por Esperanza Molleda

...soy psicoanalista

 

 

¿Por qué responder al enunciado "Yo no soy lesbiana" con la afirmación "Soy psicoanalista"? Ser psicoanalista implica un encuentro con la sexualidad, tanto propia (a través del análisis personal), como de los otros (a través de la clínica), que vacía de significado la sencilla afirmación de ser heterosexual; aunque efectivamente el deseo sexual de una se dirija hacia los hombres o, para más exactitud, hacia determinados hombres.

 

La teoría psicoanalítica está en permanente construcción a partir de lo que ocurre en el encuentro entre un sujeto que sufre y un psicoanalista al que se le dirige la pregunta sobre la causa de su sufrimiento y el modo de poder dejar de padecerlo. En este encuentro, sólo se le pide a la persona una cosa: que hable de todo lo que se le venga a la cabeza, que procure reducir al mínimo la censura de su propio discurso, que limite las exigencias que se impone motivadas por los ideales, las obligaciones autoimpuestas, el miedo a contravenir la "normalidad", el temor a parecer loco, etc. Es lo que llamamos en psicoanálisis la regla fundamental de la asociación libre. En contrapartida, el psicoanalista no le dice al paciente lo que debe hacer, lo que está bien o lo que está mal, lo que le hará más o menos feliz, por la simple razón de que no lo sabe y sabe que no lo sabe. Lo que sí sabe un psicoanalista, en cambio, es ayudar al sujeto a elaborar un saber acerca de su malestar, un saber que lleva a la persona a entender y a hacer las cosas de otra manera.

 

Cuando se deja al sujeto hablar libremente, por alguna razón que no deja de ser enigmática, dedica gran parte de su tiempo a tratar de sus dificultades alrededor de la sexualidad y el amor, alrededor de la diferencia sexual (ser hombre o ser mujer) y alrededor de sus vínculos fundamentales (a menudo, la familia). Por ello, el psicoanálisis ha ocupado gran parte de sus esfuerzos en intentar entender estos aspectos sin dejarse llevar por las ideologías o los deseos bienintencionados de cómo deberían ser las cosas.

 

En relación a la orientación sexual, el psicoanálisis ha encontrado que en la primera infancia (hasta los 3-4 años) se parte de una disposición bisexual que Freud caracterizó de "perverso polimorfa" en tanto que el infante goza sexualmente a través de distintas partes de su cuerpo (no sólo a través de sus órganos sexuales) con cualquier tipo de objeto y sin preferir un sexo a otro. A partir de ahí, por los avatares particulares de la vida de cada sujeto, se privilegian unos modos de gozar frente a otros y se elige el sexo del objeto de deseo. Si bien en los inicios del psicoanálisis algunos psicoanalistas (no todos), dejándose llevar por la moralidad de su tiempo, pensaron que había un modelo ideal de evolución de la sexualidad cuyo fin era la genitalidad y la heterosexualidad, esto ha resultado insostenible con el paso del tiempo. No existe una sexualidad genital ideal. Los modos de gozar sexualmente y la elección de objeto del mismo o de distinto sexo son determinaciones del sujeto igualmente válidas y que no se pueden modificar por la mera voluntad de querer hacerlo.

 

Si bien, desde este punto de vista, el psicoanálisis defiende la igualdad de derechos de cualquier opción sexual, sin embargo, el psicoanálisis también sabe que el éxito en la lucha política por la visibilidad y por la extensión del reconocimiento social de la diversidad sexual no es suficiente para que el sujeto deje de padecer a causa de la sexualidad y del amor. Hay una tesis radical en el psicoanálisis: el ser humano, por el hecho de ser hablante, de estar atravesado por el lenguaje, no tiene una relación "natural" con la vida, con su cuerpo, con la sexualidad, con los otros… y está siempre sometido al malentendido, a no saber exactamente cómo hacer con la vida, con el cuerpo, con la sexualidad, con los otros. Y esta es la causa última de sus padecimientos. Es precisamente esta grieta entre lenguaje y realidad la que hace existir el inconsciente y la que hace que el sujeto desconozca siempre una parte de sí mismo y de sus razones. Sólo a través del trabajo de un análisis se puede llegar a cierto esclarecimiento del inconsciente y a saber qué hacer con aquella cuota de desconocimiento que siempre existirá para el ser humano.

 

Existe, pues, una polaridad para el ser humano. Por un lado está lo que puede ser asimilado por el lenguaje y la cultura, lo que puede ser dicho, lo que puede ser entendido, lo visible, lo que se tiene. Por otro lado está lo inasible, lo que se escapa a la lógica del lenguaje y de la cultura, lo que se malentiende, lo que no se ve, lo que falta. Esta polaridad se superpone imaginariamente con la diferencia anatómica entre los sexos y se produce un equívoco tremendamente pregnante para el ser humano: el pene (aunque también el pecho de la madre o el clítoris) representa el primer polo que denominamos fálico y que tiene un valor masculino, y, en el polo opuesto, el sexo de la mujer representa la falta, la castración y tiene un valor femenino. A partir de esta superposición la diferencia sexual adquiere la importancia que se constata en la clínica. Por la importancia de la diferencia sexual y por la falta de equivalencia entre el polo masculino-fálico y el polo femenino no podemos establecer una equivalencia entre ser hombre y ser mujer ni entre las lógicas inconscientes de la heterosexualidad, del lesbianismo, de la homosexualidad masculina o de la bisexualidad.

 

Sabiendo que la elección sexual es la respuesta singular de cada sujeto ante la diferencia sexual y ante el encuentro siempre traumático con lo que Lacan llamó la inexistencia de una escritura de la relación entre los sexos, el lesbianismo plantea al psicoanálisis muchas preguntas de interés:

 

- Más allá del sexo biológico, ¿de qué lado se sitúa una mujer lesbiana: del lado masculino o del lado femenino? ¿Qué diferencia hay entre una mujer que desea a otra mujer desde una posición femenina y la que lo hace desde una identificación masculina?

 

- ¿A la mujer elegida como objeto de deseo se la desea en su valor fálico como objeto precioso, que se desea poseer, o en su calidad femenina, en tanto que no tiene, que está en falta, a la que se desea completar?

 

- ¿Es la otra mujer ciertamente un objeto de deseo sexual o un objeto narcisista en el que se busca un modelo, un ideal, el reconocimiento?

 

- ¿Cómo fueron las relaciones con los objetos primordiales de afecto de uno y otro sexo (padre, madre, hermanos, otras personas significativas) y cómo marcaron la elección sexual?

 

- ¿Qué tipo de goce está en juego en las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres? ¿Es distinto que el que hay en las relaciones heterosexuales o en las relaciones homosexuales entre hombres?

 

- ¿Qué lugar tiene el hombre en el inconsciente de una mujer lesbiana?

 

- ¿Qué peculiaridades presenta la relación con el falo y las dificultades intrí nsecas con la feminidad para el lesbianismo? ¿Cómo se traducen en el deseo sexual y en el amor?

 

 

Las respuestas a estas preguntas que se van elaborando desde el psicoanálisis a partir de mujeres lesbianas en análisis se complementan con aquéllas que nos hacemos sobre la heterosexualidad, sobre la homosexualidad masculina o sobre la bisexualidad y permiten llegar a saber más acerca del enigma del funcionamiento de la psique humana en relación con el amor y con el sexo.

 

Ilustraciones por Esperanza Molleda

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