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Me enamoré de una mujer embarazada

Tengo que partir, para desgracia mía, contando esta historia de una manera que no me deja muy bien. Mis amigas siempre me tildaban de superficial, de que a la hora de buscar chica me fijaba mucho en el físico, en la delgadez, y poco en otras cuestiones tanto o más importantes.

Pero debo contarlo para que se entienda por qué a todo el mundo –a mi incluida- le hizo tanta gracia que me enamorara de una chica que estaba embarazada. ¡De 5 meses!

Todo ocurrió de la manera más inesperada. Un domingo fui al cumpleaños de una amiga. Había mucha gente en la comida, incluidas las amigas de su novia. Ahí estaba ella, Belén. “Bonita cara”, pensé apenas la vi. Mis ojos fueron bajando y… uf. “Quita, quita… preñada”.

A lo largo de la tarde no pude sustraerme de sus cometarios, su humor, las historias que contaba y esa manera tan especial en que le brillaban los ojos. Lentamente me fui acercando. “A ver, que está embarazada, pero bueno, que eso no quita que no podamos ser amigas”, pensé.

Belén tenía 38 años, era chef en un pequeño restaurante que había montado con sus hermanas. Lectora empedernida, lista, independiente. Tanto que un día, sin decirle a nadie, se fue sola a la clínica IVI de Madrid y se hizo una inseminación artificial.

Cuando quedó embarazada hizo una comida en su casa con su familia y lo anunció. Así de espontánea. Así de libre.

Cuando la conocí Belén estaba embarazada de una niña a la que iba a llamar Vera. “Sí, lo reconozco, me gusta”, pensé cuando me despedía, “pero ya está, vamos, que está embarazada, es que no, cero posibilidad, yo no me metería en algo tan complicado”.

Pero a los tres días ya estaba llamándola para tomar un café. Y luego para comer, y luego para cenar. Una fuerza irresistible me atraía hacia ella.

Nos liamos, pero ambas decidimos no darle más trascendencia. Ella no quería novia, solo quería centrarse en Vera, y yo no quería pillarme por una chica que iba a tener una hija, no era la vida que había imaginado para mi.

Pero eso era lo que nosotras queríamos, y lo que sucedió fue simplemente lo que no pudimos evitar. Nos enamoramos.  Los primeros meses de una relación, que se supone que son los más apasionados, fueron totalmente diferentes. Su tripa creció tanto que no estaba cómoda ni sentada ni acostada, así que tenía que envolverla en cojines para que descansara un poco, sus piernas completamente hinchadas, le costaba caminar. Así que nos quedábamos en casa charlando, viendo series, mientras yo le hacía masajes.

Nos pasamos comprando cosas de bebé y leyendo libros. No os cuento la cara de mis padres cuando les presenté a mi novia embarazada de 8 meses. ¡Un poema!

Temía el nacimiento de Vera, pasaríamos a ser tres en lugar de dos. Y sí, lo cambió todo, pero sorpresivamente, para mejor. Era tan pequeña, tan vulnerable, que la quise nada más la cogí en mis brazos.

Para echar una mano a mi novia me fui a vivir con ellas. Era algo temporal. Pero no me fui nunca más.

Yo no buscaba una novia, pero me enamoré de una mujer embarazada, vi transformarse su cuerpo increíblemente, la cuidé hasta el final y después de parir. Me enamoré de una pequeña de 3 kilos que puso en nuestra vida. Empecé a darme cuenta de lo que realmente son las noches sin dormir, no esas de la resaca, la ropa sucia con leche y vómitos.

De esta manera tan rara empezó la historia de amor más surrealista y más profunda de mi vida. De esto ya han pasado unos añitos. Pero al parecer nos ha gustado tanto que vamos a repetir. Con contaros que tenemos cita en un par de semanas en IVI para probar con el método ROPA. Deseadnos suerte, ya os iremos contando…




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