Marguerite Radclyffe Hall, la invertida congénita

Marguerite, Peter, John… No, no piensen que me he vuelto loca y que he comenzado a recitar nombres propios al azar. Hablo de una misma persona, de una mujer lesbiana que se describía a sí misma como una invertida congénita y que fue doblemente juzgada y criticada por ello: la sociedad la juzgó por escándalo, y el resto de lesbianas la criticó por tratar la homosexualidad como un defecto. ¿Tal vez les suena más El pozo de la soledad? Sí, ella misma. Radclyffe Hall: una lesbiana de bandera. Una mujer con coraje, por encima de toda crítica.

Nació en el seno de una familia acaudalada. Pero todo el dinero del mundo no la salvó de una infancia infeliz. Su padre la abandonó antes del parto y su madre se volvió a casar con un señor por quien Marguerite no sentía ninguna simpatía. Seguramente estas circunstancias contribuyeron a forjar su carácter tímido e introvertido. Desde pequeña se hacía llamar Peter, como su abuelo. Ella misma se sentía distinta a las demás y fue siempre una niña muy solitaria. Cuando cumplió la mayoría de edad, heredó una considerable fortuna por parte de su padre, y pudo por fin abandonar aquel hogar que tanto la ahogaba. Su alma viajera la llevó a su primera escala: Norteamérica, en donde pudo visitar a su familia materna. Pronto haría buenas migas con dos de sus primas y proclamaría que nunca se había sentido atraída por un hombre.

Estos fueron, a grandes pinceladas, los inicios en la vida de Marguerite Radclyffe Hall hasta sus 18 años. Nos encontramos ante una de las poetas y escritoras inglesas más famosas en el mundo lésbico. Una mujer que tuvo la suficiente audacia para transgredir las normas de la sociedad que le tocó vivir y cuya personalidad le hizo ganarse un hueco entre las grandes heroínas lesbianas. Alcanzó el puesto nº 16 de entre los 500 héroes gays y lésbicos que publicó la revista The Pink Paper en 1997.

Su primera relación fue con la violinista y cantante Agnes Nicholls. Y de cantantes iba la cosa, porque en 1907, con apenas 27 primaveras en su haber, conoció en un balneario alemán a la mujer que cambiaría radicalmente su vida: Mabel Veronica Batten, una reconocida cantante de aquella época, casada y de 50 años, con quien Hall mantuvo un intenso romance. Mabel, también conocida como Ladye, animó a Hall a que siguiera escribiendo poesía. Su primer volumen de poemas, Twixt Earth and Stars, había sido publicado un año antes. Mabel hizo mella en nuestra poeta y, un año después, en 1908, su segundo volumen vio la luz y albergó en su interior la Oda a Safo. Se sucedieron más volúmenes. El cuarto se lo dedicó a Mabel, con quien formó un hogar una vez que el marido de ésta hubo muerto, en 1910.

Fue Ladye quien introdujo a Hall en el círculo lésbico y en el catolicismo, y quien le puso el apodo de John, con el que se le conocería públicamente. Fue en esta época en la que Hall comenzó a adoptar una imagen masculina, con chaquetas adaptadas, pelo muy corto y cuellos rígidos.

Salvo raras excepciones, una diferencia de edad tan acusada termina, tarde o temprano, por pasar factura. En 1915, tras ocho años de relación, entra en escena una tercera persona. Hall conoce a la prima de Ladye, Una Troubridge, con quien se embarca en una relación que duraría el resto de sus días y que, tristemente, fue una dura prueba con la que Batten tuvo que lidiar hasta su muerte, en 1916.

Radclyffe Hall consiguió la fama y el reconocimiento a su condición de escritora en 1926, con su libroAdam’s Breed, una súplica por los derechos de los animales. En 1928, la reputación de Hall ya estaba consolidada y decidió dar el gran golpe y presentar al público su obra recién terminada: The Well of Loneliness (El pozo de la soledad). La editorial del matrimonio Woolf, que pertenecía al revolucionario círculo de Bloomsbury, se comprometió con la autora y, en junio de 1928, sacó a la luz esta controvertida obra. El éxito fue inminente y las ventas fueron en aumento, hasta que, en agosto de ese mismo año, el editor del Sunday Express arremetió duramente contra ella, tachándola de obscena, a pesar de que en toda la obra no hay ni un solo pasaje de sexo explícito. En noviembre, el Reino Unido ganó en principio la batalla y consiguió que se destruyeran todas las copias, prohibiendo de esta forma su venta. Estados Unidos, por su parte, accedió a que se publicara, pero no sin antes pasar por una larga pelea legal.

Hoy en día, El pozo de la soledad es un referente en la literatura lésbica. Es la única obra de Hall en la que habla abiertamente de temas lésbicos. La protagonista es una lesbiana masculina que se describe a sí misma como una invertida (al igual que Hall) y que presenta su lesbianismo desde la naturalidad, invitando a todos aquellos que la lean a que sean tolerantes con este otro modo de amar y las dejen integrarse tranquilas en la sociedad.

Mabel Batten y Una Troubridge fueron sin duda las mujeres más importantes para Hall. Troubridge permanceció fiel a su lado hasta el final de sus días. Aprendió a sobrellevar con dolor y angustia las relaciones con otras mujeres en las que Hall, mujer de alma libre, se veía implicada. De entre ellas, la más dolorosa fue la que la escritora británica tuvo con una inmigrante rusa, Evguenia Souline, de quien se enamoró. Sin embargo, Hall no abandona a Una, con quien vivió sus últimos amaneceres en un pequeño pueblo de Rye, en East Sussex. Una ejerció de enfermera cuando un cáncer de colon se apoderó de la salud de la escritora y terminó por truncar su vida a la edad de 63 años. Hall murió en Londres y Una quiso enterrarla en el cementerio de Highgate, junto a Ladye, la mujer que había marcado su vida.

Siete años después de su muerte, se publica por fin El pozo de la soledad, generando millones de ventas. Lástima que Hall no haya vivido para ver cómo la obra por la que había sido expulsada de su país y que tantos juicios e insultos le valió, fue traducida a 14 idiomas y acogida por millones de hogares en todo el mundo. Sexo explícito no había en ella, pero sí expresaba una súplica tajante con respecto a la homosexualidad: “Concédenos también [a nosotros] el derecho a existir”. Ojalá Marguerite-Peter-John levantara hoy día la cabeza y pudiera alegrarse de la situación que reina actualmente en su país, el mismo que la tachó de obscena.




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