

—Verónika, ¿a ti cuando eras pequeña tu madre te llamaba Gorka? —le preguntó Rosa a Verónika, una chica transexual de falsa melena negra a la que había conocido dos días antes en un bar gay de la plaza de Chueca.
—Sí, bonita. ¿Por qué?
—Porque yo soy tu mamá.
—¡Chocho! ¡Mi madre biológica!
Se abrazaron largamente. Llevaban 15 años sin verse. La última vez Verónika tenía 6 años y era un niño llamado Jorge. Rosa una mujer divorciada y alcohólica de 35 años que había intentado suicidarse dos veces porque su novia la había abandonado para irse con otra mujer. Parece la historia de una novela, incluso parte del guión de una película de Almodóvar, pero es la historia real de Rosa Arauzo, que comienza en una clínica madrileña de beneficencia, donde su madre, una viuda que trabajaba de asistenta en diversas casas del barrio Salamanca, la da a luz el mismo año que se pone fin a la Segunda Guerra Mundial. Hija de los amoríos de su madre con un hombre casado, nunca llegó a conocer a su padre; ni siquiera llegó a conocer muy de cerca a su madre, puesto que murió tres años después como consecuencia de un aborto hecho en casa.

La tía morena, nombre con el que se conocía a su abuela materna, una mujer guapa, autodidacta e independiente, de personalidad fuerte y controladora, decidió que Rosa debía ser adoptada por una familia, por lo que de vivir en una corrala bulliciosa y alegre, feliz al cuidado de sus tías, pasó a ser la hija única de un matrimonio compuesto por un policía que quería ser escritor y se presentaba cada año al premio Planeta, y una mujer poco demostrativa y reservada. Por el primero llegó a sentir una gran admiración y a compartir una afectuosa complicidad. Por la segunda, a medida que se hacía mayor, comenzó a sentir una profunda solidaridad motivada por ver el sufrimiento que le ocasionaban las infidelidades del marido. Creció con amigos imaginarios, jugando a pelear con espadas y subiéndose a los árboles, bajo la mirada de todas sus delicadas muñecas Mariquita Pérez, que descansaban intocables en una repisa. Le gustaba leer. Su madre, en cambio, que le quitaba los libros bajo la amenaza de que sus sesos se volverían agua con la lectura, la incentivaba a ser modista.
“Cuando yo tenía 12 años se salió con la suya”, recuerda Rosa. “A mi padre le dio una embolia de la que no se pudo recuperar y yo tuve que meterme en un taller de corte y confección para niñas de barrios pobres. Mientras mis compañeras hacían 8 bañadores a la semana, yo hacía uno. El Corte Inglés nos compraba la ropa a través de una fundación. En esa fundación conocí a dos señoras, una mezcla de señoritas Rottenmeier y hadas madrinas a las que encanté como Towanda en la película Tomates Verdes Fritos. Ellas fueron a hablar con mi madre para ofrecerse a pagar mis estudios. Gracias a ellas pude seguir”. Rosa tenía 14 años cuando llegó al taller de corte y confección. Eva era una chica de 20 que había sido expulsada de un convento por enamorarse de una de las monjas de la congregación. Rosa y Eva se hicieron muy amigas, hasta dormían juntas la siesta entre tiernas caricias mutuas. “Yo la veía a ella muy triste. Trataba de darle amor, cobijo, pero no veía en ello algo malo. No traspasábamos la línea sexual. Compartíamos el mismo confesor. Él me decía que no nos hacía bien estar juntas, porque claro, yo era muy libre sexualmente; ya desde los 13 años tenía relaciones sexuales con chicos, pero nadie lo sabía. Gregorio Marañón decía que los hombres muy promiscuos son gays que lo tapan estando con muchas mujeres. Yo creo a mí me pasaba al contrario: estaba con muchos chicos pero nunca sentía nada más allá por ellos. Era sólo una manifestación genital. Y el confesor temía que, siendo tan liberal yo, y conociendo la historia de Eva, todo explotara. Con el tiempo me fui alejando de Eva, pero porque conocía a otras chicas y ella me montaba pollos. Me reprochaba, sólo quería estar todo el día conmigo”.Las mujeres, los hijos y el alcohol

Rosa estudió Trabajo Social y ejerció como profesora. Desarrolló una gran conciencia hacia los problemas de su entorno. Formaba grupos de mujeres y comenzó a incursionar en política. A los 21 años conoció a Sergio. Quedó fascinada con su inteligencia y con su personalidad más femenina. Se casaron y tuvieron una niña (Silvia) y siete niños, dos de los cuales fallecieron siendo muy pequeños. Por el trabajo de Sergio, la familia residió casi un año en Brasil.“Era 1976 y yo no podía trabajar, porque tenía cartera de diplomático. Sergio pensó que me tendría más controlada y se me olvidaría el tema de la política, pero todo lo contrario: comencé a reunirme con gente que huía de las dictaduras en Argentina, Chile y Uruguay. Me involucré mucho y empecé mi carrera a muerte con el alcohol. Quedé muy impresionada. El impacto de esta gente me atravesó el alma. Una cosa es verlo en teoría, otra cosa es vivirlo y es muy fuerte”.
Ese mismo año Rosa le pidió a Sergio la separación. Ninguno de los dos era feliz en el matrimonio. Él no lo aceptó. Ella de todas maneras regresó a vivir a Madrid con los niños. Es aquí cuando conoce a Alicia, la profesora de música tan querida por sus hijos.
“Alicia me aborda y me invita a unos grupos de estudio de la Biblia que se hacían en su casa. Nos metimos mucho en eso, hasta que un fin de semana que nos íbamos con el grupo a Alicante, me puse enferma y ella decidió no ir. Se fue a mi casa a cuidarme y ahí, de la forma más normal y fantástica, nos enrollamos. Yo no me lo podía creer. Era la maravilla que yo había intuido tiempo antes, cuando fuimos con Sergio y un matrimonio amigo a ver la película de Emanuelle. A mí me encantó la película, y cuando comenté que lo que más me había gustado había sido la relación de las dos mujeres, me dijeron que estaba loca. Lo de Alicia fue para mí una revelación. Fue concretar eso que había visto como una cosa maravillosa. Yo decía: Esto es por fin lo que quiero”.Alicia se mudó a vivir con Rosa y a compartir su cama. Los niños no hacían preguntas, estaban encantados de vivir junto a su profesora. Al verano siguiente Sergio, desde Brasil, regresó a España con una nueva mujer. Rosa dejó que los cuatro hijos mayores pasaran las vacaciones con su padre mientras ella, Alicia y los dos pequeños se iban a un encuentro con grupos feministas. “Yo le decía a todo el mundo que era divorciada y que vivía con una mujer. No me escondía de nadie, era muy libre. En el barrio me miraban mal, pero no me importaba”.
A su regreso, Rosa encontró en la puerta de su casa a su hija Silvia, que acostumbraba usar pantalones, con un vestido y una carta de Sergio en la que le informaba de que se quedarían con los niños. Rosa se quedó con Silvia, pero no pudo hacer nada para que los tres hijos mayores regresaran a su lado. Sergio tenía más dinero. Después de dos años de relación, Alicia dejó a Rosa y se fue con otra mujer. “Fue un quiebre emocional enorme. Me quedé bloqueada, porque no pensé que las mujeres eran como los hombres. No pensé que te podían dejar. Intenté suicidarme dos veces con pastillas. Mi progresión con el alcohol era cada vez más fuerte. No podía hacerme cargo de los pequeños. Se los llevé a Sergio y aluciné. Él decía que no eran sus hijos. La Silvia, el pequeño y Jorge, que se notaba que era femenino; una niña en el cuerpo de un niño. Unos amigos me ayudaron a que los recibiera. Yo me quedé con la Silvia”.
Después de varias relaciones y mucha destrucción provocada por el exceso de alcohol, Rosa decide a los 45 años ingresar en un grupo de ayuda para detener la progresión del alcoholismo. Pasaron 15 años antes de que volviera a saber de sus hijos.
Su hija lesbiana y su hijo transexual

Cuando tenía 16, su hija Silvia le contó que ella también era lesbiana. “Me pareció muy bien. Su padre no lo aceptó. Él era más cerrado, por eso me preocupaba la Verónika, o sea Jorge. Otro de mis hijos me llamó un día y me contó que su padre no aceptó lo de la transexualidad de la Verónika y que ella se había escapado de la casa a los 14 años. Se metió en la droga. A los 16 me vino a buscar a Madrid, pero no me encontró. Habíamos dejado la casa en la que vivíamos. Yo la empecé a buscar, ella acababa de cumplir 21 años cuando la encontré. Fue una coincidencia. Estábamos en el mismo bar tomando una copa y yo la escuché decir que su papá era ingeniero. Yo estaba muy nerviosa, porque sabía que era ella. Me acerqué y le pregunté si podía conversar con ella al día siguiente. Ella me dijo que no porque tenía que trabajar. Trabajaba haciendo la calle en el parque del Oeste. Pero quedamos dos días después”.
Lo primero que hicieron Rosa y Verónika al reencontrarse como madre e hija fue hacerse fotos juntas. Silvia se sintió también muy feliz de acercarse a esta nueva hermana; incluso estuvieron viviendo juntas una temporada. Después Verónika se trasladó a Alemania y a Suiza, donde reside actualmente.
Sergio terminó por aceptar a su hija lesbiana y a su hija transexual. Esto porque hace algunos años, cuando residía en Nicaragua y debía viajar a España para hacerse una operación, Verónika fue la única de sus hermanos que costeó el viaje. Y ella y Silvia las que le cuidaron en la convalecencia. “Esto fue maravilloso”, relata Rosa, “porque Sergio estaba alucinado con sus hijas. Ninguno de sus hijos heterosexuales quería saber de él. Y la vida demuestra que las cosas se colocan cuando se tienen que colocar”.
Actualmente Rosa está a punto de cumplir 66, está soltera, vive con una perra y una gata. No bebe ni una gota de alcohol y ha dejado de fumar. Tiene muy buena relación con sus seis hijos, pero muy poca con sus dos nietas de 10 y 14 años. “Los hijos llevan bien que yo sea lesbiana, pero no las nueras. No lo dicen abiertamente, pero no me frecuentan, porque no vaya a ser que la abuela les meta cosas a las niñas en la cabeza. Pero no pasa nada, nos escribimos por email. Yo les mando presentaciones de power point con temas del amor y la belleza. Yo se lo dije a la madre de las niñas: si pude estar 15 años sin ver a mis hijos, puedo estar 15 años sin ver a mis nietas. Cuando ellas ya sean mayores y libres de poder decidir si quieren ver a su abuela, ya vendrán; y yo, que seguramente esté con la garrota, estaré encantada de tenerlas”, concluye Rosa.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.