Djuna Barnes: la desconocida más famosa del mundo

Si consigues preservar adecuadamente el mito de tu persona, no hay mucho más en la vida que importe. Lo significativo no es lo que les ocurre a las personas, sino lo que creen que les ocurre”.

 Anthony Powell.

Djuna Barnes, escritora y poeta estadounidense, volvió a vestirse de luces y a pasear por las calles y los hogares del siglo XXI hace apenas dos años, cuando la Editorial Egales reedita su singular libro El almanaque de las mujeres. Djuna escribió, e ilustró con un estilo atrevido e irónico, esta obra en 1928. Se trata de una parodia al círculo lésbico del salón de Natalie Barney, quien se esconde tras la protagonista bajo el nombre de Dame Musset.

 Cuenta Janet Flanner en su libro París era ayer (1925-1939) que cuando Djuna entregó la obra a T.S. Eliot para que le diera su opinión, éste le contestó que contenía “el lenguaje arcaico más espléndido que había tenido el placer de leer, pero que, francamente, no le veía ni pies ni cabeza”. Janet Flanner nos cuenta también que se la dio a leer a ella y que, con la misma franqueza, le contestó “que poseía el vocabulario más sonoro que había leído nunca, pero que no entendía ni jota de lo que estaba diciendo”. A lo que Djuna, herida en su ego, le espetó: “No me esperaba que fueras tan estúpida como Tom Eliot”.

El almanaque de las mujeres, como bien especifica Isabel Franc en el prólogo firmado por ella en esta nueva edición de 2008, se trata de una obra escrita en clave: para conseguir descifrarla en su totalidad, es necesario conocer los códigos de complicidad que manejaban este círculo de mujeres. No obstante, es sin duda un documento que nos reproduce las pautas de conducta y el ambiente que reinaban en torno al mítico salón de Natalie Barney.

El carácter cerrado y difícil de Djuna Barnes tiene sus raíces en una infancia triste y dolorosa. Creció en una granja de Long Island (Nueva York), en la que vivió con su madre, una mujer sumisa; con las amantes ocasionales de su padre, que iban y venían al antojo de éste; y con su padre, quien abusaba sexualmente de Djuna. Durante una época, también convivió en la casa su abuela paterna, de quien se dice, por una serie de cartas que escribiría posteriormente a su nieta, que también abusó sexualmente de ella. En su novela Ryder, considerada autobiográfica y en la que Djuna se retrata como niña y mujer a la vez, reproduce esta tormentosa estructura familiar y el drama que le tocó vivir. Las tragedias marcan, de esto no hay duda; así que no nos costará entender que  Djuna tuviera siempre una actitud de recelo hacia su vida privada. Ella misma llegó a definirse como la desconocida más famosa del mundo.

Nuestra polifacética D. Barnes comienza su carrera profesional explorando los mundos del periodismo. Su estilo (no podía ser otro tratándose de ella) era sensacionalista, irónico, morboso y provocador. Al igual que Irene Polo, Barnes sentía esa necesidad imperiosa de experimentar todo aquello sobre lo que escribía; aunque en Djuna, a diferencia de Irene, esta necesidad era producto de su carácter egocéntrico. Entre sus “reportajes sensacionales”, como ella misma los llamaba, podríamos destacar el de “La chica y el gorila”, una entrevista irónica con Dina, un gorila africano enjaulado en el zoo de Bronx. Esta forma de ser suya tan peculiar la condujo a situaciones realmente inverosímiles, como, por ejemplo, a someterse a una alimentación forzada para su reportaje sobre las sufragistas que murieron en las cárceles británicas debido a este método.

Su carrera periodística tuvo una continuidad en el tiempo. Empezó en el Brooklyn Daily Eagle y, más tarde, colaboró en el Press de Nueva York, en el Morning Telegraph… Durante los años 20 y 30, Djuna vivió en el París de las expatriadas. Desde allí colaboró con revistas como Vanity Fair y New Yorker, al tiempo que entró en contacto con revistas como MacCall’s y The Little Review, fundada por Margaret Anderson. En ésta última vio publicados sus primeros poemas. Entre ellos destacamos “La soñadora”, que reproduzco aquí:

La soñadora

Cae la noche, en oscurecidas formas que parecen-

 tantear, con misteriosos dedos hacia la ventana -luego-

 descansan en el dormir, envolviéndome, como en un sueño

Fe mía -¡que yo pueda despertar!

Y gotea la lluvia con el mismo triste, insistente ritmo.

Temblando a través del vidrio, inclinándose lacrimosa,

y suave golpetea, como pequeños pies temerosos.

Fe mía -¡qué tiempo este!

El plumoso fresno aletea; allí sobre el vidrio,-

 El fuego moribundo lanza un parpadeante rayo fantasmal,-

 Y luego se cierra en la noche y la lluvia cae suave.

 Fe mía -¡qué oscuridad

En el París de los años 20 y 30, Djuna conoció a sus grandes amigas Peggy Guggenheim, Mina Loy y Emily Coleman. Se codeó también con extraordinarios personajes destacados como Natalie Barney, con quien mantuvo un corto romance; Gertrude Stein; Alice B. Toklas; James Joyce, quien ejerció una gran influencia en su obra; T.S. Eliot, quien se convertiría en su gran amigo y admirador, y quien escribiría el prólogo de la novela que más éxito tuvo: El bosque de la noche. En este prólogo, Tom Eliot afirmaba: “Djuna Barnes ha descubierto su propio dolor, lo ha identificado y le ha dado una palmada en el hombro […] lo que yo pretendo es dejar al lector en disposición de descubrir la excelencia de un estilo, la belleza de la frase, la brillantez del ingenio y de la caracterización, y un sentido del horror y de la fatalidad digno de la tragedia isabelina”.

Yo amo a las personas, no al género al que pertenecen” – declararía Djuna Barnes cuando le preguntaron por su homosexualidad. Su gran amor fue Thelma Wood. Cuando comenzó su idilio, que duraría 8 años intensos, Djuna tenía 30 años y Thelma 19. Thelma nunca supo darle la fidelidad que Djuna le exigía. Digo yo, que en un París en plena exaltación del amor libre y en un entorno tan bohemio y seductor, la fidelidad era un bien muy escaso y difícil de obtener.

Sobre esta enigmática mujer de la historia, Gloria Durán Hernández-Mora hace una magnífica introducción en su tesis titulada Dandysmo y contragénero. La artista dandy de entreguerras: Baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven, Djuna Barnes, Florine Stettheimer, Romaine Brooks, y que les reproduzco aquí: “Djuna Barnes […] era parte integrante de la McAlmon´s crowd, ese grupo de expatriados americanos que en la década de los 10 habían conformado la vanguardia del Greenwich Village neoyorkino. Se la menciona como una belleza fría y ácida, con una inteligencia afilada y aguda. Pasaba la mayor parte de su tiempo en algún café del Boulevard du Montparnasse […] Vestía siempre una larga y oscura capa, regalo de Peggy Guggenheim, y gastaba sus horas en un absoluto silencio, observando la vida pasar y perdida en sus pensamientos. Era este un ocio exhibido como parte de su tiempo de trabajo”.

Los últimos 40 años de su larga vida (1892-1982), Djuna los pasó retirada en su apartamento neoyorkino y dedicada a escribir poesía. No aceptaba visitas ni entrevistas, y fuera, en el mundo, su leyenda se alimentaba y crecía. Huía de la prensa y de la esfera pública, por lo que la mejor manera de destapar un poco a esta misteriosa mujer es a través de ella misma: mediante las cartas que, desde su “exilio neoyorkino”, dirigió a sus amigas y que, afortunadamente para quienes la apreciamos, han conseguido ver la luz con posterioridad. Aquí les transcribo algunos fragmentos de la voz de Djuna con el fin de acercarles más a la desconocida más famosa del mundo.

Tengo unos gustos de solterona excéntrica. Ni siquiera me gusta que me mire un animal, y cuando dejo algo, me gusta encontrarlo exactamente donde lo puse. ¡Es tan horrible eso!” (Djuna Barnes – Dictionary of Literary Biography).

En octubre de 1942, escribió a su amiga Emily Coleman, y le transmite estas palabras: “Me considero (pregúntale a Johny) cínica, algo resentida y correcta, con esa frialdad francesa, exactamente lo contrario que tú. Empecé tétricamente sentimental, lo cual es estúpido. Nada me gustaría más ahora por tanto que escribir lógicamente y sin emoción. Totalmente imposible para mí, claro. Incluso en Shakespeare encuentro demasiada dulzura. ¡No conozco a ningún escritor tan despiadado como sería yo! Proust, entre sus carámbanos, rezuma sentimentalismo. John Holms dijo que mi libro era el más oscuro y triste que había leído. Si alguna vez acabo otro (cosa incierta), me gustaría que fuera implacable y cruel, tan cruel como la realidad” escribió a Emily Coleman en octubre de 1942.

El 24 de febrero de 1967, Barnes le escribiría a Susan Sontag: “Me han contado que al verme en las calles del Village te abstuviste de dirigirte a mí porque alguien te ha dicho que soy un demonio bastante violento e insultante. ¿Me concederás el placer de hablar conmigo la próxima vez, por favor?”.

Periodista, poeta, novelista; soberbia, egocéntrica, exigente, distante; clara, directa, sincera, gran amiga de sus amigos; triste, solitaria, observadora: todo en una misma Djuna Barnes. Su personalidad fue como la vida que le tocó vivir: difícil y compleja.

 

 




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