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por Leonor Sánchez

Yo no soy lesbiana

Marzo 2011

 

Cuando era una niña, debía de tener 11 o 12 años, un día de lluvia, jugaba en el recreo junto a otro grupo de niñas a levantar la falda del uniforme a toda la que pasara por delante. Una compañera de clase, víctima de nuestra broma, se me encaró y para insultarme me llamó lesbiana.

Por aquel entonces yo aún jugaba con muñecas, acababa de empezar a ser mujer y aún estaba perpleja ante mis cambios. Todavía no sabía que nunca se deja de estar perplejo, ni que nunca se deja de cambiar, pero ese es otro tema. A lo que iba: me llamó lesbiana como si me llamara gilipollas, en voz bien alta. Todas lo escucharon. Y yo me quedé fatal. Pensé que, a partir de ese momento, las niñas me mirarían mal, que ya nadie querría ser mi amiga, que llegaría a oídos de las monjas y me echarían del colegio, que mis padres acabarían por enterarse y… Pensé de todo menos si era de verdad lesbiana.

Porque, ¿qué sabía yo entonces lo que significaba ser lesbiana? Yo sólo sabía que me quería casar con Michael J. Fox, aunque tampoco tenía ni idea de lo que implicaba eso. Casarse era vestirse de princesa un día, tener cinco hijos y ser muy feliz. No pensaba en que tendría que cumplir con él, ni en la vida doméstica, ni en que los hijos hay que parirlos y sujetarles la frente cuando vomitan.

Me disgusté mucho, de veras. Yo no era ninguna lesbiana. Fuese lo que fuese eso.

Años después, cuando una de mis mejores amigas me confesó que la misteriosa persona con la que había empezado a salir era una mujer, tuve que pararme a pensar algo más. Qué miedo da cuando uno piensa, ¿verdad? Cuando uno se para de verdad frente a sí mismo y trata de adivinar quién es, qué hay detrás de esa fachada de convenciones, qué quiere uno de verdad para sí mismo y, de eso que quiere, qué puede aspirar a conseguir; quiénes somos, de dónde venimos… bla, bla, bla.

¿Y qué habría pasado si yo resultara ser lesbiana? ¿Soportaría no poder coger de la mano a la persona que quiero, no poder besarla en público? Mi amiga me contaba que la gente, fuera de Chueca, las insultaba si las veía pasear abrazadas. Hace ya bastantes años de esto. Que su madre quería llevarla al médico para curarla. Y yo ¿llevaría en secreto mi relación? ¿Me resignaría a no poder presentarle mi pareja a mi madre, del antiguo régimen? ¿A mis hermanos, a mis amigos más intransigentes? ¿O tendría la valentía de enfrentarme, de defender mis sentimientos, de no esconderme? Pero he corrido mucho, creo. La primera pregunta quizá sería ésta: ¿podría aceptarme a mí misma, o construiría mi vida en torno a una farsa de normalidad? ¿Superaría el miedo que me habían enseñado?

¿Y si aquella idiota tenía razón y yo era lesbiana? ¿Qué haría entonces? Si ni siquiera era capaz de fumar delante de mi familia…

¿Encontraría un armario lo suficientemente grande para que cupiera la familia que mis padres querían que tuviera, que todo el mundo esperaba que tuviera, mis sueños de rebaño, el rebaño entero? ¿Encontraría un armario lo suficientemente robusto para soportar la presión del entorno, el peso de la culpa? La culpa por decepcionar expectativas, la culpa por no ser como todos, la culpa por hacer sufrir a mis padres.

Me harían falta unos años para comprender que no hace falta ser lesbiana para sentirse culpable, ni para decepcionar las expectativas creadas sobre nosotros, o las que nosotros mismos teníamos sobre nuestra vida. Ni siquiera para hacer sufrir a las personas que nos quieren. Que, en realidad, lo que menos importa es que te gusten hombres o mujeres, por mucho que se empeñen quienes necesitan creerse en poder de la verdad en que eso supone alguna diferencia. Que hay otros valores que definen con mucha mayor exactitud la calidad, la moralidad de un ser humano.

Ahora conozco y trato a bastantes lesbianas que me han hecho atenuar el miedo. Admiro su determinación por vivir sus vidas sin hacer de su condición sexual un motivo de separación del resto, ni el centro de nada. Admiro su capacidad para hacerse visibles de un modo sutil, sin imponerse, sin violencia, como hemos tenido que hacer las mujeres a lo largo de los siglos, en muchos otros ámbitos, en casi todos los ámbitos.

No he vuelto a saber nada de esa compañera de colegio. Espero que haya mejorado su repertorio de insultos. O, sencillamente, que haya dejado de tener miedo, que haya desaprendido esa triste manera de observar el mundo. Resulté no ser lesbiana, pero creo que, si lo hubiera sido, le habría levantado la falda igual. Ahora que escribo esto se me ocurre que sería fantástico encontrarla por la calle abrazada a una mujer. ¿Por qué no? En la vida nada tiene que ser verosímil: solo necesita suceder. Y, al final, siempre se las arregla para reírse un poco de nosotros. La vida, digo.

 

Imágenes de Getideaka

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