Juana de Arco

Juana de Arco – La doncella guerrera

mirales.esSímbolo de la unidad de la nación francesa, Jehanne d’Arc (1412-1431) ha supuesto, y supone, un distintivo muy significativo en un amplio espectro de iconografías. Su figura ha sido ampliamente estudiada, y representa a un repertorio muy amplio de sectores sociales: desde el gremio de telegrafistas y recepcionistas, pasando por ser una de las figuras santificadas más emblemáticas de la Iglesia Católica, hasta insignia y patrona de Francia, Juana de Arco ha sido una figura inspiradora para artistas, devotos, ideólogos e intelectuales a través de toda la historia de Occidente.

Nacida en el seno de una familia labriega, a los trece años aseguró tener visiones místicas. Santa Margarita y Santa Catalina de Alejandría, y también el arcángel San Miguel, se le aparecían regularmente, trayendo consigo mensajes divinos. Como consecuencia de estas visiones, Juana desarrolló un fervor religioso muy profundo, que se apoyaba en una fe muy sólida y en las diferentes revelaciones divinas que se le iban presentando. En el contexto de la Guerra de los Cien Años, que llevaría a Francia e Inglaterra a enzarzarse en una guerra para resolver quién controlaría las posesiones de los monarcas ingleses en territorios franceses debido al ascenso al trono inglés de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou, dichas figuras se le aparecieron para encomiarle una misión extraordinaria: guiar a las tropas francesas hacia la conquista de Orleans y expulsar a los ingleses de Francia. Dios, a través del arcángel, le había transmitido que “ella llevaría al ejército francés a la victoria” y así quiso hacérselo saber al príncipe Carlos, primogénito del rey Carlos I de Francia, que se hallaba asediado por las tropas inglesas en la ciudad de Chinon. Juana recibió la revelación de que sólo ella podría dirigir el ejército hacia el éxito y devolverle su lugar como monarca y así se lo hizo saber directamente.

Noventa y dos años llevaba Francia sumida en esta guerra y los éxitos para las tropas galas habían sido escasos. El séquito real, sin embargo, presa de la desconfianza que provocó la irrupción de Juana, sometió a esta a una infinidad de pruebas y a un examen de virginidad que corroboraran la veracidad de sus declaraciones y el origen divino de estas. Finalmente, tras ser la joven capaz de reconocer al príncipe entre la multitud y revelarle algo que nadie más era capaz de conocer, sólo  Dios, Carlos, el Delfín, confió en la joven y la puso al mando de un ejército de 5.000 hombres que alcanzarían la primera victoria para Francia desde que comenzara la contienda. Con este ejército, Juana, convertida en otro guerrero más en batalla, ataviada de armadura y dotada de un estandarte real, consiguió derrocar a los ingleses y liberar el cerco de la ciudad de Orleans en el año 1429.

A partir de aquí la joven lideraría una serie de victorias militares que llevarían al príncipe Carlos hacia su coronación como rey de Francia. La fiesta de coronación tuvo lugar en Reims y supuso uno de los hechos más considerables de la historia del país francés. La doncella de Orleans, como también era conocida la joven Juana, confirmando la fama que le precedía, había sido capaz de elevar el ánimo de toda una nación. Su popularidad se extendió por todo el territorio galo y su capacidad para liderar el ejército constituyó una gesta por la que sería recordada y venerada por la historia.

Después vendrían las campañas del Loira y la de Île de France, que supusieron ciertos éxitos militares, pero la verdad es que la capacidad de determinación de la muchacha fue mermando a medida que le eran negados los apoyos reales, porque una vez que el monarca hubiese alcanzado su objetivo, tendió hacia la retirada militar y apostó por firmar una tregua con los borgoñeses, aliados de los ingleses en territorio francés. La traición del rey, que dejó a Juana a merced de un ejército cada vez más degradado, trajo más derrotas que victorias. Sonada fue la contienda de París, donde Juana entendió que el monarca la abandonaba a su suerte y que su misión languidecía. Juana ya no le era necesaria al rey. De esta forma, tras una serie de conspiraciones y tras la retirada completa del apoyo de la corona, en el asedio de Compiègne, sería capturada por los ingleses que, con el pretexto de abusar del nombre de Dios en vano, de vestirse y de comportarse como un hombre, y sospechando que las voces que escuchaba no tenían un origen divino sino demoníaco, la acusarían de herejía y hechicería. El duque de Bedford informó a la corona inglesa de que “sus hombres habían sido hechizados por un agente satánico en forma de una mujer vestida de hombre” y en consecuencia, fue apremiada por su traición de fe.

Lo que prosiguió fue el proceso inquisicional más oscuro que se le recuerda a la Iglesia cristiana. Juana fue acusada de brujería, apresada, torturada, sometida a un juicio injusto e inmoral, humillada en público y, finalmente, quemada en la hoguera en el año 1431. La que era una heroína, que había liberado a su pueblo de las horcas enemigas y había conducido a una nación que atravesaba su periodo más oscuro hacia la luz, vio decaer su fuerza y la intensidad de su misión divina en manos de quienes, poco antes, le habían confiado su suerte. Quien había sido una visionaria divina era ahora una chiflada que se vestía y se comportaba como un hombre. El proceso fue violento y, el resultado, negligente.

No obstante, 500 años después, los mismos que la habían condenado rectificarían su error, declarando que el proceso al que sometieron a Juana de Arco había sido una profunda equivocación y que quien había sido juzgada como traidora merecía en realidad el reconocimiento y el respeto de la Iglesia como la más devota de sus fieles. En el siglo XV, el Papa Calixto III subrayaría su inocencia en una revisión del proceso; el 18 de abril de 1909, el Papa Pío X celebraba su beatificación y, 11 años después, la Santa Sede la nombraba santa, el mismo año en que Francia la nominaba patrona.

Juana de Arco ha sido una figura venerada y muy tenida en consideración por su valentía, su honradez, su piedad y su entrega a una empresa superior. Es un personaje muy querido en muchas naciones de Europa y, en Francia, un símbolo nacional.

Aunque no pueda demostrarse explícitamente que fuera lesbiana, tanto por la ausencia de datos realmente concluyentes como por lo temprano de su emplazamiento histórico, algunas autoras han defendido su ambigüedad sexual y han querido demostrar que ciertas prácticas de su biografía podrían apuntar hacia una homosexualidad más explícita que implícita. En realidad, es imposible demostrar que así lo fuera, sin embargo, algunas autoras de renombre como la escritora inglesa Vita Sackville-West, llevaron a cabo investigaciones que trataban de demostrar lo alternativo del comportamiento de Juana para una mujer de su época, lo que hace que su leyenda se erija muy atractiva para la historiografía del lesbianismo. Los comportamientos alternativos, disociados del rol femenino imperante en cada momento, siempre resultan interesantes para Mírales, tanto en lo que concierne a su relación con el desarrollo de las investigaciones feministas, como con las de la historia del lesbianismo, pues reconstruyen una perspectiva sobre ciertas figuras históricas que nos las hacen profundamente contemporáneas.

Es por ello, fundamentalmente (aunque también por el hecho de que su aspecto físico fuera más masculino que femenino, ya que, evidentemente, para participar en batalla fuese más deseable que fuera vestida de armadura y cortase su cabello), por lo que se la relacione más directamente con la transexualidad y se afirme, de esta forma, que su ambigüedad sexual fuera síntoma de una inversión de género. Juana adoptó, además de un rol masculino como líder militar, la estética de un varón. Algunos autores sostienen que esta transformación física se debe a otras causas, tales como la urgencia de comodidad en batalla o la necesidad de protegerse de la permanente amenaza de violación que significaba convivir entre varones; otros, en especial autoras, argumentan que su inclinación a travestirse apuntaba claramente hacia un comportamiento transexual, pues, tal y como asientan ciertos testimonios, era Dios, directamente, “quien le había encomendado adoptar el papel y la apariencia de un hombre”.

La cuestión es que no puede determinarse con precisión una conclusión que nos permita enlazar a este personaje tan claramente como encajamos otras figuras lesbianas en esta sección, con la salvedad de su papel profundamente alternativo para una joven medieval. Solamente podemos sostener sin ningún tipo de vacilación que Juana fue una mujer extraordinaria, que marcó un antes y un después en la historia de Francia y en la historia de las mujeres. La razón fundamental para mentarla aquí es que recientemente las lesbianas del país galo la han adoptado como símbolo principal de sus reivindicaciones y que muchas personas ligadas al movimiento LGTB la sostienen como referente. En Argentina, una página de contactos lésbicos (www.daleenelarcojuana.com.ar) le hace referencia y, a través de su reseña, todas ellas nos emplazan a acercarnos más detenidamente al icono de muchas mujeres, en especial de las mujeres lesbianas, que ha cobrado protagonismo en la historia gracias a su arrojo y su valentía.

Juana de Arco debe resultarnos atractiva por lanzar una apuesta enérgicamente rupturista al código cerrado de la heteronormatividad en un tiempo también cerrado a que las mujeres trasgredieran los límites asociados a su rol sexual. El suyo fue un profundo desafío a las normas del género y de la sexualidad, y lo fue a través de un pulso de fuerza a un ámbito tan profundamente patriarcal como lo es la guerra, lo que convierte su gesta en algo casi increíble en tanto que el golpe tuvo lugar, mediante una intensa capacidad para movilizar a las masas, a través del sentimiento cristiano y la piedad, sentimientos tradicionalmente asociados al rol femenino.




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