Mujer lesbiana, esto es un atraco

Hace un par de días me robaron en un bar. No hubo violencia física ni intimidación. Me di cuenta cuando yo era demasiado tarde. Lo denuncié en la comisaría. Hace veinte años atrás también me robaron. Tampoco hubo violencia física. Cuando me di cuenta, ya habían pasado muchos años.

Directora Revista MíraLES

¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.

Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.

Yo, cuando fui atracada, tenía diez años, jugaba con muñecas, veía dibujos animados y pensaba que los adultos, sobre todo los que me protegían, tenían la razón. El primer acto delictivo ocurrió cuando mi madre leyó mi diario de vida y descubrió mi enamoramiento por una monja de mi colegio. El segundo acto delictivo, cuando me hizo sentir culpable y enferma por mis corazones pintados con lápices de cera. El robo se concretó cuando la monja me regañó por amarla. Me aseguró que yo era una niña mala y que Dios así no me iba a querer.

¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? Porque los robos tienen consecuencias. Seis años después, cuando me gustaba una chica y yo le gustaba a ella, no pude ni siquiera ponerle nombre a lo que sucedía y ambas nos retiramos de la historia. Pasaron trece años desde mi robo para que yo pudiera ver las cosas de otra manera y tener una relación con una mujer.

Cuando una lesbiana no es capaz de decir la palabra lesbiana. Cuando no entiende lo que le sucede, cuando se siente culpable, cuando se avergüenza, cuando teme al qué dirán, cuando no sale del armario por cualquier motivo, cuando no sabe que hay otras lesbianas, cuando no tiene derechos para ser y para estar, esa mujer es víctima de un robo. De un crimen perpetuado por la sociedad, un crimen en el que, normalmente, nuestros verdugos también son víctimas. Víctimas del patriarcado y de los discursos religiosos.

¿Quién nos compensa el tiempo perdido?, ¿dónde se indemniza la dignidad?

Los robos dejan secuelas. Los estudios revelan que las reacciones sicológicas suelen ser estrés, confusión, angustia, trastornos de sueño, rechazo, temor, desconcierto. Los casos más serios suman depresión.

Al robo de tiempo y dignidad hay que agregar el robo de referentes lésbicos. La presunción de heterosexualidad y la dificultad que han tenido los historiadores para reconocer el lesbianismo de mujeres destacadas.

Hasta ahora no existe un lugar donde denunciar los robos de cosas intangibles. Tampoco una institución que nos devuelva el tiempo perdido. No obstante, recuperar la dignidad y la fuerza está al alcance de nuestra mano. El robo a la mujer lesbiana se resiste y se combate con visibilidad. Con entereza. No puede lucharse contra el crimen organizado metida en un armario.

No podemos recuperar lo que ya nos han quitado, pero sí podemos empezar a estar alertas y cuidar una de nuestras pertenencias que más valor tiene y que más delincuentes atrae: nuestra libertad.




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