclava de primera calidad empezaron a temblar como las alas de un vencejo asustado. Su pupila izquierda seguía oculta en el fondo de un cofre forrado de púrpura. Su hermana gemela se dilataba en una sentina hedionda, teñida de salitre, óxido y moho. Un valle de madera podrida envuelto por la niebla del sudor que se evaporaba de los más de mil cuerpos hacinados en esa cárcel de la libertad. Esa niebla empezó a condensarse en el dolor de la pupila de Demba y volvió al espeso vacío en forma de un llanto escondido.
—¡No llores, cariño! ¡Estamos vivos, nos hemos salvado! Conseguimos superarlo y lo lograremos. Ya falta poco, ¡lo lograremos! —proseguían los labios del catre encadenado a su destino incierto.
En lugar de confortarlo, esas sílabas actuaron como los colmillos de un león desgarrando una herida. La grieta creciente se extendió como un relámpago de hielo. La tensión hizo que reventara la presa que controlaba el lago de su pesadumbre. Y al reventarse liberó el río de su tristeza.
La suavidad de esos sonidos humanos llevó la luz a lo que su mente había encerrado en el desván de su memoria. Las imágenes se sucedían en su cabeza al mismo ritmo con el que las olas embestían contra la quilla de la goleta portuguesa. Al principio, más que imágenes eran sombras las que se movían en su cabeza con el frenesí de los brazos de un candelabro en una noche ventosa. Poco a poco, el verdor de la selva abandonada devolvió la nitidez al cristal de sus ojos. Entre las grandes hojas húmedas y las lianas agobiantes pudo ver a la partida de mercenarios portugueses invadiendo la misión jesuita española. Su recuerdo centelleó con esas armas relucientes, esas armaduras y esas carabinas sin color. El fuego gritaba desde el techo de las cabañas. La sangre clamaba en un lento goteo desde las alabardas. Sintió el latir moribundo de los misioneros atravesados por la codicia. Recreó los lamentos de algunos de sus hermanos despezados o con los cráneos atravesados por el cuchillo de la pólvora. Vio a su amada Niara siendo arrastrada por el suelo por cuatro zarpas enganchadas a sus fuertes rizos negros. Y se vio a sí mismo corriendo hacia esas bestias con la furia propia de la embestida un toro.
Se vio aplastando con sus manos la cabeza de esos bastardos sanguinarios y la sangre manando de ellos como la leche de los cocos. Y vio cómo lo rodeaban más de quince hombres. Su piel sintió de nuevo las quemaduras de la cuerda de la red que le tiraron por encima como si él fuera un animal salvaje. La carne de sus músculos se sintió atravesada de nuevo por la punta de las lanzas. Su espalda, sus piernas y sus brazos renovaron el rosario de bastonazos, patadas y latigazos que restallaron en sus huesos. Y su corazón, su corazón sintió los escupitajos, los insultos y las lenguas que decían:
—¡Cabrones, cuidado con lo que hacéis. No lo matéis ni lo dejéis medio muerto. Esta bestia tiene que llegar entera. Es un ejemplar de primera categoría. El patrón ganará unos buenos doblones cuando lo subaste. Más de lo que valían las vidas de esos dos bastardos a los que ha matado él!
Y por encima del dolor que le producía el desprecio de estas palabras; por encima de él, su corazón lloró de nuevo por el llanto de los niños atemorizados. Pocos habían conseguido huir escondiéndose en la espesura de la jungla. Más de veinte gritaban encerrados en un círculo de fuego. Un fuego que consumiría sus almas después de que les hubieran disparado brutalmente.
Y el eco de varias mujeres —violadas en cuerpo y espíritu— que se arrojaban a esa hoguera buscando el abrazo purificador de las llamas, resonó en los acantilados de su memoria.
Y el olor de la carne chamuscada devolvió a su mente la imagen de Niara atada a una columna de vergüenza. Una hilera de hombres y mujeres encadenados a los que habían despojado de su dignidad y su libertad. Una fila de seres humanos devueltos a su condición animal con grilletes en sus muñecas. Pulseras de hierro que atenazaban sus brazos, pero cuyo abrazo oprimía sus corazones con tanta fuerza que asfixiaba las lágrimas en sus ojos inermes.
Y esta visión recuperó el momento en el que él mismo era sometido a idéntica ignominia. Para poder encadenarlo habían tenido que dislocarle el hombro izquierdo. Bien se lo recordaba el martilleo constante que convertía en un sacrificio el menor movimiento de esa parte de su cuerpo. Una vez encadenado, y aún atrapado en la red de sarga, lo ataron a un caballo que lo arrastró por el abrupto sendero hacia el puerto de Santa Mónica.
El escozor de la sal en los ojos y el bronco eco de las olas al romperse en mil burbujas lo sacaron de su letargo. Y desde el risco de San Ignacio vio la goleta verde y azul con sus velas blancas desafiando al océano. Un elegante barco de tres mástiles que habría de convertirse en prisión para todos y ataúd para muchos.
La comitiva llegó hasta el embarcadero alfombrado por cenizas aún humeantes. Y allí los obligaron a subir, por dos tablones ásperos y resbaladizos, a esa cárcel flotante. Cuatro o cinco se cayeron de la estrecha pasarela improvisada y los demás vieron cómo sus manos encadenadas se agitaban hasta que el dedo del silencio eterno se posó en sus labios. Acabado el espectáculo —horrible para muchos y divertido para algunos—, engancharon las argollas de sus grilletes a los eslabones de varias cadenas que dormían en la cubierta como lagartos al sol. Y encadenados en ocho filas, los bajaron a las bodegas.
Una mezcla de calor, vapores de orina y sudor, olor a vómito y humedad salada les dio la bienvenida a sus celdas. Unas mazmorras sombrías en las que la luz entraba tímidamente por unas cuantas rejillas de hierro repartidas por ese techo que era suelo para sus captores. Estos aseguraron las cadenas a las anillas oxidadas que colgaban amenazadoras de las torres de jergones. Después obligaron a sus cautivos a tumbarse en esos catres con aroma de sarcófago y a hacerlo en el mismo orden en que los habían encadenado.
En una irónica decisión del destino, a Demba lo habían enganchado en el primer lugar de la fila que encabezaba su Niara. Así podría morir contemplando su rostro; si es que antes sus pupilas habían logrado salir del pantano de sangre reseca y carne mortecina que entonces eran sus párpados. Amarga satisfacción la que le había proporcionado el Creador en su despedida.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Meses en los que la consciencia de Demba vivía perdida en el laberinto de la fiebre y su cuerpo se sumió en un letargo que sincronizó su ritmo con el balanceo continuo de la goleta.
En lugar de maldecirlo, Niara agradecía ese letargo. Adormilado y delirante, Demba no sentía la lluvia de orina que les regalaban cada noche los mercenarios borrachos. Ni era consciente de los latigazos que recibían cuando cada semana pasaban los capataces para desencadenar los cadáveres medio putrefactos de los compañeros que no resistían la travesía. Él seguía allí medio inconsciente, con los ojos entreabiertos clavados en uno de los pocos ventanucos que dejaban ver el agua interminable de ese mar sin tierra.
Y también daba gracias por la extraordinaria naturaleza de Demba. Sólo su fuerza física sobrehumana le permitía resistir casi sin comer, si podía llamar comida a ese engrudo pardusco que les llevaban en cubos durante las rondas de limpieza de cadáveres. Y sin querer reconocérselo a sí misma, Niara ignoraba intencionadamente la verdadera fuerza de Demba: su determinación y el amor que sentía por...
II.
Sus ojos irritados por la sal y sus oídos taponados por el bronco eco de la olas al romper contra las rocas despertaron esa consciencia dormida. Y la devolvieron a su dueño como un beso que rompiera un malvado hechizo. Ésas fueron las sensaciones que acompañaron la llegada de la comitiva a la bahía en su África natal. Y ahora eran las señales inequívocas de que el mascarón de su prisión vacilante estaba a punto de amarrar en su destino.
La oscuridad de la noche bañaba los ojos de Demba, ya liberados de la opresión de la carne tumefacta. Sus extremidades seguían entumecidas por lo forzado de su postura en esa celda silenciosa. La piel de su espalda se había convertido en una colmena de úlceras y pequeñas heridas en las que habían anidado algunos gusanos. Acercó las manos al costado, y sus dedos siguieron el relieve de un par de cicatrices que parecían tan secas como la tierra de Abou-Faiz. Al estar tumbado boca arriba la infección no había prosperado y, milagrosamente, podía incorporarse sin demasiado sufrimiento.

Desde esa horrible atalaya sus ojos se entretuvieron recorriendo la silueta oscura de Niara que yacía sumida en la somnolencia añeja del hambre y el agotamiento. Las gotas de agua negra que se colaban por el ventanuco que los vigilaba desde estribor empezaron a colorearse hasta parecer lágrimas de ámbar. Y un par de hilos de luz desvanecieron los últimos alientos de esa noche permanente que los había envuelto durante un tiempo sin medida.
El madrugador roce de la cadena del ancla al caer por la madera de la proa fue el primero de un desperezar de eslabones que duró hasta bien avanzada la mañana. El tintineo metálico se alternaba con los chasquidos del cuero seco sobre la carne debilitada y con el susurro del agua que seguía moviéndose ajena a este desfile infrahumano.
Cuando el sol gobernaba la bahía desde lo más alto de su reino, en la cubierta de la goleta Menina Branca un ejército de sombras ciegas se preparaba para una nueva marcha. La luz deslumbraba sus ojos y el aire fresco acariciaba su piel desde hacía más de dos horas, y ellos aún no se habían acostumbrado a esa sensación de libertad encadenada. Les costaba mucho moverse, pues las piernas llevaban demasiados días sin sostener el peso de esos cadáveres vivientes. Por eso el desfile hacia la fortaleza con paredes de granito grisáceo fue lento y muy engorroso. Sin embargo, ninguno de ellos protestó, porque cada paso que daban los alejaba de esa terrible prisión marina que había absorbido gran parte de su vida y casi todas sus fuerzas. Por muy negro que fuera su destino, nada podía ser peor que ese viaje en el navío de la Muerte. Y si alguien tenía ánimo para emitir un simple suspiro, la sombra de los látigos se encargaba de amansar cualquier asomo de rebeldía.
Casi un mes después todavía seguían encerrados al aire libre en el patio central de esa anodina fortaleza militar. Un recinto tapizado con arena rojiza, cercado por seis murallas desnudas y con un pozo de piedra rugosa en el centro. Un cautiverio con sabor a libertad. A la sombra de esos muros, las heridas se habían cerrado y el ejército de sombras volvía a adquirir el color de una partida de hombres. Eran seres humanos que creían estar en un paraíso, pues allí podían respirar, podían moverse y podían comer. Las cadenas que los oprimían pesaban menos en unos cuerpos que habían recuperado parte de su antiguo perfil. Las cicatrices recuerdan el daño, pero no duelen como las heridas abiertas.

Aunque las vergas resecas cortaran el aire de vez en cuando, nadie se había quejado, nadie había pensado en intentar fugarse siquiera. Ni la despierta inteligencia de Demba había dejado que la atravesara el relámpago de la libertad recobrada.
Sin embargo, este descanso acabó pronto. Una tarde salpicada con el aroma de los mangos la fortaleza abrió sus puertas a un carruaje escoltado. Con el fresco del ocaso dos europeos bien vestidos salieron a ver su mercancía desde las almenas del torreón de poniente.
Y dos días después el chirriar de las cadenas del puente levadizo acompañó al tintineo de los eslabones de ese grupo de hombres y mujeres unidos por un destino común.
Entre la bruma matinal, una procesión de almas cabizbajas avanzaba silenciosa entre las fachadas ocres de edificios coloniales con balcones repujados. Estos fantasmas oscuros seguían la ruta marcada mientras cientos de ojos los miraban con curiosidad y desprecio, y unos cuantos pares los contemplaban con impotencia y compasión.
Salieron de esa plaza fuerte costera y se adentraron en la selva que se extendía allá por donde despierta el sol. El verde brillante de las hojas inmensas, el marrón áspero de los troncos flexibles y el calor de la tierra en las plantas de sus pies evocaron en las mentes de todos imágenes que habían considerado fruto de los sueños. Recuerdos alegres que ellos se apresuraron a devolver al fondo del cenagal en el que habían dormido hasta entonces. Esa alegría hacía sangrar sus corazones como los latigazos vigorosos hacían sangrar sus espaldas.
El silencio se adueñó de sus espíritus. Y caminando dóciles como una recua de ganado llegaron ante un edificio de madera cuya fachada principal se prolongaba por una plaza en la que se había reunido una multitud de rostros blanquecinos, cuellos y puñetas de puntillas, pelucas empolvadas y vestidos armados.
El paseo forzoso había sido corto, pues el sol aún no había llegado a la cima de su viaje diario. Y las fuerzas recobradas lo habían hecho muy llevadero si lo comparaban con el último desfile de sus cadenas.
Sin detener la comitiva, los capataces los obligaron a entrar en varios rediles con vallas de madera. Vallas a las que se acercaron hombres y mujeres elegantes que de vez en cuando hablaban con otros hombres que caminaban un par de pasos detrás de ellos. Estos últimos anotaban algo en pedazos de papel que guardaban después en los bolsillos de sus chalecos.
Cuando las sombras se inclinaban claramente hacia el Oriente, abrieron la puerta del coto en el que Demba y Niara habían sido encerrados y llevaron a la mitad de ellos junto a una tarima de madera que había en el centro de la plaza.
Cuando la sombra de Demba se irguió sobre las cabezas de esa muchedumbre de seda, lino y organdí hubo un murmullo general de asombro. Su ya considerable altura y corpulencia adquirieron dimensiones colosales cuando se presentó ante los pujadores con el sol luciendo a su espalda.
La subasta del titán africano se prolongó durante un tiempo que a Niara le pareció interminable. Después de que el subastador mostrara el poderío físico de ese cuerpo de ébano y la blancura de su dentadura de caballo, empezó la batalla del dinero. Tras varios minutos de lucha, las pujas habían llegado a niveles increíbles. Todos parecían querer tener la fuerza de ese gigante bajo el azote de sus látigos. Pero eran muy pocos los que podían permitirse pagar esas cantidades. Al final fue una mujer robusta, severa y con aspecto adusto la que compró al coloso por un precio por el que bien habría podido adquirir un par de docenas de los otros esclavos. Era una de las contadas mujeres que acudían a esas subastas. Y a la alegría por su triunfo se unió un íntimo placer por haber pisoteado los deseos de todos esos caballeros arrogantes que la miraban con desdén por su condición femenina.
Orgullosa por su triunfo, envío a su sirviente a recoger el premio. Demba se resistió a bajar de la tarima y entre la lluvia de sangre que arrancaban las nubes de latigazos, mantenía sus ojos clavados en el rostro de Niara. Ella lo miraba a través de una bruma de lágrimas desde su puesto en la fila del muestrario femenino. La compradora se abrió paso entre la multitud y con firmeza ordenó que dejaran de golpear a su última adquisición.
El fuego de su cólera quemó el rostro de Demba, pero eso no evitó que él siguiera mirando a su amada. La dama del vestido negro se volvió hacia donde él miraba y contempló aquello que retenía el alma de su gigante.
Comprobó que era una mujer delgaducha y de rasgos vulgares. Y pensó que no valía la pena comprarla. Pero con la intuición propia de una mente femenina comprendió que, a menos que esa individua común y corriente acompañara al gigante, él no se movería de esas tablas. E incluso dejaría que lo mataran allí antes que abandonarla.
Por ello, superó su escaso interés en las esclavas femeninas y le preguntó al tratante cuánto tenía que pagarle por la chica. El hombre, regordete y de rostro bonachón, aprovechó la oportunidad y la tasó en un precio que sabía que nunca iba a conseguir por una esclava tan feúcha. La compradora sabía que era una estafa, pero no quería esperar más y aceptó el precio incluyendo en el lote a otra muchacha desdentada que pensó que le vendría bien para que ayudara a limpiar las caballerizas. El vendedor, de aspecto tan amable como repugnante era su interior, cerró el trato con una alegría mal contenida y ambos lastres se unieron a las cadenas del gigante. La rigidez de Demba cedió y, mientras dejaba que lo arrastraran hacia los carros de su dueña, la miró con una especie de agradecimiento orgulloso y severo. La insigne viuda notó la mirada y respondió con un gesto de frío desprecio en el que, sin embargo, no consiguió disimular una nota de cálida simpatía por el valor y la determinación que ese hombre había demostrado hacía un momento.
III.
Una semana después, Demba, Niara y otros veinticinco esclavos más contemplaban el océano multicolor de las velas y las banderas de los barcos fondeados en la bahía de Saint Clermont, mientras el azul del cielo se desprendía de la capa rojiza del amanecer. Aun desde la distancia podían escuchar el alegre bullicio de los estibadores que cargaban y descargaban las mercancías, y el silencioso tintineo de los ejércitos de sombras que abandonaban las sentinas de varias prisiones flotantes.
Durante un instante eterno, los veintisiete corazones sintieron el resplandor de la arena de la playa y el frescor del verde de las palmeras tal y como se siente un escalofrío en una noche oscura perdida en el medio del mar.
Un silbido muy agudo rompió el silencio contemplativo y lo convirtió en una escucha expectante. Otra vez volvían a balancearse, aunque este trayecto no lo harían en una lóbrega bodega. Esta aventura los había llevado a un nuevo barco. Una nave en la que los mástiles de pino habían sido remplazados por una sola columna metálica. Un torreón estrecho, de un rojo intenso que en lugar de soportar velas y arbotantes, desprendía nubes negras, mucho más negras que cualesquiera de las que hubieran visto antes.
Durante varias semanas viajaron en la parte posterior de esa extraña nave. Las noches transcurrían en una sentina con varias ventanas que invitaban a la luna a reposar en sus lechos de paja. Y las horas de luz las pasaban en cubierta, limpiándola, acarreando fardos o tumbados junto al enrejado metálico que impulsaba el barco con la fuerza con la que la rueda de una noria hacía brotar el agua de un pozo.

Remontaron un río de dimensiones titánicas y, tras dos jornadas de viaje en unos carromatos destartalados desde un embarcadero perdido entre los manglares, sus grilletes encontraron la tierra a la que iban a ser encadenados.
Los veintisiete nuevos esclavos bajaron aturdidos de sus incómodos carruajes. No habían empezado a estirar sus músculos contraídos cuando una cinta de cuero cortó el aire con el silbido de una víbora. Un hombre con voz de tornado y una cicatriz vertical en la mejilla izquierda los puso en fila frente a tres hombres que removían las brasas de una hoguera. Otros dos hombres pasaron una cuerda por las argollas de sus tobillos y los convirtieron en vértebras de una serpiente humana.
Unidos por este cordón de vergüenza se acercaron a esas llamas que los convocaban a su danza infernal. Dos barras de hierro con una B y una O entrelazadas en su extremo incandescente los esperaban. Demba encabezaba el cortejo y su brazo izquierdo fue el primero que sintió el hierro enrojecido. Ni el atisbo de un quejido brotó de sus labios. Una lágrima efímera en el confín de su ojo izquierdo fue la invisible respuesta del coloso a esta profanación de su santuario carnal. Su actitud impresionó tanto a los hombres que lo rodeaban que desde ese momento la piel de Demba se bañó en el tinte del respeto. Tinte al que se añadió el barniz de la admiración cuando acogió impertérrito los golpes que le propinó ese capataz malencarado en un vano intento por doblegar su orgullo racial.
Una vez que los veintisiete nuevos visitantes grabaron en su piel la marca de su identidad, fueron llevados ante la propietaria de la plantación, la señora Clervie, su dueña.
IV.
La mansión Bleu Oiseaux, pues así se llamaba ese mausoleo de seda, terciopelo, porcelana y mármol, era un típico hogar sureño. Un palacio de estilo francés diseñado, construido y decorado como si de un palacete europeo se tratara. Un edificio de tres plantas —digno de la más elegante aristocracia del Antiguo Continente— con una fachada neoclásica coronada por una inmensa terraza. Una terraza desde la que se podía contemplar gran parte de la plantación de tabaco y algodón que se arrodillaba ante sus columnas.
Para que una mirada pudiera abarcar la extensión infinita del imperio de la viuda Clervie había que subir hasta la colina Verte Solitude. Era más de medio millón de hectáreas cultivadas por unos setecientos esclavos a los que había que añadir otros cincuenta más que se dedicaban al cuidado de la mansión principal y las dependencias anexas como graneros, caballerizas, almacenes, cobertizos... Casi ochocientos seres humanos encadenados que eran controlados por algo más de setenta individuos sin escrúpulos ni conciencia. Y todos ellos gobernados con la dureza del hierro y el poder del fuego por un capataz en el que no había el menor resquicio de humanidad.

Y por encima de todo, y sin olvidarse de nada, reinaba Madame Clervie. Una dama que había enviudado a los 28 años y desde entonces se había hecho cargo de los asuntos que en esas regiones se reservaban a los varones. La fortaleza de su carácter y su extraordinaria habilidad para conseguir que los demás hicieran lo que ella quisiera sin que se dieran cuenta de que lo hacían, le habían permitido labrarse una reputación envidiable.
Su persona era respetada por muchos, y quienes no la respetaban se cuidaban mucho de hacerlo notar. Aunque sólo fuera por temor a sufrir los ataques de su cólera o sus crueles venganzas. Mediante decisiones arriesgadas, desencuentros memorables y gracias a su buen olfato para los negocios, había convertido la mediocre plantación de su difunto esposo en una de las más importantes, no ya del Estado de Lousiana, sino de toda América.Y ella era ahora la dueña de Demba y de Niara. Y de otras veinticinco almas más...
V.
Separados por una tupida alfombra de colores sobrios, la señora Clervie les explicó a sus nuevos “empleados” las reglas de sus dominios:

Los que fueran a trabajar en el campo vivirían en los barracones verdes que se alineaban en la margen derecha del camino principal de la plantación. Los destinados al servicio doméstico se alojarían en las dos casas blancas que dormían a la sombra de la mansión principal. Si ellos cumplían la tarea que se les encomendaba recibirían la comida y la ropa que necesitaran. Podrían vivir tranquilos con sus familias, tendrían diversiones de vez en cuando e incluso serían recompensados con alguna botella de licor después de las cosechas. Las jornadas de trabajo serían de doce horas diarias, excepto en temporada de cosecha, que se alargarían tres o cuatro horas más. Las cuatro grandes fiestas cristianas serían respetadas y, por tanto, serían días libres de obligaciones. Los niños empezaban trabajando en tareas domésticas y hasta los doce años no participaban en las faenas del campo. Si faltaban a sus tareas serían castigados con la dureza que exigiera su falta, según el código por el que se regía su imperio. No debían tener miedo, porque en su plantación ella no toleraba que los guardianes se excedieran en sus castigos ni permitía torturas o agresiones a las mujeres. Estas faltas se castigaban con la misma severidad que las suyas. Si se amotinaban o incitaban a los demás a la revuelta, el castigo sería proporcional al delito. Y en este caso, los latigazos en sesiones públicas, los ayunos prolongados y otras “pequeñas” torturas sí estaban permitidos. En el caso de que alguno intentara escaparse, los guardias tenían su permiso para disparar al fugado. Y si no lograban encontrarlo, entonces sería su familia la que pagara las consecuencias.
Pocas normas para un código que no estaba entre los más duros de la región. Las condiciones de vida en la mayoría de las otras plantaciones eran mucho peores que éstas. Un código leído a una masa iletrada y atemorizada que no tenía la menor idea de lo que les decía esa señora regordeta a la que no podían mirar fijamente sin recibir un latigazo. Ése era el único idioma que ellos entendían.
Después de su discurso, la gran dama comprobó que todos llevaban “su sello” y empezó a distribuirlos. Dejó a Demba y Niara para el final y no se dirigió a ellos hasta que los demás habían abandonado el vestíbulo de mármol siena.
Tras cruzar la alfombra con seis pasos lentos y efectistas, la señora Clervie dedicó varios minutos a observar con atención a la extraña pareja que permanecía en pie sobre uno de los adornos geométricos que se repartían por ese suelo siempre brillante.
Bajo la mirada inexpresiva del capataz, la gran dama se dirigió a ese gigante que tanto dinero le había costado, hablándole despacio primero en inglés y después en francés. La concentración de esos ojos negros cuando ella había mantenido uno de sus libros de cuentas frente a él le había hecho notar que ése no era un individuo analfabeto como la mayoría de sus compañeros de destino. Ni su mujer tampoco. Y eso había avivado su curiosidad y despertado su olfato comercial.
Al quedar su pregunta huérfana de respuesta, se exasperó y a punto estaba de abofetear el altivo rostro que tenía a dos palmos de su recogido canoso cuando recordó que habían venido en un barco portugués.
Volvió la cabeza hacia su capataz y le pidió que tradujera su pregunta. Las palabras vacías de ese esclavista rapaz no alteraron la expresión de esos rostros que parecían dos máscaras de cera.

Quemando las últimas ramas de su paciencia en la hoguera de la cólera, probó una vez más con el último idioma que tenía a su disposición. Y con un español reumático volvió a formular esa pregunta que volaba como ave ansiosa por hallar un nido. El movimiento casi imperceptible de la ceja izquierda del coloso le reveló que había entendido la cuestión. Y su dueña le exigió entonces una respuesta mientras trataba de recordar las lecciones de español que su tutor le había impartido en los últimos años de su infancia. Un ¡Sí! lacónico, rotundo y atronador rebotó por las columnas de la sala con el mismo ímpetu con el que el capataz desenvainó el látigo para hacer cumplir la penitencia por la falta de respeto cometida.
Un ademán rotundo abortó el castigo y abonó la semilla del rencor en el corazón vacío del cruel vigilante. Habiendo conseguido romper el silencio, la gran señora decidió que esa pareja se alojaría en una de las habitaciones de la casa en la que vivían los sirvientes de su mansión. Ese ¡Sí! irrespetuoso, grosero y orgulloso confirmaba que, una vez más, su instinto había acertado. Y ese acierto le decía que podría obtener un gran beneficio de esa compra en apariencia tan exorbitante.
(Continuará...)
Imágenes: El viaje de Arsinoe y Creación de los animales de Tintoretto, Naturaleza muerta con frutas de Caravaggio, Judith y Holofornes y El baño de Susana de Tintoretto, Dos molinos cerca de Singraden de Ruisdael, Venus, Cupido y el Tiempo de Bronzino y Adán y Eva de Tintoretto.
Comentarios de Mirales generados por Disqus
¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.