renuncie amor de mi vida miedo lesbiana

“Renuncié al amor de mi vida por miedo a ser lesbiana”

Se me hace increíble que en nuestra época, cuando por fin parece que nuestra voz es escuchada, que los estereotipos esquematizados por la sociedad y los prejuicios que algunas personas tiene sobre nosotras estén por fin desapareciendo, aún haya lesbianas o bisexuales adultas que simplemente se quedan armarizados. Sí, allí dentro, en lo más profundo del armario por miedo tanto a la aceptación de los demás como a la propia:

¿Qué tan mal va a reaccionar mi familia, mis padres sobre todo? ¿Mi círculo social? ¿Mis compañeros de trabajo?

Y en un caso más extremo:

¿Qué figura se van a formar mis hijos al enterarse de que tienen una madre lesbiana?

Hace un par de días hablé con una compañera de trabajo, de perfil sobrio y actuar muy correcto. Se acercó a mí y me preguntó si tenía un minuto, obviamente le dije que sí, puesto que intuí qué era lo que me quería preguntar:

“Disculpa, pero… tú ¿cómo te enteraste de que te gustaban las mujeres?”. Debo agregar que mi colega bordea los treinta y tantos, tiene esposo y dos bellos hijos de no más de siete años.

Mi respuesta fue la siguiente: “Vamos por un café”.

Mi compañera, a quien vamos a llamar Catalina, me contó su historia:

Años atrás, cuando se encontraba en el extranjero, conoció a una joven mujer que tomó un curso de terapias alternativas junto a ella. Catalina nunca había sentido algo por otra chica, es más, había tenido varios novios y sus experiencias habían sido, sino perfectas, bastante buenas… En fin. En aquel curso conoció a Paola, una española muy carismática, segura de sí misma y de personalidad atractiva. Ella dio el primer paso, se acercó a Catalina y forjaron una muy buena amistad que, con el paso del tiempo, se transformó en amor. En palabras de mi colega, la chica la sedujo; no de mala manera, sino al contrario. Debe haber sido una especie de flechazo que para Paola era evidente, pero que para Catalina era totalmente nuevo e inesperado. Salieron como pareja varios meses, Catalina se dejó encantar por aquellas sensaciones tan nuevas y diferentes: esos besos suaves, las caricias lentas, abrazos largos y una mano amable acomodando sus cabellos. Llegó un momento en el que la tensión sexual fue aún mayor, y dieron el gran paso. Para Catalina era su primera vez con una mujer, con ella se sintió amada, deseada, segura, comprendida… completamente enamorada…

… ¿Enamorada?

Con el paso de los días, Catalina sentía que estaba cada vez más llena de Paola, de su esencia, de lo que ella era. La admiraba, la quería, necesitaba sus besos y caricias, fantaseaba con poder caminar con ella de la mano sin que sus conocidos le preguntaran si era lesbiana, ¿era lesbiana? Y si lo era, ¿qué iba a pensar de ella su familia, su madre, su padre, sus cercanos? Su círculo estaba lleno de personas conservadoras y en Chile, hace unos ocho años, las cosas aún eran muy distintas y la hostilidad contra la homosexualidad era mucho mayor a la que podemos observar hoy…

Una noche, Catalina despertó entre los brazos de Paola, apoyada sobre su pecho. Percibió el aroma de su cuello, recordó sus besos y caricias cuando un par de horas antes habían hecho el amor y comenzó a angustiarse. Un dolor punzante se le clavó en lo más profundo del pecho y el miedo se apoderó de ella. Estaba segura de que no era lesbiana, ¡no!: estaba segura de que “no debía serlo”. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo había llegado hasta ese punto? No podía decepcionar así a su familia, no podría sobrellevar el rechazo una vez que volviera a Chile y la vieran junto a aquella española que solo la había pervertido. Antes de ella nunca había sentido interés por las mujeres… o simplemente no lo sabía. Lloró amargamente, como si una parte de ella estuviera muriendo. ¿Qué estaba haciendo? La amargura le llenó el corazón y la boca. Paola despertó al oírla sollozar y pensó que había tenido una pesadilla: “Tranquila, amor, aquí estoy. Siempre voy a estar contigo…”. Catalina se limitó a abrazarla, cerrar los ojos y llorar en silencio. Se quedó allí acurrucada hasta que se durmió.

Al día siguiente mi colega se levantó sigilosa, besó la frente de Paola y se marchó de su departamento.

Esa misma mañana empacó sus cosas, se fue al aeropuerto y compró un pasaje de regreso a Chile. No contestó las llamadas de Paola, se deshizo de su teléfono móvil en un basurero del aeropuerto y tomó el vuelo que la llevaría de vuelta a sus tierras, junto a los suyos, y olvidaría aquella aventura anómala y desviada en la que se había dejado envolver.

A algunos meses de su regreso, conoció a un buen hombre y, luego de un año de relación, se casó con él.

Ya han pasado ocho años desde entonces, Catalina tiene esposo, familia, un trabajo estable, un hogar bien constituido, la aprobación de sus padres y familiares cercanos y conservadores con quienes se crió. Todo estaba en calma en su vida, ella vivía en paz hasta que un día, por las redes sociales, vio que tenía un mensaje de su antigua amiga (nunca volvió a referirse a ella como novia, nunca más habló de ella, con nadie y no lo pensaba hacer). Se le apretó el estómago, pero a la vez una puntada en el corazón la estremeció por completo. Con algunas dudas en su cabeza, confusa y con sus manos temblorosas, respondió el mensaje y envió una solicitud de amistad. Allí estaba Paola. Al ver sus fotos el mundo tal y como ella lo había construido se desmoronó; allí estaba esa mujer con la que había vivido los meses más felices de su vida. Intercambiaron unos mensajes de saludo y Paola, en lugar de reprocharle o echarle en cara lo sucedido, se limitó a decirle que las fotos con sus hijos eran preciosas y que ella estaba tal como la recordaba: como sacada de un sueño. Catalina rompió en llanto otra vez. ¿Qué había hecho con su vida? ¿Qué era lo que quería realmente? ¿Por qué, después de tantos años, esas sensaciones no desaparecían?

Cuando terminó de contarme su historia, se llevó una mano a la boca y con los ojos llorosos me preguntó si lo que había vivido la convertía en lesbiana, la palabra la decía con horror. Solo pude decirle que el amor, a mi forma de ver, no tiene que estar etiquetado, basta con amar a una persona, su alma, su forma de ser, independiente de su aspecto, de su cuerpo… de su sexo.

Lo más probable es que mi colega decida bloquear a Paola y sacarla de su vida, seguir haciendo como si nada hubiera pasado y complacer a todo el mundo viviendo bajo las normas de lo socialmente correcto: la paz e inercia de una existencia simulada, en lugar de la felicidad y satisfacción de despertar cada día al lado de la persona amada…

Catalina lo sacrificó todo por amor, pero ¿amor por quién?

Por Claudia Cuevas Moya
Editora de La aguja literaria




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