La educación sexual no es sólo una necesidad, es un derecho

Es muy posible que, tengas la edad que tengas, recuerdes cómo aprendiste en clase de Biología, Ciencias Naturales o Conocimiento del Medio el funcionamiento de los “órganos reproductores”. Que digo yo que, si sólo son reproductores y/o reproductivos, ¿qué necesidad tenemos de estudiar los métodos anticonceptivos? ¿Para qué más aparte de intentar tener hijos/as podríamos usarlos? Irónico, ¿no? También es increíble analizar la anatomía de los libros de texto que en la actualidad estudian en algunos casos, y engullen sin procesamiento alguno en otros, los alumnos y las alumnas de educación primaria. ¿El clítoris? No merece ser tenido en cuenta en la anatomía femenina. Estoy seguro que las personas interesadas en obviar el placer de la sexualidad alegarán que lo que se estudia en primaria es “La función de reproducción en el ser humano” y no las funciones de la sexualidad, a lo cual pregunto ¿por qué entonces sí aparece la vejiga o la uretra? Por no hablar de lo vergonzoso que resulta reconocer que la sexualidad de niños y niñas no se educa…

Y así, llegamos a la pubertad y la adolescencia, sabemos que las mujeres tendremos la regla, que los hombres tendrán sus primeras eyaculaciones, que empezaremos a interesarnos por el otro sexo y que, como mujeres, debemos cuidarnos de los chicos, que de pronto nos resultan peligrosos, una especie de agentes infecciosos que producen embarazos; las relaciones eróticas, centradas en la penetración vaginal, un suplicio que hemos de pasar para poder optar al placer. Respecto a ellos, la promiscuidad se permite, pero ¡ojo! Las infecciones de transmisión genital están allí: incontrolables, mortales y castigando a todo aquel que se pasa de la raya en las relaciones eróticas. Disfrutar demasiado tiene un precio. ¿Entonces sabemos lo que necesitamos? Definitivamente no: no sabemos lo difícil que será asumir los cambios físicos, psicológicos y sociales que suponen los caracteres sexuales secundarios, ni que los mensajes que hemos recibido sobre el sacrificio, el dolor, la abstinencia o la resignación no son más que reflejos de un modelo moral de los muchos que podemos elegir; que ni siquiera es el más satisfactorio. Desconocemos también cómo relacionarnos con personas del sexo contrario, que podemos desear también relacionarnos sexualmente con las del mismo sexo sin que tenga ninguna connotación negativa, que el sexo no se hace, no se adquiere ni se practica, sino que se es; y que cómo lo seamos es de libre elección. No sabemos, tampoco, que el placer es la función de la sexualidad de la que más uso se hace; que podemos autosatisfacernos, que hay cuestiones anatómicas y fisiológicas que nos ayudarán a equilibrar nuestras expectativas, que la reproducción no es un riesgo sino una decisión… Y tantas otras cosas.

Foto: Julián Navarro

Foto: Julián Navarro

Afortunadamente, la mayoría de las cosas las acabamos aprendiendo, al menos gran parte de las personas: a mantener relaciones de pareja satisfactorias y saludables, a disfrutar de las relaciones eróticas, a reconocer nuestra orientación del deseo, a reproducirnos o elegir no hacerlo, etc. ¿Pero a qué precio? Personalmente, hubiera agradecido una ayudita a tiempo sobre los modelos de pareja, las dificultades de comunicación y de intimidad, las expectativas de mujeres y hombres y la influencia de la educación en ello o la diferencia entre los deseos, los enamoramientos y el amor. ¡Cuántas llantinas, auto-flagelamientos y discusiones inútiles me hubiera ahorrado! El aprendizaje por ensayo-error tiene demasiado coste emocional, especialmente sabiendo que hay otro más sencillo.

La sexualidad se educa, la sexualidad se educa, la sexualidad se educa… Familias, profesorado, medios de comunicación y profesionales de la política deberían repetirse esta frase constantemente hasta interiorizarla. No podemos seguir pensando que como animales que somos, sabemos qué hacer con nuestra sexualidad y que, todo lo que tenga que ver con afectos, emociones y actitudes es otra cosa que, si bien es educable, han de hacerlo los distintos modelos morales. ¡No! No es sólo eso: todas y todos debemos aprender sobre corresponsabilidad, igualdad de valor, respeto, libertad de decisión, responsabilidad, placer o comunicación; después y sólo después podemos entrar a organizar modelos éticos en los que movernos y no al revés. Los derechos sexuales garantizan una educación sexual de calidad, profesional y respetuosa con todas las ideologías; ese es el límite, la raya que marca los mínimos.

La educación sexual no es única ni en su contenido, ni en su metodología; pero sí ha de serlo en sus objetivos. Podemos educar las sexualidades en casa, en la escuela, en el grupo de iguales, en la consulta médica, en el cine, en la publicidad y en todos los sitios que imaginemos. Podemos hacerlo con una charla, con un juego, con una actividad deportiva, con un gesto, con una mirada, con una palabra… Y pueden hacerlo las familias, las amistadas, los y las profesionales, etc. Y de hecho, así es como ocurre. No es igual la educación sexual que hacemos con bebés, que con alumnado de secundaria, que con personas con discapacidad intelectual de más de 30 años o con personas de la tercera edad. Nada es estático ni exclusivo, salvo el objetivo de la sexualidad que, lejos de ser sencillo de definir, cuenta con múltiples conceptualizaciones. Personalmente, la que nos aporta Carlos de la Cruz, referente de la educación sexual en nuestro país, me parece suficientemente completa y adecuada: “Conseguir que chicos y chicas aprendan a conocerse, a aceptarse y a expresar su erótica de modo que sean felices y que disfruten”. Esto, como puedes ver, está más allá de miedos a que hablar de sexualidad despierte deseos e intenciones dormidas o partir de nuestras propias elecciones para inculcar a otras personas que deben seguirlas.

El debate sobre si la educación sexual es necesaria o importante está obsoleto. Sabemos que no es posible la no educación sexual. Si un padre decide no hablar sobre sexualidad a su hija está educando su sexualidad, el mensaje es “de esto no se habla”, con todas las connotaciones que dicho mensaje suponga. Cuando dos madres se ríen nerviosas cuando su hijo de 6 años les pregunta qué es follar después de oírselo a su hermana mayor, están educando y el mensaje es “este tema nos pone nerviosas y nos incomoda”; y cuando una abuela que cuida a sus dos nietos comenta en la merienda lo romántica que es la relación machista, intermitente y profundamente dolorosa del protagonista y la coprotagonista del culebrón de la tarde, también educa la sexualidad de sus nietos con el mensaje “el amor, cuando es de verdad, hace sufrir, provoca celos y es desigual para mujeres y hombres”. ¿Es esto hilar demasiado fino? No pretendo crear el pánico ante la idea de que absolutamente todas y todos hemos transmitido mensajes poco saludables o negativos a los niños y las niñas de nuestro alrededor; mi objetivo es, en cambio, destacar la importancia de hacer explícita la educación sexual, facilitando los mensajes coherentes, reflexionados y adecuados a la edad de cada persona. Cuanto más control tengamos sobre lo que nosotras mismas sentimos, pensamos y hacemos; más fácil nos será detectar los mensajes incoherentes que lanzamos a nuestro entorno. Y éste es el primer paso para que nuestra comunicación vaya, cada vez más, en la línea que pretendemos.

La función reproductora, no es la única de la sexualidad y añadiría que ni siquiera la más importante. El coito no es la única práctica sexual, ni tampoco la más importante, completa, placentera o definitiva. La vagina y el pene no son los órganos sexuales más importantes, ni mucho menos los únicos. Le educación de las sexualidades no es afectivo-sexual, porque lo sexual incluye los afectos y ese matiz no es necesario, sino redundante. Los modelos de educación sexual, aunque variables, reúnen unas características mínimas de rigor científico, desvinculación de ideologías y adaptación a las personas destinatarias. ¿Te apuntas a una nueva educación de las sexualidades plural, científicamente rigurosa y respetuosa con todas las ideologías?




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