Isadora Duncan: arte y tragedia al son de la danza

Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas… La danza de Isadora Duncan abre un nuevo concepto y una nueva filosofía dentro de este arte. Conoció el éxito gracias al movimiento armonioso y rítmico de todos sus órganos, excepto de uno: el del corazón.

Dora Angela Duncan era el nombre verdadero de esta excelente bailarina norteamericana que sufrió, desde muy pequeña, el abandono y la separación de unos padres. Creció con su madre, quien le inculcó el amor por la antigua Grecia, que será una constante en su escenografía, así como por el arte y la música contemporáneos. Conoció la danza desde una edad muy temprana: con tan solo diez añitos ya impartía clases a otros niños.

Esta vocación suya para transmitir la danza estaría muy presente y la acompañaría durante toda su existencia. Para ella la danza era vida y eso es lo que buscaba: una escuela de vida en donde intentar enseñar el concepto de belleza y simplicidad. Afirmaba que había algo sagrado en el cuerpo humano, que el baile debía ser una prolongación natural del cuerpo, y eso quería transmitir. Enseñar a los niños fue su salvación, su balsa y el único recuerdo que la aliviaría al final de sus días, en esos momentos en que una echa la vista atrás para hacer el recuento.

Fueron muchos los intentos que Isadora Duncan hizo para fundar escuelas de danza y, de entre todos ellos, varias vieron la luz y le permitieron realizar su sueño y evadirse de sus propios males personales. Y es que la vida personal y sentimental de “la Ninfa”, como más tarde se la conocería, estuvo marcada por el drama y la tragedia.

Tuvo muchos amantes: hombres y mujeres. Entre sus amantes féminas podemos destacar a la mismísima Natalie Barney o a la poetisa Mercedes de Acosta (quien a su vez sería amante de Greta Garbo y de Marlene Dietrich). Fruto de la relación con ésta última, nació este poema, que unos atribuyen a Mercedes de Acosta y otros a Isadora Duncan: “Un cuerpo grácil, manos suaves y blancas para servir a mi deleite. / Dos pechos turgentes, redondos y dulces invitan a comer a mi boca hambrienta, / en donde dos pezones rosados y firmes persuaden a mi alma sedienta para que beba. / Y más abajo hay todavía un sitio secreto donde de buena gana ocultaría mi amoroso rostro”. Otras de sus amantes fueron la actriz Eleonora Duse y la feminista Lina Poletti.

Entre los masculinos, destacamos a su gran amante y amigo de por vida, Edward Gordon Craig, con quien tuvo una hija a la que llamaron Deirdre. Isadora tuvo un segundo hijo, Patrick, con el multimillonario Paris Singer (heredero de las máquinas de coser Singer).

Pero, por desgracia, su baile más difícil fue con la muerte, y, en 1913, sus dos hijos, de 5 y 3 años respectivamente, murieron ahogados en el río Sena a causa de un trágico accidente mientras fueron a pasear con la niñera. Isadora siempre dijo que había tenido una premonición y que había hecho caso omiso de ella. Según ella, al despedirse de sus hijos desde fuera del coche apoyó sus labios contra el cristal de la ventanilla a la misma altura en que sus hijos tenían apoyada la boca, y el frío del cristal impregnó sus labios y le hizo estremecerse. Esta no sería la única tragedia en su vida, aunque sin duda sí fue la más cruel y dolorosa. Se decía que en torno a ella existía un maleficio, que acercarse a Isadora era tentar a la propia muerte.

Mujer extremadamente sensible y sencilla, lo material y el lujo no tenían valor para ella. Fue liberal, atea convencida (tal y como promulgaba ella), socialista, bisexual, gran amante de los niños y de la naturaleza, con una gran capacidad para seducir, defensora del amor libre y sin ataduras. Como dato curioso de esta grandísima bailarina destacaríamos que detestaba el ballet, al que consideraba rígido y absurdo, así como del jazz decía que era la burla de América hacia ella misma.

Hay dolores que matan, y la muerte de sus hijos terminó con toda esperanza de alcanzar una vida feliz. Se sumergió entonces en una profunda depresión y cayó en los brazos del alcohol. Pasó una larga temporada retirada de los escenarios y sin saber qué hacer de ella. En 1921, el gobierno soviético le escribió para anunciarle que le construirían una escuela; de este modo, abandonó París y partió llena de expectativas, en un intento por marcar un antes y un después en su vida. La cultura soviética entendía y valoraba su arte, pero los tiempos que corrían no eran los más propicios: el hambre y la miseria acosaban el país y la danza en ese marco histórico era un lujo. Los recursos del gobierno eran escasos y muy limitados, y no podían ofrecerle más que un edificio vacío y desprovisto de muebles; así que de los miles de niños que le ofrecieron en un principio para su escuela, ella se quedó únicamente con unas cinco decenas de ellos y se hizo entonces el fiel propósito de alimentar no sólo sus cuerpos, sino también sus almas. De este modo, y en unas condiciones tan precarias, Isadora Duncan inauguró su nueva escuela de danza, invirtiendo en ella toda su energía, su esfuerzo y una gran ilusión por emprender una tarea solidaria con los niños pobres.

Allí conoció al único hombre con quien contraería matrimonio en 1922, el poeta Sergei Yesenin, 17 años más joven y bisexual como ella. Tras casarse con él, viajaron a Estados Unidos, donde fueron calumniados, juzgados y abucheados por el público, en medio de un espectáculo que llevaba por nombre “La danza de la liberación”. El público americano no encajó con la filosofía de su arte, que encontraban demasiado transgresor. Llegaron a tacharla incluso de ramera y de “roja”, a lo que ella respondió que, sin embargo, ellos eran grises.

Mujer revolucionaria, sí, pero tanto por razones políticas como por pura naturaleza. Ella afirmaba que cuando una escucha a su corazón y vive según lo que él le dicte, no puede menos que ser una revolucionaria: esa era para ella la verdadera revolución.

Isadora Duncan murió el 14 de septiembre de 1927 a los 49 años de edad en unas circunstancias acordes con su vida y que contribuirían a consagrar el mito de esta gran mujer. Su muerte podría describirse como trágica, surrealista y absurda. Sentada en el asiento copiloto del automóvil descapotable (al que apodó “Bugatti”) de un amigo italiano, Benoît Falchetto, la Ninfa iba al encuentro de una cita romántica cuando en el camino el destino le presentó la muerte: su chalina se enredó con la rueda trasera y nada pudo salvarla de morir ahorcada. Más tarde, su amiga María Desti recordaría las últimas palabras de la bailarina antes de subirse al automóvil: “¡Adiós, amigos míos, me voy a la gloria!”.

Más información:

–          Mi Vida, Isadora Duncan, Editorial Losada, Buenos Aires, 2006.

 –         Película Isadora (1969), dirigida por Karel Reisz

 

 

 




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