Apasionada de la equitación

Cristina de Suecia, la reina lesbiana

Si alguna vez la Historia ha laudado la vida de una mujer y ha dado la información suficiente para no sólo saber, sino admirar dicha vida, esa ha sido la de Cristina de Suecia (1626-1689). Su biografía está repleta de hechos reseñables que los libros de historia recogen con ahínco y su historia es la historia de una mujer de gran intelecto que cautivó, para bien y para mal, a quienes tuvieron la ocasión de tratarla.

mirales.esHija de María de Leonor de Branderburgo y de Gustavo II Adolfo, reyes de Suecia, la suya es la historia extraordinaria de una mujer extraordinaria que abdicó y rechazó su derecho al trono en pos de su libertad. Extravagante, inteligente e independiente, Cristina despertaba la curiosidad de propios y extraños. Fue aclamada en las cortes de toda Europa por su gran ingenio y capacidad, siendo reina, pero también tras su abdicación. Protegida del papa de Roma, actuó mucho tiempo bajo el amparo de Felipe IV de España y la absoluta devoción del rey Luis XIV de Francia. Gozó de la simpatía de grandes personalidades de su tiempo y vivió siempre rodeada de los favores de la realeza, del poder y de los grandes hombres de letras.

Rechazada por su madre, que incluso enfermó de decepción, pero adorada por su padre, el rey de Suecia, Cristina fue la única superviviente entre todas las descendientes que tuvieron los reyes, que deseaban un varón que nunca llegó. Fue el sucesor que el trono de Suecia demandaba para continuar con la dinastía y, en efecto, lejos de ser refutada por su condición de mujer, fue admirada por sus habilidades y prodigios ya desde niña, y recibió la formación y educación que en aquel entonces se le proporcionaba a un hombre. La profunda simpatía que le profesaba su padre hizo posible, y dado que las leyes suecas permitían a una mujer reinar, que Gustavo II Adolfo confirmara a Cristina como heredera del trono. Cuando aquel murió en la Guerra de los Treinta Años, en el instante en el que Cristina gozaba tan sólo de cinco años de edad, esta se convirtió en heredera del trono de Suecia, cargo que asumiría por completo al alcanzar los 18 años y cumplir su mayoría de edad.

La nueva reina fue una niña especial que ya desde niña comenzó a manifestar tendencias alternativas para una mujer y, también, para una reina. Gozó de una educación exquisita que le hizo estar siempre muy interesada en las artes y las ciencias. Durante su vida no sólo fue una estudiante con permanente sed de conocimientos, sino que fue una gran impulsora de la erudición y el arte. Tenía una gran facilidad para los idiomas y hablaba, además de sueco y alemán, latín, francés, italiano, español, holandés y algo de hebreo. Mantuvo relación con muchos de los intelectuales y de las personalidades ilustres de la época, creó su propio teatro y sirvió de inspiración para muchos hombres de letras, como Calderón de la Barca, que escribió su auto sacramental La protestación de la fe basándose en la vida de la reina Cristina. Conocida es su amistad con el filósofo francés Descartes, con quien mantendría una estrecha relación por correspondencia, y son así también destacables sus amistades con el pintor Bourdon o el religioso Antonio Macedo, entre otros muchos. Gracias al impulso que otorgó al arte y la ciencia, en algún momento Suecia fue el centro del humanismo en Europa y Cristina recibió el nombre de Minerva del Norte.

mirales.esApasionada de la equitación, la caza y la esgrima, las tareas típicamente femeninas no eran precisamente un terreno en el que estuviera interesada. Al nacer, llegó con el cuerpo cubierto de bello y marcada por una significativa ambigüedad física. Incluso las comadronas la confundieron con un niño. Subrayan las fuentes que tenía una voz fuerte y ronca. Escupía, silbaba y tenía una resistencia física reseñable. Le gustaba vestir ropajes de hombre y su peculiar carácter y sus ambiguos modales han dejado entrever (pues la historia siempre deja entrever y sólo entrever en estos casos) una sexualidad imprecisa, que se vería reforzada por la relación íntima que mantuvo con su prima Ebba. De ahí, y de varias notas que se han encontrado en los márgenes de los libros que leía, se ha deducido que era lesbiana, aunque no existen datos concluyentes de que lo hubiera sido. Siempre prefirió la compañía de hombres y se le conocen también otras pasiones heterosexuales, sin embargo, fuentes apuntan que Ebba fue presentada por Cristina al embajador inglés Whitelocke como su “compañera de cama”, a la que la reina seguiría escribiendo una vez abandonó Suecia de forma apasionada, diciendo que “siempre la amaría”.

En 1647, cuando contaba con veintiún años de edad, la soberana fue inquirida oficialmente por el Consejo del Reino sobre un futuro matrimonio que asegurara la continuidad de la dinastía. En la Corte reinaba la preocupación por la estabilidad de la estirpe y las Cortes Generales insistieron repetidamente en su interés por encontrarle marido. Pero Cristina era una soltera empedernida y ella, a tal petición, respondió que no contraería matrimonio alguno, excusándose de dar motivos. Como resultado, tuvo que abdicar del trono sin mayor explicación que la de “que con el tiempo se entenderían sus motivos”, pero parece ser que las obligaciones de la Corona eran una presión desmesurada. Muchos pretendientes la agasajaron y la tentaron con la idea del matrimonio, pero ella siempre dijo “no”.

De carácter librepensador, una vez refutado su derecho al trono, Cristina dedicaría su vida a viajar por Europa hasta instalarse en Roma. Se convirtió al catolicismo y gozó de años de prestigio en los que la vida romana se convirtió en una sucesión de fiestas y actos sociales de los que ella era siempre la protagonista. La simpatía de la Iglesia Católica hizo posible que Cristina se convirtiese en una de las mujeres más aclamadas y poderosas de la época y su residencia habitual en Roma se convirtió de esta forma en uno de los escenarios más importantes de la capital italiana y centro de la vida cultural, lugar de culto para hombres ilustres de letras e Iglesia.

Sin embargo, Cristina, presa de los problemas económicos, cada vez más abundantes debido a los excesos de la vida romana, fue mostrándose cada vez más extravagante y ello muy pronto provocó tensiones en el Vaticano. Su comportamiento independiente y excéntrico resultaba inadmisible al papa. Tuvo que abandonar Roma para volver años después, pero ya no gozaría de los privilegios de los que se alimentó en sus primeros años y su fe en la religión católica menguaba. Felipe IV le retiró su protección y el estado español le dio la espalda. Sus problemas económicos iban a más y su salud se resentía. Ni la muerte súbita de su primo Carlos X Gustavo en Gotemburgo ni la abdicación de Juan II Casimiro de Polonia, un miembro de la rama polaca de la dinastía Vasa (y surgieron voces que la propusieron como aspirante al trono de Polonia-Lituania), le despertaron el interés por regresar a la corte.

La última década de su vida estuvo marcada por las dificultades económicas. Sus ingresos se vieron mermados por el estado de guerra en Suecia. Las dificultades económicas y el hecho de haber perdido el favor del Vaticano, así como la pérdida del alto prestigio del que gozó años atrás, resintieron su salud. Cristina de Suecia moriría el 6 de Junio de 1689, siendo enterrada en el monumento funerario que se puede observar hoy día en la Basílica de San Pedro.



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