
Entraron al convento convencidas de su vocación religiosa y pasaron por los distintos niveles requeridos: postulantado, noviciado, votos perpetuos y hasta madre superiora. Con seudónimos, algunas ocultan sus nombres, pero no sus sentimientos. Esta es la historia de cinco mujeres que descubrieron que el gran amor de sus vidas no era Dios, sino la monja de al lado.
Desconocer la propia orientación sexual parece ser la regla en estos cinco testimonios. Y es que ninguna lesbiana asumida y en su sano juicio se atrevería a prometer castidad en un lugar lleno de mujeres. Sea producto del ambiente femenino o de un “lesbianismo dormido”, el convento es un lugar propicio para experimentar con los afectos, y así lo confirman las entrevistadas. Varias conservan sus seudónimos.
Según ellas, las autoridades eclesiásticas están al tanto de la situación y se preocupan de impedir, sutilmente, que las relaciones entre mujeres perduren dentro de las congregaciones. Argumentando que las religiosas deben conocer diferentes personalidades en vez de encasillarse sólo en algunas, las superioras aconsejan no mantener contactos cercanos entre sí. Pero las reglas están hechas para romperse.
Ya sean producto de “amistades particulares” o “faltas”, como les llaman a este tipo de relaciones, el lesbianismo está presente en los conventos. Camuflado bajo los hábitos, el amor insiste en hacer de las suyas en un lugar en donde se presenta a sí mismo como un doble pecado: la transgresión del voto de castidad y la manifestación lésbica del afecto.
Desamor carioca
Un ejemplo es María. Poco le importó que le dijeran que era demasiado revoltosa para ser monja. Revoltosa y, además, lesbiana. Porque después de estar cinco años en la congregación de las Hermanas Paulinas, descubrió que las mujeres provocaban en ella lo que los hombres jamás habían podido.
Santacruceña de 37 años, María declara lo que muchas otras: que para ella la palabra “lesbiana” no existía. A los 18 años decidió hacer los votos y durante el proceso de postulantado tuvo su primera experiencia lésbica. Pero no reconocida.
Al poco tiempo viajó a Brasil para comenzar su noviciado. Decidió olvidar los romances furtivos y dedicarse por completo a establecerse en su nuevo país. En eso estaba cuando una de sus compañeras descubrió que su facilidad para socializar con mujeres no se debía sólo a su extroversión.
Durante una reunión con una de las monjas, ella dice: “Lo que pasa es que tú eres lesbiana”.
“Yo me quedé callada y fue la primera vez que me di cuenta de que algo sucedía”, recuerda.
María intentó dejar el tema a un lado, pero fue imposible. Cuando estaba a punto de cumplir un año en Brasil, un nuevo grupo de jóvenes llegó a la casa. “Con una hubo onda al tiro”, declara.
Casualmente, sus piezas estaban unidas a través de un pequeño balcón, en donde se quedaban conversando hasta la madrugada. Una noche, María le preguntó a su compañera si estaba abierta la puerta de su dormitorio. Ella le dijo que sí. Y se fue para allá.
“Fue la primera vez que abracé a una mujer. Fue muy lindo, muy inocente y súper fuerte a la vez”, confiesa.
Durante aproximadamente seis meses mantuvieron una relación secreta. María estaba enamorada, pero su compañera debía partir para comenzar su período de postulantado en otro lugar.
“Ya no sabía si seguir en las monjas o agarrarla y arrancarnos”, cuenta. Tras la partida, la relación se cortó. Para María, los meses posteriores fueron casi una procesión.
“Sufrí harto, porque no sabía cómo enfrentar esto. Me hubiese gustado haberle dado un cierre a esa historia, porque ha sido una de las más importantes de mi vida”, dice con nostalgia.
“Operación Comando”
Galadriel (33) tampoco pudo darle un final feliz a su romance conventual. A los 17 años salió del colegio y decidió ingresar a la congregación de la Inmaculada Concepción. Entonces “no tenía idea de que era lesbiana”. Sólo se cuestionaba por qué siempre había preferido estar con sus amigas que con sus pololos.
Apenas entró al convento se hizo amiga de Sara, una novicia de 23 años. Pero a las postulantes como ella no les estaba permitido tener ese tipo de relaciones, a menos que fuera en “días de recreo”.
“Nos veíamos a escondidas, mirando para todos lados, porque parecía que las monjas te rastrearan con GPS”, comenta risueña.
La forma más fácil de encontrarse era por las noches, a través de lo que Galadriel llama una “Operación Comando”. Así fue que junto a una de sus compañeras emprendió la misión de visitar a su amiga.
“Me puse un polerón negro, buzo negro y salí con las zapatillas en la mano para no meter bulla.” Se demoraron casi una hora en llegar al sector en donde dormían las novicias.
Cuando Galadriel entró a la habitación, Sara la esperaba en la cama.“Juro de todo corazón que yo no iba con la intención de nada más que conversar con ella… Pero no fue así”, confiesa entre risas. Cuando la vio, decidió recostarse a su lado para hablar más de cerca. “¿De verdad tú vienes a conversar conmigo?”, preguntó la novicia. Galadriel respondió que sí, pero Sara no quedó satisfecha con la respuesta. Se acercó y la besó.
“Tuve mi primera experiencia lésbica con ella. Y no sé si me enamoré, pero fue algo muy fuerte”, recuerda. Al otro día, Galadriel cometió el error de comentar con su compañera lo que había pasado.
“Ella lo contó y quisieron hacerme repetir el postulantado. Yo acepté, pero después de un par de meses me di cuenta de que no quería estar ahí”. Galadriel todavía estaba choqueada por lo que había pasado y Sara había dejado de hablarle sin razón aparente.
“Me vino todo un cuento teológico-moral, de no saber por qué estaba sintiendo esas cosas por ella. Me quedó la cagada en la cabeza y decidí retirarme”.
Cuando ya estaba afuera, se enteró de que a Sara la habían sacado del convento. Fue a su casa, pero ella le cerró la puerta en la cara en cuanto la vio.
“Me odiaba con todo su corazón, porque le habían dicho que yo le había contado a la superiora todo lo que habíamos hecho.” Ante su mala disposición, Galadriel se resignó. Lo último que supo de Sara fue que había entrado a una nueva congregación.
“Yo me voy contigo”
Marilén tiene 45 años y es profesora básica de Religión. Motivada por la vocación social de su madre y la figura de una de las monjas de su pueblo, decidió entrar al convento cuando apenas tenía 16 años. Estuvo 10 años dentro de la congregación y lo recuerda como “una experiencia maravillosa”. Sobre todo porque, gracias a las labores que realizó mientras era monja, conoció a su primer amor.
En 1988, un año antes de hacer sus votos finales, Marilén fue transferida a Antofagasta. “Estaba muy agotada. Me había tocado la época del plebiscito y había sido un momento fuerte”, recuerda. Ante esto, su superiora decidió enviarla a Santiago a continuar sus estudios de Teología en la Universidad Católica. En enero de 1989, un grupo de jóvenes vinculados a la congregación partió a regiones para realizar servicios sociales y religiosos. Una de las monjas que los acompañaría se enfermó y Marilén decidió reemplazarla.
Durante el período de misiones le tocó trabajar con dos jóvenes, no mucho menores que ella. “Una de ellas, que iba conmigo, estaba muy marcada por una experiencia de vida triste y su caso me llegó mucho”, cuenta. Cuando volvieron a Santiago, Marilén quedó a cargo del grupo del cual la joven formaba parte.
“Empecé a ver que la chica se apegaba mucho a mí, y ahí comenzaron a cambiar mis sentimientos hacia ella”, confiesa. Bajo la etiqueta de amistad, la relación funcionó bien por un tiempo, pero la joven no aguantó más y decidió confesarle a Marilén sus sentimientos. “Ahí me di cuenta de que yo sentía exactamente lo mismo y quedé paralizada”, declara.
En junio de ese año, Marilén tenía que hacer sus votos perpetuos, pero pidió una prórroga de un año. No se sentía segura de su vocación y la joven seguía rondándola.“Ella comenzó a ir al convento, pero yo me escondía. Hasta que un día me encontró y se puso a llorar como una niña. Me pidió que, por último, le permitiera estar cerca de mí. Ahí yo también me puse a llorar y le confesé lo que me pasaba. Ella estaba feliz y yo con un miedo tremendo”, recuerda.
Marilén sentía que no podía sostener la situación. Decidió pedir un permiso de seis meses y se retiró del convento. Dos semanas antes de eso fue a visitarla a su trabajo, para contarle su decisión: “Yo me voy contigo”, le dijo ella.
Cuando se cumplieron los seis meses, Marilén comenzó a dudar.“A veces le decía que quería volver al convento. Ella sufrió mucho, pero finalmente decidí quedarme afuera” . El sacrificio de ambas dio fruto a una relación de siete años que se mantiene hasta hoy como amistad.
La madre superiora
La norteamericana Patricia Dwyer tiene mucho que decir. Motivada por el sentido de responsabilidad social que invadía su país en 1969, decidió integrarse en la orden religiosa de Saint Joseph of Philadelphia. Tenía 18 años y muy poca experiencia en relaciones afectivas.
Dentro del convento, Patricia comenzó a sentirse fuertemente atraída por algunas de sus compañeras. “Era una atracción sexual y eso me confundió mucho. Me perturbaba el hecho de que pudiera ser lesbiana”, recuerda. Para ella, las relaciones entre monjas tenían una carga emocional muy elevada, pues cada cual trataba de buscar un apoyo en las demás.
Después de 21 años llevando el hábito y de llegar al puesto de lo que, en Chile, llamamos“madre superiora”, Patricia abandonó la congregación. Una vez afuera del convento, entró a Georgetown University, en Washington DC. Estaba dispuesta a explorar su sexualidad y lo hizo saliendo también con hombres. Pero fue al participar en una comunidad de lesbianas de la universidad, cuando se sintió realmente cómoda consigo misma.
Patricia tiene 55 años y está unida por el civil con la fotógrafa Connie Imboden. Es vicepresidenta en una universidad de Boston y planea escribir un libro acerca de su experiencia en el convento.
“Creo que las monjas tienen una imagen muy mala a partir de lo que se ha escrito de ellas, pero la orden a la que yo pertenecí era grandiosa, entonces me gustaría mostrar ese lado también”, señala.
La reincidente
El caso de Pao (40) es distinto a los anteriores, porque en vez de convertirse en religiosa, se enamoró de una de ellas. Su nombre era Leonor y dirigía el movimiento salesiano juvenil del colegio María Auxiliadora de Iquique. Pao era alumna del establecimiento y como la mayoría de las relaciones, la de ellas partió como una amistad. Más tarde, la evidente atracción dio inicio a una serie de apasionados encuentros que terminaron abruptamente cuando Leonor fue enviada a Santiago.
Durante ese período se mantuvieron en contacto a través de cartas. Pero las palabras nunca han sido suficientes cuando se trata del amor, así es que Pao decidió ir a visitarla en Santiago.
“Fue una experiencia horrible. Ella estaba muy distante y me hizo prometer que nunca le contaría a nadie lo que habíamos hecho. Luego me dijo que yo tenía que ir al psicólogo, porque era rara”, recuerda.
Quedó muy herida, no sólo por el distanciamiento, sino por la frialdad con la que Leonor la había tratado luego de sus primeros encuentros amorosos. Durante el mismo período ella conoció a su actual pareja que, casualmente, también fue monja.“Ella era valiente y se permitía vivir sus propios sentimientos” , señala. “Viendo su ejemplo yo pensaba que la Leo era una cobarde y tenía que sufrir, así que comencé a planificar una venganza” .
Concertó una cita con ella dentro del colegio en donde trabajaba y comenzó a extorsionarla.“¡Yo ahora puedo hacerte cagar tu profesión, contándole a todos que abusaste de mí y que eres una irresponsable!”, le dijo, mientras le lanzaba las cartas de amor que alguna vez le escribió. Después de una escena que la misma protagonista describe como dramática, Leonor pidió perdón.
“Yo me desahogué tanto que empecé a sentir alivio y terminamos abrazadas, llorando y eliminando las cartas. De ahí en adelante, nunca más volví a sentir odio. Ella sigue siendo monja y todos los años, para mi cumpleaños, me envía un saludo por correo”, declara.
Este reportaje fue publicado en la revista chilena Rompiendo el silencio
http://www.rompiendoelsilencio.cl
Distancia
Todas estas entrevistadas, con la excepción de Marilén, mantienen relaciones distantes con la Iglesia Católica. Un caso especial es el de Galadriel quien “le hizo la cruz” definitiva luego de ser expulsada por lesbiana de la Universidad Católica. La razón predominante, para el resto, es la posición que esta institución mantiene respecto a las orientaciones sexuales que salen de la norma heterosexual. Y es que, en definitiva, a nadie le gusta que le digan a quién puede amar.
Comentarios de Mirales generados por Disqus
¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.