El comienzo

Tenía catorce años cuando me empecé a aceptar tal y como era. Hasta entonces, creo que ni yo misma me había dado cuenta de que me gustaban las chicas. La inercia, la tradición de que a las chicas les gustan los chicos y viceversa no me hizo plantearme hasta el momento que realmente, en mi caso, no era así. Ahora tengo 16, vivo en Manacor, un pueblo de Mallorca donde aún no es muy “normal” ver a dos chicas de la mano, pero entre todas conseguiremos que en mi pueblo y en todos los vuestros haya una visibilidad lésbica total.

Me costó relativamente bastante aceptarme como era o, simplemente, darme cuenta de lo que sentía. En ningún momento me sentí atraída por un chico, pero la curiosidad y el hacer lo que hace todo el mundo me hacían confundir a menudo el amor con la amistad. En varias ocasiones me planteé estar con una chica; la idea me llamaba la atención, pensé que sólo era curiosidad, ganas de experimentar…

Con el tiempo a menudo le daba vueltas, pero no le quería dar importancia. Tampoco se estaba mal saliendo con chicos, y al no tener nunca contacto con un homosexual (o eso me imaginaba), no le daba importancia.

Ese invierno empezó a atraerme una chica, nos empezamos a conocer y nos hicimos muy amigas, pero cuando me fui a mi pueblo a pasar las Navidades empecé a confundir sentimientos: la echaba mucho de menos y necesitaba saber de ella.

Al poco tiempo, hablando por teléfono con uno de mis mejores amigos, me acabó contando que si no me había cogido el teléfono era porque estaba con Mario. Yo le pregunté quién era Mario, a lo que me contestó: “Mi novio”. Me impactó mucho, porque nos conocíamos desde pequeños y nunca me había imaginado que fuera gay, pero a la vez me pareció agradable, divertido, no sé como expresarlo. Estuve hablando con él hasta las tantas de la noche, preguntándole cosas sobre esa parte de su vida que yo no conocía.

En esos momentos empecé a darme cuenta de que aunque, en parte, no sea el camino más fácil ser homosexual, tampoco era algo malo. Llegué a la conclusión de que lo que importaba era estar bien con uno mismo, sentirse a gusto con la persona a la que se quiere sin importar la raza, el color o el sexo, hasta que estés tan cómoda en ese ambiente que no te importe lo que piensen los demás.

Colgué y me fui a dormir pensando en todo lo que habíamos hablado.

Al día siguiente, le veía de otra manera. No me parecía mal en absoluto que estuviera con chicos, pero era diferente. Me gustaba tener amigos gays, y todos los culebrones de ese mundillo. Me daba la impresión de que dentro de ese arco iris donde vivían, haciendo lo que sentían, se estaba mucho más cómodo que en el mundo gris donde yo estaba, en el que te miraban raro si no eras igual que todos.

A la noche volvimos a tirarnos un buen rato con el móvil. Empecé a interrogarle acerca de cómo se había dado cuenta, de cómo sabía quiénes eran gays y quiénes no y qué era lo que le daba fuerzas para luchar contra el miedo al rechazo de decírselo a la gente.

Colgamos y no pude parar de pensar en que me sentía identificada con la mayoría de las cosas que me había explicado.

Estuve dándole vueltas un par de días. Fue un periodo difícil para mí, porque no me entendía ni a mí misma. No sabía si me había estado engañando hasta ese momento o si era ahora cuando me engañaba pensando que me podían gustar las chicas; necesitaba hablarlo con alguien, pero no encontraba ni la persona adecuada, ni el momento, ni el lugar.

Me planteé por primera vez cuáles eran mis verdaderos sentimientos hacia aquella chica a la que eché tanto de menos esas navidades.

Pasé una semana bastante agobiante intentando encajar muchas de las situaciones a las que yo no había dado importancia en su momento. Los exámenes me iban mal, tuve problemas familiares y a eso había que añadir la necesidad que tenía de contárselo a alguien.

Estaba cansada de esa situación, así que por fin me decidí. Aclaré mis ideas y le conté a la persona de la que pensaba tener más apoyo que creía que era lesbiana, que había vuelto atrás en distintos aspectos de mi vida y todo encajaba. Ella me dijo que serían tonterías mías, que era imposible que a mí me gustaran las chicas, que estaría confundida. La relación entre nosotras se fue apagando, marchitando. Finalmente, cansada de escuchar excusas y tonterías, decidí hablar con ella, a la cara, de todo lo que estaba pasando entre nosotras. Le dije que estaba segura, que era lesbiana. No le sentó bien. Al cabo de una hora hablando me dijo que podíamos estar como antes, pero que no le podía hablar de nada relacionado con el mundo lésbico. Decidí finalizar la relación, y con lágrimas en los ojos le dije que no podía seguir así.

Empecé con mal pie y tuve miedo de seguir adelante. A veces pensaba en volver a esconderme en el pasado. Creía que no podía controlar la situación, hasta que empecé a contárselo a los demás amigos cercanos, y a partir de allí todos se lo tomaron bien. A algunos les sorprendió, a otros les extrañó, pero todos me ayudaron a seguir adelante, me apoyaron y estuvieron allí en lo bueno y en lo malo. Poco a poco aprendí a contarlo con naturalidad, como una característica más de mí, y me empecé a introducir en el mundillo homosexual. Conocí a chicas lesbianas y todo cambió. Me di cuenta de que estaba mucho mejor, de que la gente a la que le importaba me aceptaba tal y como era. Mi condición sexual era cosa mía y a ellos no les afectaba.

Realmente todos los malos ratos desparecieron y me llegué a aceptar tal y como era, sin miedo a lo que piensen los demás, sin miedo a ser feliz.

Viví mis primeros verdaderos amores, y con ellos también desilusiones, pero las relaciones con mujeres resultaban mucho más placenteras que con los hombres. Las sensaciones que he podido llegar a sentir se me hacen indescriptibles. Con una mujer no hay límites ni barreras, llegas al clímax perfecto. No importa nada de lo que esté a tu alrededor, sólo estáis tú y ella.

Ahora me doy cuenta de que los malos momentos que pasé sólo fueron por pura confusión, miedo y ocultación de mí misma.

Ha llegado un momento en el que puedo entender que vivir dentro de este arco iris, el cual antes me parecía muy lejano, es más fácil de lo que pensaba. Y para que los demás nos acepten con normalidad, tenemos que ser nosotros los primeros en aceptarnos totalmente con naturalidad.




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