Dary y Cris

Mi historia de amor – Amor 2.0

En muchas ocasiones leo que parejas se han encontrado por causas del destino, pero cuando esto ocurre cuando ambas personas están a casi 2500 km. de distancia, alguna fuerza inexplicable tiene que haber entre ellas para que esto pase.

Mi chica se llama Cris y es catalana. Yo me llamo Dary, y soy canaria; nuestra historia comenzó en abril de 2013, con unos inicios dignos de cuento que contaría con un final que ninguna de las dos nos hubiésemos imaginado.

Meses antes, curioseando por Youtube, me topé con un vlog de temática LGTB en el que participaban varios jóvenes (entre ellos, una chica que conocía de años atrás) de diferentes ciudades. En uno de los vídeos había dos chicas… y allí estaba ella. Con su pelazo perfecto y unos ojazos que se podían intuir de un azul súper intenso. En realidad no sé qué fue lo que más me llamó la atención, si lo que vi o su actitud. Desde entonces, cada día entraba tanto en ese vlog como en el que tenían ambas para verla. Cada vez se repetía en mi cabeza la misma frase: “Tiene pinta de ser una muy buena tía. Y qué pelo tiene”. Después de eso, la comencé a seguir por Twitter, ella me envío una solicitud más tarde… y ahí cambió todo.

Un “Muchas gracias por seguirme :)” por mi parte, dio pie a la primera conversación en la que confirmé lo que ya pensaba, que era una chica estupenda, muy simpática y agradable. Pero como ya he dicho, esa fue la primera de muchísimas, de horas y horas hablando por esta vía, pasando más delante de FB y al poco, del Whatsapp. Las dos nos encontrabamos, desde hacía bastante, en un momento de nuestras vidas en el que no había hueco para nadie más que no fuéramos nosotras mismas, tan siquiera ganas ni interés de conocer a nadie para algo más de una relación amistosa… y muchísimo menos a distancia. Pero algo tenía ella que no me la podía quitar de la cabeza. Desde que me levantaba hasta que me acostaba la tenía en mi mente, no dejábamos de hablar ni un momento, las conversaciones fluían y no existían los silencios.

Recuerdo el momento en el que acepté que mis sentimientos por ella habían ido a mayores, cuando en pleno periodo de prácticas me vi durmiendo como mucho hora y media al día porque no podíamos dejar de hablar. Me sorprendió mi cambio, de ser una persona muy alejada de las tecnologías, a tener una vida en torno a ellas… pero no me importó nada de eso, por ella estaba dispuesta a hacer lo que fuera. Jamás olvidaré las primeras fotos, las primeras llamadas (con pocas palabras por mi parte por la vergüenza, y la verborrea por la suya)… y la primera vez que nos vimos por webcam. Sentía como si nos estuviésemos mirando a los ojos y la tuviera sentada frente a mí.

Tras unas semanas de este modo, nos confesamos nuestros sentimientos y la situación sólo fue a más. Por primera vez, viví en mi propia piel eso que tanto había criticado de otras personas, cómo alguien que está a miles de kilómetros la puedes sentir más cerca que a alguien que tienes a tu lado… en definitiva, cómo me había enamorado de una persona que no había visto nunca cara a cara. Ya no había marcha atrás, la amaba con locura. Pero como en toda historia, tiene que haber un mal momento y fue el día que, por miedo, me dijo que me quería pero que no quería iniciar ninguna relación… y lloré. Lloré durante horas, durante días, sintiendo un hueco en el pecho y maldiciendo estar tan lejos. De todos modos, mis sentimientos por ella eran esos y no podía (y en realidad, tampoco quería) cambiarlos, por lo que decidí seguir como hasta entonces y que fuera lo que el tiempo quisiese, si tenía que acabarse o ir a más, yo sólo me dejaría llevar. Y así continuó nuestra historia, sin volver a sacar ese tema, pero yo con la esperanza de que algo ocurriera que le hiciera cambiar de opinión.

Una de las tantas madrugadas, de un modo muy curioso, me preguntó si quería que fuera su novia… y acepté, ¡Claro que lo hice! Si meses atrás me hubiesen contado esto me hubiera reído, primero por ser una mujer, segundo por ser a distancia y porque… ¿ser novias sin habernos visto nunca? Menuda locura. Sin embargo ahí estaba, súper feliz e ilusionada porque al final habíamos dado el paso; sólo quedaba buscar el pasaje para el primer encuentro y hablar seriamente de cómo nos tomaríamos la relación, y sobre todo cómo haríamos para vernos.

Finalmente, ese día llegó: el 13 de julio a las 8 de la mañana me encontraba cruzando la puerta de llegadas del aeropuerto del Prat, hablando con ella por teléfono porque los nervios nos comían a ambas. Llegó el tan esperado momento… la tuve ante mí y pude mirarle a los ojos, sentirla, abrazarla, oler su perfume… todo. Todo lo que una persona que no ha vivido algo similar le parece lo más normal y para mí era un mundo. Nuestro mundo. Después de esa han venido miles de visitas, puedo decir que soy muy afortunada porque aunque con esfuerzo, nos podemos ver muy a menudo y pasamos muchísimo tiempo juntas. Ya tenemos incluso fecha para irnos a vivir juntas, da igual dónde, lo único importante es tenernos la una a la otra.

En una de las tantas conversaciones que tenemos normalmente, descubrimos que a lo largo de los años nos hemos ido tropezando sin saberlo, teniendo incluso personas en común. Destino, casualidad… cada uno que lo llame como más le guste, yo lo único que se a día de hoy, es que sin ser consciente, me enamoré de ella desde que la vi por primera vez, pero de eso me doy cuenta ahora.

La meva mes bonica casualitat, jo soc teva per sempre.




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