

Con su testimonio, este amigo de MíraLES nos cuenta cómo la visibilidad puede llegar a todas partes de manera natural y sencilla. Gracias a una compañera de su máster, Imanol descubrió que para “entender”, no hace falta “ser”. Una forma de “apretar los botones” a una sociedad que todavía tiene mucho que avanzar en materia de homosexualidad femenina.
Soy Alfredo, tengo 54 años recién estrenados y si escribo aquí es porque “no soy lesbiana” pero mi sobrina Marta sí que lo es. Por mi edad y formación, pertenezco a la última generación a la que, en su juventud, le tocó lidiar con el toro de la dictadura de Franco. Aquello no sólo implicaba correr delante de la policía, pedir “Libertad y Amnistía” en la Facultad y militar en el PCE.
Sencillamente porque un régimen tan duradero construyó, además de una estructura política (que se demostró fuerte), una ideología que impregnó desde la cultura oficial hasta las “costumbres de alcoba”, desde el NO-DO hasta las relaciones paterno-filiales. Y toda ella basada en el autoritarismo, en la jerarquización, en la supremacía del macho, en la violencia institucional.
Lógicamente, era una sociedad que se sustentaba en el miedo de lo que entonces se denominaba “la mayoría silenciosa” (“A la fuerza ahorcan”, dice el refrán). Y una estructura política basada en el partido único (el Movimiento Nacional), exigía que nadie osase mostrarse diferente. Los “diferentes” en pensamiento político, a la cárcel; los “diferentes” en la acción sindical, a la cárcel; los profesores y alumnos universitarios “diferentes”, al exilio o a la cárcel; los “diferentes” en cuanto a opción sentimental-sexual, al ostracismo o a la cárcel.
Uno de aquellos chistes macabros de la época decía más o menos así: “En España no hay homosexuales, son todos unos mariconazos”. El chiste siempre ha vehiculado la ideología dominante (como cualquier otra producción cultural más o menos elitista, más o menos popular), y la de entonces tenía entre sus características los valores del macho: rudeza, violencia, irracionalidad, etc.
Soy de aquella época. Pero, algunos de los de entonces (no sé cuántos) hemos ayudado a llegar hasta aquí con naturalidad e, incluso, con firmeza ante el pensamiento dominante. Creo que hemos sabido dejarnos cambiar, que hemos sabido colocar la racionalidad, la lógica, la naturalidad por encima de convenciones sociales arcaicas.
Yo no soy sacerdote, ni imán, ni monja, pero trabajo por OTRO MUNDO POSIBLE con curas y monjas católicos, con creyentes musulmanes y, también, con agnósticos y ateos. Del mismo modo, en mi trabajo o en esas luchas sociales, el ánimo de mis compañeras lesbianas o de mis amigos homosexuales me es tan gratificante como el de mis compañeras y amigos heterosexuales. Por contra, a la hora de decidir las personas con las que no me relaciono o que directamente me caen fatal, me importa un bledo si son lesbianas, ateos, negros, altos o con título nobiliario.
Porque lo que me importa es el cariño y la felicidad de mi sobrina Marta, no si decide que sus afectos deben dirigirse hacia personas de uno u otro sexo: esa es una opción que compite únicamente a ella. Me importa el afecto, la amistad y la franqueza de mi primo Gabi y el que sea feliz con su marido Emilio, no el hecho de su homosexualidad.
Si Loly y Marta se separan (definitiva o temporalmente), me duele porque ellas lo pasan mal y porque yo las quiero. Quizá algún preconciliar pensase: “¡mejor, a ver si empieza a salir con chicos y SE CURA!”. Y yo no quiero que se curen de ‘eso’, por que ser lesbiana no es una enfermedad. Yo deseo que sean felices juntas o junto a otras u otros ( o como deseen), que amen y sigan educando a Álex (un ser maravilloso), que vivan alegres y alegren a los de su entorno, que vengan a verme a Linares (Jaén) y nos hagan reír.
A todos ellos les diría lo que Pablo Milanés canta: Te quiero porque te quiero / con esta sentencia / quiero abrirme de corazón.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.