
...pero me siento lesbiana y todas y todos deberíamos definirnos como lesbianas feministas y el mundo cambiaría, ¡seguro! Después de muchas vueltas y mareos al fin tengo claro quién soy (aunque seguiré cambiando, pero yo decido hacia dónde), lo que quiero y sobre todo lo que no quiero. No quiero volver atrás, volver a los sentimientos encontrados que me generó mi mejor amiga cuando me dijo que era lesbiana; a esa lucha interna porque sabía que tenía que aceptarla tal como era pero, ante su malestar por su “terrible” descubrimiento...
¿Por qué responder al enunciado "Yo no soy lesbiana" con la afirmación "Soy psicoanalista"? Ser psicoanalista implica un encuentro con la sexualidad, tanto propia (a través del análisis personal), como de los otros (a través de la clínica), que vacía de significado la sencilla afirmación de ser heterosexual; aunque efectivamente el deseo sexual de una se dirija hacia los hombres o, para más exactitud, hacia determinados hombres.
Soy musulmán de nacimiento y fui educado en una sociedad musulmana, con todo lo que conlleva esta circunstancia. Actualmente me considero absolutamente laico y ateo militante
Cuando era una niña, debía de tener 11 o 12 años, un día de lluvia, jugaba en el recreo junto a otro grupo de niñas a levantar la falda del uniforme a toda la que pasara por delante. Una compañera de clase, víctima de nuestra broma, se me encaró y para insultarme me llamó lesbiana.
Por aquel entonces yo aún jugaba con muñecas, acababa de empezar a ser mujer y aún estaba perpleja ante mis cambios. Todavía no sabía que nunca se deja de estar perplejo, ni que nunca se deja de cambiar, pero ese es otro tema. A lo que iba: me llamó lesbiana como si me llamara gilipollas, en voz bien alta. Todas lo escucharon. Y yo me quedé fatal. Pensé que, a partir de ese momento, las niñas me mirarían mal, que ya nadie querría ser mi amiga, que llegaría a oídos de las monjas y me echarían del colegio, que mis padres acabarían por enterarse y… Pensé de todo menos si era de verdad lesbiana.
“Yo no tengo por qué definirme”. No era la primera vez que Marian me decía eso. La primera estábamos tirados en los jardines del Museo Arqueológico de Madrid. Por aquel entonces el pelo semi-punk le daba a Marian un aspecto demasiado ambiguo para una chica heterosexual. Mi único ataque al rol masculino era ser gay y pintarme ocasionalmente los ojos de negro, no por mi vena marica, sino para imitar a mi ídolo de The Cure, Robert Smith.
Esta noche volvía a casa pensando entre rostros desconocidos.
Esta noche volvía a casa paseando por calles bien conocidas.
Esta noche buscaba una respuesta entre rostros desconocidos por calles bien conocidas.
Esta noche la pregunta estaba a punto de encontrar su respuesta cuando he oído:
¡¡¡¡¡¡Yo no soy lesbiana!!!!!!
No fue un simple grito. Fue un relámpago vocal que rasgó el tapiz de la noche y me sacó de mi ensimismamiento natural. Fue como el alarido de Lulú en la ópera de Alban Berg.
Bueno, o eso creía antes. Ahora ya no sé qué creo. Ahora ya no tengo ni puñetera idea de “qué soy”. Pero la verdad es que no me importa. Lo que me importa, lo que estoy disfrutando muchísimo en este momento de mi vida, es darme cuenta de que ya no vivo más con los patrones de otros. Que desde que nacemos nos imponen un modelo de vida, un “rumbo”, un “qué es lo correcto”, y lo seguimos, sin siquiera cuestionárnoslo. Entonces, de repente, un día, uno de esos días que sientes que no eres feliz pero no sabes muy bien qué es lo que falla, te empiezas a dar cuenta. A dar cuenta de que tú no has llevado las riendas. Has hecho lo que tu padre, tu madre, tus profesores, tu novio, tu jefe, todos ellos querían. Y, seguramente, todos ellos están orgullosos de ti. Qué bien. Sí, fantástico. Pero, ¿y tú? ¿Te has preguntado qué demonios querías tú?
Hola. Me llamo Diego y tengo 11 años. Cuando grande quiero ser periodista y quiero ser escritor de libros de aventuras. Esta es la primera vez que escribo en una revista porque mi hermana Andrea me lo ha preguntado y le he dicho que sí. Mi hermana Andrea es lesbiana. Ser lesbiana significa que si eres una chica te gustan las chicas; cuando eres un chico y te gustan las chicas se llama ser heterosexual, pero si eres chico y te gustan los chicos es ser gay. Aprenderse todos los nombres es un rollo. Hay gente a la que no le gustan las lesbianas y eso no lo entiendo. A mí no me gustan los garbanzos y no me gustan las películas mudas, y a mi amigo Isaac no le gustan las verduras y nunca come ensaladas. Y mi mamá siempre dice que para gustos los colores. Pero no entiendo a la gente que no le gustan las lesbianas, porque ¿cómo pueden decir eso si no conocen a mi hermana Andrea y a Eli su novia?
Con su testimonio, este amigo de MíraLES nos cuenta cómo la visibilidad puede llegar a todas partes de manera natural y sencilla. Gracias a una compañera de su máster, Imanol descubrió que para “entender”, no hace falta “ser”. Una forma de “apretar los botones” a una sociedad que todavía tiene mucho que avanzar en materia de homosexualidad femenina.
Soy Alfredo, tengo 54 años recién estrenados y si escribo aquí es porque “no soy lesbiana” pero mi sobrina Marta sí que lo es. Por mi edad y formación, pertenezco a la última generación a la que, en su juventud, le tocó lidiar con el toro de la dictadura de Franco. Aquello no sólo implicaba correr delante de la policía, pedir “Libertad y Amnistía” en la Facultad y militar en el PCE.
El planteamiento de este artículo es hablar del “mundo homosexual” desde el punto de vista de una “heterosexual” pero mis principios me impiden hacer distinciones de ningún tipo a este respecto. Para mí todos somos iguales y si hubiera alguna diferencia, quedaría en la intimidad de cada uno, por lo que sobran las opiniones.
Yo no soy lesbiana. ¿Yo no soy lesbiana? Antes de una afirmación tan tajante necesito situar de qué estamos hablando, incluso en una revista como ésta. Me llamo Goretti y escribo desde una casilla. La de chica-heterosexual-amiga-de-chica-lesbiana, con 35 años y que vive en el Madrid de comienzos de siglo.
No soy lesbiana. Me llamo Héctor Méndez y quiero compartir mi experiencia como padre de una hija lesbiana. Es el día de mi matrimonio civil con mi segunda esposa, en una zona rural de mi país, Chile, un lugar encantador, asisten familiares y amigos cercanos, entre ellos mi hija adorada. Todo transcurre en el marco de una clásica celebración, los novios firmando el acta que nos consagraba como esposos, los abrazos y copas al cielo deseando los mejores parabienes, la comida, la música presentes.
Yo no soy lesbiana, me llamo Jorge y tengo 16 años. Vivo en un pueblo de Venezuela que prefiero no decir cual es. Descubrí esta revista y me gustó mucho leerla porque no conozco mucho a las lesbianas y esto ha sido una aproximación interesante. En el pueblo donde vivo hay una chica que es lesbiana, o al menos eso dice la gente. Tiene el pelo cortísimo y se viste con camisas grandes de hombre, como las que usa mi padre y lleva pantalones y zapatillas de hombres. Arregla carros, trabaja en un taller.
Yo no soy lesbiana. Me llamo Elisa y tengo 76 años. Soy viuda, madre de tres hijos y dos hijas. Abuela de doce nietos. Mi nieta mayor, Isabel, es lesbiana. Yo lo supe antes que sus amigas porque Isabel y yo somos compañeras de piso y me fijé que miraba a una de sus amigas de la misma forma en que hace más de 50 años mi mejor amiga del instituto, Raquel, miraba a las chicas que le gustaban.
Hace medio siglo mi amiga me confesó llorando que le iban las chicas. Cincuenta años después mi nieta lloró cuando se lo pregunté porque no se atrevía a confesar su lesbianismo a nadie. Y a mi me da rabia, porque los llantos no deberían vincularse con algo tan bonito, tan puro y encantador como el amor de una mujer por otra mujer. Le dije a mi nieta que eso había que decirlo sonriendo, nunca llorando.
Usted, mujer lesbiana, no se engañe. Usted no existe. Ya sé que pareciera que si, pues así, a simple vista, viajando en el metro o paseando en la calle, parece usted una mujer común y corriente, una mujer real.
Pero no lo es.