
“Yo no tengo por qué definirme”. No era la primera vez que Marian me decía eso. La primera estábamos tirados en los jardines del Museo Arqueológico de Madrid. Por aquel entonces el pelo semi-punk le daba a Marian un aspecto demasiado ambiguo para una chica heterosexual. Mi único ataque al rol masculino era ser gay y pintarme ocasionalmente los ojos de negro, no por mi vena marica, sino para imitar a mi ídolo de The Cure, Robert Smith.
Ahora, varios años después, ella con un look total-femme y yo ya sin raya de los ojos negra, lo volvió a repetir. El motivo, besarse con una chica la noche anterior. Esa noche yo también me había enrollado con una lesbiana y me habían preguntado si era bisexual. Nos reímos: siempre el tema de las identidades y cómo deben condicionar nuestro comportamiento. De identidades, género y deseo ya hablábamos en los tiempos del Arqueológico, cuando Marian me introducía en el feminismo y lo entrelazábamos con el movimiento de liberación sexual.
Empezó por el feminismo más clásico, y la famosa y ya manida frase: “La mujer no nace, se hace” de Simone de Beauvoir. De ahí pasó a aconsejarme a Michel Foucault y su deconstrucción de identidades. Esto de deconstruirme como hombre o como gay nunca lo entendí ni conseguí. Pero me abrió las puertas a feministas lesbianas como Monica Wittig y su “una lesbiana no es mujer”, las identidades fronterizas de la chicana Gloria Anzaldúa, y Judith Butler con su intento de que deconstruyamos nuestro sexo, género y deseo, tarea ya demasiado ingente.
Con el tiempo he conocido a todo tipo de lesbianas, como una joven periodista que hace poco más de un año decidió empezar una revistas para mujeres disidentes a la heterosexualidad obligatoria. También a lesbianas invisibles, aburridas o asimiladas por el sistema, que de todo hay. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en esas lesbianas que transgreden como nadie el orden establecido, el patriarcado y el machismo. Esas lesbianas que nos permiten dar una mirada lésbica al mundo. Esas lesbianas que hacen que Marian y yo queramos besarlas, haciendo que, por un momento, seamos capaces de deconstruirnos.
Imágenes de Getideaka
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.