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por Maria Jesús Méndez

Yo nací lesbiana

Marzo 2011

 

Son varias las iniciativas que adultos gays y lesbianas han llevado a cabo para prevenir los suicidios de los jóvenes por su orientación sexual. La idea es contarles su experiencia para animarles en situaciones tan difíciles como el acoso escolar y la desaprobación de padres y amigos. Es el caso del proyecto “It Gets Better” (Se pone mejor) y el blog “Born gay, born this way” (Nací gay, nací así). En reconocimiento al creativo y exitoso trabajo de Paul V., creador del blog, hemos querido hacer en MíraLES nuestro propio “Nací lesbiana”.

Manola

Esta es una foto tomada por mi padre durante unas vacaciones de verano en Los Andes. Allí nos reuníamos en familia para que todos los niños pudieran jugar, mientras los adultos hacían grandes comidas, bebían y conversaban de sus asuntos. Siempre destaqué entre las niñas de mi familia por mi corte de pelo. Mi padre era el encargado de preservar ese look. Junto a un par de enormes tijeras, con las que también solía cortar la crin de sus caballos de rodeo, se aseguraba de que mi pelo se mantuviese corto y limpio todo el año. Ese corte me costó muchos episodios en los que los adultos no sabían si yo era un niño o una niña. Mi padre veía que aquello sucedía, pero no le daba importancia alguna. No culpo a mi corte de pelo, siempre supe que me gustaban las chicas. Lo irónico es que después de años de ser el preservador de mi etapa más andrógina, mi padre se niega rotundamente a reconocer que tiene una hija lesbiana y no quiere saber nada del tema.

Laura

Si lo que discutimos es si la lesbiana nace o se hace, en mi opinión perdemos el tiempo de una manera ridícula. Yo nací lesbiana y, como le pasó a todo el mundo, mi parte consciente lo supo más tarde. Recuerdo mi infancia y mi primera adolescencia como una lucha baldía por pretender que me gustaran los chicos. No por nada en especial, sino porque me habían dicho que tenían que gustarme. Era todo muy extraño, y deduje que si quería seguir albergando sentimientos romántico-sexuales hacia las chicas, yo debía convertirme en un chico. Así que me pasaba la vida soñando que era un niño. Ahora me río, pero si lo pienso detenidamente, casi estuve a punto de desarrollar una falsa disforia de género. Sólo cuando tuve 16 años, por fin, un día fui con una amiga al cine. En la película dos chicas se enamoraban y se acostaban juntas. Aquello me hizo comprender por fin que no era necesario cambiar de sexo, y a partir de ahí la vida se convirtió en algo sencillo. Así que puedo decir que el descubrimiento de mi lesbianismo fue un gran alivio para mí. Un año más tarde tuve mi primera novia y nunca más quise cambiar de sexo.

Catalina

En esa foto tengo 4 años, y está junto a mi expediente del colegio. En el expediente entregado por la profesora dicen que ellas me preguntan cómo me siento con mis compañeras de colegio y mis profesoras. Yo contesto: “Con las maestras me siento bien porque son choras. He aprendido mucho con ellas, pero a veces se tienen que enojar porque hay niñitas que no se callan. Mis compañeras son entretenidas, me gusta jugar con ellas. No tengo problemas con ninguna. Con Alejandra es con la que más me gusta jugar. Lo que más me gusta hacer con ella es jugar a hacer (o ser) tortas”.

Boti

Cuando me miro en esta foto de un veraneo de mis 11 o 12 años, veo a una niña que siempre se sintió diferente y que tardó muchos años en entender su diferencia. Una niña orgullosa de ser como era, sin saber cómo era ni que estaba orgullosa de serlo. Desde que tengo recuerdos, recuerdo que mis mayores repetían “qué especial es esta niña”, y así crecí, sintiéndome especial y pasó tiempo antes de darme cuenta de que mis mayores tenían razón: era especial porque lo que me pasaba no les pasaba a las niñas de mi clase, porque lo que yo sentía no lo sentían las niñas de mi clase; porque yo no entendía, simplemente, qué les interesaba a las niñas de mi clase. Y así, año tras año, crítica tras crítica, juicio tras juicio, fui aprendiendo cómo era el mundo y cómo era yo, y llegué a pensar que sólo yo era así en el mundo y me monté un mundo a mi manera. Con mucha más edad comprendí que la niña que mira desde esa playa con 11 o 12 años es diferente pero igual, igual pero diferente; y aprendí que para asumir tal paradoja hay que luchar y hay que sufrir y, sobre todo, hay que seguir mirando, con orgullo, de la misma forma.)

Carmen

Tenía 5 años y había un autobús escolar que me llevaba al colegio. En una parada del centro solía subirse una niña que no venía mucho a la escuela (nunca supe el porqué) pero siempre que asistía se sentaba conmigo en el bus e íbamos hablando. Me encantaba esa niña y para mí el día cambiaba de color cuando la veía avanzar por el pasillo hacia mi asiento. Creo que ese es el primer recuerdo que tengo de que me haya gustado/atraído una persona.

Sasha

Desde pequeña me gustaba más ser parte de un equipo de futbol de chicos que jugar con muñecas o cualquier cosa similar, simplemente me aburrían las chicas. Siempre me identificaba más con mis amigos, pensando que tenía que ver con la afición hacia los deportes. Pero resulta que no era el único interés común, y pronto las chicas ya no me aburrían. Aunque sabía que era diferente, durante mi infancia nunca llegué a entender por qué. Me dí cuenta de que era lesbiana con 17 años, cuando me enamoré de mi novia, con la que llevo seis años. Jamás le tuve miedo a “salir del armario”, lo que sentía era verdadero y era para siempre. Por fin me di cuenta de quién era verdaderamente y lo anuncié con orgullo.

Laura

“Grupo de niños: “El conejo de la suerte…” “…tú besarás al chico o a la chica que te guste más…” Niña 1: ¿Por qué siempre besan a las gemelas? ¿Por qué no a ella? (señalando con el dedo a una chica) ¡Es la más guapa, no lo entiendo!
Niña 2: ¿Cómo? ¿Quién?
Niña 1: ¡Los mayores! ¿No los ves? ¡Esos!
Niña 2: ¡Jope, ata la goma ya! ¿Qué más te da? ¡Déjalos!”

Hola, me llamo Laura, soy la niña 1 y sí… ¡soy lesbiana!
¿Desde que nací? Si estáis esperando que muestre una foto en la que mi apariencia infantil sea masculina, habéis fallado… Eso puede que sea pista en algunos casos, en el mío en concreto creo que las pistas eran más profundas.
Las pistas estaban en la admiración que despertaba en mí aquella niña a la que no besaban en aquel juego de patio, estaban en la rabia que más adelante sentía al ver que mi mejor amiga prefería irse con los chicos a pasar una maravillosa tarde de pipas y confesiones conmigo, las dos, como antes.
Tal vez la pista fundamental fue que no encontraba mi sitio dentro de aquel mundo en el que todas las chicas, excepto yo, se divertían haciendo cosas que yo ni me planteaba. Desde temprana edad te meten en la cabeza subliminalmente, en dibujos, películas, que a una niña deben gustarle los niños.
Aburrida de intentar que me gustase algún chico comprendí a los 15 años que la que verdaderamente me gustaba era mi mejor amiga y que eso que no entendía, ese sentimiento que marcaba mi diferencia con los demás y me hacía sentir rara no era más que “el amor”, ese amor de película que no necesita ni besos para llenar un corazón.
El mismo día que comprendí esto me armé de valor, se lo confesé a mi amiga (de la cual hubo un distanciamiento debido a esto), y se lo conté a mis padres.
En resumen, fue un auténtico fracaso mi paso, y me arrepentí durante mucho tiempo de haberlo dado, pero me doy cuenta en la actualidad de que fue lo mejor que pude hacer, que si soy quien soy es porque di ese paso y que, en efecto, jamás hay que avergonzarse de lo que una siente dentro.
Hoy tengo 24 años, han pasado 9 años desde aquello. Mis padres lo entendieron con paciencia y tiempo y, por fin, camino con la cabeza bien alta porque soy quien siento ser, sin tapujos.
Nací y moriré lesbiana.
Porque no es mi elección, es mi derecho a sentir lo que siento.

Bárbara

Siempre sentí que era distinta a las otras niñas, pero tampoco me sentía más cercana a los niños. Los juegos de mujeres como la cuerda o las muñecas me parecían aburridísimos y los de hombres muy bruscos. Lo que más me gustaba era jugar sola, con cosas que podrían ser para uno u otro sexo. Así me sentía segura. Me gustaba armar cosas, dibujar… Jugaba a cosas de niñas o de niños simplemente cuando me parecían interesantes: diseñar ropa, martillar, hacer bases… en realidad nunca me fijé si eran de mujer u hombre. Cuando tenía 4 años le pedí a Papá Noel un transformer que fuese mitad robot, mitad coche… Me imagino que Papá Noel debió de quedarse algo sorprendido, pero me lo trajo igual. Mis papás siempre me dieron libertad para jugar o vestirme como quisiera. Un día, lleve mi transformer a la guardería. Mis compañeros lo encontraron “extraño”; no lo llevé nunca más.

Kika

Por más que busco en el baúl de mi memoria, no consigo recordar cuándo comenzaron a gustarme las mujeres. Nací lesbiana, nací así.
Cuando tenía apenas seis años, me apuntaron a clases de mimo. Recuerdo que había una chica algo mayor que yo por la que suspiraba cada día de clase ante la emoción de verla. No entendía qué era, pero era consciente de que algo raro había en todas aquellas sensaciones que se me agolpaban sin remedio aquí dentro, pues sabía que mejor era no decírselo a nadie. Y así lo hice: lo sufrí en silencio.
A los 11 años me enamoré por primera vez de una mujer. En aquella época se hablaba tan poco del lesbianismo, que creí ser la única integrante del sexo femenino a la que le pasaba aquello (bueno, a mí y a mi chica de entonces). A los 16, volví a enamorarme locamente de una compañera de instituto, con quien viví una relación de cinco años. Ahí descubrí ya por fin el lenguaje del amor entre mujeres, y viví en mi propia piel su verdadero significado. ¿Salir del armario? Ante los míos no. Mi padre me sacó de él mucho antes de que yo pudiera plantearme si contárselo o no. Ante determinados amigos, sí tardé mucho más. Y en cuanto a la familia en sentido más amplio, dejé que fueran mis propios padres los que se lo contaran a sus seres queridos. Recuerdo la primera vez en que mi padre me dijo: “Hoy salí del armario con tu tía”. ¡Casi me da un infarto! No hubiera pasado nada si mi padre hubiese sido gay (¡obviamente!), pero como me había dicho por activa y por pasiva que en la cama tenía los mismos gustos que yo…
He tenido siempre tan clara mi orientación que a los veintitantos viví una intensa relación de dos años con un chico en Italia, y cuando veníamos a España le soltaba la mano si nos encontrábamos con alguien conocido, no fueran a pensar que yo… ¡El mundo al revés, lo sé!
Hoy por hoy, no conozco armario alguno. Tengo mis luchas internas en el trabajo con mis alumnos de secundaria, ya que vivo en un pueblo bastante homófobo. Pero como hace años que voy a cara descubierta, creo que empiezo a ser un referente para las nuevas generaciones de mi alrededor. Y, mientras tanto, reservo mi mejor sonrisa a quienes intentan provocarme adversidades.
Armarios para la ropa: ¡nada más!

Daniela

El primer recuerdo que tengo de algún indicio de homosexualidad en mi vida fue dos años después de esta fotografía, es decir, a los cinco. Nunca me caractericé por explotar algún rasgo de feminidad o seguir el comportamiento de chica de rosado. Por lo mismo, cuando con mis amigas jugábamos y creábamos historias, siempre me tocaba el personaje masculino, porque sentía que me acomodaba más. Así es como se me viene a la mente una tarde en la que me tocó ser el salvavidas y tenía que rescatar a una chica de morir ahogada. Estábamos en el jardín de su casa, en nuestra playa desolada inventada y yo corría hacia ella con el vigor que la situación ameritaba. La abracé por la cintura y luego la tendí sobre el pasto, pues tenía que hacerle respiración artificial (era la gracia del juego). Para hacerlo, no encontré mejor forma que acostarme sobre ella y posar mis labios en los suyos de manera sutil. Fui correspondida (y además alabada por haberle salvado la vida) y, de un momento a otro, le besaba el cuello y me movía sobre ella de una manera particular. Parece relato erótico, pero vamos, léase con la inocencia de una pequeñuela que, después de aquello, no quería jugar a otra cosa.
Pasaron los años, jugaba fútbol, básquetbol y tenis y siempre miraba a las chicas con una intensidad que no comprendía realmente. No me lo cuestionaba, sólo dejaba que sucediera. No volví a tener una experiencia así de cercana con una mujer hasta los dieciocho años, época en la que conocí a mi primera novia con quien tuve tres años de relación. Soy lo que se conoce como una “Golden Star” y estoy feliz que sea así. No tuve mayores problemas para entender y afrontar mi lesbianismo con la naturalidad que se merece, decírselo a mi familia sin temor y eso me ha permitido disfrutar de relaciones maravillosas sin esconderme ni pensar que el mundo se me viene abajo porque amo a una mujer. Hoy comparto mis días con una chica increíble y no dejo de pensar en lo asombroso que es besarla y abrazarla cada día. La imagen de la niña de cinco años la evoco con ternura y comprensión, y, bueno, si se lo preguntan, mi amiga de aquel entonces es una mujer heterosexual que dice no recordar ese juego infantil en particular.

Rebeca

Me dí cuenta de que existía el lesbianismo bastante tarde, cuando me gustó una chica a los 17. Mi infancia fue fenomenal. En mi casa somos todo chicas, así que a mi padre le molaba que le diéramos a la pelota, por quitarse la espina del varón. Por eso nadie me dijo eso de “esto es para niños, y esto es para niñas”. Me dejaron a mi aire, y tan a gustito.
Como soy bastante androginilla, de pequeña me confundían mucho con un chico (alguna vez también de mayor, cuando me corto el pelo) y lo peor era acompañar a mi madre cada sábado al mercado. Me decían: “Toma, chavalote, lleva las bolsas de tu madre”, y claro, mi madre roja y yo morada, y después mi madre me decía: “¿Ves? Esos cortes de pelo que te haces, que te confunden en todas partes”.
Pero daba igual; cuando iba con la falda me pasaba lo mismo, y es que la sociedad nunca ha estado preparada para ver chicas con un físico un tanto extraño. En fin, los pueblos están llenos.

Silvia

Si echo la vista atrás, no tengo conciencia de haber nacido lesbiana, o al menos no me definiría así. Durante mi infancia recuerdo tener el lado “chicazo” bastante desarrollado: siempre me pedía para Reyes juguetes “de niños”, odiaba ponerme vestidos, me encantaba jugar al fútbol en vez de saltar a la comba… Pero esa etapa la superé con la adolescencia; llegó mi cambio y empecé a ser lo que en MíraLES conocemos por una ’marifemme’. De manera que no me sentí lesbiana como tal, con todas las palabras, hasta los 20 años. Debo reconocer que siempre ha latido en mí ese fijarme en las chicas, pero evitaba relacionarlo con lo sexual. En mi mente, hacía conjeturas del tipo “es normal que me atraiga otra mujer, todos somos bisexuales”, “lo que me pasa es que debo de ser un 90% hetero y un 10% lesbiana…”, hasta que los porcentajes cada vez aumentaban más y, finalmente, decidí afrontar la realidad y cambiar la palabra bisexual por lesbiana. Así que podría decir que nací lesbiana, pero estuve muy perdida en mí misma hasta que me di cuenta de lo que realmente me gustaba. Lo tenía tan dentro de mí que tuve que buscar para encontrarme. Me hubiera gustado tenerlo más claro desde el primer momento, pienso que me habría facilitado más las cosas.

Marta

Desde muy pequeña, cansada de las normas y restricciones de vivir en mi ciudad, Manacor, disfrutaba de ir a mi pueblo y poder embarrarme y jugar con los chicos de allí. Mi tía intentaba juntarme con las chicas del pueblo, pero me aburrían. Eso de estar siempre cotilleando, peinándose y maquillándose… ¡No me iba! Era un caso perdido, o eso decían, ya que desde enana revindicaba por qué no podía jugar y hacer lo mismo que los niños. Me encantaban las barbies, a las que a falta de “kens” las casaba con otras mujeres inocentemente, pero disfrutaba de cuando iba a casa de mis primos o amigos, jugar con sus coches y camiones. Cuando llegaban carnavales, sólo ocasionalmente, me disfrazaba de princesas o cosas del estilo. Me disfracé de león, Picasso y de vaquero.
En fin, aunque tardé un par de años en darme cuenta de lo que sentía realmente, si ahora echo la vista atrás me doy cuenta de que desde peque tuve indicios de que me gustaban las chicas.

Constanza

Lo más difícil fue decir “soy lesbiana”. Sin embargo, desde muy pequeña me di cuenta de que me gustaban las niñas. Recuerdo que en kinder me gustaba una compañera y le “escribí” una nota. Para mi mala suerte, en ese tiempo todavía no aprendía a leer; entonces podrás imaginar que lo que escribí no fue precisamente “me gustas”.

Sisi

Mi infancia, adolescencia y juventud (mi vida, en general) fueron muy felices. Yo solo notaba cómo me gustaba jugar, no solamente a juegos de niñas, sino también a los de niños. Practicaba mucho deporte y me enfadaba con las chicas que eran demasiado remilgadas (asumiendo su papel de sexo débil, vamos). Pero creo que eso estaba más marcado por mi precoz feminismo que por mi condición de lesbiana, la cual no descubrí verdaderamente hasta después de los 20 años. Hasta entonces, había tenido solo relaciones con chicos que no me satisfacían sexualmente, pero tampoco me traumatizaron. En eso, he tenido mucha más suerte que otras chicas.
Y aunque toda situación es mejorable, me siento una privilegiada por ser quien soy y vivir mi vida de la manera más cercana a como quiero.

Gena

Compartía gran tiempo con mi prima. Mientras ella corría con sus patines cual hielo encantado, yo padecía detrás, en realidad sin mucho interés en las ansias de princesa. Lo mío era ser espía, recorrer los apartados del mundo y descubrir los secretos ocultos de la historia. Eso que finalmente nunca se decía.
Lo otro, lo raro, lo freak, derivó, claro, en mi actual vocación de teórica y cineasta medio monstruosa. Mi tío, maestro yoda de mis delirios extraños, también, entre los traslados de ciudad y los múltiples cambios de casa, aportó con su filosofía incomprendida. Los miembros de mi hogar rotaban entre tantos cambios inestables. Así en cada asentamiento, una familia nueva; mi abuela y mi madre, juntas y separadas, se convirtieron en las constantes figuras de mi temor, admiración y, por qué no, deseo. En los distintos coles compartía tanto con mis amiguitas, y sus casettes de Vengaboys, A*teens, Backstreetboys y las Spice Girls, como con los chicos: Batman, Pokemon, tazos y el wrestler estilo Dragón Ball. Mi primer novio, en quinto año, fue un chico de ojos bonitos a quien nunca pude besar. No recordaba en ese tiempo que la primera vez que junté mi boca con otra fue en los lavados de un colegio de niñas, entre monjas y pasajes escondidos, con una compañerita ¡a los siete años!, mientras jugábamos a ser Sailor Moon y Tuxedo Mask. Pequeño juego de roles. Por aquella época también saltaba sobre las mesas y rugía a lo bestia de los hombres X. Un mutante.
Cambio de colegio nuevamente. A los trece, con un itinerario familiar fascinante, reencuentro de padres jóvenes equivalente a un matrimonio separado, un hermano, intentos de suicidio y esas cosas variopintas, y los nuevos cambios que me apartaban de la androginia pre-púber. Aparecía ante mí la imagen de dos niñas que cantaban en un idioma ruidoso y chillón. El ruso que salía de sus gargantas, al terminar de emitir sonidos, desaparecía en un astuto beso publicitario. Yo estaba fascinada. También por mi mejor amiga y su novio: ella, pulcra, medio religiosa y alemanota; él, un chico a lo Frodo con quien compartía frikerías. De la misma manera, por la inseparable “compañera de trabajo” de mi madre, quien en todo su ímpetu de chico bonito e interesante nos cautivó en aquella época a todos ?y ese todos ya se reducía a mi madre y hermano?.
Pasaron obsesiones, enamoramientos, rompimientos y varios etcéteras, como los novios odiosos de mi madre que, en su histeria fibromálgica, terminó echando del hogar, no una sino dos veces. Viví sola y muy contenta en la pastelería junto a mis dos bollos hermosas. Pero bueno, el capitalismo y el sistema productivo en conjunto con los estudios me ganaron. Y aquí estoy ahora, acostada a regañadientes en una pequeña habitación del apartamento de mamá, una especie de ático de Harry Potter lleno de libros, pelis y caos cromático (¡super gay!).
Mi gran salvación, por supuesto, fue el camino hacia la sabiduría y la madurez con mis amigos, con quienes compartí (y comparto) profundas reflexiones y blabladulerías, tonteras y chucherías. Así llegue a interesarme por la teoría queer y la postpornografía. Y puedo deducir que descubrí mi sexualidad al revés: antes de involucrarme con un ideal de género y de mi deseo incomprendido, preferí esperar y comenzar a descubrir mi cuerpo por medio de la interacción con otros en un espacio crítico de insolente denuncia. Con el interés que nunca perdí, estableciendo el diálogo y rompiendo de a poco con la “institución de los cuerpos normados”, se abrió en mí una libertad; una libertad con la que se nace y se deshace por medio de la marginación y el establecimiento cerrado de varios tipos del cómo-ser. Por eso no nací gay. No quiero ser gay. Devengo gay, tortillera y trans-mutante, en la medida en que me hago cargo críticamente de mi cuerpo y estar-siendo.

Mari Carmen

Aquí estoy yo con cuatro años, delante de un libro cuando aun no sabia leer, jaja. Estaba feliz, me sentía diferente a las demás niñas porque me gustaban cosas diferentes, nunca he querido ser una princesa sino una niña normal a la que le gustaba jugar a juegos de niños. El resto, la otra diferencia, lo fui descubriendo a lo largo de los años y cuanto más descubría de mi diferencia más feliz me iba sintiendo. Ahora me siento plena como persona y como mujer.

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